Pedrito y el demonio

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Alexander Binder

No eran pocas las veces que Margarita, la madre de Pedrito, le llamaba la atención. Últimamente estaba muy desobediente y siempre que le llamaba para comer, su hijo pequeño se demoraba hasta el cuarto aviso. A veces su madre tenía que asomarse por la puerta del comedor con la zapatilla en la mano, dándole a entender que, si no respondía de inmediato, iría tras él para darle un castigo. Cuando el tono de Margarita adquiría un tono más agresivo, él siempre acudía corriendo, acalorado por la esprintada carrera que había logrado a última hora. Cuando su madre le preguntaba qué estaba haciendo, él siempre contestaba que estaba mirando al extranjero. «Pero, ¿quién es el extranjero?» preguntaba su papá. Su madre decía que eran tonterías suyas, que su hijo se había inventado un amigo imaginario que vivía más allá del espejo. Él siempre se enfadaba cuando su madre acudía a su presunta capacidad imaginativa. Pedrito se ponía de morros y mientras comía, refunfuñaba a veces replicante con su madre. Sus hermanas comían en silencio y hacían oídos sordos de sus historias. A veces veían a Pedrito en su habitación hablando solo, otras subido a un pequeño taburete en el cuarto de baño mientras tocaba la superficie del espejo. Sin embargo, era su madre la que había empezado a preocuparse. Ayer mismo lo había visto permanecer de pie durante varios minutos mirando el gran espejo del pasillo. Al principio no le había hecho caso ya que el maestro del colegio al que le había comentado el problema dijo que seguramente sólo lo hacía para llamar la atención y que no era más que un juego de niños. No obstante, después de limpiar el comedor mientras veía la telenovela por la tele, volvió a ver a su hijo allí de pie, absorto, mirando el reflejo del espejo. No llevaba la cuenta del tiempo, pero más tarde, ya en la cama, pensativa, calculó que debía haber pasado allí de pie casi una hora y media. Era algo que le sacaba de quicio. No entendía por qué su hijo le hacía esas cosas. Cuanto más le enfadaba, menos tiempo pasaba antes de que le diera una cachetada o un tirón de orejas. Cuando su padre no estaba en casa, a veces incluso le había dado en la cabeza con las zapatillas de andar por casa, aunque justo en el mismo instante se arrepentía y pedía perdón. Pedrito era un niño pequeño, tenía ya casi siete años, pero a veces era tal el nervio que despertaba en su madre, que ésta empezó que estaba perdiendo el control. Él nunca se quejaba, pero la semana pasada, después de correr por el salón y tumbar la lámpara, la madre lo sentó sobre su regazo y le empezó a golpearle hasta hacerle llorar en exceso. Cesó cuando un gran ruido sonó en el comedor. Era como todo el techo hubiera crujido de un extremo a otro, como si algo tremendamente pesado estuviera poniendo a prueba la resistencia de la casa. La madre se asustó y su hijo aprovechó para salir disparado. Se escondió en su cuarto y no salió hasta hora de cenar. Su madre no se atrevió a consolarlo. Prefería recompensarlo con chucherías por la mañana. Durante la próxima cena su hijo comía apaciblemente, como si nada hubiera ocurrido. No parecía guardarle ningún rencor. Margarita ocultó lo que había pasado al padre. Pensaba que cuando más le regañaba, peor se portaba su hijo en los días siguientes y, así pues, decidió que lo mejor era ignorarle a partir de ahora. Antes de dormir, su marido le preguntó si pasaba algo, ya que él había notado que su carácter se había vuelto muy arisco en los últimos días. Era verano y tener a los niños en casa debía resultar muy estresante. Ella simplemente negó tajantemente. Más que ignorar la realidad, tenía miedo de que él la juzgara, de que atribuyera la mala conducta de su hijo a su propio carácter.

Los próximos días transcurrieron igual de estresantes. Pedrito se pasaba el día correteando por la casa, moviendo los muebles o lanzando la pelota por el salón. El padre todavía estaba en el trabajo y no sería hasta agosto cuando la familia se iría de vacaciones. La madre prefirió ignorarle y a pesar de escuchar ruidos estridentes en los últimos recovecos de la casa, simplemente dejaba que pasaran los minutos y luego acudía con el recogedor y la escoba, intentando que nadie viera el enfado que sentía por dentro. Las hermanas se encerraban en la habitación, jugando a un extraño juego de cartas que ellas mismas se habían inventado y el teléfono no paraba de sonar, a veces para preguntar por un desconocido y otras para confirmar la suscripción a una revista de pago. No obstante, hacía varias horas que no se escuchaba ningún ruido molesto por la casa. Cualquiera habría pensado que la casa estaba vacía si no fuera por las risas infantiles que de vez en cuando bajaban de la habitación de las niñas. Después de varios intentos de distraer la atención, la madre no pudo evitar empezar a buscar dónde estaba su hijo, pues si no se escuchaba nada raro era o que bien se había cansado de jugar con la pelota o que su manera de ignorarlo estaba funcionando. No obstante, cuando le encontró, un extraño aroma a inquietud se desprendió de todo su ser. Pedrito estaba otra vez en el pasillo, frente al espejo. Lo miraba atentamente, con la boca abierta, como si algo le estuviera hablando. La madre, arrodillándose a su lado le dijo:

—¿Qué es lo que ve mi Pedrito?
—Es un demonio, es un demonio, es un demonio—dijo en un tono monótono, casi hipnótico.
— Pero, ¿dónde ves eso?, no digas mentiras —replicó la madre en un tono dramático—. Ahí no hay nadie, sólo estas tú.
Él sólo levantó el dedo mientras señalaba su propia imagen en el espejo.
— Es él, es el extranjero
— ¿Y qué hace el extranjero?
— Habla… dice cosas. Quiere que rompa cosas. Quiere que rompa el espejo.

La madre empezó a ponerse nerviosa. Se levantó mientras las manos le temblaban y se marchó rumbo a la cocina después de decirle a su hijo que no tocara nada. Era mejor que buscara un trapo para tapar aquel antiguo mueble. Pero había algo que había recordado de repente. De niña ese espejo estaba en casa de su madre. Estaba en la habitación de sus padres, justo al lado de la puerta y ella tenía mucho miedo de entrar allí donde este estuviera. A veces tenía que despertar a su padre de la siesta y dudaba antes de entrar en la habitación. Por si acaso encendía todas las luces o esperaba a tener la compañía de alguien. Era como si hubiera algo allí. Veía a su madre en aquel espejo, a veces incluso otra persona, pero algo en su interior sabía que sólo era su imaginación, que aquel espejo estaba mal pues aquellas cosas sólo se reflejaban cuando nadie estaba en el hogar y ella por accidente pasaba cerca de la habitación. Mientras la madre buscaba en la cocina, vio una toalla larga que podría servirle. Caminando de vuelta siguió recordando. Vio una mirada, vio un rostro, una mano de garras afiladas y una voz, una voz susurrante y profunda que le hablaba desde su más remota infancia. Un tremendo ruido sonó al final del pasillo. La casa tembló y una gran grieta atravesó la pared y el techo. Las risas de las niñas cesaron. La madre corrió sofocada hacia su hijo. Cuando llegó, no pudo olvidar aquella escena. El espejo estaba roto en mil pedazos y su hijo estaba en el suelo, atravesado por una fina lámina de cristal que le había aplastado el corazón. Los gritos de la madre se escucharon en todo el vecindario. La sangre empapaba todo el suelo, incluyendo los pantalones de la madre que trataba de recuperar a su hijo. Pero ya era demasiado tarde, el extranjero, tal como le había prometido años atrás, se lo había llevado.

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