Close
El parásito de la estepa

El parásito de la estepa

Fotografía en blanco y negro. Un hombre camina a través de un campo labrado en Colorado.
Margaret Bourke-White (1904–1971), Approaching storm (detail), Hartman, Colorado, 1954

El parásito de la estepa

Corría el año 1903 y aunque la tecnología ya había llegado a la ciudad, allí, en los albores del desierto, las cosas seguían como antaño. Por aquel entonces había un hombre llamado Dennis, el cual se ganaba la vida con sus cabras, yendo de un lugar hacia otro, sin un destino fijo, con el único objetivo de seguir existiendo. Él estaba solo hasta que un día apareció Aaron en su vida. Era un hombre de pocas palabras, pero cuando uno lo conocía descubría en él una historia que parecía abarcar la mismísima eternidad. Si no fuera porque resultaba imposible uno hubiera dicho de él que era como si hubiese vivido nueve veces. Lo que era al principio una simple compañía, terminó siendo una amistad duradera y así ambos, que al principios eran desconocidos el uno para el otro, terminaron uniéndose a través de las millas de tierra baldía.

Un día le llegó a Dennis una extraña sensación. Al principio ni siquiera era consciente de su debilidad, pero cuando tardó tres días en llegar al próximo pueblo, se dio cuenta de que sus fuerzas le estaban abandonado. Lo que antes recorría en una tarde, ahora tardaba media semana. Por la noche cerraba los ojos, mas no tenía sueños ni pesadillas, sino una simple visión de la luna inquieta. Y llegó pronto el día en el que se desplomó tratando de agarrar con sus manos una pequeña cabra recién nacida. Aaron nunca le comentó nada y él mismo aseguró estar igual de cansado que él. Cuando llegaron a pueblo, la gente descubrió preocupada el rostro de Dennis. Parecía cansado, abatido, envejecido, como si dos lustros le hubieran visitado desde el anterior encuentro. Estando en la pensión, un hombre le dijo que visitara al viejo que vivía más allá de la última colina coronada por un roble blanco. Aaron parecía reacio a acudir a cualquier especie de curandero, pero viéndose incapaz de convencer a su amigo, terminó aceptando ir con él.

Al día siguiente partieron y, aunque su salud pareció mejorar tras el descanso, no abandonó la idea de buscar consejo. Además, el rostro de su amigo empezaba a estar algo pálido y tuvo miedo de que ambos hubieran contraído alguna enfermedad o que las cabras tuvieran alguna infección contagiosa. Puede que aquel hombre les ayudaría a recuperar la salud. No les costó encontrarlo. Él estaba meditando bajo el viejo y robusto árbol durante el intenso calor del mediodía. Aquel hombre, cubierto con un extraño poncho de lana, les miró como si ya estuviera esperando su visita. Sin esperar ninguna pregunta, y obviando cualquier tipo de honorario, les dijo que ambos parecían enfermos, pero sólo uno de los dos lo estaba realmente, ya que uno era el objeto de todo mal y el otro, no era un hombre sino un simple parásito salido de la tierra maldita por algún Nefilim.

Ambos se miraron horrorizados el uno al otro y se apartaron varios pasos. El viejo no pudo distinguir cual de las dos miradas estaba más sorprendida u horrorizada, pues aquellos que parecían amigos se separaron el uno del otro con temor, señalándose con el dedo y acompañando sus acusaciones con violentas amenazas. Dennis le preguntó que cuál de los dos era el mal. Aaron, incapaz de morderse la lengua, dijo que evidentemente era Dennis. El viejo, ignorando la pregunta y la respuesta, les dijo que toda víctima del parásito tenía una marca en la axila, una marca de tres puntas, casi triangular. Cuando se hacía de noche, la lengua del parásito se convertía en una serpiente y ahí, debajo del brazo, mordía a su víctima, arrebatándole la vida lentamente mientras éste dormía. Mientras la vida del otro se iba, éste no tenía ningún tipo de sueños ni pesadillas y al final, sólo quedaba un abatimiento que se traducía no sólo en el cuerpo, sino en el alma misma.

Ambos discutieron durante media hora y aunque el viejo tuvo paciencia y conocimiento suficiente para tratar de entrar en la mente del herido, no supo despertar en él el signo de la salvación. Mientras éstos discutían, el hombre fumó durante unos minutos y finalmente creyó encontrar una salida. Le dijo a Dennis, que a simple vista parecía el más débil, que en este caso él ya no podía ayudarles porque el parásito se había alimentado durante tanto tiempo que iba a ser muy difícil desprenderse de él. Antes de que ambos se marcharan buscando el sendero, le recordó la marca. No obstante, no era éste el detalle que quería inspirar en el humilde visitante, sino colocar en él las semillas de una posible futura salvación. Sabía que al final, la victima encontraría un camino, aunque éste le llevaría ante un mal necesario.

Ambos, llegado el momento, se despidieron del viejo y marcharon por el camino. Allí, Dennis acusó nuevamente a su compañero de ser el parásito. Recordando las palabras del viejo, se palpó la axila y se quitó la camiseta para enseñársela a su compañero. Éste hizo lo mismo, mostrando una herida bajo el brazo que debía en ser principio, igual a la suya. Dennis no daba crédito a lo que decía y lo que veían sus ojos, pero durante el camino, a pesar del cansancio y tras mucho razonar, encontró una solución. Ambos debían separarse. Ante esta ocurrencia, la cara de Aaron se mostró sulfurada, cargada de rencor, como si en toda su alma no pudiera albergar más odio. Lo acusó, entre injurias, de ser el parásito. No obstante, la huella del viejo habló en su alma. Sin acalorarse y con las fuerzas agotadas, dijo que igual él tenía razón. Fuera lo que fuese, la cuestión es que alguien de los dos lo era y que si tan convencido estaba de sus propias palabras, no tenía otro remedio que darle igualmente la razón. Aaron estalló en furia. Primero, le amenazó con no tener corazón; luego le reiteró que él era el parásito y finalmente dijo que no le parecía que separarse solucionaría el problema.

A pesar de todos los bruscos y continuos cambios de humor, Dennis no quiso discutir. Le dijo que él cogería sus cabras y marcharía hacia el norte y que lo mejor podía hacer era marcharse hacia el sur. Aaron protestó: «¿Por qué hacia el sur?». A lo que Dennis contestó: «Pues marcha hacia el norte y deja el sur para mí». Al escuchar su respuesta, Aaron dijo que él quería ir hacia el este o el noroeste. Entonces Dennis dijo que le parecía estupendo, «Cogeré yo el camino del suroeste». Su compañero aceptó a regañadientes, pero viendo que no había ya ninguna manera de hacer cambiar de opinión, decidió respetar su voluntad y ambos se abrazaron en un último adiós. Poco tiempo después, Dennis siguió su camino dando la espalda al norte. Aaron, por su parte, se perdió entre las dunas, camino seguramente del próximo pueblo.

Pasaron los días y la salud de Dennis mejoró. No mucho, pero ya no temía quedarse desamparado detrás de su ganado. No obstante, una noche volvió a quedar desprovisto de sueños y al día siguiente, tras unas horas de camino, volvió a encontrarse con su antiguo compañero por el camino. Aaron maldijo los días y las noches y acusó a Dennis de seguirlo hacia el norte. Dennis iba a decir lo mismo, pero angustiado, llegó a pensar que se había perdido y que quizá se había desviado tratando de encontrar el río. No obstante, tras mucho pensar, dijo que era imposible, pues desde lo lejos se podía divisar un pueblo en el que él ya había estado meses atrás y que estaba a días de distancia del anterior pueblo, muy al sur de las dunas donde vieron al anciano. Aaron no quiso discutir más con él, le dijo que hiciera lo que le diese la gana, que él ya encontraría su camino y que aceptaría cualquier ruta con tal de alejarse de él. Ante esta desfachatez, Dennis cogió su ganado y marchó hacia el sur de nuevo, tratando de dejar atrás la sombra de su adversario.

No obstante, al llegar allí, la gente se mostró austera y esquiva con él. Los hombres le negaban el saludo y las mujeres evitaban encontrarse con su mirada. Los negocios no quisieron atenderse y los salones cerraron sus ventanas a su paso. Poco después lo comprendió. Aaron ya había estado allí horas atrás y los había convencido a todos de que él era el parásito. Lo supo finalmente por un viejo conocido, el señor Smith, al que solía comprar cecina. Le dijo que efectivamente allí había estado Aaron y que les había enseñado a todos la marca. Él quiso enseñarle la suya, pero él se lo impidió con un gesto. Le dijo de todo corazón que él ya sabía que no lo era puesto que lo conocía desde años atrás y que sabía que en su alma sólo había eterna soledad.

Dicho esto y viéndose incapaz de abastecerse en aquel pueblo, Dennis salió de allí sin comprar ni vender nada. Tan crueles fueron que si no fuera por el pozo, habría tenido que beber del mismísimo abrevadero en el que se calman los caballos. Marchó esta vez siguiendo una línea recta hacia el oeste, pero a los dos días, volvió a encontrarse con Aaron por el camino. Éste le volvió a decir las mismas palabras y lo volvió a acusar de lo mismo. Pasaban los días y las semanas y los pueblos se le mostraban cerrados ante su persona. Por mucha soledad buscada, terminaba encontrándose a Aaron cada dos o tres días. Siempre con la misma historia, siempre con la misma mentira. Siempre precedido por el cansancio. Allá dónde él iba, éste lo seguía, absorbiendo su energía, drenando su alma de sueños. Al final, aunque abatido y con el dolor en los huesos, Dennis empezó a dormir de día y decidió caminar bajo las estrellas. Cuando se encontró con Aaron merodeando a sus espaldas, le intentó dar con una honda, aunque éste se alejó con una velocidad antinatural, emitiendo un sonido de tremendo pajarraco. A veces también escuchaba unas risas lejanas y entonces, sabía que Aaron debía estar cerca, esperando pacientemente a que su cuerpo cerrara los ojos. Aunque olvidó aquellos sonidos nocturnos, nunca olvidó aquellas risas lejanas que parecían goce de cascabel.

Sus paseos nocturnos, aunque peligrosos, le salvaron de la agonía y finalmente Aaron dejó de acercarse a él. Por alguna razón, éste no podía aprovechar su naturaleza escondida bajo la luz del sol. No obstante, aunque aquello le salvó la vida, confirmó en parte la mentira que había labrado Aaron. La gente empezó a pensar que era de verdad un parásito o algo peor, un vampiro o muerto viviente. Con los meses, Dennis se alejó tanto que ni siquiera el viento supo si estaba en el sur o en el oeste. Allí dónde él llegó, no llegaron los rumores. Además, su aspecto estaba tan desgastado, tan viejos parecían sus ojos que nadie pensó que aquel hombre era el joven Dennis que cinco años antes caminaba con sus cabras. En un pueblo cercano a la frontera vendió las últimas piezas del ganado y las cambió por semillas y útiles de labranza.

Finalmente, se marchó a una cueva en mitad del páramo y allí encontró la paz. Meditó durante el día, trabajo bajo las horas de menor sol y por la noche, soñó con aquello que creía haber olvidado. Tres años después murió en la más estricta soledad. Nadie visitó jamás aquella cueva perdida, aunque se creó la leyenda de que por aquel lugar había criaturas que caminaban por la noche con sus ganados de cabras. Por otro lado, Dennis fue visto finalmente en un lugar más al norte. Siempre acompañado de alguien, siempre afanoso de encontrar nuevas amistades y nuevas aventuras. Siempre tan amable, tan cortés. Vivió ciento cuarenta y seis años, aunque dicen que fue un animal salvaje quien acabó con su vida. La gente, cuando visitaba el cementerio, seguía acordándose de él y de su triste historia. Todos lo recordaban tan joven y hermoso, una eterna víctima de este mundo. Fue un hombre con una vida longeva, pero difícil. Dicen que llegó a una edad extraordinaria, manteniéndose siempre joven, a pesar de haber sufrido la compañía de ocho parásitos que trataron de frenar sus sueños.

Suscríbete

No se pierda ninguno de nuestros relatos y poemas.

Boletín libre de spam. Su correo está seguro con nosotros.

Deja un comentario

Close