Ella escapa a mis silencios

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Christophe Kutner, Reve D'Un Soir D'été, 1994
Christophe Kutner, Reve D’Un Soir D’été (detail), 1994

Es la mañana. Sus huellas me afligen.

Perdido en los senderos que ansiaban mi nombre, creí encontrar tu figura, olvidado signo de vida. Mas no hay rostro ya que me resulte agradable y allí donde abruma la niebla, ya sólo distingo tus ojos mancillados de pena, abiertos y somnolientos por un recuerdo que nunca quiso florecer. Allí, en ese jardín que creé para ti, paso mis días, amaneciendo al desconsuelo que me aprisiona, creyendo que, al alzar la mirada, tus ojos podían encontrarse con los míos. Pero esto, sin embargo, nunca sucede. Me siento recostado en aquellos bancos de piedra y espero fielmente que tu voz me haga despertar. Pero allí sólo descubro la amenazante soledad que me va carcomiendo y los días se van sucediendo sin que nada ni nadie me anuncie tu llegada. Durante el día sufro el hambre de tu ausencia y por la noche termino arrastrado a las cuevas de los vencidos, esperando que aquel sopor alivie mis tormentos. Pero esto último tampoco sucede, pues el vacío engendra vacío, y cuando mis ojos vuelven a ver la luz del sol brillar en lontananza creo verte de nuevo. Doblegado bajo el fatal signo de la esperanza, creo que tu imagen debe haber renacido.

Se hace la tarde. Los recuerdos me abruman.

Recuerdo cuan frías eran tus manos al mediodía y cómo tus vestidos se llenaban de flores, yerbas y ramas. Y cuando sonreías, parecía que me mirabas como el cielo mira su mar, transmitiéndole la emoción del firmamento. No había duda en tus labios, así como las manos entrelazaban nuestra unión. Pero el tiempo se agotó y tu mirada se perdió en mil tinieblas. Tus misterios navegaron lejos de mí y yo me quedé atrapado en ese jardín, siguiendo tus huellas en círculo, escuchando a las aves cantar tu nombre, inspeccionando los montes que esconden tu espectro. Pero el dolor, qué agudo es recordar cuando tu rostro mi mira en silencio mas no me ve y tus pupilas me atraviesan como si tras mis espaldas no hubiera más que infortunios. Te fuiste y dejé de cuidar el jardín que tanto te gustaba. Las flores se marchitaron primero, y luego las hortalizas, los frutos y las bellas plantas de primavera. Todo aquello que antaño había florecido a su más alta potencia, ahora es pasto de maldición, de mancillado recuerdo. Todo aquel sendero de piedra hoy está cubierto de zarzas y allí donde antes caminabas descalza, hoy sólo hay insectos y alimañas sin corazón. El sol atardecido se lleva su luz entre gritos y sollozos, pues no es su deseo alumbrar mis penas y despertar los dolores del pasado.

Ya es de noche. Ella escapa a mis silencios.

La luz se extingue, pero el recuerdo sólo cambia de dueño. Ya sólo veo tu rostro de noche, perdido entre los montes de tiniebla. Y aunque sé que abres la boca y susurras, el viento me golpea y me arrebata tu último adiós. Camino hacia ti, pero las nubes me arrastran hacia el imperfecto sendero de la cordura y aunque me arrastro hacia tus pies, la oscuridad me termina engullendo para limpiar tu imagen. Veo tu cuerpo, tu largo pelo negro ondear bajo la luna, llevando el blanco camisón de las almas en pena. Intento verte por última vez, escucharte, arañar el suelo que honraba cada uno de tus pasos, pero mis ojos terminan sellándose de olvido y caigo presa de mí. Recuerdo a veces tus ojos mortificados, culpables, deseosos de vivir un recuerdo. Otras veces, miras al mar en silencio y aunque el viento no me impide contemplarte, tampoco encuentro la manera de llegar a ti. Es la maldición de no poder vivir sin tu rostro, condenado a anhelar cada uno de tus suspiros. Tus ojos ya no me miran, mi amor, ni siquiera cuando levanta la bruma, pero yo seguiré allí en silencio, esperando eternamente hasta que te acuerdes de mí.

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