El fin de la luz de los días

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jdx, Drear. union square. new york city.
jdx, Drear. union square. new york city.

Cuando salí por el portal de mi casa aquella tarde, nunca imaginé aquellas cosas que pronto iba a experimentar. Aunque aquel socorrido calor servía como escusa para permanecer anclado en la comodidad de mi refrescado hogar, había acudido al cine en busca de un entretenimiento liviano, algo que me mantuviera alejado temporalmente de mis escritos. Luego, pospuse mi regreso y deambulé por el corazón del asfalto urbano, creyendo encontrar en sus múltiples puestos de venta, algún objeto de interés. No hallé aquel deseo fantasmal u objeto faltante, sino libros que evité comprar so pena de quedar sepultados en mi vergonzosa lista de espera. Sin embargo, lo que pronto empezó a ocurrir trasladó mis penosas inquietudes vitales en la antesala del olvido. Mirando el escaparate de una simple librería, vi como el cielo se oscurecía, pero no era la tormenta lo que asomaba por el horizonte, sino el simple discurrir del tiempo. No era éste sin embargo natural, sino acrecentado por un dolor invisible. Todo a mi alrededor se volvía tenue, gris, aparentemente inexistente. Recuerdo personas que se dignaron ante mi presencia y me hablaron, pero no logro recordar qué les dije ni qué mensajes trataron de suscitar en mi interior. Sus miradas se perdían en una oscurecida tez que obnubilaba mi mente; luego, las personas corrían, deambulaban en un transcurrir anómalo y sus cuerpos pronto se tornaban fugaces, como espectros conformados de humo que, animados por una frenética marcha, me envolvían hasta fundirse con mis espacios.

Y luego, un simple parpadeo de la luz y vi revolotear miles de mosquitos. Ya no estaba delante de un escaparate sino en una acera desconocida, debajo de aquellos fanales que exhiben todo su esplendor en navidades. Ahora se mostraban, erráticos, debilitados por la anormalidad del mundo. Y ante mi presencia, señalaban lo imposible. No pude saber si sus interferencias tenían un significado o algo inhumano, a través de un poder desconocido, quería significar sobre el mundo un mensaje codificado con tal de santificar o maldecir nuestros destinos. La cuestión es que pronto los mosquitos y otros insectos de peor calaña migraron por el cielo hasta hacer irreconocible el atardecer de una noche consumada. Y entonces desperté. Pero no de un letargo o un sueño roto, sino de otro de los vaivenes de mi alma. Y me encontré de nuevo frente al escaparate. Tenía bolsas que había comprado en algún lugar, pero no recordaba dónde había efectuado tales intercambios. Mis sospechas quedaron sedimentadas por sus dudas cuando abrí aquellos envoltorios y vi que sólo había plástico. Miles de recipientes de plásticos de todas formas, texturas y colores. Pero todos ellos envolvían la nada, un simple gesto de aire inapreciable que guardaba en sí mismo, el principio de todo aquel viaje. Y cuando quise darme cuenta, me sobresalté por la vil transformación de la que fui testigo.

El escaparate de la librería no era ya una tienda, sino un espacio inundado por un agua sucia, turbia y de aspecto ineludiblemente caduco. Sobre su interior flotaban algunas personas en un estado corporalmente deteriorado, como si hubieran permanecido ahogadas en su interior varios días y aunque sus teces estaban amarillentas, sus vestiduras seguían intactas, como si el espacio se hubiera colapsado de líquido atrapando a las víctimas en su interior. Éstas, desprovistas de vida, se movían al vaivén de unas vibraciones inapreciables, pero cuando quise distinguir en ellos la individualidad, sus rostros se mostraban deformados; pero nunca pude esclarecer si aquella corrupción formaba parte de su tiempo, de la deformación visual del agua o de mi incapacidad para reconocer el miedo. La cuestión principal es que cuando quise huir, la calle se mostró ante mi como un espacio de sepulcral soledad. La artificial noche había conquistado el cielo y las calles se mostraban proscritas, totalmente desprovistas de vida y de historias. Sólo el interior de las plantas bajas parecía revelar movimientos apreciables. Todos aquellos espacios se mostraban iguales ante mí, como escenarios de terrorífica profecía. Caminaba de un lado hacia otro, tratando de reconocer las calles que me podían devolver al hogar, pero sentía chasquidos en mis huesos cada vez que miraba en alguna de aquellas peceras mortuorias. Sin resultar imperecederos, aquellos cuerpos flotaban corrompidos, aparentemente eternos, flotando en un mar de agua acidificada que moldeaba sus historias hasta convertir sus cuerpos en simples muñecos inanimados de traslúcida corporalidad. Conforme pasaban los minutos aquellos cuerpos corruptos no eran ya humanos, sino una especie de conglomeración de monstruos cartilaginosos, que, como medusas entumecidas y apretujadas, parecían estar a punto de despertar de nuevo a la vida, esclerotizando su anterior vida en una infinitud de pequeños corpúsculos primitivos. No pude comprobar qué los había llevado hasta aquel infierno de existencia, pero conforme pasaban las horas, sentía como si algo me observara a través del cielo, a través de los cristales embrutecidos de los viles negocios del alma. Y no era una criatura abismal o diabólica, sino un ente que cobraba vida a través de escenas, imágenes y sobresaltos. Pues no era humano ni inhumano, sino una oscuridad que surge del corazón, desde las pesadillas más oscuras, en aquellas donde no hay color y reina el cielo tormentoso de la historia. Sé que sus ojos eran múltiples y que sólo aquellos que nos percatamos del código oculto estamos a salvo de sus fatales experimentos.

Sin embargo, de nada sirvió pretender huir, pues llegué a un callejón sin salida y vi al final de la presunta calle, un despacho oscuro comunicado por varias puertas enrejadas que parecían terminar en hondos cristales de espejo. Y cuando quise asomarme o ver si aquel lugar estaba desprovisto de maldad, no pude sino sucumbir a la desesperación. Pues vi rostros amorfos, personificaciones de un pasado reciente que parecían sin embargo sobrevivir a la fatalidad del mundo. Pero no lo hacían con artes o conjuraciones exóticas, sino con una oscuridad tan grande que aquellos ojos no se atrevían a presenciar sus dominios. Quise entonces llamar su atención, reclamar un derecho al asilo perdido ya, pero sus miradas miraban hacia mi persona sin verme, me hablaban desde una posición lejana, como si ambos perteneciéramos a otros tiempos; antes de sucumbir, pude descubrir que no era una oscuridad lo que veía sino un espejo incierto y que aquellas miradas me envolvían desde mi realidad, emergiendo de mis propios vacíos y oscuros entresijos. No había salida ya de la corrupción, porque el tiempo terrible e iracundo había corrompido no sólo las formas de vida, sino también las formas y los contenidos. Cuando estuve preparado para conocer la desdichada verdad, desperté de nuevo y vi el sol ensordecer las miserias del mundo civilizado. Y todos volvían a caminar a mi lado, ignorantes de la oscuridad. No tuve más remedio que volver al hogar y tratar de olvidar aquellos cuerpos sin rostro, pero cada vez que perdía mi buen destino, las luces me abandonaban a mi alrededor y volvía a ver aquellas miradas enajenadas, escudriñarme desde las propias imperfecciones de mi ser. Sólo cuando cerraba los ojos, los miedos cesaban y entonces sentía una respiración que no era mía, sino la de un mundo que llegaba a su fin.

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