La calle

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Corriente de Birkeland en Terrella (Kristian Birkeland)
Corriente de Birkeland en Terrella (Kristian Birkeland)

Leandro permanecía desde horas inciertas reclinado sobre el sofá. Había estado de espaldas, mirando de reojo la televisión; más tarde de lado y finalmente con la mirada centrada atentamente en el techo. Sus giros y volandas sólo podían acompañar tristemente una conjunción de pensamientos obsesivos que le mantenían relativamente alejado de la realidad. Recientemente había leído un libro que teorizaba sobre ésta y aquella misma mañana había estado ojeando apuntes sobre el concepto de creencia y su diferenciación respecto a la ocurrencia. Ahora mismo, su mente era como un pequeño campo de hormigas difuminadas que intentaban encontrar un punto central o base desde la que edificar o escarbar la madriguera. Instantes atrás, todo objeto desaparecía de su mente para ser percibido como un conjunto indiferenciado que sólo encontraba la diferencia o distinción en la distancia con respecto a sus diferentes límites internos y externos. Ahora bien, si al principio todo parecía un objeto que quedaba reflejado en su mente destacando las distancias como individualidades propias, otras veces la realidad misma se transformaba en un mundo de relaciones. No había en el mundo cosas sino relaciones, funciones y atribuciones. La realidad se desgarraba y el engranaje que parecía mover todas las cosas con un propósito claro ahora daba paso a un conjunto de filamentos que buscaban configurar las esencias de todo cuanto se nos muestra en la consciencia, pues los objetos eran dados a través de las relaciones que establecía previamente el mundo consigo mismo. Eso le hacia hipotetizar sobre su propia naturaleza, por la relación que él debía mantener con el cosmos, pues desgajado de las relaciones mundanas, ya sólo le quedaba el frío pensamiento. Si él no era un conjunto de átomos, sino una función en relación a la realidad objetiva, debía conocer cuál era ésta. Quedaban pues suspendidas sus reflexiones previas sobre la concepción de la vida o la indivisibilidad de la persona y ahora mismo todas sus energías parecían enfocadas a la percepción de la realidad misma. Era extraño ver como el universo, que destacaba por su vacío, podía contener a la vez tantas cosas, porque ya no eran cosas reales sino sujetos pensantes que transforman lo imaginado en objeto real. El universo, contenedor de mentes pensantes, había logrado crecer desde dentro y replicare en las mentes que a su vez lo contienen, pudiendo abarcar en potencia un crecimiento exponencialmente infinito. Sin embargo, ese vacío seguía siendo desolador porque entre cualquier distancia mínima que uno se atreviera a pensar, había más vacío que cosa. Entonces se preguntó cuánto de ese vacío había en su interior y un gran pinchazo recorrió su cerebro desde el interior más inaccesible hacia la frente.

Leandro pareció marearse un poco. Se irguió de nuevo y pensó que igual era mejor aprovechar que la gente estaba en sus casas para bajar la basura. Temía encontrarse como siempre vecinos en el ascensor en las horas previas a la cena. Si se anticipaba, podría prepararse un baño y quedarse en pijama hasta la hora de cenar. Fue a la cocina, sacó la bolsa y la cerró con un simple pliegue y atadura del plástico que la definía. Al cerrar la bolsa, sintió otro mareo, pero esta vez a punto estuvo de caerse al suelo. Tuvo suerte de estar cerca de la encimera y en ella se apoyó hasta recobrar el equilibrio. A pesar de este contratiempo, cogió las llaves y salió por la puerta de camino al ascensor. No temía que le volviera a pasar en la calle; es más, hizo acopio por recuperar ese pensamiento porque intuyó que aquella sensación u hormigueo del alma podía estar en relación con lo que había pensado. Algo se le escapaba. A decir verdad, ahora recordó que aquello le había pesado en numerosas ocasiones y que siempre que le ocurría, había dejado lo que estaba haciendo para descansar sobre el sofá. Esta vez, se reafirmó y siguió pensando en bajar a la calle y tirar la basura. Tenía la bolsa en una mano y las llaves del portal en la otra e incluso se imaginó qué le podía ocurrir allí o si vería a alguien paseando el perro. Llevaba unos guantes de látex y las gafas puestas, aunque sucias. Se miró en el espejo del ascensor y pensó sobre su realidad, sobre su acción, pero entonces cayó en la cuenta de lo más fundamental. Ese algo que se le escapaba estaba allí por omisión. Todo el esquema estaba ya configurado en su mente, incluyendo la voluntad de realizar aquel acto. Incluso era consciente de sí mismo, del futuro, del pasado y las experiencias previas, pero no había cuestionado lo más fundamental. Había decidido bajar a la calle, pero no había cuestionado si ésta existía. Lo daba por hecho, su pensamiento no cuestionaba la calle porque en sí mismo, operaba a través de su presupuesto. Un escalofrío recorrió su espalda, pero esta vez no perdió la compostura. Es más, había más lucidez en su interior. Salió del ascensor. Todo estaba a oscuras y la luz del ascensor empezó a parpadear mientras las puertas permanecieron abiertas. Giró el pasillo a la derecha y se encaminó hacia el portal. Lo que vio allí desgarró una parte de él. La calle no existía. En el portal estaba la puerta acristalada, pero más allá de los muros de la casa, no se veía la acera. Todo era oscuridad. Dejó la basura en el suelo y trató de encaminarse lentamente hacia aquella superficie. Intentó asomarse, pero algo en su intuición le impedía sacar la cabeza. Era una oscuridad tan inabarcable que se pensaba hasta que punto ésta podía impedirle ver las casas vecinas. Intentó otear en su incognoscible esencia, más sólo pudo atinar a ver unos extraños parpadeos de luces que quizá emergían de la fachada de enfrente. La oscuridad lo envolvía todo y a penas podía distinguir el fin del ladrillo o del suelo y el principio de la acera o de la fechada, porque al no haber nada, sino una nada real, no había un punto exacto de contraste o definición. Porque aquello no era un simple vacío, era una nada que podía hacer resquebrajar todo lo existente. No era la nada que envuelve el ser, sino la nada que lo niega.

Ese era el vacío que le estaba matando por dentro y atormentando cada uno de sus pensamientos. Se preguntó entonces dónde había estado antes si la calle no existía. Trató de recordar el primer día del confinamiento, el día natural antes de que el virus se hiciera con el mundo conquistando la humanidad entera, pero no podía hacer una reconstrucción total de los hechos. Si al principio daba por hecho de que eran días o semanas las que llevaba en cuarentena, pronto empezó a pensar que igual era posible que llevara años aislado. Pero eso le llevó a plantearse también la posibilidad de que realmente siempre hubiera sido así, de que no había días previos a la cuarentena y que toda su vida había sido una radical soledad. Todas las vivencias, todos los actos consumados podían haber emergido en su imaginación, podrían habían sido forjados desde su reflexión, desde el sofá de su salón mientras estaba reclinado aquella mista tarde u otro día. Dicho esto, se hizo real la conclusión de que nunca había bajado realmente del ascensor hasta aquel día y que nunca jamás había llegado a ver esa oscuridad donde antes creía que había calle. Se preguntó entonces si era verdad que existen otros, si existían los vecinos o si había más hogares más allá de su morada porque entonces cayó en la cuenta de que nunca realmente había visto a otro ser humano más allá de su imaginación. Las luces empezaron a parpadear y toda la estancia se quedó en tinieblas a la espera de que el interruptor de la luz fuera cuestionado de nuevo. Pudo comprender, quizás embriagado de oscuridad, que iba siendo hora de acercarse a ese vacío y por vez primera el dolor de su cabeza empezó a desaparecer. Leandro salió del portal y miró hacia el vacío. Ambas inexistencias se vieron y una quedó reflejada en la otra. Los gritos del vecindario seguían sonando en algún lugar, pero Leandro desapareció del mundo, engullido por una calle que creía haber descubierto. Desapareció, dejó de existir y toda memoria albergada sobre su persona se disolvió en las tinieblas de la verdadera realidad del cosmos.

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