
I
Mario debió caer inconsciente en algún momento durante la huida. La memoria de aquellas últimas escaleras antes de llegar a la azotea han sido entremezcladas por la ficción delirante de un cerebro alimentado por gases que emergían del inframundo. Recuerda unas manos que lo acompañaban y puede que alguno de sus compañeros le agarrara del cuello al ver que su cuerpo se tambaleaba. Todavía tiene las marcas de aquellos dedos largos alrededor de la clavícula. Pero entonces la tierra sufrió una sacudida y su última memoria quedó trastocada. Cree recordar una luz de fósforo verde, pero puede que aquel recuerdo esté tomado de la lámpara que pendía del techo de la habitación donde recobró la consciencia.
Pronto tres hombres entraron en aquel cubículo y lo ayudaron a colocarse, dejando que su espalda tocara la pared inclinada de la habitación. No había ventana y la única luz potente podía verse reflejada tras la puerta que prontamente quedó sellada. Uno de los hombres parecía médico, pues portaba una mascarilla y un traje de cuarentena blanco. Primero vinieron las curas, la exploración médica y más tarde el interrogatorio. Aquellos hombres que acompañaban al doctor parecían saber más de Mario que él mismo. Durante su narración, era constantemente interrumpido para reconducir sus palabras hacia aquellos detalles de interés. Parecían interesarse por el efecto de aquellos gases. Era más que probable que le estuvieran poniendo a prueba, tratando de observar si aquella experiencia había dejado huella en su mente o si los efectos se habían cronificado en su sangre. Todavía no sabía a ciencia cierta dónde se encontraba y cualquier pregunta sobre el lugar o sobre el estado de sus compañeros a los que a duras penas recordaba se convertía en una abrupta corrección por parte de sus interlocutores. Tras una hora de duro interrogatorio, parecieron contentos con el resultado. El médico firmó en uno de los papeles que el paciente 23 estaba libre de toda mácula y que los efectos, en el caso de Mario, sólo habían sido transitorios debido a una breve exposición.
Al cabo de una hora llevaron a nuestro hombre a una sala iluminada por un potente foco verdoso. Por lo que podía ver, la mayor parte de las luces eran fluorescentes y cercanas a los colores del fósforo, acercándose a la extraño contraste del gualdo. Aquel hombre le explicó dónde se encontraba. Estaba al bordo del Zeppelin Jotun-Graf 2027, una de las últimas máquinas que había podido sobrevivir a la catástrofe. Mientras la tierra se abría y de ésta salían mares de lava y gases sobrenaturales, los ingenieros de la liga social habían podido arrancar el proyecto que por entonces todavía estaba en su etapa de finiquitación. No obstante, había sido esa necesidad imperiosa de terminar lo dado lo que había facilitado la salvación de muchos infelices. El Zeppelin, en lugar de alcanzar la altitud deseada, se había visto obligada a sobrevolar las manzanas próximas al laboratorio, tratando de rescatar las últimas piezas necesarias para el proyecto. Sin embargo, la tarea había sido ardua y peligrosa, habiendo perdido la vida algunos de sus miembros en el descenso. Al principio creían que sólo los gases conformaban el único peligro, pero con el tiempo se dieron cuenta de que algo más había en aquel terreno que hasta hace poco consideraban hogar. No obstante, nada estaba confirmado y lo único que había eran rumores sobre peligros más infundados que reales. Tras varios nuevos intentos de conseguir algunas máquinas para la nave, el hombre al mando de la embarcación, el capitán Rosencreuz, decidió desistir y trasladar la nave a uno de los hangares que estaba situado más al este, cerca del puerto. El objetivo era conocer el estado de los otros proyectos, recuperar material de alto valor y si era posible, salvaguardar personal especializado, pues era probable que todavía quedara algún superviviente.
II
Mario y su equipo debían pertenecer al personal de alguna especie de fábrica, laboratorio o taller. El traje de especialista lo delataba, aunque su memoria todavía navegaba en un limbo de incertidumbre. En un momento dado recordó subir por unas escaleras de color amarillo. El personal parecía buscar una zona elevada. Era una compleja red de edificios y por la altura, debía ser casi una especie de rascacielos que contaba con su propia pista de aterrizaje para helicópteros. No obstante, no recuerda que hubiera allí ningún vehículo. Sólo gente asustada que trataba de ponerse a salvo, huyendo de algo que todavía permanece en la sombra de su inconsciente.
Tras aquella primera toma de contacto, el capitán pronto le dijo que había podido salvar a algunos de sus compañeros y que cuando despertaran del sueño inducido, podría verlos. En aquel momento decidió serle franco y le comunicó que era muy probable que algunos de ellos hubieran quedado trastocados por el gas. No obstante, le dijo que era sólo una posibilidad. De todas formas habría que esperar al análisis minucioso del doctor. Tras aquella aclaración, el capitán le instó a que le siguiera tras una de las puertas metálicas que se había acabado de abrir. Le hizo un pequeño tour por el pasillo central hasta que salió a una especie de comedor. Allí había un mirador acristalado y pudo comprobar que efectivamente se encontraban a gran altura. La ciudad, bajo sus pies, era un cúmulo de ruinas apocalípticas. Todo estaba sembrado de una poderosa niebla opaca y dónde no había ríos de lava, había profundos territorios cubiertos de lodo y una especie de chimeneas de tierra que se abrían como colmillos en la tierra, emanando de ellas poderosas hileras de humo que ascendían furiosas hacia el cielo.
El mundo le pareció ahora irreconocible, pues no era sólo la ciudad. Ya no había pastos ni bosques y la frontera entre el mar y la tierra se había desdibujado en aquel infierno inaprensible al ojo humano. Después de aquel primer contacto con la realidad, el capitán se despidió de Mario y dos hombres uniformados le pidieron que les acompañara. Éstos, aunque firmes y rigurosos, se mostraron amables con el tiempo y llevaron al nuevo pasajero a una especie de cámara que emergía de la parte inferior del Zeppelin. Allí pudo ver una sala con un conjunto de cámaras, algunas personas manejando sofisticados aparatos de medición y un objeto a escala de la nave que ocupaba el puesto central. Por lo que entendió, el Zeppelin tenía una estructura clásica, con una gran masa acorazada en la parte inferior. No obstante, había una torre que sobresalía por la parte superior y de ahí intuyó que una parte de la estructura se encontraba en la parte interior del propio globo, coexistiendo con la parte en la que se acumulaba el gas. Se preguntó entonces cómo habían podido sacar a flote tal colosal figura de metal y cómo habían conseguido que el gas alcanzara tal grado de densidad. En la parte anterior y lateral de la estructura pudo ver unas alargadas salas acristaladas sujetas al globo desde donde se veía una especie de cultivo y en la parte delantera, dominaba una especie de cabina que tenía varios miradores de cristal, algunos telescopios e incluso una especie de cañones que sobresalían con una estructura giratoria.
III
Tras algunas aclaraciones por parte del personal uniformado, pronto comprendió qué era aquella sala. Era una especie de anexo que sobresalía de la estructura inferior, era una sala dedicada a la exploración, preparada para el análisis de la superficie terrestre y para localizar personas y objetos de interés. Desde allí habían podido localizarlos y rescatarlos. Pronto comprendió qué necesitaban de él. Querían que les detallara qué había en aquel edificio y dónde se situaba el taller donde presuntamente su equipo había trabajado. Desde aquella altura, sólo había una densa bruma opaca, pero pronto Mario imaginó que en medio de aquella red de edificios había una gran superficie, un polígono lleno de talleres y almacenes para maquinaria industrial.
La nave era ya operativa desde su despegue, pero necesitaba, dado el personal que habían podido localizar, una nueva bomba de agua para depurar el agua de lluvia y algunas máquinas para optimizar la energía y la navegación. El objetivo era encontrar todo lo que pudieran encontrar de valor, incluyendo víveres, munición, baterías y combustible, pero en especial, les era de interés encontrar material referido a las telecomunicaciones. El capitán era conocedor que por aquella zona estaban realizando algunos experimentos de navegación avanzada y era más que probable que tuvieran múltiples aparatos de radio e incluso algunos modelos de comunicación avanzados capaces de comunicarse con los satélites que todavía debían orbitar sin dueño alrededor de aquel planeta en penumbra.
IV
Los primeros días transcurrieron de forma extraña. Mario no vio a ninguno de sus antiguos compañeros, aunque dudó en todo momento de poder reconocerlos si los volviera a ver. Sí recordó algunos detalles de sus últimos trabajos. Efectivamente debía formar parte de aquel grupo de investigadores que fabricaban material de comunicación. La nave permaneció varios días anclada en aquella superficie, realizando algunos descensos en vertical con unas pequeñas plataformas semejantes a montacargas. Vio por los ventanales de la terraza descender y ascender a varios de los hombres uniformados identificados como personal militar. No obstante, no siempre que bajaba un grupo, subía entero. Casi siempre faltaba algún miembro del equipo. Al tercer intento vio como subían una especie de gran ascensor con cajas y aparatos relucientes, repletos de cables y circuitos. Debía ser el material que estaban buscando. Al día siguiente del último hallazgo, el capitán fue a visitar a Mario. Le pidió que tomara un nuevo cargo en la nave como especialista en comunicaciones. Mario aceptó sin dudarlo. Era lo único que podía hacer para devolver el favor a la gente que le había salvado la vida. Preguntó por los compañeros y el capitán, aunque titubeó, decidió contarle la verdad. Sólo dos de sus compañeros seguían con vida, aunque todavía no estaban seguros de que ambos hubieran sido contaminados por los gases. Debía tener paciencia y esperar con calma el pronóstico del doctor.
Al día siguiente Mario se mudó a la parte superior de la nave. Su camarote, compartido por otros tres hombres, era en cierta medida claustrofóbico, pero pronto se acostumbró al trabajo. En su turno, subía a la parte superior del Zeppelin. Allí estaba aquella torre que había podido ver en la miniatura. Era una torre de comunicaciones, donde estaban montando todos aquellos aparatos que no habían podido colocar en la fase final del montaje. Vio antenas, parabólicas y aparatos de comunicación satelital. Recordó entonces por qué estaba allí. Su misión era encontrar a otros en medio de aquel mundo perdido. Mientras terminaban de montar los aparatos, ya estaban poniendo a prueba las radios de media y alta frecuencia. Lo que encontró más tarde en estas comunicaciones será narrado en otras historias, pero de momento, sólo encontró ruidos, señales muy débiles y un extraño ruido blanco de fondo que parecía ser provocado por algún fenómeno atmosférico desconocido. Cuando terminaba su turno, bajaba a los aseos y luego leía en su camarote antes de dormir. El día de descanso era el único día en el que podía pasear por el resto de la nave, a veces iba a la cantina a conocer a sus nuevos compañeros, pero otras veces iba a las reuniones con el resto de personal o bien paseaba por los extraños huertos que habían montado en la parte trasera. El Zeppelin se había configurado como un ecosistema en relativamente cerrado, como un mundo propio, en cierta medida ajeno al mundo antiguo, pero a la vez expectante de él, como si todavía hubiera algo necesario que permanecía oculto entre aquellas tinieblas que una vez llamaron hogar. La nave debía avanzar hacia un nuevo horizonte, pero de momento no podía hacerlo, pues había todavía algo escondido en la niebla que debía ser recuperado.
