La sombra de Héctor

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Walker Evans, self-portrait 1929
Walker Evans, self-portrait 1929

En estos días de soledad y miseria me he visto arrastrado por la sombra de Héctor. Como bien solía ocurrir, cuando te hablaban tan mal de una persona y a punto estaban de convencerte de que se había anunciado la llegada del anticristo, uno estaba ante una de las pocas oportunidades en la vida de encontrar a una persona extraordinaria, a un diamante en bruto arrastrado por el meteorito de la casualidad. Algo así me sucedió con Hegel, aunque en este caso, la persona de la que estoy hablando era mucho más real, viva, finita y quizá incluso mortal. Mientras aquellas lenguas siseaban como culebras, yo me distraje de mi carácter y me aventuré en descubrir los peligros de lo social. Fue una tarde otoñal hace ya unos tres años. Estábamos en un bar cuando pude establecer un primer contacto ocular con él. Su mirada, camuflada por dos extrañas gafas de sol moradas, no pudieron evitar responder a mi inquisitiva mirada. Yo le reconocí, pero él a mí no. Pero no hizo falta una segunda ráfaga de sensaciones, pues él ya pareció intuir que quizá yo sí tenía alguna idea de él. Un simple gesto, un asiento vacío y ambos terminamos sentados en una mesa. Tenía un calor espantoso y a pesar del frío que hacía en la sala, mi cuerpo parecía sacado de otra estación. Él, sin embargo, estaba impoluto, seco y llevaba un traje oscuro con camisa blanca adornada con extraños bordados entre los cuales podía verse una rosa y una cruz. Mostraba un ademán serio y su fina tez resplandecía con extraños ribetes de introspección. Yo estaba tan cansado que no sé cómo termine allí sentado. Recordaba haberme mareado algo y seguramente haber intercambiado algunas palabras con Silvia, una amiga de mi ex. Pero entonces, allí estábamos los dos. Dos almas solitarias, procedentes de épocas muy dispares y seguramente aquejadas de las mismas indolencias de la humanidad.

Él habló primero y desde sus primeras frases, algo extraño resonó en mi interior. Y todo era muy desconcertante, porque cuando escuchaba su voz, la escuchaba a la vez fuera y en mi interior, como si las vibraciones de sus cuerdas vocales encontraran su eco en mi cabeza. Los primeros intercambios fueron bruscos, improvisados, casi como si uno temiera no causar la verdadera impresión que uno merece proyectar. Pero entonces una chispa de naturalidad brotó y el lenguaje se hizo fluido. Quizá ayudaron algo las bebidas anisadas que nos tomamos o alguien embrujó aquel cubículo decadente con ánimos de provocar la deshonra de la razón. La cuestión es que la realidad se tornó muy extraña, la luz pareció apagarse y entre la multitud aparatosamente dinámica, sólo podía distinguir su rostro, el cual, pese a estar pocos palmos de mí, se tornaba a veces distante. Pero siempre, con significado preciso, como sus palabras, las cuales emergían de sus labios como sentencias frías de quién no teme castigo alguno. Hablamos del fin de la ilustración, del futuro del grafeno, de la cultura Moche, de los pecios en la costa turca, de la era CRISPR, de Oda Nobunaga, de la interpretación romántica del Quijote, de Sheridan Le Fanu, de la gramática del sumerio antiguo, del pensamiento de Fichte, de música barroca para laúd y de la concepción de la mente desde la antropología filosófica. No supimos cómo, pero esa primera vez terminamos hablando del cine de Bergman y recitando haikus y koans ancestrales. Al terminar la conversación, el tiempo se cernía sobre nosotros y la luz de un posible nuevo día nos amenazaba con un inminente insomnio. No obstante, ambos nos fuimos no sin antes despedirnos y tratar de vislumbrar una nueva fecha de encuentro antes de Navidad.

De vuelta a la morada, quise describir y sintetizar todo aquello de lo que Héctor me había hecho partícipe. Fue extraño, inusual, encontrarme con una persona que no proyectara sobre mi persona las inmundicias de su alma; desde hacía años, mi persona se mostraba como una pantalla en blanco, fruto del agotamiento energético, que hacía que no se manifestasen las cualidades de mi persona. Era como una leve depresión que había ido absorbiendo todo mi ser para finalmente escupirlo al mundo a modo de proyección fantasmal. No mostraba ya deseos o voliciones y mi libertad había quedado socavada por la fuerte rutina que me dominaba. Los demás aprovechaban esa aparente indefinición para proyectar en mí sus cualidades negativas o bien para endiosarme con fuertes deseos punitivos, envidias o reproches infantiles. Preguntándome por qué no había ocurrido lo mismo con Héctor, me toco reflexionar sobre su persona. Intenté diseccionar su imagen, analizar los puntos clave de su lenguaje, ver los rasgos indistinguibles de su ser y tratar de situarlos en una caracterología determinada, pero mis intentos fueron infructuosos. Aunque uno pudiera ver a simple vista ciertas resistencias anales en su persona, estaba claro que su dialéctica formaba parte de otra esfera. Iba más allá de la obsesión por la racionalidad, porque en él se entremezclaba la pasión, lo sistemático y lo imaginal. En su mente había erudición, talento y asombro, pero sobresalía por un leve destello de intuición que muy pocas mentes entrenadas eran capaces de percibir. Era desde luego una mente de la cual muy pocos podían resistirse al enamoramiento, al menos en un sentido de atracción intelectual. En sus ojos había vida, dominación y experiencia. Pero sus gestos se mostraban demasiado sutiles, flexibles, adaptados a todas las circunstancias posibles con un pragmatismo y una práctica indistinguible. Era difícil imaginar como alguien tan poderoso podía haberse fraguado entre las inclemencias de este mundo. Quise desconectar de estos pensamientos y tratar de visualizar el reposo, pero aquella noche llegué a casa y las pesadillas volvieron para arrastrarme al inframundo.

Volví a ver a Héctor a los tres días paseando por el botánico y sumergido en las dudas, traté de averiguar más cosas sobre él. Al principio la conversación se mostraba fáctica, superficial y evitó en todo momento arrojar luz sobre las cuestiones de su persona; así pues, decidí centrar la conversación en las preguntas que me había suscitado nuestro anterior encuentro. No obstante, nuestra conversación fue más corta que la otra vez, pues muchos de nuestros intentos de interacción terminaron con silencios mortuorios que nos arrastraron hacia un abismo de soledad mutua. Nuestras preguntas no encontraban su eco en el otro y cuando bien podíamos creer que habíamos encontrado otro hilo de conversación, las preguntas volvían a repetirse. Nuestros intentos de acercarnos a Dios, a la muerte, a la inmanencia del espíritu o a la metempsicosis fracasaron estrepitosamente. Ambos teníamos información, pero nunca respuestas para las preguntas del otro. Era como si todos los caminos llegaran a un punto de no retorno, allí donde la racionalidad pierde su camino y sólo queda la eterna duda del silencio. Saliendo del jardín tratamos de dar un breve paseo por el centro. El ambiente esta vez era más navideño, las luces destelleaban furiosas sobre la superficie de sus gafas moradas, impidiéndome ver sus extraños ojos verdes; sin embargo, nunca hubiera imaginado tanta oscuridad alrededor de una conversación. Todo se tornaba confuso, pues nuestras dudas se juntaban formando grandes corpúsculos cognitivos y emocionales que no eran ya duda, sino temblor. Y sobre ese ismo, nuestras almas quedaron precipitadas a la nada. Decidimos volver a vernos y tratar de encontrar otro camino, otro punto o nexo para no quedarnos en los temas de conversación que ambos ya conocíamos previamente. Estábamos convencidos que debía haber un punto de encuentro fértil desde el cual ver la luz. O eso pensábamos, porque, aunque volví a dar paseos por el botánico, a visitar los mismos tugurios decadentes, jamás volvía a ver a Héctor más que en sueños. Pregunté por él a las personas que tan mal habían conjurado sobre su persona, pero no hubo respuestas. Decían que había vuelto a su país, aunque no pude imaginarme de dónde debía ser. Su acento era extravagante, quizá de algún lugar de Europa del este. La cuestión es que una vez creí verlo sentado en una mesa; a su alrededor había gente que conocía desde hacía años, pero cuando quise hacerle una señal o indicarle un saludo, él hizo un gesto sutil levantando la copa, me miró fijamente durante unos instantes y todo su cuerpo empezó a deshacerse hasta fundirse con el vacío del mundo. Se convirtió en un humo negro, en una sombra marchita e inmaterial hasta hacerse indistinguible. Nadie parecía consciente de ello, ningún alma parecía percibirlo en su desintegración. Sólo en mí quedó la imagen de esa sombra que tanta angustia despertaba. Siempre que pensaba dónde debía estar Héctor, un escalofrío recorría mi piel, la tristeza me invadía y esa noche tenía extraños sueños donde los caminos terminan para dar lugar a una noche eterna sin tiempo ni espacio. Desde entonces, sólo la duda me abruma y el silencio es su respuesta.

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