La marcha del extranjero

Publicado por
Donald McCullin, Early morning, West Hartlepool, County Durham, 1963

Jorge, en su limitada conciencia mortal, apenas pudo respirar el tiempo que exhalaba por su cuerpo entumecido de dolor. Había permanecido largo tiempo arrastrándose en la oscuridad, rezando con cada uno de sus tropiezos mientras a su alrededor la propia bruma parecía colérica, desquiciada al habérsele desmarcado una posible víctima. Horas atrás, quizá días, había visto al último de aquellos seres en la lejanía. Fue su sentida cercanía, la intuición de un corazón leal, la que seguramente despertó en ella una especie de conexión empática. Había algo de su pensamiento en él, pues cuando cerraba los ojos o cuando se desmayaba por el cansancio, no podía sino recordar la viva luz de aquel ser manifestada a través de la superposición de la memoria. Podría haber definido su aparición como una suerte o casualidad o bien como una sobrecompensación favorecida por el aterrador miedo a la muerte sin nombre, pero aunque no pudo reflexionar sobre aquellas cuestiones durante su marcha, bien podría decirse que algo cuyo rostro desconocía, le había protegido, puesto que su cuerpo permanecía sintiente a pesar de que el calor ya lo había abandonado y no parecía corromperse en contacto con un medio que mucho debía diferir a su lugar de origen. Cuando sus ojos se cerraban, su cuerpo quedaba esparcido en el lecho fangoso de aquel riachuelo maldito, medio sepultado por una extraña sustancia que, aunque fétida, parecía inofensiva y le proporcionaba cierto camuflaje. A su alrededor a veces había silencio y otras, ruidos fantasmagóricos cargados de violencia hasta tal punto que muchas pensó que alguna especie de bestia diabólica podía saltar sobre él en cualquier momento.


Cuando acudieron las luces, apenas pudo reaccionar bien a los estímulos. Algo iluminó la estancia con una luz iridiscente. Unos ojos le observaban desde una posición incierta y aunque podría haber dicho algo o reaccionado tratando inútilmente de defenderse, las fuerzas le fallaron. Sintió como era arrastrado por unos seres que hablaban entre ellos produciendo una especie de chasquidos y estallidos energéticos de baja intensidad. Cuando abrió los ojos, reposaba en una especie de alcoba con techos tubulares sin aparente fondo. Había unas oquedades a través de la cuales entraba un potente resplandor anaranjado. Su cuerpo parecía haberse recuperado de su calvario, aunque sus pertenencias habían desaparecido. Cuando se asomó por uno de aquellos agujeros pudo comprender la extrañeza de aquella visión. Estaba en lo alto de un acantilado y sobre el mar desfilaban toda una serie de rocas punzantes sobre la cuales había construidos centenares de estructuras ovales que parecían conectadas a través de los sinuosos tubos de sus superficies. En algún momento de su vida debió ver aquel cielo rojizo caer sobre un mar anaranjado, cubriéndose uno y otro de resplandores ajenos. En cambio, la negra roca que emergía del mar tenía superficies talladas que mostraban la extrañeza de su interior, pues la esencia misma de la roca era de color púrpura y más bien parecía ser alguna especie de estructura ancestral volcánica que había convertido su interior en una maraña de cristales y filamentos de roca fundida. Podía recordarlo de la oscuridad. Lo había soñado o algo o alguien se lo había proyectado en su mente a través de una especie de telepatía. Pero cuando más miraba aquel horizonte más se convencía de que aquel recuerdo se remontaba a la más lejana infancia, puesto que algo oculto en aquel lugar se le presentaba ahora como un hogar que lo había estado reclamando durante años.


Cuando ellos llegaron sintió su presencia a través del propio silencio. Parecían intentar hablarle a través de la oscuridad del techo sin fondo. Miraba aquella profundidad inquietante y creía sentir algo revolotear, pero a veces pestañeaba y no lograba discernir si había allí realmente algo moviéndose o le hablaban a través de una lejanía superior puesto que también podía ser que aquellos seres realmente estuvieran desprovistos de corporeidad y sólo se comunicaban a través de una estructura que habían copiado a través de una lectura de su memoria. Al principio sólo escuchaba sonidos electrizantes, chasquidos que hacían que su piel se erizase, pero conforme pasaron los minutos una serie de imágenes lograron atravesar su consciencia y se abrieron en su mente como una sucesión de hechos, imaginaciones o voluntades. Aquellas mentes, habían encontrado una manera provisional de comunicarse con él. Parecían querer señalarle un lugar, o bien una acción expresada a través de la imagen. La cuestión es que finalmente Jorge entendió qué es lo que querían transmitirle. Vio aquel lugar cubierto de cenizas, atenazado por un mar de fuego que estrangulaba la roca y trataba de llevarse la esencia al abismo. Con la desaparición de las estrellas, su poder menguó y ellos, los que reptaban en la oscuridad, destruyeron su hogar, llevándose con ellos una de sus reliquias más sagradas. Con los milenios habían olvidado la historia e incluso el cielo había dejado de brillar. Luego vino la lluvia y ésta enfrió su mar, convirtiendo el antiguo lecho de sus parientes lejanos en un mar de ácido inhabitable. Con el regreso de las estrellas, el recuerdo volvió a su pueblo y ellos, que sólo vivían en el silencio, aspiraban ahora a recuperar las antiguas reliquias. Sabían que sus eternos enemigos las habían vendido y más tarde otros las habían intercambiado por poder y conocimiento. Ahora las poseía él, llamado por algunos Semiphoras. Pero para ellos, era el extranjero, pues nunca había nacido y siempre era ajeno a cualquier realidad.


Jorge quiso transmitirles que él no tenía el poder para enfrentarse a aquella entidad pues a pesar de su larga experiencia, había conseguido engañarles y encerrarles en una casa maldita. Cerró los ojos y trató de imaginar la escena que recientemente había vivido. No obstante, ellos deambularon con su imaginación y le hicieron entender que no esperaban de él ninguna lucha, sino un simple acuerdo, pues gracias a él las estrellas habían sido rescatadas del olvido. Sólo debía traer con él un objeto a su hogar. Ellos le enseñarían el camino. En su mente acudió la imagen de un huevo, que bien podría ser de algún reptil pero que, por los puntos y las sombras, parecían más bien de pájaro. Simplemente aceptó. Entonces se hizo el silencio. Algo empezó a reptar a lo largo del túnel y aunque el investigador intentó protegerse poniéndose de espaldas a la pared, ese algo descendió en vertical hacia él y se lo tragó, una especie de bestia que tenía ojos anfibios y fauces de anguila. Cuando abrió los ojos, estaba tirado sobre una superficie arenosa, en medio de una cúpula escarpada en la roca. Se escuchaban ecos lejanos y las babas traslúcidas que recubrían su cuerpo le recordaron aquella especie de bestia que le había regurgitado recientemente. Debía estar en algún lugar en el fondo de aquel mar aciago y por eso no se atrevió a tantear las aguas que inundaban parte de la estructura, porque podían tener una acidez no apta para humanos. Parecía un templo abandonado, como una especie de perla hueca dejada a su merced, pero en el interior algo había construido y cuando accedió a comprobarlo, quedó sorprendido por la inteligencia de su diseño. Parecía una especie de pórtico repleto de relieves y símbolos que nada tenían que ver con los que adornaban la bóveda. Aquellos eran figuraciones esquemáticas, simbólicas, en cambio, éstos parecían todo un cúmulo de nervios complejos que, a través de símiles vegetales, representaban alguna relación algebraica. Las mentes de los que diseñaron aquel artefacto debieron ser prodigiosas pues nunca jamás había podido imaginar tal cosa, pues por la ordenación de aquellos símbolos, su mera lectura provocaba alguna especie de alteración. Tal era la fuerza de la interacción que pronto el portal empezó a mostrarle una realidad familiar.


Jorge simplemente entró por la puerta y entonces la luz se convirtió en oscuridad. La bóveda se convirtió en un recoveco minúsculo, natural, terrestre. Estaba en una gruta marina de algún monte y ni rastro había del extraño portal que había comunicado momentáneamente ambos mundos. Se preguntó si habría más lugares como aquellos o si el extranjero sabía de su existencia. Al salir de la cueva, vio como algo se movía en la superficie cristalina del agua estancada. Era su sombra. Ésta se movía como si tuviera vida propia y aunque al principio temió estar poseído, recordó que en algunos casos la sombra puede despertar y disociarse del alma. Posiblemente fueron aquellas horas en las que el calor abandonó su cuerpo y éste se sintió morir la que le permitieron obrar de manera autónoma por vez primera. Investigaría aquel tema más adelante puesto que en aquellos instantes sólo tenía ganas de volver a su hogar. La historia con aquellos seres se tornaba ahora confusa. Cuando salió a la carretera, recordó vagamente alguna señal de tráfico. No sabía siquiera si estaba en el mismo país, aunque todo le resultaba muy familiar. Cuando consiguió volver a la ciudad, todo estaba cambiado, como si sobre su historia se hubieran cernido años de sepultura y olvido. Caminó hacia aquella pequeña casa que debía ser su hogar, aunque no se atrevió a llamar. Se quedó solo y miró por el jardín tratando de ver alguna luz. Una voz le llamó por su nombre. Cuando se giró encontró a una mujer menuda de cabellera rizada. Le dijo que era la nieta de Javier y que le habían estado esperando desde hacía horas. No quiso dar más explicaciones al respecto. Le abrió la puerta y le invitó a pasar. Fuera estaba anocheciendo. Dentro encontró un hogar muy similar al que había dejado antes de partir. Se fue un momento al baño y trató de refrescarse. Ella le dijo que iba a hacer unas llamadas y que pronto alguien vendría a visitarlo. Se preguntaba cuál de ellos seguiría con vida, aunque debía estar muy castigado por la edad.


No obstante, algo en su interior empezó a causarle inquietud. Primero una leve molestia, luego unas náuseas y finalmente se agarró a la bañera y trató de echar algo que reptaba por su garganta. De su boca salió un huevo, un simple huevo, algo que seguramente había llevado dentro durante todo ese tiempo y que parecía haber olvidado. Lo miró escudriñando cada uno de sus recovecos, aunque no se animó a comprobar de nuevo la tenacidad que debía tener. De momento lo escondería y no hablaría a nadie sobre el pacto. Debía estudiar primero su naturaleza y tratar de averiguar qué se estaba formando en su interior. Pero entonces miró a su alrededor, miró al huevo y trató de mirarse al espejo. Todo era diferente, incluyéndose a sí mismo. Trató de mirar a su sombra pero era ésta la que lo contemplaba a él con desconcierto, como quien mira a un extraño. Aquel lugar, aunque conectado a su pasado, ya no era su hogar. Acudió de nuevo a la mente aquel lugar con el océano naranja y cielos repletos de estrellas. En algún lugar, detrás de cavernas insondables y vestigiales pórticos de piedra, debía existir un lugar así.

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