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Marcos. El sótano de la memoria

Marcos. El sótano de la memoria

Marian Szulc, Interior, c.1956
Marian Szulc, Interior, c.1956

Marcos. El sótano de la memoria. Relato epistolar

Hola Marcos. Hace tiempo te escribí una carta que no pude publicar, pero hoy que ha vuelto la lluvia, me he visto obligado a escribir de nuevo. No sabía si esta carta debía estar destinada a ti. Todavía no estoy preparado para abrir ese canal de comunicación con los otros. Estos días me he estado acordando mucho de alguien de mi pasado y aunque también quería escribir una segunda carta a Lucrecia, he sentido que igual no era el momento de remover viejas herida. La última vez que supe de ella, me escribió un último mail breve y distante, habiéndome estado previamente preguntando por temas relativos a las creencias populares, pero ya no obtuve respuesta. Algo parecido me pasó con otra persona, pero en el otro caso me fue difícil establecer el contacto por todo lo que me rodeaba y porque sentí que no podía aportar nada que no fueran pensamientos catastróficos y preocupaciones. La vida ha sido como cuando viajaba en tren. Tú lo sabes, que me pasé la juventud entre andenes. La diferencia de antes es que ya no veo el destino final y todos los pasajeros han ido bajando uno a uno. Ya sólo quedó yo en el vagón, a oscuras. El tren sigue en marcha, pero silencioso. La pantalla ya no muestra el nombre de la próxima parada y nada en el horizonte hay que pueda distinguir de una noche que se me presenta como fría y eterna.

Marcos, he vuelto a pensar en la muerte dos veces. He alcanzado en este periodo un índice de infelicidad tan alto que las pesadillas me abrasan en sueños y nada parece aliviarme del sufrimiento. Creo que nunca antes me había sentido tan mal. He pensado muchas veces en el infierno y en el hecho de que es posible que yo sólo esté destinado a sufrir eternamente. El otro día estuve recopilando imágenes que tenía guardados de los grandes manuscritos medievales, aunque muchos eran realmente almanaques de la Edad Moderna. También estuve contemplando imágenes del Neraka y de otros infiernos ajenos al mundo occidental. Muchas de aquellas imágenes siguen en mi retina, como advirtiéndome de que ni siquiera la muerte puede librarme del dolor. A veces incluso he llegado a pensar que en esta vida no hay nada que no termine en el sufrimiento del alma o del cuerpo. Creo que ni siquiera la religión o la filosofía pueden aliviar mi alma y que en mi modo de ser, he sido desprovisto bien de la capacidad de alcanzar la felicidad o bien de alcanzar una especie de salvación. Durante mucho tiempo alguno me hubiera podido llamar erróneamente estoico, pero eso ya está lejos de la realidad. Si sufrí los tormentos durante años no fue por el carácter o el temperamento, sino por la esperanza depositada en un bien último. Si aguanté es porque tenía esperanza. Pero ese bien parece ya olvidado y las promesas que me hice a mí mismo se han ido diluyendo en toda una amalgama de sueños que mucho pueden recobrar algo de su luz a través de los diarios, las historias y los relatos.

El otro día me encontré solo en el mundo. Parece que aquí ya no hay nadie. Puse las velas rojas como antaño, pero nadie acudió. Todos se han ido. Ni siquiera escucho el latido de mi corazón ni el eco de mi llanto. La imagen que he mantenido de ti sabrá de sobra cuantas veces me ha acorralado esa sensación de soledad y desamparo. Las letras siempre han sido sortilegios para alejar aquellos demonios que me obligan a mirar atrás, pero últimamente incluso la poesía me trae de vuelta a aquel sótano de la memoria donde están las estatuas de los otros que siempre prometimos olvidar. Cuanto dolor hay en aquellos rostros tapados de tela y polvo. No me atrevo a mirarlos a la cara, no porque no me devuelvan la mirada, sino porque temo de verdad ver que sus rostros se han desdibujado por el paso del tiempo. Eso significaría que ni siquiera las estatuas son eternas y que en mis primeras cartas hacia ti, estaba equivocado en ese aspecto. Si a mí me pasara algo, si yo desapareciera del mundo, sería estatua durante un tiempo hasta que todo caducara a mi alrededor. Al final, no quedaría nada de mí porque todas aquellas personas para las que fui alguien importante ya han fallecido o están a punto de hacerlo. Para los otros es probable que sólo haya sido un recuerdo más, una anécdota o incluso una piedra en el zapato.

Hoy he estado revisando algunos de mis escritos sin publicar. Cartas, sueños y diarios varios. He leído algunos de mis antiguos escritos, los de mi antiguo blog. He revisado algunas cartas y correos. He leído aquellos poemas de amor que jamás me atreví a entregar so pena de hacer el ridículo. A veces una simple decisión, una palabra basta para cambiarlo todo. Un simple enfado, un simple malentendido. Pero en mi caso, son miles las palabras equívocas que han pronunciado mis labios o que han entrado en mis oídos. Quizá por eso siempre he terminado prefiriendo el silencio. Las palabras, a veces no son palabras sino actos. Y el mundo está lleno de ellos. Los actos son para los vivos y yo siempre me vi entre las sombras de un sepulcro sin nombre. Hoy la lluvia ha sido ligera, pero no por ello menos amarga. Me despido de ti, de momento. Aunque el agua deje de hablar, la memoria me devuelve siempre tu imagen.

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