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Fuga a Murmansk

Fuga a Murmansk

Convoy to Murmansk , Russia, 1943
Convoy to Murmansk , Russia, 1943

Fuga a Murmansk. Índice y notas.

Mientras el viejo astro del norte se desplazaba a su noche, las nubes soplaban ligeras sobre la superficie de aquel carguero. Entonces, el joven Lyam echó de menos no estar sobre un viejo barco de vela pues después de las intempestivas maniobras saturnales, habría sido un regalo para los ojos ver como las velas se movían ligeras acariciadas con los pensamientos de la creación. Unas semanas atrás, las fauces de una grosera borrasca los había atrapado en medio de una lluvia que no parecía tener fin. El mar bien podría haber multiplicado sus aguas pero por mucho que lloviera, el viento siempre se mostraba en contra de su destino, como una voz furibunda, ininteligible y oscura que se alzaba esquiva sobre un mar sin reposo. Un sólo día de viaje fue suficiente para convertir la tormenta en recuerdo y el Sol volvió a asomar de nuevo por la amura de estribor. Por la noche, el viento a duras penas se pronunciaba en los camarotes pero por la tarde, la brisa crecía convertida ahora en los susurros de un mar agradecido por la calma. Faltaban todavía tres días para llegar al puerto de Murmansk pero incluso así muchos de los trabajadores no parecían animados. El trabajo escaseaba y al llegar muchos tendrían que pasar una larga temporada en los astilleros o en las pocilgas de algún pueblo cercano antes de volver a enrolarse en un carguero. El arbitrario temporal que se avecinaba y la escasez de agua en el canal de Panamá habían alterado las exportaciones de muchas compañías.

No obstante, esa misma tarde, muchos marineros habían estado bebiendo frente al cielo abierto y los desastres concluyeron con la trifulca entre varios grupos de trabajadores por algunos comentarios inoportunos sobre etnias y conflictos del pasado. La tensión del ambiente era palpable y más de alguno habría perdido la compostura si no fuera por la firme decisión del capitán y sus castigos a la vieja usanza. Al joven Lyam, al que el capitán llamaba Sjøgutt, le había tocado limpiar la superficie de aquellos restos de fiesta romana. Para Erik, el hedor se hacía insoportable e incluso el agua salada no podía contrarrestar el malestar de pagar por el error de otros. No obstante, Lyam no se hacía eco de sus sentidos y desconectado estaba del presente que algunos consideraban inmediato. Durante aquel atardecer, soñaba despierto pues huía en verdad de un infierno, de un pasado que quería dejar atrás. Por las noches, si cerraba los ojos, soñaba con la sangre y con bestias que se alimentaban de su cuerpo tirado sobre un frondoso bosque. En cambio, si resistía a la noche, la luna lo recompensaba con una luz antinatural y con unos pensamientos que se le mostraban ajenos. Con una fingida lucidez, paseaba por la noche sobre el barco, fumando un cigarrillo con tal de no aparentar fechoría y si alguien le preguntaba, contestaba que no podía dormir.

Allí, el viento le hablaba y la luna como su particular Scheherezade, le obsequiaba con la quietud de quien se nutre con necesidad y de quien crece dentro de su propia naturaleza. El capitán, el viejo y enloquecido Bogan, siempre golpeaba a Lyam en la espalda y le soltaba alguna frase sinsentido en uno de esos idiomas que nadie sabía identificar. A veces le decía en un pidgin ennoblecido que por mucho que huyera, al final el barco siempre terminaba volviendo al mismo puerto. A veces le daba la impresión de que intuía algo de su vida más que una simple atribución empírica. Era lógico pensar que muchos de los que estaban trabajando a su edad en ese tipo de trabajos duros y mal remunerados podían estar realmente huyendo de una situación familiar conflictiva o algún suceso problemático, pero la manera con la que lo decía despertaban en Lyam un amargo desconsuelo, como si por un momento lo hubiesen despertado de un apacible sueño. Nadie podía imaginar qué era aquello que le había quitado la tierra ni quién era aquella sombra lejana por quien su corazón había dejado de latir, pero él prefería pensar que algún día no habría más tormentas ni puertos fronterizos, sino un eterno y extenuante mar que esperaría ser navegado por la eternidad.

En sus fantasías vivía y mientras trabajaba, se imaginaba que toda aquella mugre sobre la cubierta eran sus recuerdos y que los fregonazos que blandía a diestro y siniestro, las propias olas del mar que limpiaban la impureza en la que se había convertido la propia vida. Mientras rellenaba los cubos con el agua salada, el capitán volvió a dar uno de sus últimos paseos. El Sol estaba cercano al beso del océano y mientras encendía su rústica pipa de marinero, se dirigió a él para eximirle de su trabajo. El joven Lyam se hizo el sordo, como quien no comprende el idioma y siguió trabajando. El hombre al que todos llamaban Bogan se quedó unos minutos de pie, cerca de donde trabajaban los marineros y soltó alguna de esas frases mientras la tarde todavía parecía resistir. Era un lenguaje que sólo algunos de los marineros extranjeros debía entender pero Lyam, aunque no entendió nunca ni una palabra, notó como su corazón dio unas sacudidas inesperadas, como si de golpe estuviera a punto de sufrir un infarto. Era como si en el fondo de aquellas palabras, un significado oscuro y secreto se hubiera entrecruzado con su entendimiento. Cuando se giró, lo vio a él, al capitán, viejo y firme junto a uno de los agujeros de buey. En un instante, la noche pareció hacérsele presente y no quedaba rastro de la luz atardecida. Su rostro, ensombrecido y enlutado, permanecía presente aunque lejano en su familiaridad y sobre su gorra y barba rala, se podía ver reflejado el resplandor de la creciente luna. Sus ojos estaban ausentes, cubiertos por dos oscuridades abismales y de su boca, emergía un humo ennegrecido que parecía flotar con un halo de misterio. Lyam lo miró fijamente mientras su espíritu se venía abajo. Ante la neutralidad de su superior, las lágrimas recorrían la superficie lastimada de su rostro, vencidas ante quien tiene la capacidad de leer el alma humana.

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