Silvana. Los restos del naufragio

Publicado por
Faust (1926)

Buenos días Silvana. He llegado a estas costas nocturnas, cautivado por una luna que ha dejado de brillar y un mar del que sólo me llega su rumor. Todo es oscuridad, pero me guían esas huellas que me enseñaste a ver, esa promesa de rencuentro con lo desconocido. Cerca de aquí hay un faro y aunque parezco rodeado de una oscuridad impenetrable, las nubes me insinúan su posición pues un liviano resplandor recorre el horizonte en busca de barcos perdidos y almas a la deriva. No obstante, la noche parece interminable y sólo una promesa de redención final alimentan mi miedo a perderme en el sueño eterno. Ya no hay luz que guíe mi camino y en medio de esta oscuridad miro atrás y observo los restos del naufragio. Veo las naves destrozadas chocando en lontananza y diversas estructuras de madera arremeter contra los arrecifes, materiales trabajados que alguna vez fueron bosques imponentes y que ahora no son más que escombros que cubrirán el lecho marino, disolviéndose su esencia con la mezcla. ¿Dónde están esos osados marineros que me acompañaban?, ¿dónde su capitán? Sólo el mar lo sabe y por alguna extraña razón, para bien o para mal, yo he llegado maltrecho a este páramo desconocido sin más compañía que tu misteriosa voz.

El mar arde en un silencio desconcertante y entre la deriva todavía distingo fuegos lejanos, los de un pasado que se niega a desaparecer. Yo me desvanezco en ese haz interminable de luces lejanas y dando la espalda al mar, contemplo el arrecife con sus escalonados senderos, dispuesto a abandonar la playa que me ha acogido en su desgraciada soledad. Camino dolorido entre sus siniestras singularidades y me dejo acariciar por su roca, la cual no deja de lastimarme en cada uno de mis temerarios movimientos. Antes de finalizar mi ascenso intento ver por último ese mar silenciado y continúo extrañándome de los fogonazos que despiden algunas de las olas. Me adentro entonces en la oscuridad de esa ladera sin final, ignorante que aquello que dejo atrás no es más que una parte de mi alma ardiendo entre los restos de un pasado que no creía mío. Tras esa oscuridad ya sólo me espera una noche perpetua, un bosque mediterráneo, envejecido y semidesértico, seco pero perenne, astillado, repleto de matorrales y hojas como lenguas afiladas armadas con espinas hostiles. Allí no distingo ni luz de luna ni resplandor del alma. Las estrellas enmudecen con mi paso y los ruidos, aunque emergen a causa de mi tránsito, se me muestran como algo lejano, aunque ya no sé si en tiempo o espacio porque apenas llego a ser consciente de lo que realmente soy. Conforme me adentro en mis misterios, me desvanezco. La oscuridad me engulle, parte mi alma en geometrías imperfectas, esperando que nadie logre recomponerme y menos aún comprenderme.

Entonces, en medio de ese inhóspito lugar, la promesa de una hoguera aparece en mis retinas. Camino hacia ella, temeroso, aunque todavía no puedo percibir su resplandor. Entonces logro verla, insinuada en mi imaginación. ¿Quién ha encendido el primer fuego?, ¿fuiste tú? No distingo en su luz maldad, pero su reconfortante calor conlleva la revelación de los peligros del mundo. Tanteando su aura arrojo mis manos sobre su extraño candor y por vez primera siento el frío anómalo de mi espíritu. Sólo en esa repentina paz me doy cuenta del sufrimiento que me ha ido desgastando y entonces, rodeado de esas malezas y árboles deformes, escucho tu voz llamándome desde algún lugar remoto. Es una voz lejana, pero ésta llega hacia mí, quizás a través de las nubes, quizás a través del faro que todavía no logro ver. Algo desconocido me transmite tu mensaje y me reconforta, a pesar de encontrarme en el lugar más perdido del mundo. Sólo entonces soy consciente de que lo he olvidado todo. Quién soy, hacia dónde iba y de qué puerto salió la nave que ahora descansa bajo las aguas. Todo menos un imperativo que me obliga a reconocer el valor de las huellas que una vez te mencioné. En algún lugar de esa oscuridad, sigue estando ella, mi eterna y lejana estrella, la luz que algún día iluminará mi camino. Se habrá perdido en algún lugar del bosque, en alguna parte del montículo detrás del cual debe erigirse el faro. De momento caliento mis manos, escucho tu voz y trato de entrar en calor. Me siento muy cerca de la hoguera y centro mi atención en las ascuas. Tu voz se intensifica y se hace presente, como si conjuraras un hechizo a través de los mares inhóspitos. A mi mente acuden imágenes de semillas, de flores benévolas que algún día redimirán este sepulcro de almas, este purgatorio de recuerdos y deseos carcomidos. De momento todas deben yacer bajo tierra esperando las primeras lágrimas de la verdad para poder echar raíces y brotar con fuerza. Los árboles se mueven silenciosos al escucharte y algunos replican rumores del viento que aterrizan sobre mis hombros. Todo se vuelve menos amenazante o al menos siento esa seguridad que confiere la luz de la hoguera. Puede que algún día mis ojos puedan volver a tantear sus huellas, puede que algún día me encuentre con su rostro y ella se haga tan real que ya no necesite cuerpo que respire. De momento permanezco en esta hoguera, esperando que su luz aguante hasta el nuevo día si es que el sol pudiera alzarse de nuevo. Mientras la noche discurre, pienso entonces en las tres lunas, los tres espíritus extraños que han pasado por mi vida y me han marcado. Algún día te hablaré de ellas en su conjunto y de lo que han significado para mí. También te hablaré de los sueños donde he visto sus huellas, su rostro enlutado, sus manos ennegrecidas por el barro y los círculos de piedras que hacen de su memoria algo sagrado. De momento te doy las gracias. Gracias por estar ahí y no abandonarme en los momentos más difíciles.

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