El amor en la lengua del coma

Publicado por
Oxana Mazur
Oxana Mazur, Instagram

Era el final de la primavera del año pasado. Juan subía y bajaba de aquellos trenes de cercanías haciendo transbordos interminables. Estaba a punto de finalizar el máster y pronto volvería a su ciudad natal. Como los alquileres eran muy caros, estaba viviendo provisionalmente en un piso de estudiantes, situado en un pueblo bastante lejano. Así pues, cada mañana subía a uno de aquellos trenes abarrotados de gente y recorría sus vías, barajando cruces entre andenes y largas esperas. Era un recorrido largo y tedioso, pero al ser consciente de que todo aquello sólo iba a durar un año de su vida, se hizo el ánimo de continuar. Además, así aprovechó para conocer Barcelona y poder visitar sus monumentos antes de volver a su ciudad natal. Al principio, la monotonía le había llevado a plantear mudarse a un lugar más cercano, pero durante el segundo semestre, estaba tan ocupado con el trabajo final, que aquellos últimos meses pasaron volando. El tiempo entre aquellos andenes, sin embargo, se detuvo cuando se encontró con ella. Era una mujer menuda; tenía el pelo rojizo y aunque él no solía fijarse en los demás cuando andaba viajando, sus extrañas orejas postizas de gato le provocaban cada mañana una sonrisa. La había visto subirse en una estación intermedia, poco después de parar en la estación de Granollers y siempre solía sentarse en el mismo vagón. Aunque ella no parecía fijarse en él, el estudiante no pudo resistir y desvió la mirada en varias ocasiones. Le llamaba la atención su ropa. Vestía una falda vaquera recortada y portaba un vestido encima que parecía artesanal, pues estaba conformado por una rejilla, una camiseta agujereada y varios pliegues de tela que debían ocultar los senos. Sus zapatillas eran viejas y estaban desprovistas de cordones. Era extraño además ver como sobre su color desgastado pendían cientos de grapas que no parecían cumplir más que una función ornamental. Se había preguntado en alguna ocasión a qué mundo pertenecía, es decir, si ella debía subir allí para ir a estudiar como él, o si iba a trabajar. También había intentado hacerse una idea de su familia y aunque había fabulado varias hipótesis, todo a su alrededor se había convertido en una nube turbia que le impedía conocer realmente a aquella persona. Reconociendo aquella opacidad, prefirió frenar su curiosidad y durante el resto de la semana tanteó por la ventana tratando de percibir en el paisaje, esquemas más cercanos. Ya quedaba poco para la última clase, aunque a él no le preocupaba lo más mínimo ya que el trabajo final lo tenía terminado desde hacía días y su presentación debía ser a finales de mayo.

Fue el lunes de la semana siguiente cuando todo cambió. El pitido del tren sonó y sus puertas se abrieron en la estación. La gente empezó a entrar y a moverse como culebras coléricas, buscando asientos disponibles. Juan apretó los muslos con fuerza y trató de mirar por la ventana. De golpe una sombra pasó y no pudo evitar ver como ella se sentaba justo delante de él. Lo estaba mirando fijamente, como si algo en su interior le estuviera examinando. Le fue tan extraño sentir aquello que a veces incluso de la tensión se le escapaba algún tic nervioso. La tensión de su cuerpo era explícita y cuando él desviaba de nuevo la atención, la veía a ella sentada delante. Tenía el cuerpo totalmente relajado, sus piernas estaban ligeramente abiertas y seguía mirándole fijamente al rostro. Allí se dio cuenta de que su pelo estaba recortado a tijera y que una de sus orejas estaba medio mutilada, quizá por un accidente. La otra, sin embargo, tenía un pliegue muy agudo y estaba cubierta por piercings. Él empezó a pensar que igual había hecho algo mal al mirarla durante los últimos días y temía despertar en ella alguna especie de locura o paranoia. No pudo determinar realmente su naturaleza, pero algo así ocurrió. Ella simplemente le cogió la mano y cuando veía que él evitaba su mirada, la apretaba con fuerza, reclamando la reciprocidad visual. Él seguía nervioso, intranquilo, pero en ningún momento le soltó la mano. Ella sólo miraba fijamente sus ojos. Y así durante varios minutos hasta que el sonido del tren volvió a despertarles del letargo. Entonces ella soltó su mano, se levantó y se marchó. La gente a su alrededor lo miraba fijamente. Juan no paraba de pensar en los pensamientos ajenos. No sabía si eran preguntas, juicios o conjeturas de ver a dos personas en esa intimidad ambigua, en un inquietante silencio. Era tan extraño, que él mismo incluso habría preguntado a los demás si alguien entendía lo que había pasado. Pero entonces el tren se movía y nuevos pasajeros llegaban a bordo. Algunos incluso se bajaban del tren y seguían con sus incógnitas. Él simplemente permanecía allí sentado, mirando un paisaje que ya no le era familiar.

Al día siguiente volvieron las preguntas. Los pitidos del tren volvieron a emitirse y pronto la tenía otra vez sentada delante. Esta vez, rápidamente agarró sus manos con fuerza y lo miró fijamente a sus ojos. Sólo le dijo «ven» y en esta ocasión, él lo dejó todo. Se levantó tras ella y le siguió por el pasillo, bajando justo los dos antes de que el tren siguiera su trayectoria. Estaba en una estación desconocida, abarrotada de gente que quizá esperara otra línea. No podía ver el nombre de la estación, pero ella apenas le dejó tiempo para que estudiara el contexto. Tenía algo encima de él que no podía explicar. Tenía miedo y a la vez una sensación de quietud insospechada. Su piel estaba muy sensible, respondía a sus caricias mimetizando su erotismo. Podía ver como sus manos dejaban huella en su piel blanquecina y ella, además, jugaba con una voz que no parecía provenir de sus labios. Él le preguntaba su nombre, pero ella sólo respondía «Coma». Era como si el viento mismo le hablara a través de su rostro angelical. Notaba la brisa en sus muslos y luego en el antebrazo, dejándole una sensación inexplicable, porque cientos de escalofríos divagaban por su cuerpo como en un campo de batalla. Entonces ella empezó a besarle de una manera tal que pronto notaba como si el aire le faltara. A veces, sus besos se volvían mordiscos y en el mejor de los casos, sentía uno de sus continuos arañazos en un costado. Lo último que recuerda son dos pupilas oscurecidas, un mar de emociones contrariadas y un largo beso que lo sumergió en la oscuridad más tremenda. Su lengua, agresiva, se había hecho con él y la fuerza de sus pequeños brazos era tal, que sólo podía pensar que sus fuerzas le habían abandonado. Finalmente escuchó «Y ahora tu brisa… mariposas».

Cuando se despertó, estaba en el hospital. Un médico pronto acudió a su habitación. Había estado en coma varias semanas. No había explicación, ni razón médica aparente. Al parecer se había bajado de la estación y se había quedado allí de pie durante una hora. Cuando un guarda se acercó a ver si el chico se encontraba bien, él simplemente cayó desmallado. Tenía una falta de glucosa considerable y niveles alterados de calcio, ácido fólico y hierro. Pero aún así, los médicos no podían explicar su demora en despertar. Juan salió pronto del hospital y trató de ordenar su vida. Su ausencia en clase no le afectó en absoluto y pronto pudo presentar el trabajo final con una nota de sobresaliente. No obstante, los últimos trayectos en tren se le hicieron extraños. No sabía si le había dolido más que su familia no hubiera acudido al hospital o que ella hubiera desaparecido para siempre. Si cerraba los ojos podía sentir su presencia, sus dos ojos de gato, sus afiladas y posesivas uñas. No obstante, sentía que algo en su interior se estaba gestando y no era una simple añoranza. Sentía que se rompía por dentro, como si una sensación de infelicidad pronto acudiría a su vida. El día temido llegó y él recorrió aquella distancia por última vez. Dejó el piso de alquiler y se perdió en otros trenes, en otros recorridos. Pronto volvería a su hogar, aunque no sabía que sería de él de ahora en adelante. El verano estaba ya alcanzando su vida sin ápice de esperanza. Fue llegar a aquella estación, cuando algo en su interior se despertó. Se sentía mareado, dolorido. Y, sin embargo, buscaba disimular esa sensación por miedo a la inadecuación social. Todo empezó al escuchar aquellos pitidos del tren. Eran pitidos diferentes, más molestos y agudos; pero miles de recuerdos circularon por su mente, como si algo más hubiera ocurrido aquella tarde antes de caer en coma. Así pues, por miedo a perder el control o romper a llorar delante de todo el mundo, decidió bajar del tren y quedarse un tiempo en la estación. No tenía una hora fija para llegar a casa y por el mismo andén siempre pasaban otros trenes. Lo más importante ahora evitar al angustia.

Pero no fue así, cuando bajó del tren, su vista empezó a volverse borrosa y la angustia se volvió más fuerte. Estaba en medio de una estación vacía, fantasmal. El sol del atardecer golpeaba con fuerza el pasillo central y las vías. Ni siquiera había reloj y ningún cartel mostraba el paradero de aquel oscurecido lugar. Juan dejó las maletas y saltó a las vías. El tren se había alejado por el sur hacia su destino y ninguna alma permanecía por aquellos lares para socorrerle. Las náuseas acudieron a él y pronto una sensación de hormigueo se acentúo con el tremendo viento que acudió en su contra. De golpe, su estómago empezó a temblar y mostrar sacudidas anómalas; su boca se abrió y de ella emergió una fina polvareda de humo rojizo. Mientras tosía, veía como pequeñas luces orbitaban a su alrededor y pronto, de su boca emergieron cientos de bichos. Eran mariposas. Revoloteaban a su alrededor, formando legiones de colores indescriptibles. Hasta la última sacudida de sus pulmones, todas se afanaron en formar una pequeña espiral alrededor de su padre. Juan dejó de toser y una sensación de tranquilidad recorrió todo su ser. Ellas, las mariposas siguieron revoloteando durante unos instantes más pero después de emitir varias luces incandescentes empezaron a emigrar y se marcharon todas juntas más allá de las vías. Juan logró recomponerse y se sentó en uno de los asientos con respaldo de la estación. El dolor había abandonado su cuerpo, aunque ahora una profunda tristeza se había apoderado de él. Con extraño ánimo siguió mirando aquel tropel de luces. Con truculentas maniobras, pero con un destino certero, se marchaban todas juntas, quizá hacia el hogar de Coma, allí donde sólo el amor es posible.

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