El doblez

Publicado por
Ruth Thorne-Thomsen
Ruth Thorne-Thomsen

El seis de diciembre de 2019 ocurrió un hecho extraordinario cuya génesis todavía está por determinar. El sujeto experimental se llamaba Alejandro y tal como narra él en su propio cuestionario, estaba durmiendo plácidamente aquella noche cuando se despertó entre gritos de angustia. Su novia, Marta, fue testigo de como un crujido se introdujo en la habitación, invadiendo cada uno de los recovecos de la cama. Al encender la luz, vio a su pareja agitada, con los ojos poseídos por la fiebre de la incertidumbre. No pudieron explicar en aquellos momentos qué pasó, pero el informe posterior confirmó que la mujer ya estaba despierta cuando los hechos tuvieron lugar. Había escuchado un primer grito, pero éste no procedía de la habitación, sino que parecía focalizarse en otro de los habitáculos de aquel edificio. Al parecer ella se había despertado justo en el momento en el que el primer grito foráneo tuvo lugar. Recordaba levemente escuchar a su pareja murmurar entre sueños, pero no podía afirmar categóricamente que estuviese teniendo ninguna pesadilla, aunque sí dijo manifestar con posterioridad que aquello también le resultó extraño ya que nunca le había escuchado hablar en sueños ni tenía constancia de expresar pesadillas nocturnas. Alejandro, en cambio, no parecía recordar nada de lo sucedido. Sólo recordó despertar como si algo lo hubiera atravesado, como si un rayo hubiese entrado por la cabeza y salido por cada una de las extremidades de su cuerpo.

Los análisis secundarios pronto empezaron a confirmar cierta ambivalencia en sus declaraciones. Mientras el testimonio de Marta no parecía cambiar lo más mínimo. Alejandro empezó a manifestar ciertas contradicciones. Al principio dijo que era posible que tuviera pesadillas debido al atracón de alitas de pollo que había cenado viendo una película, pero fue casualidad que, durante alguna de aquellas entrevistas, Marta estuviera delante para negar tales hechos. Ambos habían cenado ligero y esa tarde sólo habían dado un ligero paseo por el centro de la ciudad. Alejandro se mostraba extrañado porque no recordaba tales hechos y le pareció que era su novia la que se había confundido de día. Más tarde, en una observación posterior, Alejandro firmó con otro nombre. Sin saber el por qué, había anotado el nombre de Andrés. Cuando el médico le preguntó la razón, él dijo que ese era su nombre e inmediatamente después se quedó en blanco, permaneciendo así durante un inquietante minuto. Todos los allí presentes se asustaron y creyeron que lo mejor era ingresarlo. Buscaron síntomas neurológicos relacionados con la memoria o la identidad. No parecía tener ninguna anomalía cerebral ni había rastro de ictus, trombos o tumores. No había rastro de lesiones, aunque en un primer momento se vio que los acueductos cerebrales podían estar más atrofiados de lo normal. No obstante, no había sintomatología psicótica y todos los resultados extraños aparecieron exclusivamente en las entrevistas. Prácticamente era la memoria la que estaba alterada. No presentaba dificultades para recordar o memorizar letras y números, más bien lo que ocurría es que recordaba cosas que no habían sucedido. Pero no eran recuerdos fantasiosos o delirantes, sino recuerdos que una persona común podía experimentar en su cotidianidad.

Cuando volvieron al edificio, Marta no pudo evitar observar un hecho crucial en aquella investigación. Uno de los buzones tenía una revista que sobresalía por la abertura. El nombre del propietario, tal como marcaba la plaquita, era Andrés. Andrés Morales. Al principio no dijo nada y su novio apenas logró percatarse, pero aquella noche la mente de Marta empezó a realizar extrañas preguntas. Mientras Alejandro dormía, ella le levantó furtivamente, salió del piso y llamó al timbre de Andrés. Su puerta estaba justamente un piso más arriba. En el interior no se escuchó ningún ruido. Nadie abrió la puerta. Todo resultada temiblemente desconcertante. Esa misma semana, volvieron de nuevo a la clínica para seguir con las pruebas. Marta no pudo evitar contarle lo sucedido al doctor Raúl después de las pruebas, tratando de que Alejandro no se percatase de sus hipótesis. El doctor se mesó la barba y realizó extraños gestos articulados. Dijo que conocía a un amigo que igual podría llegar al fondo del asunto. No hablaron por el momento de más conjeturas.

Durante aquellas semanas, Alejandro empezó a experimentar extraños comportamientos. Marta decidió, después de sopesar las consecuencias, separarse durante un tiempo de su pareja y decidió volver a casa de sus padres. Alejandro estaba cambiado, empezó a modificar sus rutinas diarias, cambió su preferencia culinaria y empezó incluso a pensar, gesticular y hablar de manera radicalmente distinta. Incluso su neurólogo pronto se dio cuenta de aquellas alteraciones durante la toma de contacto. Era como si Alejandro se estuviese transformando en otra persona. Él mismo así lo consideraba y decía consecutivamente que él no se llamaba Alejandro, sino Andrés. Mientras, el doctor Raúl llamó a su amigo Jean, un médico extranjero especializado en investigar alteraciones de la conciencia. Éste llegó inmediatamente y ambos precisaron de la ayuda institucional. La policía abrió la casa de su vecino Andrés y lo que allí encontraron no les dejó indiferentes. No fue difícil llegar a este punto, ya que los vecinos habían notado que éste llevaba semanas sin aparecer por casa y su teléfono había dejado de sonar días después de su primera falta al trabajo. El doctor Jean no pudo más que elaborar un detallado informe sobre los descubrimientos allí realizados.

Cuando se lo contaron a Alejandro, no pudo dar crédito de sus elucubraciones. Jean, junto con Raúl, le comentaron lo sucedido. En el piso de Andrés, su vecino, no encontraron ningún cuerpo, nada que le pudiera dar una localización exacta de dónde pudiera encontrarse. Sin embargo, la cama estaba ennegrecida, como si una extraña película de carbón o polvo negro se hubiera esparcido sobre toda la superficie, conformando la silueta de un adulto humano. Su teoría era simple de exponer. Los médicos creían que, debido a unas circunstancias anómalas obviadas por el momento, el cuerpo de Andrés se habría combustionado o transformado de tal manera que había atravesado la cama y la pared, cayendo justamente en el piso de abajo, en el lugar exacto donde se encontraba el cuerpo durmiente de Alejandro. Eso podía explicar el extraño crujido que su novia había podido llegar a escuchar. Se habría producido pues una extraña fusión entre ambos cuerpos. O bien ambos cuerpos se habían fusionado químicamente, al menos en cuanto al órgano cerebral exclusivamente o bien las redes neuronales de uno habían ejercido su influencia sobre las del otro, haciendo que ambas se sincronizasen y las neuronas de uno provocaran una respuesta inmediata en el otro cerebro. Mientras dormía, sus neuronas podrían haber replicado, a nivel proteico, las memorias del cuerpo intruso y ambas memorias habrían convivido desde entonces provocando cierta sensación alienante. Mientras exponían su caso, Alejandro no dejó de mirar de reojo a lo largo de la habitación, pensando que debía haber en algún pequeño detalle, una cámara oculta. Cuando vio que sus teorías iban en serio y que la charla iba a prolongarse, les preguntó a ambos doctores en qué universidad habían estudiado. A Jean no le hizo la mayor gracia, pero prosiguió con sus explicaciones. Le contestó seriamente que no podían explicar realmente lo sucedido, pero que la fenomenología de su caso sólo podía explicarse por eso. La mente de ambos, o bien a nivel cerebral o a través de una sustancia que mantiene una doble manifestación cerebro-mente, se había entrecruzado. No había ninguna otra explicación.

Alejandro volvió a casa. Los doctores Jean y Raúl escribieron un sesudo artículo sobre la fusión experimental de consciencias y fueron posteriormente nominados para el premio Nóbel. En cambio, Marta se mudó definitivamente a otra casa y ambos no volverse nunca a verse. La personalidad de Alejandro empezó a cambiar, la desorientación se hizo con él y pronto ya no sabía a quién llamar cuando cogía el teléfono. Recordaba personas, nombres, sucesos que sólo habían tenido lugar en la mente de Andrés. Algunas amistades se perdieron por el camino, pero en cambio, conoció a otras personas que reconocieron en sus gestos, en su manera de hablar por vía telefónica, el alma o esencia de su compañero desaparecido. No obstante, al cabo de varios meses, su conducta alertó a todos. Alejandro ya no era Alejandro y nadie lo reconocía ya por Andrés. Era otra persona diferente y recordaba además sucesos que no habían tenido realidad, ni en un cuerpo ni en otro, sucesos fantasiosos que sólo podrían emerger de una mente fantasiosa o de un libro de poesías. Entonces decidió acudir nuevamente a la consulta del doctor Raúl. Su veredicto fue firme, le explicó que era normal que tuviera aquellos cambios. Los recuerdos de ambos, habían empezado a entrar en contradicciones. Se producían sensaciones contrarias, confusión, pero eran elementos connaturales a la evolución de su recién experimentada conciencia. El doctor Jean, trasladado a Barcelona desde entonces, fue más comprensivo. Le animó a que le llamara de vez en cuando para ver como iba. Le explicó que aquello era normal, que entre sus dos conciencias estaba creciendo una nueva, a través de un complejo sistema dialéctico que trataba de integrar y superar sus dos potencialidades. Alejandro siguió dudando de su veredicto. Le preguntó:

— Pero entonces ¿Quién soy yo?, ¿Soy Alejandro o Andrés?
— Tú no eres ni Alejandro ni Andrés. Eres tú. Eres quien quieres ser.

Y esa respuesta lo cambió todo. Alejandro fue a casa y empezó a firmar con el nombre de Alex. Un día apagó el televisor y decidió ir a dar un paseo por el parque. Quería saber qué cosas le gustaban y, en definitiva, quién iba a ser en los días venideros. Con el tiempo, cuando comprendió que posiblemente ni Alejandro ni Andrés habían existido nunca, empezó a experimentar la profundidad del yo. Empezó a comprender quién había sido desde siempre.

4 comentarios

    1. Pues muchas gracias por tus amables palabras. Es grato saber que los escritos de uno gustan y tienen cierto calado entre los lectores. La verdad es que el tema existencial es una fuente inmensa de inspiración, sobre todo si va a acompañada del espíritu literario. Un cordial saludo.

      Le gusta a 1 persona

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