El baile de los gurruminos

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Yayoi Kusama, Infinity Mirrored Room - Filled with the Brilliance of Life, 2011
Yayoi Kusama, Infinity Mirrored Room – Filled with the Brilliance of Life, 2011

Nuestra sociedad nos advierte constantemente de los peligros del tiempo; si envejecer es una maldición, hacerse mayor dejó de estar de moda alrededor de los años noventa. No obstante, dicho suceso transcurre ajeno a la voluntad grupal y aunque la sociedad ha inventado todo un surtido de modas compulsivas que neutralizan la percepción del cambio, oscuras leyendas recorren los recovecos del inconsciente, transformando en leyendas los mitos surgidos de lo real. Algunos han escuchado hablar de la soledad en el mundo femenino, del destino que transcurre en la ausencia del hombre y de su relación con los gatos, pero muy pocos han hablado de lo que ocurre cuando un hombre llega a los treinta años y, libre del consumismo y la moda cosmética, se da de bruces contra su realidad, la soledad, el rechazo y la desrealización. Es ahí cuando uno se da cuenta por primera vez que nunca ha sido hombre y que, como en el mito infantil, pero invertido, descubre que ha sido desde siempre un pato criado entre cisnes. Así fue como poco después de mi último cumpleaños descubrí que yo no era un hombre y que nunca había estado destinado a serlo. Mi destino era en verdad más extraño y cruel, pues yo no era hombre sino gurrumino. Había pasado los treinta años y la soledad, unida a una leve incapacidad para manejarme con la sociedad, habían despertado en mi interior una naturaleza latente que pronto iba a exteriorizarse, desintegrando para siempre mi capacidad para pertenecer al mundo.

La transformación no fue drástica sino paulatina y aunque en las últimas semanas yo ya era consciente de que algo estaba cambiando en mí, no supe ponerle nombre. En la escuela nadie nos había hablado de ello. Nadie sabía con certeza si un gurrumino nace o se hace, pero cinco son los indicadores básicos que todo hombre debe tener en cuenta. El primero de es la incapacidad para entender el funcionamiento del mundo, las reglas sociales y la fingida reciprocidad de las relaciones; las conductas sociales son simples figuraciones carentes de significado; aunque aprendemos a fingir en la realidad, en nuestra imaginación suceden los acontecimientos de otra manera, a través del poder de la entelequia, uno imagina lo que ha sucedido realmente. Un gurrumino no puede tener amigos, hacer amistades duraderas o mantener tratos cordiales con los otros hombres, sólo con otros de su mismo calado. Puede ganar el aprecio de personas enajenadas o incluso la admiración de los humanos, pero siempre a través de una máscara y desde la distancia. El segundo es la visión de la realidad, pues ésta se ve alterada. Un gurrumino no ve la realidad, sino un complejo entramado de asociaciones arbitrarias. El mundo es una historieta, a veces incluso una caricatura burlesca de algo que ya ha ocurrido años atrás y el sujeto no es más que un simple actor que trata de recrear los escenarios de ese mundo. A veces uno puede llegar a creer que no está realmente en el mundo o que incluso el mundo terminó y que lo que ocurre en la realidad es una mera representación residual. La tercera es el lenguaje, pues nosotros los gurruminos sólo conocemos la metáfora, los desplazamientos metonímicos y los sarcasmos como métodos naturales de expresión. Un gurrumino siempre dice lo contrario de lo que piensa y cuando piensa lo hace dos veces, en sentido opuesto, para tratar de ver todas las alternativas posibles. No es hipocresía, ni dispersión, ni sofisma; simplemente eso, un juego. Los otros dos asuntos escabrosos están relacionados con la producción de feromonas. Todo gurrumino segrega dos tipos de feromonas, una que ahuyenta a las mujeres y les provoca sensaciones de rechazo inconsciente, incluyendo el rechazo sexual, y otra dirigida hacia los hombres que anula su innata agresividad. Estas permiten al gurrumino sobrevivir en los ambientes hostiles y evitar amenazas emocionales mayores. Sin embargo, conllevan una última consecuencia. Esta es la soledad. Un gurrumino, a la larga, siempre pierde la cordura. Sólo el aprendizaje de las artes olvidadas y el manejo de la danza le pueden salvar de su terrible maldición.

Pero volviendo al tema de mi transformación. Yo mostraba todos los síntomas, incluyendo un enclenque machuchismo prematuro. Pero fue la soledad el detonante de la última transformación. Cuando ésta tuvo lugar, los primeros cambios eran sutiles, pero luego todo cambió y llegué al punto de no retorno. Tenía sueños extraños, las encías empezaron a sangrarme y por el día empezaba a notar un abatimiento mayor de lo habitual. Luego empezaron las pequeñas alucinaciones. Al principio eran destellos en el espejo, fogonazos de luz ante los cambios bruscos de luminosidad, pero luego empezaban a aparecer pares de luces rojas en la oscuridad, como si pequeños seres me observasen a través de la imbatible oscuridad. Cuando me despertaba todo volvía a la normalidad, pero la realidad se volvía más opaca, extraña. Era como si desde el cansancio, percibiera el mundo como irreal. Poco a poco empecé a ver pequeñas huellas de suciedad que se mostraban como pisadas, y a continuación escuchaba pequeños suspiros o resoplidos en ciertas partes de la casa. Acudía a la cocina y los murmullos se extinguían, pero a veces incluso podía llegar a ver algún que otro objeto que se movía. Los cucharones, anclados a la pared, se balanceaban, como si alguien hubiera estado jugando con ellos hasta mi llegada. No eran quimeras mías, porque pronto empecé a ver aquellos seres deambular por mi hogar. Los veía de lejos, en la otra parte del pasillo, pero cuando corría para atraparlos, huían y aparecían en el otro extremo. Siempre correteaban y murmuraban desde lejos y no dejaban que me acercara a ellos. Luego, tras unos días, de extraños y fortuitos encuentros, empecé a verme cambiado en el espejo. Mi cara se hinchaba, mi piel se volvía pálida y mis ojos quedaban enrojecidos como si sufriera alguna alergia congénita. Sin embargo, lo que más me alteró fue comprobar como cada día era más bajito. Al principio unos simples centímetros, pero luego varios palmos en un solo día. Poco a poco me iba convirtiendo en algo que no era yo y cuando aquello ocurría, aquellos seres se mostraban menos suspicaces en mi presencia.

La noche del tres de junio todo cambió. Me desperté a las diez y veintidós minutos. Las sábanas cubrían todo mi cuerpo y mi sensación corporal estaba totalmente alterada. Tenía muchísimo frío y una sensación táctil inusual. Mis manos parecían acartonadas y cuando logré escapar de las sábanas, descubrí estar atrapado en una gran planicie blanca. No estaba en otro lugar, sino en mi cama. A mi alrededor, decenas de ojos rojizos se me acercaban y empezaban a entonar extraños sonidos. Cuando pude ver mi cuerpo, me di cuenta de que ya era uno de ellos. La transformación se había realizado. Ahora era un ser minúsculo, un duendecillo blanco y opaco, con ojos rojos, boca morada y pequeños dientes afilados. Pude intuir a través de sus esquivas miradas que querían que les siguiese. ¿Dónde iban, pues?, me pregunté a mí mismo. Pero ya sabía la respuesta. Iban en busca de otro potencial gurrumino. Lejos de allí, en otro lugar de la ciudad, otro hombre de treinta años estaba sufriendo la transformación. Su cuerpo empezaba a cambiar, la soledad catalizaba el espíritu oculto en sus entrañas hasta hacerlo asomar. No todos corrían la misma suerte, pues algunos se perdían en su soledad y terminaban vagando entre los humanos, desconocedores de su vestigial legado. Sin embargo, yo tuve la suerte de encontrar aquella pequeña comunidad. Con susurros y chasquidos, me llevaron por los rincones ocultos de la ciudad. Había pequeños túneles subterráneos que conectaban las casas de la ciudad. Tenían sus pequeñas puertas detrás de los retretes o en los fregaderos más harapientos. Los gurruminos incluso a veces eran capaces de ocultarlos con su magia. Correteaban por aquellos pasillos y así lograban encontrar a los suyos. Si tenían suerte, los podían escudriñar antes de su transformación y saber si era realmente un gurrumino. No todos los eran y por ello eran tan cautos. No quisieron explicármelo en mis primeros días de acólito, pero al igual que nosotros, también había otros que no eran hombres, pero cuya transformación derivaba en extraños seres caníbales, criaturas oscuras e infectas que podían engullir una manada de gurruminos en una sola cacería nocturna; otros, sin embargo, se transformaban en extraños muñecos sin vida, en sombras susurrantes o incluso en duendecillos de las arenas, nuestros enemigos naturales, pues debido a sus continuas bromas pesadas, los gurruminos nunca los habíamos podido ver. Por eso solían llevar un pequeño amuleto hecho de bronce y cuerdas de cáñamo. Éste se movía y brillaban en sus superficies extrañas siluetes que les indicaban la dirección de un futuro miembro. Si uno se entrenaba estudiando sus cuerdas, también podía ver en su vibración la presencia de otros seres y descubriendo su naturaleza vibracional, podía optar por evitar el encuentro.

Pronto me llevaron a una de las madrigueras secretas. Un almacén abandonado en el subsuelo de alguna antigua fábrica. Allí los gurruminos encendían hogueras y quemaban rastrojos hasta que el frío desaparecía de nuestras manos. Entonces todos empezaban a entonar antiguos cánticos y todos juntos empezábamos a bailar. Era una danza extraña, ridícula a la par que sensual. Sin embargo, se destacaba de ella que producía una extraña sensación. La visión de la oscuridad se acentuaba y entonces los gurruminos éramos capaces de ver durante unos minutos el color perdido. Una variedad de azul y amarillo que, sin ser verde, se acercaba al rojo. Si uno descubría en su poder, la capacidad para ver aquel color fuera de los bailes, podía ver las marcas que conducían a la primera madriguera de los gurruminos, el hogar de los primeros ancestros, pero hasta el momento nadie lo había podido ver fuera de las ceremonias. Después de mi primer baile, todos se agolparon alrededor de mí y uno de aquellos simpáticos seres me trajo un singular regalo. Era un pequeño gorro de papel que, a modo de cucurucho, simbolizaba mi pertenencia al grupo. Con él, podía acercarme a otros de mi especie y compartir con ellos cuentos e invenciones sobre la vida de los humanos. Se decía que algunos de los corredores secretos sólo podían abrirse cuando uno de los nuestros portaba aquel sombrerito puntiagudo y que incluso nos protegía de la visión de los humanos convencionales. Poco a poco fue descubriendo todas aquellas verdades y también los mitos que los propios miembros de nuestra especie habían ido inventando. Los días a veces eran aburridos porque las casas solían estar vacías; entonces aprovechábamos para mover las cosas, jugar con las mascotas y esconder los mandos del televisor. Sin embargo, por la noche uno se podía entretener contemplando los sueños de los humanos. A veces se mostraban en el aire como simple viñetas y otras veces acudían palabras que podían ser transformadas o replicadas a través del eco de nuestra voz. De esta manera podíamos influir en sus fenómenos oníricos y hacerle soñar cosas extrañas. Algunos creían que así cambiaríamos el mundo, pero creo que siempre ocurrió al revés, el juego de la fantasía fortalecía el desierto de lo real. Si los sueños se mostraban confusos y las imágenes no iban acompañadas de sonidos, nos los inventábamos. Cuando dos de los nuestros se encontraban, se convertía en un juego peculiar; nos sentábamos a los pies de la cama y nos inventábamos diálogos absurdos entre las parejas tratando de dar sentido a sus sueños. Nosotros no soñábamos ya, no dormíamos más que cuando los pies nos dolían o teníamos frío. A veces te despertabas y algún duende de las arenas había metido arena en tu zapato, pero si tenías suerte te despertabas con renovadas energías; pero nunca había sueños y nadie hablaba nunca del tema.

Nunca eché de menos la vida como hombre, pues como gurrumino, aprendí que la vida humana no era más que una repetición perniciosa de los deseos de algunas criaturas que nosotros nunca alcanzamos a ver. Así pues, vagué por aquellos túneles, a veces acompañados de una pequeña vela y mi pequeño amuleto. Cuando las cosas empezaban a moverse o las paredes vibraban, chasqueaba el bronce y murmuraba como las olas del mar. Entonces la locura se desvanecía y la oscuridad se apartaba el tiempo suficiente como para poder seguir explorando las mentiras del mundo durante algunas horas más. Nadie nos hablaba nunca de la muerte, de lo que les ocurría a los gurruminos en la vejez. Yo siempre creí que, de algún modo, siempre que tuviera este sombrerito en la cabeza, ni la muerte ni el tiempo, sería capaz de encontrarme. Algo que sí podía paralizarnos durante meses era el frío, pues todo gurrumino que no danzara de vez en cuando en una madriguera, podía quedar paralizado durante meses por el frío hasta que otro le diera friegas o lo arrastrara hacia su hogar para reanimarlo. Desde aquella primera transformación, ya han pasado dos años; los humanos que me rodeaban pronto me olvidaron y siguieron con sus vidas, yo en cambio, sigo vagando por aquí, buscando ese color en las paredes, en los sueños, en los ojos de un gato triste. Ese color que mezcla el amarillo y el azul y que, sin embargo, no es verde sino rojo.

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