Lucrecia. Abreacción

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Cuanto tiempo ha pasado desde entonces, estimada amiga. Ha pasado ya un año de tu silencio y no sé si todavía me permites aplicarte dicho apelativo. Lo que sí tengo claro es que, a pesar del tiempo transcurrido, sigo albergando gran afecto hacia tu persona. Desconozco por otro lado tus emociones, tu memoria y si de alguna manera todavía te acuerdas de mí, de lo mucho o poco que pude haber significado en tu vida. Han sido muchos años de secretos compartidos, palabras profanadas y emociones objetivadas. Y a pesar de nuestra consumada correspondencia, seguimos y seguiremos siendo grandes desconocidos. Asististe al nacimiento de mi blog, misteriosa y difusa como una diosa de la noche, en aquella época en la que recién empezaba mis estudios. Siempre que creía encontrarme en la más remota soledad me dabas entender que de alguna manera seguías ahí entre las sombras, detrás de mi propia enajenación, observándome como una vampiresa de colmillos afilados. A veces unos simples símbolos plasmados en una ventana de chat eran suficientes para saber que seguías interesada en mi desarrollo artístico. Recuerdo de vez en cuando lo que me dijiste una tarde ya anochecida. Acudías siempre a mí por la seguridad que te transmitía. No por mi carácter pacífico o mi exacerbada timidez sino porque siempre intuiste que yo no podía querer a nadie más en mi vida ya que las personas que me habían amado de verdad se habían ido. Nunca supe realmente a qué te referías con aquellas palabras hasta estos últimos meses. No puedo darte la razón o quitarte aquellas palabras tan proféticas pero lo que sí es cierto es que toda mi vida ha estado acompañada del abandono, la ausencia y la añoranza. Tú misma lo presentías en cada uno de mis antiguos escritos. Me habría gustado contarte muchas más cosas, poder hablarte de ella alguna vez en mi vida. Nunca lo supiste, pero nuestras almas compartían más dolor del que jamás pudiste imaginar.

En lugar de conocernos de persona a persona, nos centramos en los escritos profundos, en palabras intrincadas, desdibujaciones, en juegos del lenguaje, en la trasnochada poesía, en bocetos del alma. Yo escribía en la más remota soledad, a veces de noche y otras de día, rodeado de los polvorientos libros de una biblioteca repleta de almas sin vida. Tú en cambio plasmabas tus emociones en la firmeza del papel sintiente y luego quemabas tus oscuras letras en la orilla de un océano profundo y peligroso. Nos rodeamos de oscuridad y máscaras y con el tiempo nos fuimos desconociendo. Llovieron cenizas sobre mi corazón, pero tú ya no estabas ahí para acompañarme ni saber de mí. De golpe te fuiste, no sin antes hablarme de tus dos estrellas, el poeta y el escritor. En verdad siempre fue así. Los poemas de Javier tenían una extrañeza que me cautivaron desde el primer momento, quizá por la intrincada elaboración de su obra y por los rasgos tan excesivamente cuidados de su lenguaje. Todavía conservo el libro dedicado que me regaló y a pesar de nuestros desencuentros le guardé siempre gran respeto y afecto, especialmente cuando me encontré que se había rencontrado con sus creencias. En cambio, a Matías nunca lo pude llegar a conocer a pesar de todo el empeño que pusiste en nuestro encuentro. Supuse que éramos como alguna especie de almas emparentadas que temían encontrarse por el riesgo a desvanecerse en presencia del otro. Me descubriste sus escritos, compartiste conmigo su música y era verdad, no hacía falta que me dijeras nada porque siempre supe que detrás de su arte había algo especial que lo hacía único. Me pregunté siempre si yo fui una tercera estrella, una tercera figura misteriosa en la memoria de tu alma o una simple derrota, un proyecto fracasado.

Pero más adelante vino el último dolor, la enfermedad y la tristeza. Siempre quise darte a entender la gravedad de mi dolor, la profundidad de mi herida. Pero en aquellos momentos de inesperado reencuentro o bien no encontraba las palabras precisas o parecía que no había manera de que pudieras entender la situación que carcomía mi alma. Sentí rechazo al hablarte de mis sueños con aquella figura que años atrás conocido como rosa mística y posteriormente como Eos aunque ahora la llamo Anna. Por otra parte, nunca llegaste a comprender las raíces de mis problemas, el vasto y terrorífico espanto que tras desaparecer, siempre terminaba arrojando nuevas semillas de ansiedad. Me dolieron tanto tus palabras. Me viste de golpe renacido, como un joven que, cargado de optimismo, estaba dispuesto a emprender un largo viaje cuando en el fondo no era más que un naufrago somnoliento cargado de desesperanza y alguna que otra maldición. Creías que lo mejor era que nos separáramos, que quemara tus escritos, que te olvidara en mi mente y que te dejara enterrada en algún sepulcro de mi memoria, junto con el recuerdo de la máscara en la que yo creía haberme convertido. Y después de eso me pediste que borrara mis propios recuerdos, que cercenara de mi alma toda nuestra historia con precisión quirúrgica y una frialdad inquebrantable. No pude hacerlo, nunca pude aunque seguramente pensaste que así fue. Nuestra historia se enturbio por el miedo y el espanto, por el miedo a perder a un ser querido y por el miedo a repetir una y otra vez la misma historia que me devolvía una y otra vez a la soledad y al frío de la noche eterna. Te fuiste cuando más te necesitaba y aunque todavía me haces falta, me ha costado una eternidad saber que ya jamás volverás a mi vida.

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