Amor y destino

Publicado por
Dominique Issermann, Laetitia Casta
Dominique Issermann, Laetitia Casta

Cuando Isidro conoció a Marta por vez primera, ambos estaban ausentados en sus respectivas consciencias, deambulaban engullidos en la multitud que salía de presenciar la película. Miradas en el tiempo sucedieron a extraños gestos que tanteaban el primitivo saludo de quienes dudan por primera vez ante el destino de las cosas. En cualquiera de las situaciones convencionales ninguno de los dos se habría acercado al otro, pero debido a una particularidad de las instalaciones, la cola de salida se estrechó a sus alrededores y ambos terminaron enfrentados, parados en medio de un bullicio de gente que trataba de salir y entrar por una misma puerta. Ambos se miraron sonrientes por la tensión y por la surrealidad del momento. Al parecer, a los trabajadores de las salas de cine se les había olvidado abrir una de las puertas del local y justo en aquellos momentos otra marabunta de gente se agolpaba tratando de llenar aquellas innumerables salas de espectáculos cinematográficos. Una primera pregunta resultó inquietantemente ensombrecida por el ruido de la muchedumbre, pero fue lo suficientemente precisa para despertar la atención del oyente. No supe decir cual de los dos lanzó la primera pregunta, pero alguien le preguntó a alguien si le había gustado la película. Entonces a partir de ahí transcurrió un pequeño debate que misteriosamente resultó imperturbable. Era como si sonido ambiental a su alrededor menguara paulatinamente para favorecer aquel especial diálogo. A los dos minutos una de las puertas se abrió y el movimiento se hizo con ellos. Ambos salieron a la plaza al tiempo que seguían hablando.

En condiciones normales, alguno de los dos se habría despedido fríamente, tratando en vano de negar aquellos significativos momentos de la vida donde se asume el riesgo frente al otro, el eterno desconocido; pero en esa particular historia ambos interlocutores quedaron allí de pie, como si todavía hubiera una masa considerable de gente a su alrededor que les impidiera huir. Ambos, permanecían allí de pie, enfrentados a la máxima posibilidad de un cielo que con las horas empezó a oscurecerse. Hablaron del cine, de los precios y de las versiones olvidadas de los libros en papel; en un principio él atinó en realizar las preguntas pertinentes en relación a las películas y los directores que más estaban de moda, pero ella terminó tomando la iniciativa y hablaron de temas personales, de la ciudad y de la sociedad. Parecía que tenían tanto en común el uno con el otro que cualquiera podría pensar que alguien de los dos se amoldaba a las exigencias de la situación y trataba de ganar partido. Pero no fue así. Quizá tenían una forma nada singular de ver el mundo, pero pronto las coincidencias se tornaron extrañas. Ambos habían nacido el mismo día, aunque en dos años diferentes. El padre de Isidro se llamaba Antonio y la madre de Marta, Antonia. Ella había tenido una mascota en la infancia que se llamaba igual que su actual gato, se habían quedado atrapados en un ascensor tres veces y habían sufrido un esguince alguna vez mientras esquiaban. Al principio cayeron en risas jocosas, tratando además de indagar frenéticamente qué otras oscuras similitudes les había inoculado la vida. Pero finalmente, tras varias horas de charla y caminos deambulando alrededor del centro de la ciudad, el cansancio les terminó interrumpiendo, antes incluso que llegara la noche.

En esas medias penumbras, acorralados por el transcurso de una conversación que parecía agotada, la mirada de Marta empezaba a tantear el móvil e Isidro pronto hizo acopio de entender sus inquietudes. Él habló de la hora y entonces se hizo el silencio. Ambos quedaron estáticos, como dos elementos de piedra caliza dubitativas e incapaces de engendrar movimiento autónomo. Por una parte, Isidro no estaba seguro de si resultaría demasiado atrevido pedirle el teléfono porque cuando vio que ella estaba mirando la hora, no sabía si era porque tendría algún compromiso o porque se había cansado de la conversación y necesitaba una escusa para irse. Él lo dejó caer en alguna ocasión, pero finalmente se despidieron y cada uno volvió por donde había venido. Marta se quedó parada en su viaje de vuelta. Estaba tan cansada que había entendido mal cuando él le había dicho lo del teléfono. No reaccionó a tiempo y cuando se giró para ver la plaza, él ya se había marchado por alguna de sus calles. Fue un asunto extraño, pues ante tanta coincidencia, ambos terminaron siendo obviados por la propia conversación. Pero se extrañaron durante días, pues no era fácil encontrar una persona amable y bondadosa con la que uno pudiera conversar apaciblemente durante horas.

Así pasaron los días y las semanas, hasta que ambos coincidieron de nuevo en el cine. Pero esta vez, él salía de la sala cuando ella parecía estar de pie mirando los carteles antes de entrar. Ella no pudo disimular una sonrisa y él se acercó lentamente, tratando de camuflar la soledad que le carcomía por dentro. Por extraño que pareciera en aquel momento, ambos ocultaron lo que había pasado durante esas largas semanas de invierno. Fue un sueño el que los llevó a coincidir. Él había soñado con ella encontrándose ese viernes en el mismo lugar y ella había soñado algo similar. Como en su mensaje onírico no aparecía el día sino la hora, había estado pasando las últimas dos tardes por la calle a ver si éste se cumplía. Pero más allá de los reencuentros, ambos pronto se enzarzaron en una conversación de gran intensidad donde quedaron reflejadas sus vidas, sus anhelos y pasiones. Eran como dos personas totalmente diferentes, desprovistas de máscaras, hablando una frente a la otra, como si fueran conscientes de que la torpeza les llevado casi por poco hasta la desilusión. Durante el resto de la tarde, ambos caminaron por los mismos lugares y lejos de ensalzar las diferencias de sus respectivas personalidades que poco a poco empezaron a quedar dilucidadas, vieron por primera vez en sus vidas a una persona con el grado de profundidad que ello implica.

Entonces no lo pensaron más y se dieron sus respectivos teléfonos y hablaron de quedar nuevamente la semana próxima. Pensaron que aquella vez el descuido de la vida no les procuraría ningún mal o por lo menos, aunque los futuros encuentros salieran infructíferos y vieran que realmente no están hechos el uno para el otro, eliminarían esa eterna posibilidad en sus miradas desterrando dichos recuerdos como una parte inconclusa de sus respectivos proyectos de vida. Entonces ambos se despidieron, después de horas de intensa charla y aunque todavía era pronto para dar cualquier testimonio de cariño, él colocó levemente sus manos en su hombro, resolviendo la pregunta interna de si aquella persona era real. Ahora sí, la despedida quedó finalizada y sus cuerpos se alejaron en la oscuridad de la noche, conectados por un extraño hilo invisible que jamás desaparecería. Isidro cruzó la gran vía y marchó hacia el barrio donde comparte piso. Ella cruzó la calle más allá de la calle Ramón y Cajal, pero un coche la arrolló hasta levantarla varios palmos del suelo. No murió en el acto, pero sí camino del hospital, aunque fue consciente durante el proceso. Sus ojos se apagaron por siempre, vencidos por el sueño de lo eterno. Él esperaría unos días y llamaría, pero aquel teléfono nunca descolgó. Dejaría de soñar con ella, aunque jamás la olvidaría del todo ni borraría su número a pesar de que a los dos años fue reasignado. Nunca volvería a verla, pero tampoco entendería las razones de su ausencia, la cual socavó su alma hasta hacerla casi desaparecer.

 

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