El recuerdo de Anna

Publicado por
Matthias Lueger, Netherworld, 2015

Era una mañana que despedía el verano con una gracia inusual. Las flores asilvestradas parecían recorrer el camino siguiendo los rastros de un viento invisible que ya advertía el incipiente aroma otoñal. El carruaje salió temprano desde el pueblo sabedor de la larga distancia que había entre ambos mundos. El cochero recibió a la novia. Ésta iba con su largo vestido blanco, una bolsa de viaje que el joven ayudante no tardó en depositar sobre uno de los laterales del vehículo y un ramo de dalias, petunias y violetas que su hermana menor había preparado con esmero. El padre, aunque mayor, se subió por su propio pie. La madre se despidió desde el portal de la capilla, apoyada en el hombre del viejo párroco. Estaba muy enferma para acompañar a su hija el día de su boda así que el médico le aconsejó que guardara reposo. Algunas personas del pueblo acudieron para observar el carruaje, pues no era frecuente ver diligencias los días festivos. La boda se iba a realizar en una ciudad leonesa, en la misma iglesia en la que el novio había recibido bautismo. Tanto él como su padre eran una familia dedicada al trabajo de la madera y aunque desde hacía años habían logrado aburguesarse, los padres aceptaron el cortejo de su hijo con aquella extraña mujer que había conocido en uno de sus viajes. Fue un amor a primera vista y aunque sólo mantuvieron una abreviada correspondencia, la promesa de una boda apareció tras un primer mes de ensoñaciones y sueños confabulados.

Fue en un tramo olvidado entre dos aldeas vecinas cuando tuvieron lugar los acontecimientos. Cerca había una pequeña cueva y un montículo repleto de arbustos y algún que otro cedro. Un primer disparo hizo que el cochero cayera de bruces contra el suelo, no sin antes golpearse con la vara que separaba ambos caballos. Uno de ellos relinchó y trató de tirar del carro, pero éste quedó varado en medio de malezas y rocas inesperadas. El ayudante del cochero se lanzó al suelo y pronto los asaltantes rodearon el vehículo. Parecían estar buscando una diligencia muy específica, cargada con enseres y joyas de algún señor leonés, pero cuando vieron quién estaba en el interior del carruaje, agazapada con su traje de novia, los bandoleros se miraron y parecieron sincronizar sus intenciones de una manera grotesca e intuitiva. El ayudante trató de huir, pero fue abatido por la espalda. El padre fue el siguiente. Salió del carruaje tratando de hablar con los malhechores, pero uno de los secuaces de la banda le propinó un golpe en la sien y lo tumbó contra el suelo, inconsciente y malherido. Los gritos no fueron ningún impedimento. La sacaron del carruaje y entre sollozos y súplicas la tumbaron sobre la hierba, rodeándola con sus sombras malditas. Sus pensamientos impuros se concentraron en un único torbellino de maldad e impiedad. No había corazón en sus miradas, ni rastro de amor o ternura. Se abalanzaron sobre ella mientras otros miraron complacidos. Rápidamente acabaron con su luz. Al cabo de unas horas el sol ya estaba en lo alto del cielo, su cuerpo empezaba a enfriarse sobre un lecho de flores marchitas, su ropa estaba hecha girones y sus ojos se habían vuelto opacos, como dos perlas que reniegan de la luz del sol. Lejos de allí, una iglesia permanecía abierta esperando a una novia que nunca llegó. Las campanas no pudieron dar réplica. En medio de aquel páramo sólo había un carruaje sin caballos y cuatro cuerpos abandonados a suerte.

Tardaron varios días en recibir las noticias del asalto. El pueblo entero quedó horrorizado por lo sucedido. Un viejo pastor fue el que descubrió el carruaje. Sin embargo, sólo encontraron tres cuerpos. No había rastro de la novia. Las noticias tardaron varias semanas en llegar a la ciudad. El joven palideció y enmudeció durante meses, jurando tiempo después no volver a prometerse en vida. La madre de la joven murió a finales de ese año, entre fiebres delirantes y un gran pesar. No se supo nada de los bandidos ni del cuerpo de la novia. Ésta se esfumó y con el tiempo todo el mundo olvidó lo sucedido. A la primavera siguiente, el campo floreció anunciando una nueva primavera. Cerca de la cueva y del montículo de rocas un pequeño puñado de flores díscolas reclamaron su espacio. Conformaron un extraño lecho alargado de dalias, petunias y violetas. Todas ellas tenían pequeñas manchas rojizas, como gotas de sangre que rememoraban el doloroso recuerdo. Desde entonces, cada año, esas flores crecían protegiendo su constitución hasta finales del verano, momento en el que se marchitaban de manera súbita e inesperada. Muchos rumores circularon sobre la región, pues algunos viajeros nocturnos se habían encontrado con algún rostro descorazonado que los observaba desde algún lado inhóspito de la carretera, esfumándose ante la más mínima respuesta atencional. Años después, un hombre de avanzada edad llegó a la región y dejó a los pies de esa cueva un ramo de flores, no sin antes santiguarse y besar el lecho de tierra cercano. Repitió aquella tradición hasta que un año simplemente la primavera conoció su ausencia y el viento empezó a traer extraños presagios. Desde entonces, algún que otro pastor se acercaba a la región y dejaba ofrendas, negándose a contar a los demás las razones de su inesperado fervor. Tras décadas de silencio y aparente quietud, la extraña figura femenina dejó de aparecer en las cercanías. En su lugar, en lo más profundo de la cueva, apareció un busto femenino tallado en madera de cerezo. Algunos dijeron que aquella estatuilla había sido tallada por algún viejo pastor que conocía la historia. Para otros, la estatua había sido desenterrada tiempo atrás por algún joven que había soñado con ella. Pocos conocen ya la historia, pero algunas almas siguen soñando con ella y con el lecho sagrado en el que se ha convertido su eterno reposo.

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