Stolas. Viento a soledad.

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Jean Moral, Yalnızlık, 1926
Jean Moral, Yalnızlık (mod.), 1926

Hoy el viento estalla en mi ventana y me trae los recuerdos de los días a olvidar. En esta tormenta de realidades, me reclino sobre la ventana y veo el mundo que me ha visto nacer. Tiempo atrás me sentaba en lo alto de la montaña y de lejos, mirando el mar, me dejaba embadurnar por su extraño aliento. Enajenado, receptivo a la eterna posibilidad del cambio tanteaba su espíritu y encontraba en sus tormentos voces lejanas con las que me atrevía a conversar. A veces aparecían bajo la forma de susurros y otras, en cambio, se mostraban inquisitivas, moralmente dispuestas a mostrarme un camino o a discutir mi forma de ver la sociedad, pero no siempre había espacio para el debate y otras veces, que no eran pocas, el viento sólo se transformaba en música y me dejaba somnoliento, hechizado por su voluble mandato. Desde hace años, el viento ya no me dice nada, ya no hay voces en su sinuoso discurrir. Sólo una fuerza impetuosa que acaricia los árboles y se mueve veloz en la nada, dándonos a entender lo vacío que está el mundo. Y no produce los sonidos que antes tanto le caracterizaban porque si ahora se escuchan los sonidos causados por el desplazamiento de los objetos materiales o los siseos fruto de los espacios angostos, antes éste tenía un sonido particular, como un ruido blanco que no era accesible por el oído, pero sí por la imaginación, porque había una conexión natural entre el viento y la visión oculta, un puente que hoy se encuentra ya más que derruido.

Y aislado en este nuevo silencio, en ese profundo espacio incomunicado, ahora soy consciente de ese último sendero que nos ha llevado al fin de los tiempos. Ya no hay advertencia o señal de cambio, ni camino o puerta misteriosa, porque ya estamos allí donde debíamos estar. Y ese sendero o fin del camino se llama soledad. La imaginación nos hizo pensar, amigo, que había más posibilidades en la vida o que la vida del pensamiento podía dar al hombre la capacidad para convertirse en un auténtico sujeto trascendental, o al menos ser libre para actuar sobre el mundo. Pero nunca ha sido así. Todos los caminos nos han conducido siempre al mismo destino, porque nuestra vida ya estaba escrita por encima de la voluntad que creíamos tener. No defiendo el determinismo o la naturaleza del destino a ultranza, pues contemplar estos conceptos daría lugar a admitir que podría haber otra posibilidad, que nuestro futuro podría ser diferente si hubiéramos gozado de otra vida. Pero esto no es así, en el momento en el que decidimos despertar, nuestro sino sólo podía ser uno y nuestra libertad sólo podía venir dada si por casualidades de la vida, entráramos en el destino de otra persona. Por eso la soledad ha sido nuestro mayor castigo. No sólo nos impide escapar de nuestro destino, sino que también nos impide formar parte del destino de otros.

Tú encontraste refugio en la densa niebla del nuevo Dios virtual y desde entonces ves el mundo a través de una terminal. Yo, sin embargo, percibo el mundo desde la oscuridad de los esquemas, tratando de poner orden a las realidades que se aglutinan en mi ser y que no me dejan otra opción que rezar a la Confusión. Pero ambos, estamos en el mismo punto exacto, porque no es un espacio concreto, sino el fin mismo del camino. Es la soledad que ya no nos dejará marchar nunca más. Estos días, se ha cumplido la celebración del destierro y el viento me ha acorralado despertando el fantasma que creí dejar enterrado tiempo atrás en la terapia. Ya son varios los años que he cumplido en la más estricta soledad, pero justo por estas fechas, los recuerdos me inundan, me asedian animados o capitaneados por una extraña esencia que no logro percibir o comprender No sé si será la necesidad, o un otro refugiado en mi consciencia. Quizás es la vida misma. Mi única respuesta o defensa ha sido y es el silencio pitagórico. Pero silencio tras silencio, el viento estalla en mi vida y me deja desprovisto ante el miedo. Las preguntas que emergen de mi ser me rodean y se materializan en mi imaginación; surgen entonces dudas, interrogantes sobre el pasado pues mi imaginación ya no se proyecta hacia lo que no es sino hacia el pasado más remoto, hacia lo que pudo ser y no fue. Pienso entonces qué hubiera sido de nosotros si no hubiésemos sido víctimas del maltrato infantil, qué habría sido de nosotros si hubiéramos nacido en otra familia o bien qué hubiese pasado si alguien nos hubiera rescatado de nuestro destino. Estas preguntas producen alivios injustos y nos sentencian a reclamar o reprochar a una jurisprudencia inexistente. Pero nada nos evitará cenar el resto de nuestras vidas en el más alto grado de destierro.

Los recuerdos son así como un temblor que abre las grietas bajo nuestros pies y que lejos de alimentar la vida o fecundarla con razonadas respuestas, van socavando la realidad misma hasta hacernos descender por los infiernos de los que creíamos haber salido. Uno cree que en ese hundimiento hay mayor esperanza o consuelo, pero la energía que emerge de ese proceso de introspección o terapia no emerge de un ente externo a nosotros, pues no es más que el calor que desprende nuestra existencia al destruirse o quedar envilecida. La terapia no es pues un camino, pues tras la soledad no hay camino posible. Es la investigación póstuma del propio crimen que es la vida. Y el objeto de estudio no es más que nuestro cadáver andante que reclama una historia, un momento o un lugar en la vida que ya pasó. Con estas tristes palabras me despido de ti, no sin antes dejarte una frase lacaniana que me legó un verdadero maestro: “No hay progreso. Lo que se gana de un lado se pierde del otro. Como no sabemos lo que perdimos, creemos que ganamos”. Espero, amigo, que antes de dejar mi último aliento en esta vida, nos volvamos a encontrar, aunque sea sólo para recordar los buenos momentos, si es que los hubo.

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