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Tren al fin del mundo

Tren al fin del mundo

Franck Landron, Ex-Time series. Fotografía en blanco y negro de un tren avanzando sobre las vías. El cielo parece oscurecido. La cabina del tren muestra dos luces encendidas.
Franck Landron, Ex-Time series

Tren al fin del mundo. Índice y notas.

La irradiación solar todavía era palpable en lontananza y mientras el sol se adormecía lentamente una niebla oscura empezaba a crecer con fuerza pavorosa allí donde el cielo se mezclaba con la tierra, produciéndose una continuidad antinatural entre el suelo y unas nubes que lentamente empezaban a adquirir tonos cobrizos en una especie de resplandor aparentemente propio. La estación permanecía vacía, oscurecida tras un techo de hierros y vidrios desgastados por la lluvia. Más que un espacio cívico parecía uno de los vestigiales restos de la revolución industrial y allí donde uno podía imaginar maquinarias recubiertas de polvo y engranajes quebrados por el desgaste, había una serie de andenes en cuyo espacio reposaban vagones y maquinarias que parecían haber sido forjadas para el frente bélico. Sólo algunas almas podían distinguirse entre la niebla y aunque a lo lejos sonaba un fuerte sonido de sirena, los pasos se hacían ensordecedores desde la distancia. Los pies asomaban ágiles bajo la espesura. Apresurados caminantes, vestidos como hombres de negocios, que salían de lo desconocido rumbo al octavo andén, allí donde la locomotora capitana parecía empezar a temblar. Sólo otro de los trenes parecía estar despertando de su largo letargo. Los demás o bien estaban averiados o no contaban con el personal suficiente para el largo viaje que les esperaba. Pronto una explosión estremeció la parte oeste de la estación y el armazón de la estructura exterior se vino abajo. Se escucharon disparos y vibraciones que hicieron temblar los propios cimientos hormigonados de la estructura. Las piernas que caminaban inquietas bajo la niebla instantáneamente cambiaron su determinación con brío y al paso ligero le siguió una tormenta de carreras desesperadas por llegar a algún lugar misterioso. No todos los pies se elevaron hacia el último de los vagones; algunos desaparecieron perdidos o se elevaron, como si algo los moviese en contra de las fuerzas naturales de la tierra. Mientras a lo lejos el suelo se llenaba de sombreros aplastados por la muchedumbre y abrigos vacíos, las ráfagas de varias ametralladoras empezaron a zumbar los oídos de los pasajeros, los cuales no hicieron más que gritar desesperados ante la cercanía de la mismísima muerte.

La locomotora arrancó finalmente y tras un sonoro grito metálico las colosales barras metálicas empezaron a agilizar las ruedas de una estructura que parecía preparada para el desastre. En la cola, después del último de los vagones, había un compartimento totalmente metalizado, sin apenas ventanas, opaco y apuntalado con una serie de salientes de los cuales parecían asomar bocanadas de tubos y ribadoquines preparados para una mortal lluvia de andanadas. Las puertas se cerraron mientras el tren recorría los últimos pasos del andén. Muchas almas se quedaron atrás y corrieron despavoridas tratando de llegar al otro de los trenes que se había rezagado en su marcha. Los disparos cesaron ante la incapacidad de distinguir nada y la voz del capitán ordenó a los pasajeros que cerraran los estrechos ventanales de sus cabinas. Éstos, hacinados en sus cubículos, se vieron impedidos para escuchar la voz y permanecieron agazapados, temerosos, viendo como la estación se alejaba lentamente. Allí, en la punta visible del andén principal, cientos de siluetas empezaron a asomar entre la niebla. Oscuras eran sus formas pero más terrible era el contenido opaco y totalmente indistinguible de sus cuerpos. Cientos de miradas cautelosas miraban horrorizadas como aquellos seres que horas atrás podían ser sus conciudadanos, los miraban con ojos blanquecinos, transformados en algo que no podían comprender y cuya naturaleza se había fusionado con la propia oscuridad del mundo. En unos instantes todo se volvió blanco y ante la espesura, sólo las vías de tren contiguas y aquel mar de grava y hierbas deshilachadas eran perceptible desde la posición de los supervivientes. Fuera de cualquier observador, las siluetas expectantes sobre las vías empezaron a moverse desordenadas hasta que un temblor las dejó congeladas. Todas, de manera fulminante y súbita, se elevaron, como si algunos hilos invisibles las sostuvieran desde lo desconocido y mientras sus figuras empezaban a desdibujarse y transformarse en una única oscuridad, un pequeño temblor sacudía las pequeñas piedras que se agolpaban alrededor de las vías. Eran ellos, los otros.

Como objetos lanzados por una furia irracional, arremetían trémulos sobre las paredes de cada vagón, algunos cayendo con mala fortuna sobre sus ruedas. Eran ellos, los famélicos, los restos de una humanidad oscurecida y vaciada, cáscaras vacías de aquello que antes tuvo identidad y cuya voluntad ahora quedaba a merced de un ente enloquecido. Corrían desde todas las direcciones y se lanzaban de cabeza contra el salvoconducto de aquellos supervivientes, esperando en vano de frenar la locomotora o hacer alguna fisura entre aquellos ventanales de vidrio que debido a la urgencia del momento no habían sido protegidos con barrotes. Algunos no corrían sino que salían despedidos, como si un huracán insuflase sus pies desde la oscuridad creciente en el oeste y los arremetiese sobre cada uno de los vagones de aquella aguerrida locomotora. Los disparos se prolongaron durante una hora y mientras iba atardeciendo, los últimos resquicios de sol se mezclaban con las luminiscencias de la metralla; con carácter enloquecido, aquellos gases inflamados caían sobre la superficie de los vagones centrales, tratando de sanear cualquier tipo de intrusión. De entre aquellos seres coléricos, algunos eran calcinados en la cubierta pero muchos o bien caían antes de llegar al tren o fruto de los disparos directos de los soldados cuando éstos lograban asirse a algunos de los extremos de los vagones periféricos. En la parte central, justo tras unos cuatro vagones de pasajeros y suministros iba una segunda locomotora anexa que ayudaba a impulsar la máquina. Ésta tenía una forma más similar a la de los vagones contiguos y comunicaba ambas partes del tren mediante un pasillo. Tras ésta, había un vagón de suministros lleno de combustible y delante, un vagón-fortaleza que tenía dos pisos de altura, habiendo en la parte superior una especie de mirador con varias torretas móviles y una empalizada desde la cual los soldados atestados podían disparar.

Gracias a la torreta principal y el último eslabón del tren que contaba incluso con un cañón manual capaz de derribar un tanque, pudieron extinguir el frente principal de aquellos llamados otros que debían perseguir el tren siguiendo el recorrido de sus vías. Uno de los vagones sufrió serios daños en un costado y algunas de aquellas oscuridades lograron colarse en su interior corrompiendo todo ser viviente que se encontraba su paso. Las balas en principio no acababan con su existencia pero retrasaban sus movimientos dando la oportunidad a los soldados para quemarlos con fuego, gas o ácido. Algunos de ellos corrían por el tren tratando de tocar a todos los presentes y cuando les disparaban, las balas atravesaban su cuerpo, dejando entrever que dentro no era más que una cáscara vacía que convertía toda caricia en señal de maldición. Así pues, cuando alguna de las monstruosidades tocaba a un humano, éste empezaba a sufrir extraños espasmos y tras una larga agonía sus ojos estallaban, una luz blanca asomaba por sus cavidades y éste trataba de correr hacia la muerte para aliviar cuando antes el dolor. Nunca supieron qué otro tipo de transformaciones había más allá de la maldición. Al principio sólo había sombras y susurros tras la niebla, pero pronto llegaron las oscuridades vestidas con los trajes y los sombreros de los muertos, las marionetas que movían aquellas siluetas sinuosas, los irascibles otros y las cáscaras humanas, que menos fuertes que los otros, tenían la capacidad de contagiar la maldición. También había rumores sobre la existencia de seres descarnados, arañas gigantes conformadas por restos de seres humanos y una especie de tejido que había cubierto una ciudad entera, como una especie de membrana tumoral que tapaba el sol haciendo que en su interior lloviera un pus sanguinolento que transformaba cualquier realidad en su infierno.

Nadie tenía la respuesta exacta a cuál fue el primer contagio ni quién fue el culpable de todo aquello. Los rumores decían que todo había empezado con la Gran Guerra y la utilización de un gas nuevo en el frente. Algunos científicos en el tren decían que el gas creó primero la niebla y que ésta trajo aquellas transformaciones a la realidad desde su propia esencia; otros crecían que la configuración en conjunto con el gas terrestre había creado una especie de sincronía con una realidad lejana haciendo que la transformación resultase ser una especie de reacción de equilibrio u homeostasis del mundo real con su frontera. Lo cierto es que aquel gas, aunque sintético, había sido extraído inicialmente desde las cavidades de la tierra, allí donde extraños seres reptan en silencio alimentándose de la descomposición del propio mundo creado. El proyecto Éxodo 55 fue la única respuesta rápida que pudo dar el imperio ante el avance de aquella nueva epidemia, mientras el caos se apoderada de las ciudades fronterizas, en el núcleo empezaron a construir algunas máquinas con las que defenderse. Probaron levantar altas murallas, ciudades subterráneas construidas a modo de túneles paralelos y toda una serie de vehículos y fortalezas móviles. En cuanto a la guerra, la paz ni siquiera llegó a ser anunciada, los gobiernos desaparecieron el primer día y los emblemas de la república, el imperio y los escudos de las familias reales de la tercera coalición, olvidados. Ahora sólo quedaba la humanidad frente a su peor enemigo. Tras el primer foco de niebla vinieron otra multitud de irradiaciones antinaturales, fruto quizá de la explosión de los silos armamentísticos o de algún centro de experimentación bélica. La aparición de estos pequeños focos de infección secundarios hizo nula la posibilidad de resistencia. La artillería pesada y la red de trincheras pronto se vio rodeada de oscuridad y con cada una de las bajas, el enemigo parecía hacerse más fuerte. Los otros pronto surgieron del frente principal y éste quedó engullido por el primer foco de niebla. Los túneles y las plataformas en altura fueron las primeras en caer, especialmente por la naturaleza volátil e intrusiva de la niebla. Luego llegaron las arañas y con éstas, los muros de las grandes ciudades se vinieron a bajo. Algunas construcciones parecieron resistir durante meses, como algunas islas en mitad de la nada y el gran buque fortaleza de la Unión. No obstante, sólo dos tipos de vehículos resultaron los más viables. Los globos y los trenes. Los primeros porque evadían directamente la niebla. Los segundos porque nunca cesaban en su movimiento.

Allí, en medio de la oscuridad creciente y una niebla cada vez más densa, el tren seguía circulando con su característico ruido atronador. Las vibraciones que emitía la máquina parecía dificultar el avance de la niebla a su alrededor y despejaban las vías a su paso. La oscuridad ya era palpable y fuera, el sol ya no tenía cabida en un mundo vacío de luces y palpitaciones. Sólo aquellos entes que manejaban las formas, aquellos ojos de luz blanca y aquellas oquedades famélica de vida eran observantes silenciosos del que podría ser el último tren del mundo. Había provisiones para años y aunque el agua era escasa, todavía parecía llover en aquel mundo hostil y los recolectores de lluvia permitían garantizar el buen aprovisionamiento de agua, tanto para el consumo humano como para la formación de vapor. De vez en cuando algunos seres se acercaban a la vía pero ésta era despejada por la fuerza imbatible de aquella bestia de acero y hierro templado. Los pasajeros, horas después de haber salido de su primer encuentro con el pánico, miraban cabizbajos el horizonte incierto que se extendía a través del páramo. No había nada distinguible en aquello que debía resultarles familiar y sólo las bestias o los deshumanizados parecían haber acostumbrado sus ojos ante aquella oscuridad palpable. Mientras, la locomotora principal avanzada presta sobre las vías, unos raíles que enmarañados, podían dar la vuelta al mundo durante eones. Como combustible utilizaba paradójicamente aquel gas que tanto daño había hecho supuestamente a la humanidad. En pequeñas gotas, éste estallaba en llamas dentro de la caldera, provocando la suficiente presión para mover el tren entero durante kilómetros, allí donde ya no había amanecer posible pero sí esperanza.

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