Huracán

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Inferno-Divine Comedy, National Theatre Maria Guerrero, Madrid, 2005
Inferno-Divine Comedy, National Theatre Maria Guerrero (Madrid), 2005

Hubo una vez un huracán muy fuerte, un huracán tan potente y malévolo que hacía que su historia fuera olvidada tras su paso y que su sombra quedara convertida en mera leyenda. Y no era porque la memoria quedara degradada ante su percepción o este fenómeno tuviera algún tipo de influencia sobrenatural sobre la mente ajena, sino porque la condición misma de huracán le dotaba de un poder peculiar, pues todo huracán se termina transformando en una leve brisa tras alcanzar su más alto apogeo. La corriente, que hasta entonces se podía mostrar poderosa y punitiva, quedaba sublimada en una cálida brisa reparadora que hacía sentir culpables a todos aquellos que habían pronunciado o conjurado contra ella. Entonces su atronadora apariencia quedaba diluida en el mundo y discurría sustanciándose como la naturaleza misma. Pero no era la debilidad o la redención el fin del camino, sino la reparación, planificada venganza. Las corrientes, débiles por el momento, volvían a unificar sus fuerzas y después de las lluvias propicias, el huracán volvía a emerger victorioso, arrasando contra todos los que habían actualizado su vida con la armonía y amenazando a todos los ecosistemas del continente.

Así era ella, el huracán. Aparecía como catastrófica desdicha, pero su núcleo siempre permanecía intacto, provocando la falsa ilusión de que en su interior uno se encontraba seguro, que su ilusorio Yo no era causa de las fatales turbulencias que azotaban el mundo, sino un refugio necesario para la vida. Su modus operandi era muy estable y siempre terminaba repitiéndose sin ninguna variación, a veces incluso siguiendo patrones estacionales. Cuando hacía su aparición, observaba de lejos, tanteaba el terreno y hacía las operaciones mentales oportunas. Tenía gran predilección para encontrar las debilidades ajenas, por encontrarse por aquellas personas de alas rotas, heridas o sucumbidas anímicamente por las relaciones sociales. Sabía reconocer aquellos rasgos que le iban a permitir construir una maquinaria adecuada. Las personas no eran para ella más que herramientas, simples objetos que podía usar y desechar, a veces sin ningún propósito claro, pues el objetivo último de su sistema relacional a veces era un misterio para su propia mente. Sus años de perversas relaciones le habían configurado una habilidosa facultad para reconocer los trastornos emocionales o de personalidad que le iban a garantizar rodearse de personas dependientes, influenciables, individuos que al fin y al cabo podría utilizar como armas cuando no quisiera mancharse las manos y otros osaran desenmascararla. El segundo paso era la imagen, pues como portadora de vientos y tempestades, el huracán tenía una grácil tendencia a alterar el espacio a su alrededor; como buena prestidigitadora, arrebataba a los demás aquellas identidades o elementos que consideraba oportunos y más tarde los hacía revolotear alrededor de su núcleo, tratando en vano de que envolvieran por completo su esencia, como si los disfraces pudieran enmascarar el horripilante vacío de su ser. Así pues, el materialismo vacío que marcaba su alma quedaba ocultado con tendencias aparentemente panteístas, a veces entremezcladas con brujerías varias y supersticiones sacadas de las redes sociales. Un tinte de pelo, un vestido azaroso y unos adornos estereotipados lograban con creces transformar esa suerte de budismo invertido o materialismo diabolizado en un espiritualismo trascendente. Otras veces, también lograba arrebatar aficiones variopintas que curiosamente siempre debían tener relación o bien con las redes sociales o con circuitos de influencia. Si manifestaba leer libros, no es porque realmente los leyera, sino para rodearse de escritores jóvenes, a veces booktubers y poder establecer redes de conexión más amplia con personas que le pudieran servir de algo. Si coleccionaba algo, no era algo exclusivo o personal que sólo tuviera significado en su memoria, sino algo que le iba a garantizar establecer de nuevo una red de relaciones. Siempre era así, siempre una constante germinal que uno, con cierta suspicacia, podía incluso predecir. Es decir, de sus aficiones, no había ninguna personal o discreta que sólo realizara ella en casa. Pero el otro rasgo fundamental era la fugacidad. Una estrategia para poder llegar a administrar enjambres de poder era aparentar tener la mayor cantidad de conocimientos o aficiones posibles, a veces logrando un repertorio que, por su vastedad, resultaban irrisoriamente creíbles. Así pues, ante unos ella era una experta en cómics, literatura o cine de autor; ante otros jugaba a juegos rol, coleccionaba muñecas o hacía cosplay y mientras, también afirmaba estar aprendiendo alemán, griego, ruso, japonés, gaélico o lenguas de fantasía.

Y entonces tenía lugar el tercer paso, que era la construcción del sistema. Aquí el huracán hacía el mayor esfuerzo sobrehumano que nadie podía hacer jamás. Después de construir redes sociales, webs e incluso foros, lograba acumular la mayor cantidad de personas posibles a su alrededor. Entonces el huracán aparecía y sólo se salvaban los que estuvieran en su núcleo. Los más osados trataban de escapar de la tormenta, pero había otros, que, por crueldad quedaban atrapados en el ojo del huracán. Estos se convertían en sus últimos sacrificios y a veces incluso alguna de aquellas almas miserables se pensaba que se había convertido en el hijo adoptivo del huracán. Ese fue el caso del gusano satánico de la mugre, que pensando que había heredado los poderes del huracán, utilizaba a los demás sólo para conseguir cosas, (regalos, libros o cedés), deshaciéndose de los contactos innecesarios cuando sus sistemas volvían a estar funcionales y ya no necesitaba fuentes de suministro material o atencional. Sólo una persona fue bendecida por su gracia. Esa fue la araña roja, pero algún día hablaré de ella. Volviendo al huracán, he de decir que éste no se mostraba tan fiero desde un principio. Empezaba con leves vaivenes de viento antes de implosionar desde la realidad. El modelo era simple. El huracán conocía a dos sujetos (A y B) y algunos testimonios (C, D, E…). La maniobra básica era arquetípica. El huracán contaba a B algo sobre A (es decir, A’) y viceversa. Podía ser como A ha dicho X de ti. Y luego hacía lo mismo con el otro sujeto (B me ha dicho X de ti). A veces la relación podía ser más sutil y A podía directamente decir algo de B a través de algo que ella pudiera manifestar, incluyendo celos o despertando en ellos alguna conducta de competición. Esto se podía conseguir mediante insinuaciones, fotos no solicitadas o construyendo espacios donde se favoreciera la discusión. Luego se aseguraba de contar con testigos que fueran conscientes sólo de la relación recíproca de A y B, asegurándose mantenerse ella siempre en el anonimato. A veces, para acelerar el proceso catabólico, utilizaba a otros de sus vástagos o simplemente lanzaba rumores desde el anonimato, dando la idea a B de que el rumor vertido podía tener su origen en A. Sobre este modelo, había mutaciones y complejidades, pudiendo crear sistemas integrados por una veintena de usuarios y varias fases de manipulación. En tales casos, siempre una primera riña terminaba en peleas multitudinarias. Entonces aparecía la última fase. El huracán hacía su aparición y ella desde su núcleo, miraba con cara bondadosa como si nunca hubiese roto un plato. A veces A o B podían volver a ella, arrepentidos, pidiendo perdón, pensando que el huracán lo habían provocado ellos y ésta podía pensar en esos instantes si valía la pena o no salvar la vida de sus antiguos lacayos. Ella no había causado nunca nada, era intangible, incorpórea, espiritual, fantasmagóricamente gaseosa. Luego hacía lo mismo con C y con D y luego con E y con F. Si los números eran impares, al último simplemente le daba la patada y el huracán se desvanecía, apareciendo reencarnado en otro sistema que previamente había logrado construir. A veces destruía a una persona con el simple hecho de enamorarla y otras veces, la acorralaba hasta destruirla por completo. Fue el caso de Ñ, un informático casado al que después de seducir y dedicarle dos años de trabajo gratuito, dejó sin más de la noche de la mañana, no sin antes enviar a su mujer las conversaciones picantes con su marido. Y claro, era su deber avisar de ese flirteo; el hecho de que lo llevara planeando un año no tenía nada que ver. Pero sí, era sorprendente como después de ocho años de peleas, insultos, hackeos, infidelidades, divorcios y amenazas, ella estuviera siempre presente, siempre marcando el pistoletazo de partida y nadie le diera ni el más bajo grado de causalidad. Allá donde el huracán llegaba, el mundo entero temblaba a sus pies, pues sólo dejaba consumida destrucción a su paso.

Luego, la transformación, el leve viento, la brisa y una nueva máscara. Pero como todo fenómeno, siempre dejaba alguna marca y al final los errores que cometían empezaron a acumularse, pues cometió el error de convertir su residencia en fija. Testigos del pasado que habían sobrevivido, mensajes de teléfono de personas que pensó que siempre permanecerían fieles, gente que ya conocía su nombre real… en tales casos sólo podía gritar y anunciar al mundo que no era perfecta en un vano intento de consolidar las hebras del sistema que tan frágilmente podía desnaturalizarse. Pero era demasiado tarde, arrastraba cada vez más lodo y la leve brisa en la que se convertía, olía ya a materia fecal y el huracán ya no era una colosal red de vientos poderosos, sino una simple nube de estiércol. Entonces sólo le quedó una última transformación. Aquella persona que tanto se había burlado de las enfermedades mentales, que tanto acoso había hecho a personas con trastorno bipolar, que había jugado con la vida de personas con depresión, que había difundido rumores sobre la esquizofrenia de una o varias personas y que se había reído hasta la saciedad de los autistas, de golpe, en menos de dos años, había aprendido la palabra capaticismo y la utilizaba como un arma constante en sus refriegas virtuales, abanderando una lucha moral cuyas raíces no sobrepasaban la mera estética. Pero entonces el huracán estuvo más acorralado que nunca, pues la negrura empezó a condensarse a su alrededor, materializando el odio que tanto tiempo llevaba albergando, haciendo visible la corrupta esencia de su sangre, convirtiendo en carne aquello que durante tanto tiempo había intentado destruir. Todo huracán termina siendo el objeto atrapado de otro más joven y poderoso.

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