La casa de Semiphoras

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Gerasimos Mamonas
Gerasimos Mamonas

I

El viento aullaba con fuerza aquella tarde de finales de Julio y aunque la primera sensación al tacto era la de un viento refrescante, el calor combatiente del verano hacía que todos los viajantes empezaran a sudar como posesos. Algunos descargaban de la furgoneta el equipo mientras Javier, el jefe del protocolo, inspeccionaba el jardín de la casa. Lucía se puso a su lado mientras miraba con desconfianza unos inventarios. Le dijo entre murmuraciones que alguien se había olvidado el fósforo, pero el encargado de la seguridad no parecía prestarle mucha atención, había visto algo asomarse en una de las ventanas de la mansión y su rostro no parecía precisamente amigable. Estuvo ahí durante unos segundos antes de confundirse entre las corroídas cortinas de algún cuarto. Era extraño encontrar alguna manifestación en un ambiente de poca humedad ya que la materialización a veces requería el agua como catalizador. La energía acumulada de la casa debía ser muy potente, pues incluso los arbustos que crecían en los metros circundantes de la casa tenían formas extrañas, como si algo deformara su naturaleza y los impeliera a adoptar formas grotescas. Lucía prestó atención a unas flores que germinaban a unos palmos de la entrada. Eran orquídeas silvestres, pero su color, su forma, todo en sí le resultaba desconcertante. Estaban mustias, cercanas a la muerte, pero conservaban una forma inusual, como si sus pétalos estuvieran deformados de manera previa a la deshidratación del lugar y se abrieran intentando imitar una forma estrellada. Habría cortado aquellas plantas de raíz, pero al levantar la cabeza y ver el resto de la vegetación, vio que era una pérdida de tiempo.

Pronto llegó Jorge, el jefe de equipo y principal investigador. Los hombres empezaron a mover las cajas hacia la puerta mientras éste sacaba las llaves de su bolsillo. La madera emitió potentes rugidos al abrirse y aunque dentro no había luz, la potente linterna del investigador alumbró toda la entrada. Paco, Simón y Miriam terminaron de cargar las cajas al interior. Enrique arrancó la furgoneta y se marchó, no sin antes despedirse de Javier e indicarle que volvería en unas horas con el material que faltaba. Paco deambuló por las inmediaciones del lugar, charlando apaciblemente con Javier, pero el resto del equipo entraron en el hogar. Dentro el frío era palpable y aunque no se apreciaba una especial capa de polvo sobre las superficies, había una humedad que debía proceder de otro lugar. Años atrás aquella casa había sido abandonada y desde entonces había sufrido saqueos y vandalismo por parte de jóvenes de la región. En algunas partes podían verse resto de cera quemada y algunas pintadas con símbolos pseudoesotéricos realizados por sectarios o ignorantes en las ciencias ocultas. Lo llamativo de todo es que las pintadas se reunían en la parte posterior de la casa, aunque Javier ya advirtió que podía ser desde allí la posición más segura para encender velas sin ser vistos, ya que la parte frontal de la casa tenía grandes ventanales que podían advertir del allanamiento. No obstante, algo no cuadraba en la mente de Jorge. La parte trasera de la casa estaba ruinosa, con una cocina totalmente desvencijada y en cambio, el salón principal permanecía intacto, como si su esencia fuera inmune al trascurso del tiempo. Había un reloj parado a las tres y diez minutos y varios montículos de muebles cubiertos de sábanas blancas; además, una gran escalera que desde su lazo derecho conducía a los espacios superiores. No era extraño ver una lámpara de araña en aquella casa, pero sí resultaban extraños los cuadros que adornaban la escena. Sólo Miriam reparó en ellos, pues siendo licenciada en historia del arte, le resultó llamativa la simplicidad de la escena. Eran como cuadros en vertical, preparados retratos que en verdad no revelaban objeto consciente, sino un simple fondo ocasional. No parecían cuadros de decoración, pues la familia que había habitado en ella era acaudalada y se decía que llegaron a poseer una gran cantidad de haciendas.

Simón empezó a desempaquetar las cajas de la entrada y Paco entró para ayudarle. Javier se había quedado fuera para instalar unos sensores de movimiento y asegurarse de que no hubiera alguien merodeando por aquellos lares. Lucía, en cambio, se había ido a la parte trasera de la casa para realizar un recorrido fotográfico; debían documentar todo el trabajo para el archivo, pero también asegurarse de que no se dejara algún detalle durante la segunda inspección. Entre el equipo que habían dispuesto había sensores de todo tipo de ondas, magnetismos y elementos naturales. Lo que más inquietaba de momento era la cantidad de humedad que había en el hogar y la temperatura, la cual no hizo sino bajar desde el preciso instante en el que entraron en las entrañas de aquel antiguo hogar. La sensación térmica había bajado en parte por el contraste con el exterior, pero cuando apareció el primer ruido en el primer piso, la temperatura bajó de manera tan drástica que el vaho salió de sus orificios. Paco ni se inmutó al principio, pero Simón improvisó y empezó a sacar unos aparatos de mano para medir alguna especie de vibración acústica. Con unos auriculares en las orejas acompañaría a Miriam al piso de arriba. Ella iba acompañada de su péndulo y aunque siempre discutía con Jorge sobre esas cosas, ella se aferraba a su objeto como un catalizador del potenciar que manifestaba su mente.

II

Ambos subieron y mientras, Jorge inspeccionó el salón. Se fijó en aquellos cuadros tan extraños llenos de fondos insípidos. Había como unas pequeñas luces que brillaban en el fondo y aunque de lejos parecían estrellas, al acercarse vio que estaban pintados sobre fondos cercanos, como pequeñas hebras de luz que se alzaban intentando alcanzar en intensidad la forma de una esfera. Le pareció curioso aquel descubrimiento, pero todo en su interior dio un vuelco cuando decidió levantar la alfombra. Debajo vio grabado sobre la madera un sello. No era un sello de protección ni un acceso vocativo, era una marca diabólica, de las que se utilizan para marcar lugares mágicos o encrucijadas. Había dos esferas contiguas, una con nombres y otra con sellos de entidades. Diez nombres con sus correspondientes sellos vinculantes. El número le causó gran angustia, pero más aún los seis símbolos que había en el interior del círculo más pequeño. La persona que había grabado aquello no era un humano que se creía brujo, era un experto en codicología e historia antigua, una mente que sabía jugar con fuego sin quemarse. No podía recordar bien qué podía significar aquello, pero le resultó familiar a algún tipo de conjuraciones que había visto en Inglaterra dos años atrás. Uno de aquellos símbolos podía representar una especie de pacto para ocultar algo en la casa. En la oración grabada por encima de los sellos había varias palabras en latín que podían entenderse a pesar de la desfiguración, pero la oración entera parecía una simplificación de un texto mayor que debió ser pronunciado con malos designios. Sin una identificación rigurosa de aquellos símbolos, iba a ser muy difícil entender qué podía estar pasando en aquella sala. Intentó marchar hacia el recibidor, pero algo lo detuvo. La realidad entera pareció desdibujársele. Todo estaba cambiando o más bien revelándose ante sus ojos como si algo o alguien estuviera levantando un embrujo.

Mientras, Miriam estaba en la sala superior acompañado de Simón. El péndulo la llevaba poco a poco a través de los pasillos, hasta finalmente terminar rodeada de espejos en una sala que no parecía tener fin. El más mínimo destello de luz se multiplicaba en su interior hasta alcanzar la inmensidad, pero también ocurría con las vibraciones, las cuales no solían mostrar dicho comportamiento en condiciones normales. Era como si aquellos espejos pudieran reflejar más cosas a parte de la simple luz. Simón no sentía nada, pero la nuca de Miriam se erizó como si algo la hubiese rozado. Cerró los ojos y trató de ver qué quería enseñarle la casa. Lo que vio, la dejó con lágrimas. Intuía personas con las caras borrosas alzarse alrededor de un círculo y aunque había iluminación en la sala, toda la parte superior parecía en tinieblas, como si sobre el techo hubiese descendido una oscuridad tan flagrante que la asemejaba al mismísimo espacio exterior. Había luces que brotaban de aquella oscuridad, como ojos reptilianos y oblicuos que miraban furtivamente a los confabuladores. Ellos pronunciaban oraciones blasfemas y algo reptaba en medio de la oscuridad, como si la propia nada, encontrara en su reverso una naturaleza viviente que empezaba a tomar forma y a despertar en consciencia. En ese instante en el que su compañera parecía en trance, Simón empezó a escuchar unas palabras a través de los auriculares. Había interferencias, pero en medio de aquel inmenso ruido desconcertante, se escuchaba llover. Una palabra empezó a repetirse: «oriens, oriens, oriens» repetían los infelices sin cesar, como si de aquella lejanía llegara alguna dicha. Entonces todo se nubló para ellos y cuando menos lo esperaron, se vieron observando aquella oscuridad, pero anclados en otro espacio, en otro mundo, donde la voluntad ya sólo era imaginada.

III

Jorge empezó a ver palabras escritas sobre la pared. Las marcas tipográficas se marcaban afiladas sobre la superficie de la madera, haciendo que de ésta brotasen chispas incandescentes que denotaban la intensidad de lo testimoniado. Algo estaba escribiendo un destino desde otro lugar. Le venían imágenes de un ser diabólico repleto de brazos y garras afiladas; unos ojos amarillentos miraban con gran obsesión todos los recovecos de aquella casa y con una pluma de metal forjada en el mismísimo inferno marcaba sus blasfemias sobre la tierra que afirmaba haber creado. La cabeza del investigador estalló de dolor. Un estruendo lo despertó de su visión; algo se había movido en el piso de arriba. La casa estaba cambiada, el salón brillaba con una fuerza sobrenatural y el reloj había empezado a girar sus manecillas con una velocidad asombrosa, como si el tiempo discurriera veloz a raíz de algún tipo de encierro mágico. El pasillo estaba renovado y la suciedad y las imperfecciones del lugar habían dado lugar a una restaurada faceta, como si la casa pese a estar ruinosa guardara en su esencia una imagen fantasmal de su estado original. El pasillo estaba oscuro y por las ventanas que podían reflejar luz sólo entraba una especie de halo antinatural, de un color que entremezclaba el verde con el gris y que no ayudaba desde luego a conferir seguridad. Fue presto a la entrada, pero no encontró rastro de su compañero ni de las cajas. La puerta estaba abierta, pero cuando salió sólo pudo ver un campo de niebla lleno de luces incandescentes. El color ligeramente verdoso venía de aquel sustrato fantasmagórico y el ligero y pestilente viento que llegaba hasta el portal traía consigo unas voces lejanas, como susurros adormecidos que podían encantar los oídos de los más incautos. El investigador cerró la puerta y trató de asomarse por la ventana. Había cosas que se movían en las tinieblas, pero no había rastro de Javier, el cual parecía haberse perdido en la oscuridad de aquella eterna noche. Nervioso, trató de volver al salón, pero allí descubrió estupefacto a Paco de espaldas mientras unos extraños crujidos se movían bajo sus pies. Miraba pasivo y estático las figuras que iban siendo formuladas alrededor de las palabras grabadas, las cuales brillaban ya con una luz rojiza antinatural. Jorge fue cauto en sus movimientos y trató de dar un giro completo a la sala, protegido siempre por la distancia y sin perder de vista el acceso del pasillo, se dirigió hacia la escalera que daba al piso superior. Su compañero podía estar poseído o bien estar bajo algún tipo de encantamiento. Sin embargo, aquello que vio nunca lo había podio contemplar fuera de los libros. Paco lo miraba detenidamente, con dos profundos y sanguinolentos agujeros allí donde debían estar los ojos. Lo contemplaba de manera agresiva, abriendo las fauces para mostrar el vacío de su interior. Una cortina de babas y pus emergió de su boca y cayó desplomado no sin antes pronunciar unas aterradoras palabras «¡Jamás saldréis de esta casa!, el extranjero ya viene». A su alrededor quedó una masa viscosa, producto resultante de alguna corrosión interna que sólo una gran maldición podía procurar.

Ante el desdichado final de su compañero, el investigador corrió sobre las escaleras y marchó hacia los pisos superiores en busca de supervivientes. Miriam y Simón debían encontrarse en apuros. Empero, cuando Jorge dio el último paso se dio cuenta de que aquello no era lo que había imaginado. Había una gran sala corroída por la mugre y una especie de enredadera viscosa cubría cada uno de los recovecos de aquella casa. En lugar de muebles, sobre él se extendía toda una gran sala llena de espejos y luces incandescentes que debían sobresalir de algún lugar escondido. Ya había visto aquellos juegos alguna vez y no eran meros pasatiempos de estética o arte simbólico. Sabía que el que dominaba aquellas técnicas podía influir sobre el tiempo siempre y cuando el lugar se encontrara maldito y consagrado a alguna especie de poder maléfico. Ya no le importaba aquello que habían venido a buscar. Aquella casa no estaba controlada por almas sino por demonios, los cuales, deformando la tierra y el viento a su voluntad habían conseguido establecer morada. Si lo hubiera intuido cuando vio las fotos del lugar habría dado marcha atrás y habrían avisado a las autoridades pertinentes, pero ahora, encerrados en aquel lugar eran presa fácil de aquellos que no necesitan ni ojos ni dientes para matar. Aquella, era una casa de Semiphoras, una encrucijada salvaje protegida de la mirada atenta del firmamento.

Con mucha angustia deambuló por aquellos espacios angostos. Quiso portar su arma, aunque sabía que sólo podría retener cualquiera de aquellos seres de manera temporal, pues la corrupción era tan grande en aquel enclave que debían disponer de múltiples formas para cometer atrocidades. Una luz le advirtió de una presencia, pero tuvo suerte de esperar con cautela, porque era Lucía quien recorría la estancia asustada desde la otra punta. Iba con la cámara dando fogonazos de luz sobre los espejos, tratando en vano de guiarse por aquel laberinto de reflejos desconcertantes. Jorge supo colocarse a una distancia prudente para llamarla sin gritar demasiado. Ella corrió hacia él y se abrazaron. Le preguntó dónde estaban los demás, pero él no supo qué contestarle. Le dijo que debían buscar a Simón; debían estar en alguna de las habitaciones. El investigador no encontraba ninguna segunda escalera, pero de repente tuvo una extraña intuición. Giró la cabeza y sintió una presencia, como si algo los sintiera desde un lugar lejano. Escuchaba unos pasos, una solemne pisada que parecía vestigial, ancestral. Y, sin embargo, no había algo que causara tanto miedo, pues la sala estaba de momento silenciosa. Unos sonidos guturales acompañaron aquella sensación de miedo y tal era la retahíla de crujidos de huesos que sentía por todas partes que Jorge ya no supo si aquellos sonidos se manifestaban en el espacio real o sólo en su cabeza. Lucía no parecía ser consciente de ello, pero parecía absorta mirando los espejos, como si hubiese visto algo en ellos. En verdad, veía pequeños fogonazos de luz que iban de un lugar a otro. Aquella extraña esfera bien podría haber mostrado su naturaleza, pero los espejos estaban alterados, mas no era el orden sino el tiempo el que determinaba su comportamiento. Por eso la esfera parecía revolotear sin un orden fijo y sólo se mostraba a la conciencia de los observantes en forma de pequeños destellos o fogonazos en la mente de los más sensitivos.

Jorge se dio cuenta de que, si no hacía algo, ese terror se haría real en cualquier momento, pero no se atrevía a mover los espejos, pues no había ninguno de ellos que mostraba ser el origen del poder. En ese instante en el que las pisadas empezaron a ser reales, una extraña hebra azulada se mostró en uno de los espejos y él creyó ver reflejada a Miriam. Estaba gris, errática, pero le señalaba con la mirada fija su posición. Pero no le miraba a él, sino a algo que había detrás suyo. El investigador se giró y sólo vio oscuridad. Lucía en un acto reflejo lanzó un fogonazo de luz con la cámara y su reflejo iluminó un extraño espejo que parecía resistirse a la luz material. Jorge lo vio; se estaba reflejando en él. Antes de que las pisadas pudieran notarse sobre las ligeras y castigadas vigas de madera, el investigador alzó la pistola y disparó sobre su propio reflejo. Antes de realizar el disparo vio su propio rostro mostrando el fiel reflejo del miedo. El espejo se hizo trizas y entonces todo pareció venirse abajo. Los espejos empezaron a estallar y un ruido de dolor se intensificó en cada uno de los poros del espacio. Los sonidos guturales no pararon, pero esta vez la madera crujió hasta astillarse y el suelo se les vino abajo. Ambos cayeron sobre la planta baja y aunque no toda la madera se vino abajo, se hicieron numerosos cortes con los cristales de aquellos espejos profanados. Entremezclado con el polvo recién levantado, había un aire turbio en la atmósfera y el salón principal resplandecía con un extraño color rojizo. El sello empezó a fundirse, como si una fuerza maliciosa tratara de romper el legado de aquello que pretendía proteger. A duras penas ambos lograron alzarse y aunque Lucía parecía al principio haberse fracturado el pie, logró alzarse y ambos trataron de huir de aquel lugar. La fuerza que se escondía tras los espejos no tardaría en volver, pero fuera el mundo ya no era un lugar seguro. Lo que tenía claro es que aquella fuerza no era un ser inmortal cualquiera, sino una especie de viajero errante capaz de realizar pactos con todo tipo de entidades. Cuando el sello terminó de fundirse, la madera estalló y se hundió conformando un agujero que parecía un pozo de almas. Miles de ojos salieron de la oscuridad y atravesaron la madera para contemplarlos desde la tristeza más profunda de la existencia. Jorge alzó el arma, pero no atinaba a ver ninguna presencia materializada, mas bien eran entes, espectros que parecían haber escapado de la tortura más cruel que sólo el abismo podía diseñar. Lucía le conminó a bajar la guardia, eran simples almas atrapadas y después de romper el espejo maestro, algo había roto el pacto con el huésped, por eso el sello se había fundido. Jorge se acordó entonces del extranjero y apoyado en Lucía, salieron ambos por la puerta del hogar.

III

A pesar de lo que uno pudiera esperar, Javier vio salir a Lucía de la puerta. Iba sola. Cuando ella se dio cuenta de lo sucedido quiso volver la vista atrás, pero la casa era pasto de las llamas. Cerca de allí estaba Luís, que había acompañado a Enrique en su camino de vuelta a la casa. Javier no paraba de preguntarle por los demás, pero Lucía no se atrevía a conjugar palabra. Sabía que tras el incendio no encontrarían jamás ninguno de los cuerpos puesto que la casa los había reclamado como suyos. Javier no paraba de insistirle y de preguntarle si había alguno con vida. Ella trató de mencionar la casa, pero al decir el nombre de Semiphoras Javier dejó de preguntar y su rostro se entristeció como si no se hubiera esperado nunca caer en esa trampa. Le preguntó si alguno podía seguir con vida. Ella le dijo que las almas parecían liberadas, pero que si había alguien que había logrado salir de la casa, ese había sido Jorge. Javier masculló, sólo atinó a decir que rezaría por él.

Mientras, Jorge seguía corriendo a través de la niebla. Vio moverse las sombras agitadas alrededor de su trayectoria y por eso empuñó el arma y disparó a ciegas tratando de caotizar más la situación. Quizá fue la incertidumbre o las llamas incandescentes que empezaron a salir de la casa los que le permitieron salir con vida de aquel jardín del infierno, pero cuando el investigador no pudo más, vio que sus pies habían caído en una especie de riachuelo de barro. Aunque no se mojó las rodillas, decidió caminar con un ritmo tan acompasado que sus pies se volvieron silenciosos. A su alrededor no había nada, sólo un miedo materializado en el vacío más terrorífico que ningún alma podría haber experimentado jamás. No supo contar cuántas horas pudo estar caminando a escondidas, siguiendo aquel riachuelo, intentando que su corazón no se oyera en los alrededores, pero al final vio algo que lo despertó de su angustia. Había una especie de estructura vegetal que brillaba con extraña intensidad. Cuando el se acercó ésta detectó su presencia, como si lo hubiese estado esperando desde horas previas. De cerca parecía una especie de planta globular, con un orificio lleno de extrañas hebras de flores amarillas y una especie de esfera que brillaba con una intensidad que parecía responder a sus emociones. Flotaba o se apoyaba ligeramente por una serie de filamentos y aunque tenía alguna especie de corona o parte superior, la oscuridad le impedía conocer su semblante. Entonces recordó que era aquella luz la que debía estar atrapada tras el espejo negro. Una extraña estrella liberada de las fauces del extranjero había podido escapar del lugar y ahora trataba de reunir fuerzas para regresar a su hogar. Sin embargo, lo había estado esperando a él, como si tuviera una deuda de vida. Jorge así lo sintió y le siguió mientras aquella criatura parecía iluminar el camino con su extraño resplandor. Pensó en si volvería a la tierra, pero una imagen se proyectó en su mente como si aquel ser hubiese leído sus pensamientos más profundos. No, iba a ir a otro lugar ya que en la tierra él ya no estaba a salvo del extranjero. Podía ver unas costas púrpuras brillar en la inmensidad de un océano anaranjado. Y a su alrededor, rodeado de montes blanquecinos y verdes, veía centenares de luces brillar como si la esperanza trascendiera las fronteras de lo conocido.

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