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Hija del frío

Hija del frío

Constant Puyo (1857–1933), Lost profile
Constant Puyo (1857–1933), Lost profile

Hija del frío

I

Cuando los árboles ya habían quedado desprovistos de hojas y el afianzado viento otoñal empezaba a volverse más crudo, alguno de los viejos pastores se acordaron de aquel hombre que tiempo atrás habían visto merodeando entre hojarascas, buscando afanoso algo en el suelo, entre aquella turba que tiempo atrás había estado repleta de robellones sanguinolentos. Ninguno se acordaba de su nombre, como si nunca lo hubiera tenido, mas alguno de los más veteranos caminantes no lo consideraban forastero sino ajeno de sí mismo. Alguno decía que en los años previos, un joven se perdió en el bosque y que su cuerpo nunca fue encontrado, pero lo cierto es que aquel joven hombre nunca había dejado de ser aquel joven muchacho que un día se perdió en el bosque, no para encontrarse a sí mismo, sino para perderlo todo en pro de algo sagrado.

Tiempo atrás, cuando los pájaros cantaban replicando el sonido de un mundo ajeno al nuestro, aquel joven caminaba a través de un sendero ya proscrito. No iba a cazar y tras él no había ganado alguno. Tampoco iba acompañado de mastín ni asno. No tenía un objetivo aparente, aunque sí había una intuición que lo había llevado al bosque. La noche anterior había soñado con la oscuridad de un mundo oculto entre montañas. En aquel escenario onírico, el cielo mostraba la luz, aunque bajo el manto del bosque, se entremezclaba la luz con su opuesto y en esa mixtura, el viento parecía su conjunción, la manifestación directa de una oración, de un rezo cuyo origen y objeto siempre habían permanecido en el silencio más ígnoto. Bajo los árboles había una especie de muñecos que se asemejaban a personas, aunque el viento mecía sus extremidades como si éstos estuvieran realmente vacíos o repletos de hierbas o heno seco. Bajo la oscuridad, los detalles quedaron ofuscados, pero por la proporción de aquellas siluetas, éstas se asemejaban a aquellos muñecos que algunos denominaban gigantes o cabezudos, pues todos ellos tenían las cabezas inflamadas, henchidas de oscuridad y misterio. Cuando despertó, recordó que había visto aquellas figuras en la imaginación de un cuento desprovisto de letra y, aunque en la narración todos, aquellos seres cumplían una función principal, en su mente asomó la idea de que él había sido, de alguna manera, cada uno de aquellos muñecos en algún momento dado, bien cuando dormía, bien cuando creía estar despierto.

Todo cambió tras aquella intromisión al bosque, una incursión ignomínica motivada más por el destino que por la curiosidad, pues algo que había despertado en la oscuridad, también había estado soñando en su sueño, aunque a diferencia de él, ella o aquello que se manifestaba siempre en femenino, soñaba dentro del sueño, como si una conciencia soñada, deseosa de vivir, se despertara en la mente del otro, aunque éste no fuera en absoluto el origen de su trono y poder. Allí donde las flores quedaron marchitas y el viento borraba la felicidad y el calor del mundo, estaba ella, aquella doncella que algunos llamaban la hija del frío. Era blanca como la nieve, con una larga melena oscura y dos ojos más oscuros que la noche. Su corazón era duro con la roca, pero sus lágrimas bien podían romper las más insensibles almas.

Cuando sus ojos se encontraron con aquel negro azabache, un hielo imaginado tocó su alma y pronto se imaginó como aquellas dos manos huesudas pronto se movían en extraños movimientos, conjurando el movimiento de las ramas de los más profanos árboles. Ella se acercó a él, sin temor, viendo que el joven todavía permanecía temblando del frío y del miedo de tan sincera y plena aparición. Ella cogió su rostro como si lo conociera desde un tiempo inmemorial, pues era a él a quien había estado esperando durante todo el otoño y la primavera pasada. La oscuridad no hacía justicia a su belleza, pero incluso así, su huésped no pudo evitar quedar rápidamente prendido de su semblante flaco y afilado. Su cuerpo era en verdad un monte de hielo, coronado por piedras duras y afiladas. Su pelo, sus ojos, sus uñas, todos ellos eran oscuros como la noche, el silencio o los secretos, pero sus labios no eran sino fuego bajo cenizas candentes. Un albor que deseaba encenderse con cada beso de amor.

Ella le ofreció dones y bienes que pocos mortales habían conocido. Sólo había una condición, un simple pago que se traducía en un simple beso. Pero no en un beso cualquiera, sino en un beso de amor verdadero que él debía recibir. Sólo así conseguiría despertar su poder. Y no sólo debía pedirle afanosamente aquel beso, sino pedírselo sabiendo que podía errar y quedar maldito, con mal fario y desgracia. El hombre, aunque dubitativo, quiso preguntarle sobre aquellos dones que ella quería ofrecerle, pero no pudo pronunciar pregunta alguna. En su mente se dibujaron recuerdos de un día inexistente. Vio aquellos dones. No eran sino maldición. Eran dolorosos, frutos de un abismo aterrador, pues sólo traían desgracia, temor y temblor. Ella vio en sus ojos la soledad, la angustia de un mundo increado y la eterna desdicha de una noche sin estrellas. Pero no apartó la mirada, sino que lo miró deseosa, sabiendo que era a él a quien realmente había venido a buscar. Entonces él, incapaz de escapar de su destino, aceptó aquellos dones que se le ofrecieron y como muestra de su compromiso, se acercó hacia su semblante, se inclinó sobre sus rodillas y le pidió un beso. Ella no esperó ni un segundo más y antes de que cualquier sombre se moviera alrededor, lo marcó con sus labios en el cuello. Tan doloroso fue el beso, aunque apasionado desde una perspectiva grotesca, que el hombre sintió como un frío abrasador entraba en su cuerpo.

II

Tras esto, quedó él paralizado, inmortalizado en un segundo que en su memoria se hizo retrato. Vio a aquella mujer, la hija del frío, velar su cara y dándole la espalda, marcharse a través de la oscuridad de un bosque completamente transformado. Su figura en la lejanía era la promesa de un encuentro y sus pasos, el ritmo de la mismísima eternidad. Recobró la movilidad tiempos después, cuando las sombras ya habían bailado a su alrededor antes de extinguirse por completo. Los árboles se mecieron con el viento y en torno a él, toda melodía se volvió triste. El viento parecía angustioso y el trino de los pájaros, ante su presencia, sonaba a fatalidad. Quiso marchar entonces, cuando creyó haber recobrado la libertad, pero entonces fue consciente de que todo en él era diferente. Ya no era la misma persona, sino otra persona sometida al silencio. Y enajenado de su pretérita libertad, ahora sólo disponía de un camino que se mostraba angosto y eterno, sujeto a mil cadenas que pendían de su alma. Y cada una de aquellas cadenas llevaba el nombre de un tormento.

El hombre marchó hacia el monte y ya pocos lo volvieron a ver, pues él mismo dejó de saber durante mucho tiempo si deambulaba por el bosque o por el monte baldío, si dormía al raso bajo las estrellas o en la humedad de una cueva sin nombre. No parecía alimentarse de otra cosa que no fuera sueño y la lluvia acudía a él cuando su cuerpo necesitaba de la memoria de este mundo. Entoces recordó los dones y bienes que se le habían prometido.

Ya jamás podría amar ni ser amado por nadie que no fuera la hija del frío. La amaría a ella por encima de su propia vida e incluso cuando ésta quedara extinta, la seguiría amando. Ya no se dejaría amar por nadie que no tuviera su nombre. A partir de aquel beso, sus destinos estaban ligados y toda su vida quedaría convertida en dolor, soledad y locura. Eran los tres dones que le había otorgado. El primero era la señal de su amor; el segundo, la señal de su compromiso. Sin embargo, la locura era la protección de su sino. Los tres quedarían anulados cuando ambas almas volvieran a encontrarse. Hasta entonces, delante de sus ojos, el calor de este mundo desaparecería por completo, en su cuerpo sólo habitaría el dolor y la cordura sólo volvería con el último beso de amor, desprovisto de razón y meditación, pero cargado de culpa, angustia y desesperación. Con el beso de amor verdadero, él moriría en ella y renacería en su amor una y mil veces, mientras ella así lo dispusiera. Para recordarle su desdicha, ella acudiría con cada deshielo allí donde él morara y en sus sueños, lo desproveería de su cuerpo, realizándole dolorosas incisiones y pequeños cortes que poco a poco irían terminando con su vida. También mutilaría algunas partes de su cuerpo y mancillaría sus carnes sin delicadeza, todo con el único fin de recordarle aquella promesa y que todo en él, incluyendo su cuerpo, ya no le pertenecía. Pero él no se arrepintió en ningún momento de su desdicha, si es que en su estado podía sentir algo semejante al arrepentimiento, la culpa o la vergüenza.

A pesar de que alguna vez echó de menos la vida de los humanos, la vida en sociedad, no se arrepintió de convertirse en bestia y deambular entre noches esquivas y paisajes que parecían entremezclarse con la memoria de dioses ya olvidados. En su horizonte, sólo había grabado a fuego una señal de amor, un signo que podía ver marcado a través de las estrellas, con un color oscuro que hacía temblar a la noche, un color que ni el nacimiento de mil soles podía revelar, pues era secreto que ella volvía a él para cumplir su promesa. Él de devolvería sus dones. Y ella, a cambio, le daría por fin el último beso. Entonces, ambos morirían para encontrarse en el sepulcral silencio de un amor que sólo puede alcanzarse con el dolor y el silencio numinoso de la muerte.

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