El ascensor de los muertos

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Vintage Elevator (Saint Petersburg Elevator Photo Museum)

La familia del segundo B estaba en plena mudanza. Carol, la hija mayor estaba adelantando la primera lectura del verano; mientras, Ignacio, el menor de los dos hermanos correteaba por la casa golpeando una pequeña pelota de tenis con los pies. Se acercaba el verano y la familia había decidido mudarse a la casa del pueblo, allí donde se había criado el padre de pequeño. Los abuelos ya no estaban y los nietos no parecían entusiasmados con la idea de ir a vivir a una casa vacía si ellos ya no estaban presentes, pero los padres querían aprovechar el fin del confinamiento para desplazarse y de paso alejarse de los malos recuerdos que habían sucedido desde principios de año. Carol siempre estudiaba o leía con los auriculares para evitar escuchar a sus padres discutir y así se lograba concentrar mejor en el libro que tenía delante. Ignacio, en cambio, seguía jugando por la casa puesto que ninguno de los padres le hacía demasiado caso. Gran parte de sus cosas estaban ya en las cajas que la familia iba almacenando en el salón. No iban a llevarse gran cosa al pueblo, pero la madre había aprovechado la ocasión para guardar en primer lugar la consola y sus juegos puesto que el niño abusaba de ellos y acostumbraba a jugar con el volumen demasiado alto. Desde hacía unos meses la audición del pequeño había disminuido y aunque el médico especialista no encontró ninguna afección, le recomendó que de momento dejara de usar cascos y que evitara los ruidos fuertes. Ignacio notaba cosas extrañas en su oído derecho. De día no escuchaba gran cosa a través de él, pero de noche, notaba una sensación rara, como si un líquido se desplazara al poner su cuerpo en horizontal.

El primer día sin la consola fue duro, pero se entretuvo correteando por el pasillo, golpeando la pelota y de vez en cuando molestando a su hermana, la cual finalmente aprendió a cerrar el cuarto con pestillo. Los padres seguían discutiendo en el salón, las cosas estaban ya preparadas para la marcha, pero la pequeña furgoneta que le iba a prestar uno de los cuñados de la madre llegaría pasado mañana, el miércoles a primera hora, ya que el dueño la tenía en un solar desde hacía meses y quería hacerle una revisión antes de prestársela. Si salían de casa temprano llegarían al pueblo antes incluso de la merienda y les daría tiempo para preparar las habitaciones y la cocina. Los padres discutían porque la madre había querido hacer el viaje meses atrás y su marido no lo había considerado adecuado. Pensaba que, como otros muchos, en un par de semanas la situación se restablecería, pero la ciudad donde vivían pronto se convirtió en un polvorín lleno de sirenas, calles vacías y noticias de desamparo. Con los meses, la situación mejoró, pero el estrés y el aislamiento sacaron oscuros monstruos que parecían haber estado dormitando desde los inicios de la relación. El ambiente era tan hostil y oscurecido que decidieron marcharse al pueblo para poder aliviar esa presión que parecía estar carcomiendo los cimientos de su hogar. Los hijos no eran conscientes de todo lo que se avecinaba, puesto que sólo atribuían la marcha al tema del contagio.

Aquella tarde, el ruido de los coches era bastante desolador. El pequeño Ignacio se asomaba por el balcón. Delante de su casa había una funeraria. Los coches negros llegaban y aunque no se podía ver bien a través de la opacidad de sus cristales, la visión de esos coches alargados provocaba en él ya una sensación de angustia. No podía decir a ciencia cierta si había más coches deambulando por aquella zona concreta desde que empezó la crisis sanitaria, pero lo que sí era cierto es que, debido al silencio de la calle, estaban más pendientes de aquel movimiento. La madre siempre le regañaba cuando le pillaba mirando fijamente aquel lugar porque días atrás había empezado a tener pesadillas. Ignacio nunca lo había dicho, pero poco tiempo atrás, al salir al balcón, vio aquel coche largo llegar y aparcar en doble fila. La puerta de atrás se abría sola hacia un lado, pero nadie salía del coche. No había rastro del conductor ni de nadie a su alrededor y el coche permaneció allí aparcado, en silencio, como si nadie lo hubiera conducido jamás. El niño quedó durante minutos estupefacto, absorto en aquel misterio. Cuando quiso darse cuenta, alguien le observaba desde la propia funeraria. Había un rostro que lo miraba y aunque la figura estaba en cierta medida insinuada, podía ver un hombre detrás de la cortina del primer piso mirando hacia su posición. Ignacio se asustó y se apartó de la ventana. No obstante, esa noche no podría dormir de la impresión. Empezó a escuchar extraños ruidos, como el ruido de una madera vieja doblarse. La casa de sus padres no tenía más de trece años y estaba hecha de hormigón, cemento y ladrillo. No obstante, si el techo fuera muy antiguo y las vigas de madera, aquel era el sonido que haría al deambular alguien por el piso superior. A esto le sumaba un extraño sonido, como el de una arena granulada que se movía en un espacio que no podía identificar, puesto que poco a poco se iba metiendo más en su cabeza. Al día siguiente, asomándose por la ventana pudo ver aquel hombre como le miraba desde el mismo sitio del día anterior. No obstante, no se veía su silueta a través de una especie de cortina vieja sino nítidamente frente al cristal. Y cerca de su ventana, había otra figura que empezaba a insinuarse con el semblante de un funesto testigo. Los dos siguientes días fueron peores. El niño evitó asomarse durante todo el día a la ventana puesto que los rostros empezaban a asomarse desde cada una de las ventanas del primer piso. En lugar de ello se entretuvo jugando con la pelota y así pasaron los dos días siguientes.

En los días previos a la mudanza, otro hecho extraño tuvo lugar. Debido al enfado de la madre, el joven había salido al pasillo a jugar. El padre vendría pronto de comprar y aunque la madre le prohibía permanecer en el pasillo no era consciente de que su hijo había salido minutos atrás puesto que no había escuchado el ruido de la puerta. En aquel instante, el ascensor hizo un extraño sonido y la puerta, lejos de abrirse, empezó a temblar. Ignacio sólo prestó atención durante unos instantes, hasta que una sombra lo sobresaltó. Una figura humana iba hacia él. Era un hombre mayor, venía del pasillo de la izquierda, pero apareció casi de golpe, pues ninguna puerta parecía haberse abierto. Aunque lo podía distinguir con nitidez, tanto su ropa como su piel estaban grises y no era un gris de enfermedad o palidez, sino que parecía formar parte de la propia sustancia de aquella persona. El viejo caminó recto y pasó por delante de él rumbo al ascensor. En ningún momento sus ojos se cruzaron, pero Ignacio quedó tan impresionado que se metió dentro de casa sin recoger la pelota. El viejo fue al ascensor, abrió la puerta y se metió dentro. Al poco rato un ruido de madera se escuchó por todo el edificio, como si sus cimientos temblasen carcomidos por la temeridad. El ascensor marchó hacia arriba y aunque a los pocos segundos, la puerta del ascensor volvió a abrirse, aquella cosa seguía ascendiendo por aquel oscuro túnel, compartiendo espacio con el ascensor que todo el mundo usaba diariamente.

Aquel mediodía escuchó a su padre hablar con la madre. Había otro vecino de la finca cuyo padre había muerto. La madre decía que desde hacía semanas se le veía muy agotado y que la otra vez le tuvo que ayudar a abrir la puerta del ascensor porque no tenía fuerzas. El joven les preguntó a sus padres sobre lo ocurrido. La madre ya sospechó de golpe que su hijo había estado jugando en el pasillo porque el padre entró de nuevo la pelota que había visto tirada fuera. Ambos temieron que el niño pudiese haber visto como se llevaban la caja, pero por lo que le había comentado una vecina, los de la ambulancia se lo habrían llevado demasiado temprano. Ignacio les preguntó que dónde iba a ir ahora aquel hombre mayor. Su padre le dijo que arriba, que es allí donde van los muertos. Un escalofrío recorrió su pequeño cuerpo. A su mente acudieron los recuerdos del ascensor. Arriba estaba el piso de los muertos.

Esa noche tampoco pudo dormir. El pequeño Ignacio se levantó de la cama y acudió a la cocina para beber un vaso de agua. De golpe, el oído derecho empezó a dolerle en demasía. Unos ruidos de arena empezaron a aflorar por toda la habitación y allá donde iba, los notaba como si salieran de cada uno de los rincones de la casa. Tras dejar el vaso encima de la mesa, acudió al comedor para asomarse a la ventana, ya que el balcón permanecía con la persiana bajada. Lo que vio hizo que su corazón empezara a latir sobresaltado. Toda la finca de enfrente estaba resplandeciente, con una especie de halo gris que resultaba desolador. Miles de rostros se asomaban por la ventana y algunos parecían emerger trémulos de la propia pared, como fantasmas arrinconados que supuraban desbordando el espacio con su fatal presencia. La mayoría parecían estar observándole en silencio y algunos de ellos tenían la cuenca de los ojos iluminadas, mostrando rostros desolados, cráneos descarnados o cuerpos enfermos con los ojos traslúcidos. En aquel preciso instante un estruendo hizo vibrar el piso. El ascensor abrió sus puertas. Rápidamente el niño corrió hacia su habitación pero cuando intentó entrar, había como una niebla oscura que le impedía ver el interior. Sólo atinaba a ver su propio cuerpo en la cama y una mano que parecía cernirse sobre su cara, tapándole la boca con la palma de aquella garra que más bien parecía una araña gigantesca.

Ignacio despertó con un grito. Era ya de día. Salió de la cama y sintió que el miedo lo había abandonado. No era más que una oscura pesadilla. Cuando salió al comedor allí no había nadie. La casa estaba vacía y no sólo faltaban sus padres y su hermana, sino que ya no había nadie en la casa; ya no había objetos ni recuerdos que contemplar. Hoy era el día de la mudanza. Se habían marchado y se habían olvidado de él. El cuarto de su hermana estaba totalmente vacío e incluso habían descolgado los posters de la pared dejando una marca de polvo alrededor de su huella. No había rastro de las cajas, ni de sus juguetes y en un rincón de la casa sólo había su vieja pelota de tenis, aquella con la que había estado jugando los días previos. La tarde la pasó golpeando su juguete con los pies. Las paredes vacías de la casa le devolvían una y otra vez la pelota, hasta que notó cierta fatiga cuando el anochecer empezó a avanzar. Pronto el día se extinguió y el niño continuó deambulando por la casa. De vez en cuando se escuchaba el ruido del ascensor y un intenso estruendo a tierra removida. Aunque no encontró ganas ni de comer ni de dormir, la noche nunca parecía avanzar y el mundo pareció quedarse congelado en una noche que parecía eterna. Nunca más volvió a salir el sol e Ignacio siguió en aquella casa durante horas que parecieron miles. Había querido asomarse por la ventana o abrir de una vez la persiana del balcón, pero cuando intentaba hacerlo, algo se lo impedía, como si sus extremidades quedaran agotadas hasta la extenuación. Así pues, pasaron momentos interminables de juego, de miedos y desconsuelos hasta que un día el ascensor parecía estar llamándole a la puerta.

El niño abrió la puerta y caminó lentamente hacia el pasillo, guiado por una curiosidad innata que le animaba a seguir aquel camino sin mirar atrás. El ascensor estaba abierto de par en par. Sin embargo, cuando entró no encontró ningún botón. Éste se cerró inmediatamente y empezó a ascender lentamente provocando graves ruidos metálicos tras su paso. El ruido de la arena se volvía más fuerte, como tierra removida o harina golpeada por un mortero. A su mente acudieron imágenes de cenizas removidas y de huesos convertidos en arena. Un intenso aroma a humo entró por el agujero del ascensor, pero se disipó con los extraños aromas que iban amaneciendo. Lejos de allí, en una memoria lejana, la potente máquina de un incinerador quemaba su pequeño cuerpo hasta convertirlo en cenizas. La pequeña caja nacarada quedaba reducida a cenizas, formando un escombro indistinguible de aquello que él había sido. Los padres fueron testigos de ello, al menos durante los primeros minutos. Pero ya no estaban presentes. Tiempo atrás se habían marchado a un lugar lejano para huir de los dolorosos recuerdos del ayer. Ahora, el joven Ignacio o aquello que podía quedar de él, subía por aquel ascensor, solo, desamparado, abandonado, rumbo al piso de los muertos.

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