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Interfecta luz del maestro

Interfecta luz del maestro

Bill Brandt, A street in Edinburgh. 1942

Interfecta luz del maestro. Índice y notas.

Era avanzada la noche eterna, allí donde los eones no encuentran eco de su desgracia y el movimiento se vuelve instante imperecedero, cuando el silencio fue quebrantado. El sonido de unas cadenas arrastradas con fallida cautela sacó a Nutt del letargo. Con abrupto despertar, salió del tártaro para entrar de nuevo en la pesadilla, siendo ambos mundos tenebrosos aunque el primero más predecible que la realidad que le había atrapado. Abrió los ojos y aunque el sonido ya se alejaba, tanteó con ásperos movimientos la posibilidad de abrir la ventana. Fuera, el mundo era hostil y misterioso. La realidad estaba desprovista de luz y aunque de vez en cuando el fuego iluminaba las calles, esta vez había sentido algo en el ambiente que le animaba a seguir indagando. De vez en cuando los maestros deambulaban por los barrios, encendiendo algunos fanales, pero por muchos que encendieran, la ciudad siempre terminaba sumergida en la noche. Algunos decían que era la falta de aire y otros, una extraña maldición. Lo cierto es que los maestros formaban parte de una secta proscrita que desde décadas atrás trataban de conjurar la luz para desvelar sus secretos y aunque la ley era escasa en muchos aspectos, estaba totalmente prohibido relacionarse con sus acólitos de cualquier modo bajo pena de cárcel. Para los gobernantes eran una secta peligrosa cuyas ideas sólo lograrían atraer al enemigo hacia la ciudad, la cual permanecía en silencio, escondida e invisible a la mayor parte de los ojos acechantes de la noche.

La ciudad, cuyo nombre cayó en el olvido, tenía casi un milenio de vida. Empezó siendo una simple aldea situada entre un triangulo de montes cuya minería había traído riqueza y comercio. Aquella villa con algunas granjas a su alrededor, pronto se volvió ciudad y ante la caída de los antiguos señores, una élite de gobernantes se hizo con el poder. Con los años la ciudad fue creciendo, la torre del homenaje se convirtió en castillo y los postes de madera, en modestos muros de piedra. No obstante, las grandes guerras empezaron y siglos atrás, la humanidad entera sucumbió a la corrupción. Miles de ciudadanos de otras ciudades vencidas y viajeros de zonas rurales acudieron en masa a la encrucijada. Unos buscaban la simple supervivencia pero otros ansiaban reencontrar la esperanza que habían perdido puesto que antiguas leyendas situaban a aquella ciudad recóndita como el refugio de la humanidad misma. La urbe creció tanto que tuvo que expandirse, edificándose barrios extramuros con tanta celeridad que las calles mal organizadas pronto se volvieron tortuosas y anquilosadas entre caminos laberínticos. El consejo de los diecisiete sabios decidió construir una segunda linea de defensa. La abundante mano de obra y la presencia de constructores curtidos por la experiencia, facilitaron la construcción de una segunda muralla. Los bosques vecinos fueron casi diezmados y las canteras de piedra quedaron vacías. La construcción llevó años, pero pronto se erigieron unos muros tan altos y robustos que la gente se sintió por primera vez a salvo. Cuando los hijos de la herrumbre llegaron, sus extrañas y aterradoras maquinarias de guerra sucumbieron a los pies de las murallas y todos aquellos que lograron escalar las defensas, fueron abatidos por la guarnición de la ciudad que no dudó en utilizar todo tipo de armas y artilugios. Los asedios duraron meses pero un año después los ataques se volvieron aéreos, provocando incendios y grandes bajas entre la población. Tras esta nueva amenaza, la ciudad decidió fortalecer sus defensas y las murallas se expandieron, construyéndose además torres cubiertas armadas con grandes ballestas y escorpiones. Pronto los muros fueron tan altos que desde abajo uno a duras penas podía distinguir sus almenas y cuando los enemigos acudieron de nuevo siguiendo los cauces del río, no pudieron distinguir la ciudad de la montaña. Los rumores de su imbatibilidad pronto circularon por los bosques y más supervivientes llegaron. Ante la falta de espacio, la ciudad creció verticalmente y unido este singular hecho a la naturaleza opaca de los muros, pronto la ciudad quedó en penumbra. Desde entonces habitaba el silencio y nada ni nadie salía al exterior, hacia un mundo del que ya no había noticias y que casi todos habían decidido olvidar.

Nutt decidió salir. No tenía muchas fuerzas. Al estado famélico y su demacración, se le unía la humedad que reinaba en el ambiente. No obstante, más poderosa era el hambre de curiosidad y allí donde otros habían dejado de mirar, él contempló las huellas del resplandor que lo llevarían hacia el camino del recuerdo. Allí, en medio de paredes de piedra y puertas de roble, en una calle sembrada de noche y sospechas, un pequeño fanal reinaba tratando de expandir su legado en un mundo que había olvidado la luz. A lo lejos se escuchaban las cadenas y un gran hombre, más parecido a un monstruo que a una sombra, caminaba cabizbajo, con una especie de vara metálica. Debía de ser uno de los maestros que liberado de sus cadenas, deambulaba por las calles, alimentando la luz con el leve soplido que salía de unos pulmones castigados por el tiempo y la pérdida. Durante varios minutos, se quedó allí, debajo de aquel pequeño rastro de luz. Algunas ventanas se abrieron disimuladamente y ojos curiosos empezaron a observarle desde sus escondrijos. Todos temían la luz y allí estaba él, un simple mortal, en medio de una noche perpetua, contemplando el único atisbo de esperanza, el rostro de su dolor. A su alrededor las sombras crecían y la piedra enmohecida quedaba visible ante unos ojos sufrientes y sintientes. Algunos huían de aquellas luces pues no sólo despertaba el dolor de quienes no están acostumbrados a ver sino que también les descubría aquello en lo que se habían convertido, en meras sombras asustadizas atrapadas en un mundo que ya no les pertenece. Él siguió abajo, contemplando aquella extrañeza y entre el vidrioso espacio interior de aquel fanal, pudo distinguir un exiguo ser, algo que se movía entre sus paredes tratando de escapar, como un alma que ansía volver a su mundo. Tras aquellos extraños movimientos ondulatorios, la luz languideció y el fanal se apagó, quedando la calle sumergida de nuevo en la oscuridad. Todos cerraron las ventanas y volvió el silencio. No obstante, en la retina de Nutt, seguía estando la memoria de aquel cuerpo animado que trataba de comunicarse con un lenguaje que la humanidad había perdido.

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