Poesía y rimas breves (2020)

Publicado por
Ansel Adams, Point Sur Storm, Monterey County, 1942

De mar y sueño

Tus ojos son el mar,
donde se hunden mis penas,
si conmigo permitieras,
por fin volverte a hallar.

Triste existencia de quien sueña,
con ser carne, huesos y sangre,
esperando un corazón que no arde,
del que la simple lluvia se adueña.

Espíritu geómetra que me desvela,
principios sin viento a meditar,
dislocadas puertas que conectan,
cada noche con su atardecer.
Oigo pasos de gigante, sí,
que me hacen dudar,
de mí, de ti, del cielo,
pero nunca de la mar.

Pronto me operarán,
escarbarán en mis adentros,
dejarán mi alma dormida,
como quien siembra un triste sueño.

(Memoria de Pizarnik)

Muerte

No hay en tus ojos dulzura,
sino siniestra tez enfermiza,
que sobre mi mente eterniza,
la imagen de fría sepultura.

Belleza salvaje e inhumana,
que yace siempre con fantasmas,
se pierde entre flores insepultas,
y la muerte ya nunca la reclama.

¡Madre!
Me casaré con la muerte,
anillo en mano,
y cubierto de velo.
Todavía joven,
me enterrarán en su seno,
vestido de ángel,
para recibir su beso.

Socava el alma,
cuando el horror te sueña,
al vaivén de los golpes sin suerte,
y entonces la muerte,
te lleva en su entraña,
donde reina la calma.
Y si miras de frente,
descubres la nada,
cubierta de espanto,
con su fría guadaña.

Se enamoró de ella,
de sus negros labios,
de su melena de hojarasca,
de sus dientes partidos
de su lengua putrefacta.

Agrias verdades al albor de la pena del alma,
llueven cenizas sobre la marca de mi silencio,
pero no hay canción que me salve del tormento,
de tener que esperar la muerte que me reclama.

Recuerdos y ríos

Alma que bebe de rocío,
nubes que sobre mí se posan,
convirtiendo mis pies en río,
mientras los recuerdos afloran.

Mis lágrimas hacen marisma,
sobre los restos de tu ausencia,
haciendo de la memoria misma,
una oquedad que me silencia.

Tormenta bajo sus ojos de furia,
fríos graznidos de horrible calado,
hecatombe bajo su torso alado,
tras su marcha sólo deja penuria.

Acabose el tiempo en la tierra,
su corazón quedó silenciado,
pues nadie quedó tras la guerra,
nadie que lo hubiese recordado.

Rostro lejano en las nubes,
que mira como quien mira una estrella,
es la belleza la que embelesado contempla,
y ahora nos llueve a mares.

Ecos y espejos

Escucho las flores crecer en la noche,
mientras la tormenta se aleja
y la luna se corona de plata.
Caen los símbolos del viejo árbol
y la tierra se llena estrellas,
colmando el mundo de tiernos deseos.

Ellas, perennes,
gritan entre silencios,
amalgamas de ideas esquivas,
actos que no traen recuerdo.
Ellas, indemnes,
ocultas en leves suplicios,
en carne de letras proscritas,
arguyen contra todo desvelo.

Navegando bajo la ruta del infierno,
las estrellas negras me cegaron,
y ciego me encontré orando
[por tu beso],
no para ver, nunca para creer,
sino con el fin de vivir el recuerdo,
para sentir en mi rostro tu querer,
pues sin ti sólo existe el tormento.

Reducido a una simple sombra,
vagó por los inciertos caminos,
perdiéndose en la eterna zozobra,
buscando rostros amigos.

Luz que parpadea en tiniebla,
príncipe de olvido sepultado,
eco de aquel ente mancillado,
por la herrumbre de la tierra.

Conjuración menor

Ser para ser contigo,
si no, el temblor me arrastra.

Hay una luz en tus ojos
y no es reflejo, sino llama viva.

Voces de fantasma,
que me advierten del amor,
como si no hubiera mañana,
en los claroscuros de mi ser.

Palabras que, sin viento,
arremeten en tu mirada,
descalza y apacible entrega,
a la vera del desconsuelo.

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