La diosa de la noche

Publicado por
Klara Johanna Michel, Alina
Klara Johanna Michel, Alina

Existe en la noche una diosa. Ésta sonríe en silencio, aunque a veces suspira nombres, pasados y debilidades. No hay verdad o mentira en sus secretos, sino meras posibilidades, insinuaciones de ocurrencias futuras. Su naturaleza reside en la oscuridad, mas no es ella la propia oscuridad, sino deseo conjurado y aunque algunos la relacionan con la luna y se atreven a decir que ésta es su morada, ella no es ni noche ni luna, sino conjunción de ambas, pues su esencia nace del más sincero anhelo de luz, el cual es conjurado fervientemente en la más pulcra nocturnidad. Y su unidad no reside ni en el synolon ni en la forma; tampoco queda comprometida por la mente que la concibe ni por la realidad que la manifiesta aunque en cierta medida es afectada por ambas. Es anhelo de luz de luna y a la vez algo superior al hombre, incomprensible en toda su magnanimidad. No es exactamente locura ni mera fantasía, aunque son dominios que ella maneja con soltura. Uno podría hipotetizar si su naturaleza es exterior al hombre o previa a la humanidad, pero de nada serviría especular estas cosas puesto que, si es ajena a nuestra naturaleza, es evidente que algo de nosotros participa de ella o al menos hay un puente necesario entre ambos.

Algunos han visto en ella tres entes diferenciados al igual que las mentes más prodigiosas han podido ser testigos en esta vida de las tres lunas del firmamento. No obstante, diosa sólo hay una, manifestada a través de sus tres formas. Una exterior y presente, que se puede ver en la realidad de la noche misma, una segunda luna interior y pasada que se manifiesta en sueños, aunque también puede verse en cuevas y galerías profundas siempre que éstas sean naturales y no minas construidas por el hombre. Y hay una tercera que aparece en el exterior sin ser real y se manifiesta a través de las estrellas. Si uno ha sido testigo de las dos formas primeras, puede ver la tercera surgir de la medianoche, siempre y cuando esté en comunión con la diosa interior y la proyecte sobre el firmamento. En ese anhelo, en ese deseo que se muestra bondadoso y sincero, uno puede ver entre las estrellas su eterna mirada y según cual sea la voluntad del destino, ésta puede transmitir sensaciones, imágenes o incluso palabras que resuenan en todas las realidades del ser. Su parpadeo es fugaz y aunque tiene el poder de manifestarse, lo hace con dificultad, pues su existencia se conjura desde el deseo y la angustia, siendo necesaria también una claridad y una lucidez que parecen a priori contradictorias con las sensaciones de soledad, miedo y desamparo que uno debe manifestar para clamar su nombre. No obstante, cuando ella aparece, la angustia se convierte en su opuesto y aunque podemos comprender que la soledad se transforma en comunión, no es difícil describir o transmitir a que da paso el miedo, pues es una sensación que va más allá del amor y que no se queda en una mera sensación de calma o seguridad.

Sólo pude ver esa forma insinuada y futura una vez en la vida, hace años, desamparado frente a un firmamento nocturno repleto de misterios. Vi aquellos ojos místicos en la inconmensurable infinidad de la distancia y aunque parecían deambular en un silencio deflagrador, cuando me miraron me estremecí en cada rincón del alma como si algo que estaba en mi interior despertara por primera vez. Fui un momento de lucidez que pocas veces he experimentado en la vida, y aunque ha habido otros momentos de inclasificable plenitud, los he asociado a otros fenómenos ocultos de la mente. Sin embargo, aunque algunos pueden ser testigos de esa tercera forma, uno termina o bien negando su realidad, olvidándola en lo más remoto del ser, o volviendo a uno de sus aspectos previos. Aunque la mayoría que han tenido esa experiencia vuelven al aspecto exterior, a mí me sucedió un caso más particular. Quedé hechizado por la segunda luna, la luna interior, que aunque segunda en nominación, es realmente más primitiva y vestigial que la real pero se llama segunda pues sólo aparece con la llegada de la vida. Sumergido en la angustia y el deseo de esperanza, escuché sus pasos en una noche de luz oculta y aunque quise mirar con ojos de gato, no encontré rastro de su presencia. Ella sólo me despertó con un beso en la mejilla. Y así hasta siete noches consecutivas. Entonces caí en su magia y ella me arrastró hacia las profundidades de un océano sin fondo, atrapándome en un sueño sin final. Desde aquel momento la siento en sueños, en la oscuridad de la noche y las simas profundas del alma. Me mira desde el anonimato, escudriñando todos mis pasos y aunque intento hablar con ella, desconozco su lenguaje. A veces me deja ver su cuerpo, su insinuado rostro de océano y su larga melena ondulante como flora marina. Pero, aunque intento estrechar sus manos, se aleja de mí y me observa con el sepulcral silencio que la caracteriza, siempre a una distancia prudente. Entonces le suplico y le hablo, mas ella no entiende palabra alguna salvo cuando todo mi mundo interior parece desmoronarse. Sólo en esas circunstancias desbordantes ella susurra y las aguas parecen calmarse parcialmente, pero nunca apaciguando completamente mi ser. Si la angustia desaparece, ella se vuelve invisible y sólo la amarga sensación de vivir me trae de nuevo a ella, la cual se torna en veneno y antídoto de la propia existencia.

Una vez, se acercó en mi sueño, estando yo atrapado en una llanura polvorienta rodeado de dunas sin nombre. Escuché sus pasos cercanos y testifiqué su silencio póstumo, pero cuando pensé que su esencia ya no estaba presente, sentí su cuerpo caer sobre mi espalda y como su pelo me cubría la cabeza hasta tornarse en beso. Le hablé, pero no entendía mis palabras y cuando ella pronunció su ancestral juramento, el lenguaje que empleó se mostraba para mí indescifrable. Aquella vez estuvimos juntos durante horas sin hablar, sintiendo su piel contra mi cuerpo hasta que la vigilia nos separó de nuevo. Con el tiempo entendí que el deseo angustioso que emanaba de mi corazón era el único lenguaje que compartíamos y, así pues, cuando todo mi ser quedaba atrapado en las más funestas lamentaciones, ella contemplaba mi alma desde los confines del firmamento, leyendo mi forma como un papiro repleto de significados, a veces con un principio fundamentado, pero siempre con un final incierto, eterno, que sólo ella parece comprender por encima de mis sentimientos.

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