
Serie Symbolon:
Σύμβολον Α’: Tò τάριχος. La momia del ascensor
Σύμβολον Β’: La encrucijada egipcia
Σύμβολον Γ’: La Biblioteca Gris
A veces pienso que he vivido en sentido contrario. Emprendí mis estudios filosóficos al margen de todo y de todos; en lugar de una carrera provechosa en los terrenos del Derecho, la Economía o la gestión de empresas, me decanté por fugarme durante mis correrías estudiantiles a bibliotecas ocultas. Huía para revisar oscuras referencias bibliográficas de las que apenas cuatro académicos guardaban noticia. Lo que para otros hubiera acabado siendo un divertimento de jubilado, tras haber agotado sus existencias en carreras profesionales, para mí constituía el único y subterráneo mundo donde morar; en la decrepitud ociosa ni pensaba.
En bibliotecas universitarias donde no se me esperaba, allí se me encontraba: en la flor de la vida y a media luz, perdía el dinero de mis progenitores mientras ganaba horas de hada zambullido en la nada. Llorando en duermevela mientras pasaba mis páginas enamoradas; cielos estrellados de magia natural perfumadora, en mi cabeza perdida departían. Pintando con detalles de simiente extraña; perlas adánicas de martirio pilón que en silencio excavaban sin alcanzar la trinchera enemiga. No era un empollón sino un mal estudiante y un malencarado, esnifando la pura cocaína producida por una alquimia negra.
Afuera los normales graznaban; entre alcoholes y juergas iban transcurriendo sus vidas en correcto sentido, bajo la orgullosa mirada de sus progenitores. Mientras tanto, yo, en detrimento de mi currículo universitario y herencia, iba compilando lo que conocería muchos años más tarde como «Biblioteca Gris». Y en lo recóndito de un almacén de propiedad familiar aún viven enterradas esas joyas bibliográficas, que durante mi juventud fui recopilando contra la voluntad de mi padre y su empresarial legado. En una bifurcación ubicada entre el género de mi negocio familiar y mi verdadera vocación antieconómica.
Ellos: «¿Qué nota has sacado?» «Ese profesor es muy duro». «Es un rollo». «¿De qué vas a hacer el trabajo?» «Este finde voy a emborracharme». Yo: «Las transbimetrías suyacentes a la ajenidad son suaves al paladar de mi conciencia crepuscular». «El italiano pintaba de colores perfumados cada planeta, curando de oro al monarca de ojos esmeralda». «Desafío a la platea a cremar el fantasma del cenobita, oculto tras el retablo del prenacimiento».
Fotocopiaba durante mañanas enteras esos libros de los que no podía disponer en préstamo, en galerías eruditas reservadas a estudiantes de posgrado. No me permitían el paso, mas pasaba igualmente. Decidido a desistir en desidia las distintas dádivas. Dédalo adamante. Doquiera viviendo en una referencia apenas entrevista. Flip, flip; nota al pie y doble página: un bruto titán haciendo trizas los trabajos ajenos. Los de aquéllos que sin talento decidieron morar entre libros ajenos, resumiendo lo que otros conquistaron con sangre y tiempo para apurar dos o tres duros de la administración pública.
Ellos: «Voy a sacarme las oposiciones». «Me he comprado otro coche, tienes que verlo». «¿No vas a salir con nosotros?». «Trabaja en un instituto de estudios muy prestigioso» Yo: «El aparato crítico más completo corresponde a la serie roja Corpus Áner, volumen VI». «¿Cómo pintaría este cometa del manuscrito de astros Ordo fático? Resulta soberbio en su sencillez». «Las compilaciones de monstruos y deformidades se remontan al siglo XV».
Donaciones de libros recibía de otros lunáticos que, como yo, habían decidido dar por perdida la sensatez de esas otras vidas ordenadas. A algunos llegué a conocer personalmente: turbulentos, inmaduros, insatisfechos; felices a su manera. Muy pobres o muy ricos. Iba registrando cada compra, cada encuentro, cada fotocopia, cada adquisición, cada libreta de anotaciones, cada regalo. Les atribuía una materia de conocimiento, reverenciando el buen arte de su autora: «EBENEZE, Viviana Dementina (1894), The Starred Wings of the Soul: an internal History of the Nothingness, London: Poontiac Publishers. Con sumo cuidado iba incorporando cada tomo en su lugar, a puerta cerrada. La habitación clausurada mas fugaz, blanca mas oscura; estantería tras estantería del tamaño de una persona alta; de metal. Lomos plomizos. Carpetas grises que aglutinaban piezas de precioso conocimiento. Cada centímetro una historia. Cada metro, una cadena de dulce sufrimiento y lucha.
Ellos: «¿En qué trabajas?» «Voy a pegarme un viaje a las Moramas». «Miriam ha sacado unas notazas en la carrera». Yo: «He finalizado por fin el cuerpo de notas de la página 62, ‘Novísimo Tratado del Alma. En respuesta a Glaucón Mayor'». «Las mejores colecciones fotográficas de los anarquistas corresponden a las postrimerías de la Gran Guerra». «Existe un nexo de unión entre las cornisas decoradas del Reichstag y la Armonia Colestium de Zanzinno».
Era un erudito del crepúsculo. Un investigador on the Night Side of Life.
Los conflictos con mis progenitores fueron continuos en una época; extraían de sus bolsos retratos-modelos de políticos, economistas o científicos, contraponiendo sus logros a mi travesía biográfica. Una vida que desconocían; una vida cuyos hitos era incapaz de transmitir. ¿Pueden comunicarse entre sí un calamar abisal y una cabra montesa? E iba añadiendo otro libro y otro a la biblioteca; a media tarde o entrada la noche, descendía a través de la bifurcación para sumar un ápice de conocimiento y recuerdo a la empresa de mi vida. A la economía de los pobres de curso mundano; a los multimillonarios de espíritu argénteo. A veces pienso que mi padre se terminó olvidando de mí. Mi travesía contraria transcurrió inadvertida a su memoria dolida. Su empresa, malograda. Sus expectativas, ignoradas.
Décadas después, esa vida sigue transcurriendo en laberinto paralelo. Aún me desplazo a la Biblioteca Gris; apenas sumo nuevos volúmenes a sus estanterías metálicas; apenas contribuyo a la ciencia del umbral con novedosas aportaciones. A mi edad, 47 años, los fuegos y señales se extinguen. Mis lágrimas apenas se oponen a la gravedad imperiosa. Mis victorias ya no son celebradas. Los escarabajos son mis únicos compañeros de juegos. Y sólo recuerdo y recuerdo.
A veces pienso que he nacido en contrario.
#symbola
[[Pneumaturgia]]
