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Los sellos del olvido

Los sellos del olvido

José Val del Omar

Los sellos del olvido. Índice y notas.

Aun cuando creía haber desentrañado cada uno de los misterios de aquel supuesto códice florentino que me había enviado mi viejo amigo Giorgio, cuando miraba de nuevo aquellos grabados esotéricos, algo en mi interior se estremecía, como si una luz invisible emanada de aquellos extraños sellos y glifos tratara de comunicarse directamente con alguna especie de lenguaje latente escondido en los entresijos de mi alma. Los símbolos destacaban por su simetría y a pesar de tener la mayor parte de ellos una base conformada por círculos y complejas amalgamas de puntos y ondas, había una asimetría forzada, como si la mano que hubiera trazado aquellos signos sempiternos no estuviera guiada por las herramientas de una época olvidada sino por la intuición imprecisa de un mensaje espolvoreado sobre la frágil cúpula de la imaginación. Los análisis químicos también revelaban una composición muy compleja, pues a pesar de la corrosión de los ácidos que habían mordido la página durante estos dos últimos siglos, había trazas de carbón, magnesio y algún que otro metal que podía haber quedado desnaturalizado tras las reacciones químicas aceleradas por la humedad y el añadido de nuevos materiales que con el tiempo trataron en vano de restaurar su hechizo. Eso hizo pensar a muchos que quizás aquellas páginas hubieran sido incorporadas en la posteridad con el objetivo de añadir forzosamente una inmerecida edad. No obstante, el interés que tenía por aquel libro no residía en su antigüedad, sino en su extrañeza. Había algo perturbador en su portada y a su vez, algo que me invitaba a ahondar en cada una de sus páginas.

El texto, aunque en latín, había sido escrito de manera llana, vulgar, guardando su estilo parentesco con un diario personal o una carta que un amigo manda a otro tras largas horas de inesperados delirios y enajenaciones nocturnas. Cuando uno leía con mirada crítica, podía contemplar como no había ningún interés en salvaguardar el canon de los antiguos códices y por eso la hipótesis de que aquellas páginas trataran de suplantar la identidad de algún original perdido me pareció inadecuada. Sus letras hablaban de un ser que vagaba por los vientos fríos de la noche, aquel que llamaron el último ser exterior y que a pesar de haber nacido después de las últimas estrellas, había podido encontrar a la propia nada y establecer diálogo con ella. Se decía, con abundantes florituras y adjetivos redundantes que aquellos ojos habían visto donde la nada nadea y se hace propia y que a pesar de la negativa de algunos entes del mundo superior en que ambos seres se encontraran, mantuvieron una relación prohibida hasta que de la nada salieron tres hijos. El primero y el más mayor había nacido del propio espacio vacío de sus respectivos destinos. Tras el fin del primer tiempo, se había descarnado y había renacido con el segundo tiempo. Su sello era similar al de un reloj primerizo, a los engranajes de aquellos primeros mecanismos inspirados en los molinos de viento y de él poco se conocía salvo que conocía todos los lenguajes, incluyendo el de la arena. El segundo fue engendrado con el amor puro e imposible de ambos, tras una primera mirada que alteró los cimientos de aquellos anclajes o pilares que representaban la frontera entre aquello que fue y aquello que nunca será. Él era capaz de alterar la unidad y la materia a su alrededor era actualizada con los más honrosos propósitos. El tercero, oscuro y desconocido por todos, nació de la angustia y del llanto, tras el destierro del último ser exterior y el olvido de la propia nada, primero ante su amor, luego hacia sus propias criaturas y finalmente hacia su propio ser.

El anónimo autor, del cual sólo tenía un pseudónimo impronunciable, amparado en una intuición y una experiencia acumulada de fenómenos anómalos aseveraba estar sintiendo la presencia de alguno de los vestigios de aquella relación y aunque no sabía cómo ni por qué, algo había logrado traspasar la barrera de lo real para convertirse en objeto de conocimiento verdadero. Todo había empezado tras haberse iniciado en el estudio de los espejos negros, mientras realizaba ciertas meditaciones primitivas que ahondaban en la alteridad desconocida. Durante ese periodo de desgaste anímico en busca de alcanzar un conocimiento superior, algo profanó su vínculo y estableció contacto con él. Al principio con su protector y finalmente con su propia mente consciente. Unos sueños empezaron a despertarlo por las noches y entre escalofríos, parecía haber pronunciado palabras indescifrables que salían conformando una lengua que jamás habría sido pronunciada por un ser humano. Además de los escalofríos y las sensaciones de presencias invisibles, el autor advierte en su texto que pronto las ventanas empezaban a negar la luz exterior y aunque al principio uno podía ver la calle con el tiempo sólo mostraban una noche eterna. Una noche sin estrellas ni tiempo pues fuera no podía ver mayor movimiento que el de unos astros imaginados tiempo atrás por seres de incalculable poder. Aunque muchas de las páginas tenían un deterioro tal que impedía conocer el camino de descubrimiento lo cierto es que pude entrever con gran detalle el deterioro cognitivo del escritor. Al otro lado, en otro tiempo, su letra se volvía confusa y su inmortal voz, aunque inalterada, empezaba a zozobrar en un mar de tinieblas. Sólo la esperanza de encontrarse con alguno de aquellos entes saciaba sus días y sus noches y ya no vivía si no era para poder seguir descubriendo el mensaje que aquellas entidades podían suministrarle. Él estaba convencido de que era uno de los hijos de la nada, aunque por el aspecto de su letra, tarde o temprano pareció encontrarse con el último de los tres, aquel nacido en las angustiosas ciénagas del desconsuelo, imbuido de pena y cargado con las cadenas del desamor. A partir de la mitad del libro ese declive se hace notable pero alcanza su punto álgido en las últimas cien páginas, donde la tinta se vuelve borrosa y el papel no es más que un cúmulo de garabatos, testimonios directos de la locura y el pavor de un hombre ante lo desconocido.

Empero, a sabiendas de los riesgos que representaba aquel conocimiento, seguí indagando en los símbolos y pronto me vi forzado a perpetuar sus ritos o al menos aquellos que el extraño autor pudo describir en la primera parte de aquella siniestra historia. Pronto acudieron a mí los sueños tan extraños que habían acorralado al desconocido. Aquella voz susurrante era como una mano tendida que me invitaba a desligarme de los caminos de la razón y siendo siempre temeroso de poner en juego mi cordura, decidí ser imprudente y arriesgar lo único que podía ofrecer desde mi posición de proscrito, la existencia. A los sueños, le acompañaron esa sensación de irrealidad, las ventanas empezaron a oscurecerse y una opresión en el pecho me acompañó durante todo este largo proceso mientras escribo estas palabras. A mi mente acudieron nuevos símbolos que no tardé en grabar en el propio suelo de la estancia y tras varias interrogaciones en estados de conciencia alterada, pude intuir la importancia de los espejos. A través de su verdad, pude descubrir la verdadera forma de los símbolos y en su superficie teñida hallé el verdadero nombre del autor, un anagrama de oblitus entremezclado con símbolos y garabatos que parecían brillar con una tenue luz azul.

Esta noche, aunque las voces se alzan en mi contra y me advierten, me adentraré de nuevo en las profundidades de este misterio, grabaré los últimos sellos que acuden a mi mente como meteoritos ígneos propulsados desde una galaxia muy lejana y contactaré con aquella voz enterrada bajo las arenas movedizas de nuestro pasado más vestigial. Guardaré este documento y usaré el nombre del original con la única esperanza de que mi estimado amigo, en el caso de que me ocurra alguna desgracia, pueda hacer acopio de los peligros de esta senda. Ahora mismo la débil llama de las velas tintinea en vísperas de la llamada y la noche es más oscura que nunca. No se distingue ninguna luz en el firmamento y mi alma está sumergida en la más remota oscuridad. Al igual que el olvido, yo me sumerjo en lo desconocido y hago de mi alma antesala de aquello que abandonó la luz con la esperanza de que sus voces sean recobradas y me susurren verdaderas atronadoras que me ayuden a escapar de mi prisión, la carne y el llanto. No sé con quién hablaré, si con el desterrado o con sus hijos. No sé dónde terminaré, pues igual la suerte acude a mí y logro escapar de esta horrenda pesadilla o puede que me una a la nada en su más sagrado silencio. Fuera de esta senda, mi destino ya había sido borrado. No hay marcha atrás, el silencio me guía.

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