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El tiempo oculto entre espacios

El tiempo oculto entre espacios

Patryk F., Bunkier w Konewce, 2011
Patryk F., Bunkier w Konewce, 2011

El tiempo oculto entre espacios. Índice y notas.

Este relato es la tercera parte de Cementerio de olvido, hormigón y sombra.  

«[…] then one will not be welcomed as a builder of bridges, as one might have expected, but will rather be regarded by both sides as an outsider and troublesome intruder»

R. Carnap, «Carnap’s Intellectual Autobiography», Paul A. Schilpp, The Philosophy of Rudolf Carnap (1963)

I

La noche pasó entre sombras y sueños inquietos. Mientras sus ojos intentaban escapar del vacío de sus párpados, bajo su consciencia se reproducían una serie de imágenes turbulentas llenas de cataclismos, luces y monstruos escurridizos. Al despertar, su grito estalló en la habitación y causó un gran eco a lo largo de toda la infraestructura de hormigón. El cajón seguía allí, intacto y la escotilla, aunque con el sistema de cierre solidificado, se cernía sobre la única entrada posible, al menos la que sus ojos lograban ver. Después de vaciar la caja y reordenar los materiales, decidió instalar los aparatos de medición y comunicación. Éstos se sincronizaron rápidamente con su computador y los lectores pronto mostraron información importante sobre el terreno. Al no contar con los drones no pudo hacer un mapeo externo del lugar, pero tanto los índices químicos de la tierra como los vientos que impulsaban los pequeños molinos de energía eólica le confirmaron que aquel lugar era realmente un lugar propicio para colonizar.

Con el sol en lo alto, escaló hacia uno de los riscos más altos que miraban hacia el acantilado y allí trató de colocar la antena de comunicación. Tuvo que hacer varios viajes, primero para subir la infraestructura de respaldo con su armazón conformado por palos metálicos y el conjunto de sondas que servían para retransmitir y capturar todo tipo de señales. Con el taladro aferró la estructura a la roca y se aseguró de que ésta no sucumbiría al viento. Allí, el calor corporal abandonaba rápido el cuerpo y el viento era tan frío que, en ausencia de la luz, la noche se volvía una trampa mortal. Pensó mientras bajaba y guardaba el material qué sería de aquellos seres que había visto vagando por el acantilado y dónde vivirían. Era harto difícil hipotetizar que todos pudieran vivir y prosperar en sus pequeños habitáculos sin salir a por comida o cosechar nada. El mar era demasiado ácido y las bestias que había visto emerger de sus aguas no se parecían nada a la vida acuática de otros planetas. Sus fuentes de energía debían estar o bien bajo grutas escondidas o en el bosque cercano pero por lo que había podido distinguir desde su posición, aquella cosa que en principio era un bosque, parecía un monte desolador lleno de piedra escarpada, castigada con miles de cráteres y repleta de unos arbustos gigantescos que parecían colonias de zarzas, con hojas anchas en las copas pero ramas verdes repletas de espinas como las de un rosal. Tras trabajar nuevamente en el huerto, consiguió mejorar el estado de las hortalizas pero también empezó a labrar lo que sería un segundo campo de siembra gracias a las semillas que había podido recuperar del último cajón.

Tras volver al interior, limpió parte de una habitación que intentaba habilitar como almacén y empezó a montar el dispositivo de comunicación. Éste era el aparato más complejo y lento de todos los equipos que tenía a mano. Su configuración sería lenta y costosa, más aún porque justo él no formaba parte del equipo cualificado para su instalación; pero una vez estuviera configurado completamente, probablemente sería capaz de comunicarse con las instalaciones operativas a más de cien kilómetros a la redonda. Aquellas horas mientras el sol avanzaba rumbo a su extinción fueron largas y angustiosas pues su ceño se frunció con cada error de programación. Empezó a pensar en la situación y reflexionó sobre su futuro. No le preocupaba la muerte en demasía ya que cuando embarcó asumía que era una un destino demasiado frecuente en su profesión pero sí rodeo la cuestión de su origen. Había cosas que no recordaba sobre sí mismo, sobre su identidad. Él era sólo un viajero perdido, un técnico que había venido a buscar un conocimiento y en la aventura, se había perdido a sí mismo. Podría ser que aquello que averiguara allí le diera cierto confort aunque no pudiera nunca transmitirlo en vivo a nadie de su especie pero también temía que aquellas lagunas en su memoria fueran ahora un pozo de dudas que fueran socavando su identidad, diluyendo su alma en un cúmulo de datos, protocolos y un conocimiento puramente naturalizado. El explorador perdido estaba interrogándose acerca de su pasado más remoto y de aquellos momentos en los que había salido de la nave especial rumbo al planeta desconocido. No lograba recordar bien nada antes de la misión y aquello le generaba una angustia creciente que sólo fue disipada por unas vibraciones lejanas y un punzante pitido en el ordenador. El programa había logrado configurar la sonda con éxito y ésta se había desplegado a pesar  del fuerte viento que venía del sur. Ante sus ojos, la oscuridad se volvió verde, con cientos de miles de datos que se paseaban por las múltiples terminales de la interfaz, incluyendo gráficos y estadísticos avanzados de medición, cálculo y diagnósticos del sistema. Con el sistema de comunicación totalmente operativo, fue relativamente fácil inspeccionar las señales que acompañaban el viento y al cabo de unas horas, el ordenador volvió a emitir unos pitidos, esta vez de alerta.

Fuera, una lluvia ligera había empezado a humedecer el paisaje. Lo que antes era un cielo apaciguado ahora era una entidad colérica que martilleaba su cabeza con aquellos abruptos cambios de presión. El sonar había podido conectarse con la base del bosque. Por lo que tenía entendido, aquella estructura debía ser una especie de cúpula incrustada en la roca con una pequeña sala de mando. No había sido establecida por ninguna estación de exploración sino que debía ser de alguna especie desconocida que debió pasar por aquel planeta unos siglos atrás antes de abandonarla, dejándola operativa con alguna fuente de energía de larga vida. Era la señal que inicialmente les había llegado hasta el espacio exterior. La información que sacó fue asombrosa. Dentro de la estación había mapas de la región, fotos aéreas, documentos y miles de carpetas con informes y salidas de los aparatos que debieron estar conectados a la central tiempo atrás. Los documentos estaban encriptados pero las imágenes resultaron impactantes. Había miles de fotografías de las ruinas; desde allí podía consultar aquel desierto de estructuras derruidas, polvo, armazones desnudos y estructuras oxidadas por el tiempo. Era en verdad un cementerio de hormigón olvidado que debía haber levantado alrededor de la antigua costa un complejo entramado de fábricas. No obstante, lo que más le llamó la atención fue uno de los mapas de su propio búnker. Allí había una actividad energética anómala medida en unos parámetros que no pudo identificar en el informe. La fuente de aquel pico estaba situado precisamente en la sala cuya puerta permanecía atrancada. Pensó entonces que quizá con el soldador que había recuperado de la caja podría seguir explorando.

Delante de la puerta y con el soldador en mano, empezó a intentar derretir el metal. Pasaban los minutos, y por más que incentivara la intensidad de la herramienta, el metal que cubría la puerta y que debía ser sólo una capa chapada externa, sólo parecía ablandecerse ligeramente. No sabía qué era aquella aleación pero desde luego si podía llevar una muestra a su nave, haría los viajes interplanetarios más seguros porque nunca había visto salvo rara vez, algún material igual de resistente al calor. Viéndose incapaz de abrirse paso, decidió no malgastar el combustible de la herramienta que seguramente necesitaría más adelante para soldar cables y montar un pequeño invernadero.

II

Aquella noche, soñó con la puerta. Él estaba intentando abrirla y cuando cesaba en su empeño, escuchaba una voz al otro lado. Martilleaba y golpeaba la puerta con sus puños, intentaba desesperadamente poder comunicarse con su misterio pero por mucho que lo intentara, aquella voz seguía allí gritando pidiendo ser rescatada. Entonces se daba cuenta de que era su propia voz la que estaba al otro lado y en ese preciso instante se despertó cubierto de sudor y con un grito aterrador. Otro ruido susurrante irrumpió trasladando el tormento onírico a la realidad circundante. Unos ojos se iluminaron mientras unas manos se abrían buscando serenidad y calma. Era uno de esos extraños nativos cubiertos de harapos y con las extremidades deformes. Estaba iluminado por una especie de linterna que colgaba de su cinto pero aunque se parecía al que vio al primer día éste era más bajo y enclenque. La escotilla estaba bajada y no había emitido ruido así que no supo adivinar inicialmente por dónde había entrado. El ser le hizo unos gestos, como si tuviera prisa y quisiera que el explorador lo acompañase. Sin ningún tipo de contacto ocular, pronto se vio delante de la puerta atrancada. No sabía cómo pero el ser o bien había estado espiándole o había leído sus intenciones. El explorador no supo cómo hacerle entender que ya lo había intentado con su herramienta pero que el metal no cedía. Sacó el soplete para mostrárselo. El ser misterioso se hizo a un lado y el hombre empezó a caldear uno de los bordes de la puerta. El ser sacó en ese instante una especie de barra gigante y la acercó al fuego del soplete. El susto fue máximo y a punto estuvo de calcinarse las manos. El fuego, en contacto con el metal, adquirió un semblante intenso y su aliento se duplicó en extensión, emitiendo una serie de luces incandescentes de color blanco que bailaban y caían alrededor de sus brazos aunque sin causarle quemaduras. El metal de la puerta empezó a derretirse y pronto pudo hacer un boquete en la superficie. Le costó lo suyo mover el soplete haciendo un agujero grande. Debió hacerse de día o de noche mientras ambos iban cortando el metal y derritiendo aquella extraña barra de metal negro.

Cuando terminó, el ser emitió una especie de gruñidos de júbilo y cuando el explorador fue a dejar el soplete en su sitio, éste ya se había esfumado. Ni siquiera se había quedado en ver qué había en su interior. Con una patada el círculo de metal cayó en redondo dentro de la estancia y allí dentro, pudo ver una especie de sala de control, con visores derretidos, cables descubiertos y palancas de mando. La sala estaba en penumbra y conectaba con una segunda puerta que debía contener a su vez otro tipo de misterios pero no llegó a detenerse en la idea de avanzar puesto que algo ocupó toda su atención. Había una especie de pequeña pirámide en el suelo, un artilugio que debido a su magnificencia y grácil forma no podía ser una simple arma o llave de activación. Salió de la sala con el objeto para intentar estudiar sus grabados bajo la luz pero mientras lo manoseaba, éste empezó a emitir calor, pequeñas vibraciones y pronto un estallido de luces que empezaron a cruzar todo el interior del búnker, atravesando las paredes como si no tuvieran ningún tipo de impedimento material.

El hombre salió de su base y contempló el cielo. Todavía no era de día y no llovía en absoluto. Las luces seguían dispersándose a través de toda la llanura e incluso iluminaban las cuevas allí donde lograban inmiscuirse. Pronto, algo extraño sucedió, miles de luces empezaron a descender por el cielo desde el mismísimo espacio. La luna oculta de aquel planeta volvió a aparecer pero esta vez las plataformas que había en su superficie eran diferentes, más extensas y luminosas. Se mostraban más animadas, con vida propia. Aquellas luces empezaban a descender y como pequeñas estrellas fugaces, caían veloces hacia su posición frenándose a varios kilómetros de altura para empezar a ondear en sentido antihorario. También las miradas fueron conscientes del cambio. Miles de rostros enlutados, las sombras misteriosas que habitaban en las cuevas salieron a recibirlo. Aquella luz sobrenatural había despertado algo, había conectado dos objetos que aunque siendo uno sólo, habían sido separados por el tiempo y el olvido. Allí en lo alto, la luna resplandecía y el computador desde el interior del búnker empezó a emitir pitidos. Una nueva comunicación se había establecido.

Ellos, los que habitaban en la luz y habían dejado las sombras en un mundo ya olvidado. Ahora observaban a los de abajo observaban desde el frío espacio, no desde nuestro tiempo, sino desde un pasado remoto, ya extinto, un lugar posible y recóndito cuya luz había podido armonizarse por la singular naturaleza de aquel vestigial artefacto.

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