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Los últimos nueve números

Los últimos nueve números

Eva Besnyö (1910–2002), Untitled, Vertigo #3
Eva Besnyö (1910–2002), Untitled, Vertigo #3

Los últimos nueve números

Él había hablado con su amigo hacía cosa de dos meses. Éste le había llamado, pero no por cortesía o para felicitarle las Navidades. La llamada parecía más bien fruto del azar. Estaba él sentado sobre la cama en una noche extrañamente calurosa cuando el teléfono empezó a sonar. Era un número extraño, ajeno a la memoria de su agenda, pero al aceptar la llamada escuchó pronto una voz familiar. No hubo inicio formal ni saludo, simplemente el diálogo empezó como si en la mente del otro, la conversación se hubiera iniciado tiempo atrás. Como solía pasar en más de una ocasión, nuestro protagonista no abrió la boca, simplemente escuchó lo que el otro tenía que decir. Su amigo le habló aquella vez de la integración de los sentidos en la memoria a largo plazo y divagó sobre la identidad diacrónica. Hacía años que se conocían y largo tiempo habían hablado el uno con el otro. Sin embargo, éste parecía atemorizado ante la simple idea del cambio. Según sus razonamientos, si uno cambiaba constantemente y no encontraba el hilo conductor de su vida, no sólo corría el riesgo de perderse en un mundo sin identidad, sino en un mundo donde las relaciones con el otro quedaban desprovistas de fundamento.

Nuestro protagonista no recordó como terminó aquella conversación. Pudo haberse quedado dormido en un momento indeterminado de la noche o bien olvidó la despedida que lo catapultó hacia la soledad. Los días pasaron y su amigo le volvió a llamar. Le llamaba siempre de noche, normalmente el jueves o el viernes. Hacía lo mismo cada dos semanas. En mitad de la noche el teléfono volvía a sonar; siempre era un número diferente; conocido, determinado, pero ajeno a su memoria. Y al otro lado, la conversación era iniciada como si nada hubiese ocurrido entre cada ciclo lunar. La segunda noche le habló de la representación del mal en el cine; otras veces le habló de la gramática hitita o de los tipos de daltonismo, pero la conversación que más recordaba nuestro protagonista fue cuando le escuchó hablar sobre la libertad en el pensamiento y en la acción. Lo recordó porque escuchó su amigo llorar al otro lado del teléfono. Estaba totalmente compungido. Le dijo en alguna ocasión que su vida ya no era suya y que sospechaba que todo su ser había quedado diezmado, transformado en un simple juguete. Su vida ni siquiera era la vida de otro, sino una mera representación que no tenía ninguna finalidad fuera de sí misma.

Al otro lado, viéndose incapaz de alcanzar a comprender qué necesitaba escuchar su amigo, el interlocutor sólo ofrecía un eterno silencio. De vez en cuando emitía algunas palabras para dar a entender que seguía allí, pero eran meras murmuraciones. El viernes pasado, sin embargo, todo cambió. Ante las fugas dialécticas, el hombre detrás del teléfono intentó hacerle recordar a su amigo aquella vez que estuvieron en el cine, cuando unos jóvenes empezaron a tirar palomitas al grupo de hombres equivocados. Él no recordaba aquel suceso y cuando le preguntó por la película, tampoco estuvo el otro seguro que hubiera vivido aquello. Quizá lo había visto en alguna película o había ido al cine con otra persona. Le habría preguntado por qué a veces uno podía perderse en un espejismo de la memoria, pero el otro simplemente le dijo que no podía recordarlo porque ya había desaparecido aquel momento. Él no entendió qué quería decir y por ello le preguntó, pero su amigo le dijo que al haber desaparecido, ya no había luz verdadera que alumbrara su memoria. Después de aquellos minutos donde la conversación derivó en palabras perdidas y frases huérfanas, el teléfono simplemente se apagó. La batería se había agotado.

El hombre puso el teléfono a cargar, pero al recuperar al acceso a aquella extraña encrucijada de palabras y ondas electromagnéticas, comprobó que no tenía ninguna llamada perdida más. El teléfono, mientras cargaba silencioso, también pareció conocer el reposo de la noche. Nuestro protagonista se durmió y de ese sueño despertó alterado, como si por la noche alguien hubiera estado allí con él, observándolo en silencio mientras la luz de la luna se extinguía en su regazo. Al día siguiente recibió un mensaje. Querían ponerse en contacto con él. Asombrado, contestó al mensaje y al instante recibió una nueva llamada. No era su amigo, sino la familia de éste. Días atrás habían denunciado su desaparición y nadie lo había vuelto a ver en su vivienda habitual desde hacía semanas.

Él dijo que eso era imposible porque había estado hablando con él, pero al escuchar la reacción de aquel hombre detrás del teléfono, decidió rectificar. Dijo que había hablado con él, pero no estaba seguro del día. Recordó los números de teléfonos cambiantes y el hilo de las conversaciones y decidió investigar por su cuenta antes de decirles algo más. En aquel momento sólo se le ocurrió tranquilizar al padre y decirle que trataría de revisar los mensajes para ver cuando había sido la última vez que había logrado hablar con su hijo y que si era necesario les acompañaría para hablar con la policía. El hombre pareció algo más tranquilo y le colgó después de darle las gracias. Tras la llamada, el hombre revisó el historial de conversaciones y probó a llamar a los números desconocidos que previamente ya se había anotado en la agenda. No obstante, todos salvo uno habían dejado de existir. El único que sonaba, permanecía en la frontera de la comunicación un minuto antes de colgarse automáticamente. Decidió esperar.

Esa semana no hubo más llamadas, pero al siguiente viernes, el teléfono volvió a sonar. Al otro lado, estaba él, nervioso, impaciente, hablándole de osos polares y agujeros negros. En lugar de sacar el tema que lo había estado preocupando durante una semana, decidió seguir hablando mientras salió a la calle. Caminó durante una media hora antes de llegar a la casa de su amigo. Vivían en la misma ciudad, pero a pesar de ello, habían dejado de verse durante años. Sólo habían intercambiado correos electrónicos y mensajes de teléfono. Había sido aquel año cuando el reencuentro se había producido realmente. Él caminó por la acera mientras la calle, oscura y mojada, parecía denotar que algo extraño estaba pasando. No había nadie allí salvo el silencio sepulcral de la noche que acentuaba y enaltecía cada uno de los entresijos de aquella conversación. A duras penas dio unos pasos por aquella calle cuando su amigo le preguntó que por qué había ido hasta su casa. Él le preguntó cómo lo sabía y él le contestó que lo estaba viendo desde la ventana. Sin embargo, allí no había nadie y todo el tercer piso estaba más que cerrado. Las persianas parecían bajadas. No estaba seguro del todo, pero sí podía ver la simple oscuridad allí en lo alto.

El hombre en la calle le preguntó si realmente estaba allí o le estaba gastando una broma. Él le aseguró que no podía bromear en una situación como aquella. Fue entonces cuando él confesó que había hablado recientemente con su familia y que por eso mismo había venido caminando hasta su casa, aprovechando la llamada. Simplemente quería saber si estaba bien y por qué había desaparecido. Su amigo dijo que ya lo sabía, pero que no podía hacer nada al respecto. Había desaparecido, sin remedio y de haber sabido que había estado caminando hasta allí le habría colgado. No quiso explicarle por qué, pero era muy peligroso que ambos se encontraran en esa distancia, desde ese modo. Después de aquello le dijo que había un extraño puente, o así lo percibía él, que permitía revivir su memoria durante un instante. A continuación dijo que era más que probable que después de aquella noche, el puente desapareciera.

El hombre llamó al telefonillo. Al otro lado, el otro le dijo que, aunque había oído el ruido, éste le había llegado a través del teléfono y no a través de la realidad. Le dijo que ya no podía abrirle de ninguna manera y que si él entraba por la fuerza, sólo descubriría una casa vacía que una vez albergó algo de vida. El hombre insistió, pero él contestó de la misma manera. Dentro de la casa no había nadie y aunque él lo estaba viendo desde algún sitio, era sólo algo que le resultaba similar a la casa, pero no era desde luego la casa misma. El amigo mismo le confesó que tampoco sabía cómo podían ambos hablar si ahora él ya no estaba allí, pero también le dijo que tenía algo de miedo porque al interrumpirse la llamada, no tenía la menor certeza de dónde iba a ir. Él le recordó, que tarde o temprano hablarían, si no era el jueves sería el viernes, dentro de dos semanas, tal y como solía ocurrir, pero algo en su interior le decía que quizá aquel día ya nunca iba a llegar.

Allí, debajo del portal, siguió mirando la ventana vacía desde la cual alguien imaginaba observarlo. Se le rompió algo dentro de sí cuando escuchó al otro lado del teléfono unos incipientes sollozos, como si algo horrendo estuviera a punto de ocurrir. Después de aquello el teléfono colgó. El hombre llamó al teléfono mientras llamaba a la casa. Ninguna de las dos acciones dio resultado. Él simplemente estuvo allí durante unos minutos mirando aquella ventana vacía, tratando de adivinar si había algo detrás de la oscuridad insondable. Luego se marchó a casa. Sus padres le llamaron de nuevo la semana siguiente y él le dijo que había hablado con él hacía semanas, pero que no tenía ni idea de qué le había sucedido. En verdad se habían distanciado con los años y aunque sí les dijo que parecía muy nervioso en las conversaciones, evitó contarles lo que había sucedido en las últimas semanas. En su agenda quedaron registradas las nueve llamadas desde aquellos números desconocidos.

Aquellas conversaciones nocturnas pronto quedaron en su memoria. Pasaron los días y finalmente las semanas. El teléfono no volvió a sonar. Ya no hubo números desconocidos ni conversaciones extrañas en mitad de la noche.. A veces, se iba a dormir mirando el teléfono. Sabía que su amigo tenía algo importante que decirle, que quería comunicarle y describirle cómo era aquel lugar desde el cual había llamado, pero sabía en el fondo que jamás volvería a saber de él. Había desaparecido para siempre, pero de un modo que no podía comprender.

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