
El presagio del segundo pasajero
Vivía él, Juan Carlos, cuando contó aquella historia a dos de los testigos entre los cuales yo me incluyo. Hacía meses de aquello que le sucedió en su último viaje, pero no debía faltar mucho para su muerte, pues cuando sus palabras todavía estaban frescas en mi memoria, su sepultura, si es que la hubo, ya debía estar cubierta de tierra. Antes de escuchar sus palabras, intuí que algo iba a suceder muy pronto, pues aquel que durante un tiempo fue compañero mío de estudios, contaba aquellas fatalidades como si no fueran nada en comparación con aquello que estaba a punto de suceder.
Todo ocurrió mientras navegaba por un río en la provincia de León. No llegó a decirme qué lugar era, pero el río, al menos en su descripción, parecía amplio y navegable y además de solitario, se encontraba rodeado de bosque. Allí, estando solo, atravesó el agua sobre los lomos de una pequeña embarcación que por la descripción parecía más grande que una simple piragua. En algunos tramos se había hecho necesario remar, pero en aquel momento crítico, mientras atardecía, el horizonte se encontraba atravesado de un viento extrañamente gélido y contundente con las aguas. No obstante, la embarcación en ningún momento zozobró o fue presa del pánico, sino que aceleró su travesía sigilosamente sobre unas aguas que se tornaban cada vez más opacas. Pronto tendría que parar, pero allí el bosque se mostraba espeso e inhóspito y, aunque nunca se hubiera atrevido a quedarse en aquella parte en la que todavía acechaban los lobos, temió que la noche lo alcanzara, así que detuvo la barca en la orilla y trató de encontrar el fuego. En principio, era lógico pensar que era más sensato acampar en la intemperio que navegar por un río a oscuras so pena de volcar en aguas turbulentas.
No encontró la llama ni el pedernal, sino un miedo visceral que creía haber experimentado en sueños. Allí, en medio del bosque, cuando todavía no había montado la tienda, sintió el verdadero pánico que no nace del recuerdo real sino del espíritu mismo. Primero escuchó unos pasos, luego un murmullo y finalmente un silencio que le heló la sangre. Creía haber escuchado un nombre, un vocativo ígnoto que Juan Carlos nunca quiso desvelarme, pero cuyo recuerdo debió acorralarlo entre espejos de tinieblas. No supo explicar bien qué sucedió a continuación, pero por lo que podía entenderse, de alguna manera salió precipitado con la barca del lugar. Debió haberse dejado algunas de sus pertenencias en el bosque y quizá incluso material indispensable para la aventura, pero ante aquella extraña situación solo pudo huir aterrado, buscando el débil reflejo de aquella barca en medio de una noche sin luna.
Ni siquiera le pareció estar navegando si no fuera porque los remos bien se hundían en algún lugar. No obstante, no encontraba resistencia en ellos y tampoco el ruído del agua llegaba a sus oídos. Bien le pareció que se había quedado sordo si no fuera porque el viento seguía aullando creciendo en intensidad conforme el río se adentraba más entre las montañas. Delante de él no había nada, sólo oscuridad y aunque no tenía la sensación de moverse por ningún lugar real, en su imaginación se encontraba atravesando la propia oscuridad de la noche, una noche que estaba más allá de nuestro mundo y donde el día era solo un ejercicio de abstracción realizado sobre el recuerdo de una luminaria. Y sin embargo, todo se movía. Pero él seguía remando hasta que escuchó una voz.
—Puedes dejar de remar, Juan Carlos. Él ya está lejos.
Entonces él se giró, pero aunque no vio más que la misma oscuridad que cubría su cuerpo y la naturaleza misma, sentía que había algo allí con él, algo que había estado respirando su propio aire y su propio aliento, algo que había dejado de ser oscuridad para convertirse en la presunción de una persona. En ese momento de la historia, Juan Carlos nos explicó que no recuerdó bien todo lo que sucedió a continuación, pero dijo que conforme pasaron las semanas, empezó a redondear los diálogos perdidos y completar los silencios que eclipsaron su alma.
Mientras seguía por aquel río sin nombre, paralizado por el miedo y por la incertidumbre, aquella cosa se debió mover aunque en ningún momento pareció abandonar la barca. Le dio la impresión de que estaba en el extremo posterior de la embarcación, aunque conforme hablaba, empezaba a acercarse a su persona. No obstante, él no sintió ninguna variación en la luz. Sólo la voz crecía o decrecía, haciéndose inexplicamente familiar conforme interpelaba a su receptor. Primero le dijo aquello que habría sucedido en el bosque, de haber llegado a encender el fuego o ver a aquello que caminaba sin rostro. Juan Carlos estaba convencido al principio que la persona o ser que le hablaba era en principio aquello que lo había encontrado en el bosque, pero por lo que pudo entender, la entiedad siempre negó con la distancia. Después de atemorizar la mente de nuestro protagonista, aquella voz le profetizó grandes males, aunque no peores de aquel destino que le aguardaba en el bosque. Le dijo que sufriría un gran golpe antes de ver la primera luna del año y luego le dijo que por culpa de aquello que no podía ser nombrado, sufriría una gran agonía. Al dolor y a la soledad, acudiría a él una gran sensación de desamparo, como una sed o un hambre que no podré ser calmado, a diferencia de los apetitos del cuerpo. No obstante, todo terminaría antes de que llegara el nuevo año. Entonces su vida se le iría en un suspiro.
Juan Carlos decidió ignorar algunos de los detalles que habló con aquel ser y también decidió anular de su narración las cosas que pudo distinguir en su viva imaginación. No obstante, llegado el momento de mayor oscuridad, el agua, según él, se hizo pesada y la barca durante un momento le pareció que había cambiado de forma. Aquella voz le aventuró que pronto se haría la luz, pero que tenía ahora que remar más fuerte que nunca.
—Rema por mí el último tramo de este río, antes de que me despida el sol. Rema por mí en este viaje, Juan Carlos, que yo remaré por ti antes de que pase un año.
Y entonces, él dijo, sobrecogido por el recuerdo, que la embarcación, en el justo momento de quedar desvelada por el primer clamor dorado, cambió su forma haciéndose más cuadrada y angulosa, asemejándose durante un fugaz instante en una especie de ataúd flotante. Entonces se vino la luz y el agua volvió a replicar con su natural sonido. No había nadie más allí salvo él y la incipiente sombra de su atormentado cuerpo.
Después de aquella narración, Juan Carlos dijo que debía ausentarse unos días, que como si de un juramento se tratara, debía encontrarse con aquel ser en un lugar que o bien podía ser el mismo, o bien un lugar desconocido. Sólo supe por aquel entonces que meses atrás sufrió un pequeño accidente y quedó postrado en la cama. Durante los meses de recuperación, los médicos no supieron explicar bien qué le estaba ocurriendo a su cuerpo, pues las analíticas se habían vuelto locas y los síntomas, difusos, cambiantes y contradictorios. Antes de despedirse en aquel día tan fatídico, me dijo que independientemente de aquel presagio, había tenido la suerte de haber evitado el encuentro con aquello que acechaba la orilla del río. Dijo estar agradecido a aquel ser, aunque no entendí en su momento cuán real era su historia y su presagio. Después de aquello marchó a un lugar y desapareció. Ya nadie volvió a saber de él, pero ahora sigo cuestionándome sobre qué era aquello que le acompañaba y si éste era real y razonable, qué era en verdad aquello de lo que le había salvado. Todavía sigo pensando sobre la naturaleza de aquel mal y por qué era este preferible a aquello de lo que había huido. ¿Qué habría hecho yo en su lugar? No lo sé. No estaba allí, pero sigo sintiendo escalofríos cuando recuerdo que dijo que ahora éramos dos los que habíamos presenciado su historia. Sin embargo, por lo que recuerdo, en aquella habitación en la que me contó la última historia, solo estábamos él y yo.
