El beso de la novia

Publicado por
Ellen Rogers
Ellen Rogers

Triste es la historia de Samuel, el joven estudiante zaragozano exiliado en Lleida por motivos familiares, pero más triste es el rastro de su recuerdo, pues su agónica memoria merma los corazones más endebles, aquellos incapaces de reconocer en la oscuridad, los más recónditos entresijos del amor. Corría el año 1854 y en el primer otoño del bienio progresista, nuestro joven protagonista se encontraba buscando cobijo entre los aposentos de la vieja mansión de los Solera. Su tía abuela, Enriqueta, guardaba todavía las cartas de su marido en tiempos de la guerra. Se lo habían matado en el treinta y tres, junto a su único hijo, Armando. Desde entonces la casa solariega, había sido el refugio a su memoria y un lugar de reposo continuado, ajeno a la renovación del tiempo. Las cartas de Luisa, la madre de Samuel, a pesar de lo que uno pudiera pensar, habían sido bien recibidas. No le explicaba en ellas los motivos reales de la marcha de su hijo, pero pedía de ella que le guardase un lugar cerca de los estudios donde su hijo pudiera estudiar derecho y garantizarse el día de mañana un buen porvenir. Enriqueta tuvo una sensación de alivio al conocer las buenas noticias, pues Samuel era hijo de José Juan y nieto de Ricardo, hermano éste de José Luís, su marido. Al faltarle éste y Armando, Samuel era el único familiar cercano que le quedaba de los Agustín de Zaragoza. Cuando lo vio entrar por el jardín principal no pudo contener las lágrimas de emoción, era tan parecido a su hijo Armando, que las plantas a su alrededor parecieron recobrar el color de antaño. Samuel pasó allí las tardes, estudiando en su habitación, aunque por la mañana, después de volver de la universidad, solía pasar un tiempo con su anfitriona, escuchándola mientras ésta leía en voz alta las últimas cartas de su marido. Samuel le había querido preguntar en más de una ocasión si los dos habían muerto juntos el mismo día en alguna batalla, pero recordó de su madre que no debía preguntarle nada acerca de sus familiares. Él notaba en ella el peso de su memoria y aunque dejaba que ella hablara durante horas, no supo hasta poco después que detrás de aquella nostalgia, se encontraba una herida más profunda. Supo por contactos en la universidad que corrían extraños rumores sobre la casa de los Solera. La gente hablaba de enfermedades infecciosas y el fatal desenlace de su familia, ya que de los hijos que había tenido el padre de Enriqueta, todos habían muerto de Sarampión. Y los que no, se los había llevado poco después el cólera o el llamado garrotillo. Sin embargo, había algo oculto detrás de aquella leyenda negra, pues a veces, detrás de los velos de la leyenda, se encuentra una verdad dolorosa que el mito trata en balde de curar.

La noche en la que empezó su historia fue una noche de luna menguante. Samuel dormía plácidamente cuando unos sueños empezaron a atormentarlo. Se veía a si mismo caminando por unas calles angostas, llenas de pliegues y adoquines maltrechos. La gente iba de un lado a otro y aunque las sensaciones que le llegaban parecían sacadas de su ciudad natal, los extraños vaivenes del camino le recordaban a un pueblo toledano que había visitado en sueños en más de una ocasión. Sin embargo, el sueño llegaba a su fin con el repiqueteo de unas campanas. Una extraña sensación se apoderaba de él y mientras caía preso de la opresiva ansiedad, las miradas oníricas se volvían contra él, dándole a entender que aquellos sonidos simbolizaban su más profundo destierro. Samuel se despertaba empapado de sudor, con un grito sordo que pronto se convertía en jadeo. A su lado estaba Enriqueta, con su mano temblorosa sostenía una pequeña taza. Sin más, la dejó sobre la mesita y se despidió deseándole lo mejor. Samuel intentaba tragar la tila de un tirón, pero la infusión ardía en su garganta. Antes de trata de conciliar el sueño sólo pudo pensar en su Isabel. Lejos de allí, su amor se había unido a otra persona. Aquellas campanadas lo habían acompañado incluso en sus sueños, dejándolo maltrecho para toda la noche. No podía entender como su andaluza querida le había podido hacer tanto daño. Y sin más, trató de descansar sin atreverse a cerrar los ojos. Tarde o temprano los cerró y un sueño sin memoria acudió a él, aunque esta vez alguien pronunció su nombre.

Los días siguientes transcurrieron con una lentitud malsana. Samuel acudía a las clases, somnoliento, atormentado por un pasado que no parecía extinguirse. Algunos profesores empezaron a darse cuenta y le preguntaron sobre su desdicha. Él simplemente esquivó sus interrogatorios y se inventó una historia. Era fácil relacionar la falta de descanso a los nervios de los estudios y al hecho de encontrarse lejos de su familia lo facilitaba todo. Sin embargo, no pudo engañar a José y a Miguel. Los dos sospechaban que no le hacía bien a su salud quedarse en aquella casa y trataron de convencerle para que se quedara en su colegio mayor. Él lo rechazó tajantemente; no tenía dinero para ello, pues se había marchado de casa sin la probación de su padre y ya era bastante haber conseguido de él que se hiciera cargo de los pagos a la universidad. Además, no podía dejar sola a su tía abuela y más después de haberle ofrecido casa y compañía, más de lo que él esperaba conseguir en años de denso estudio. Así pues, aquella tarde volvió al hogar. La casa estaba a las afueras de Lleida, rodeada de un amplio jardín y de unos terrenos que antaño habían servido como cultivo. Cuando entró por la puerta, cruzando el jardín principal, sintió un leve mareo. Miró a su alrededor y vio que el mundo durante un instante careció de color. El rosal se había vuelto oscuro, y las flores, indistinguibles de las malas hierbas. Todo se había vuelto gris y un agudo dolor de cabeza le había atravesado la corteza temporal. Entonces vio algo en la ventana del segundo piso. Una cara le miraba. Flotaba como si sólo fuera un reflejo aislado en el cristal. Había hermosura en su rostro, pero a la vez una tristeza soberana. Un ruido en la casa le despertó de su estado. La mujer en la ventana desapareció y el mundo recobró su color. Todo parecía haber vuelto a la normalidad, pero Samuel no distinguió que la luz a su alrededor había menguado desde entonces.

Enriqueta se encontraba en la cocina. Se le había caído una cacerola al suelo. Él recogió el utensilio y más tarde le ayudó a preparar la cena. Ambos hablaron largo y tendido sobre cómo le iban los estudios. No obstante, un silencio incómodo se produjo después de la ambigua pregunta de su tía abuela. Le había preguntado con cierto temor que si era mejor que volviera con sus padres. Había algo que no encajaba en su pregunta; escondía un temor incierto pues en el fondo, aunque parecía preocupado por su salud, parecía temer algo más. Durante la cena no tocaron el tema y aunque después tuvieron una breve charla acerca de su futuro, Samuel se fue pronto a la cama. Aquella tarde no había podido estudiar nada y aunque había pensado faltar a clase el jueves, estaba tan abatido que necesitaba descansar. Sin embargo, en su sueño, no hubo descanso alguno. Cuando abrió los ojos de nuevo, la casa estaba ennegrecida por el carbón. Por la ventana se veían pequeñas luces incandescentes deambulando por el jardín y las tierras más allá del muro. Al principio parecían luces, pero luego le parecieron brasas, chispas incandescentes que sobrevolaban la superficie del mundo, explorando la tierra a través de un viento invisible. Un pequeño chasquido sonó en la entrada, momento en el cuál, él pudo ver allí a la misteriosa silueta. Era una mujer, vestida con un largo camisón sin capucha. Llevaba el pelo suelto, como un manto de azabache sobre su piel. Sin detenerse en su contemplación, se marchó hacia el pasillo lateral, no haciendo ningún ruido a su alrededor más que el leve chasquido de sus pies al pisar. Él salió de su habitación y en la oscuridad sólo pudo ver la puerta abierta de una de aquellas habitaciones inexploradas. Al entrar, sólo vio un vacío desolador, pero con la débil luz lunar atinaba a ver un cuadro. Era el retrato de una mujer joven. Portaba un gran sombrero blanco y aunque tenía el moño recogido por detrás, no podía dudar de que aquella mujer era la que le había estado observando desde la ventana. Entonces se giró y la vio de frente, abriendo la boca, moviendo los labios a unos simples centímetros de su piel. Ella le quiso dar un beso y justo cuando sus labios se acercaron, Samuel se levantó sobresaltado. El viento había golpeado la casa con una furia inusual. Una lluvia inesperada estaba cayendo sobre el jardín y su tía abuela deambulaba por los pasillos con un candelabro como una maniática tratando de asegurar de que todas las ventanas estuvieran cerradas.

A la mañana siguiente, el cielo estaba gris. Samuel no podía levantarse de la cama. Las encías le sangraban y su rostro estaba amarillento. Enriqueta llamó al médico al ver que el estado en el que encontraba. Éste le observó largo y tendido, con firme profesionalidad. Le dijo que no era probable que se tratara de ninguna infección, pero que debía reposar una semana, dormir de un tirón y tomar el sol por las mañanas. Le dejó unos sobres para que pudiera dormir y se fue dándole una fecha exacta para su próxima visita. La tez de la mujer, sin embargo, mostraba una preocupación severa. Esperó hasta que se marchara el médico para hacerle una pregunta. Él no supo exactamente qué contestar, pero finalmente asintió con su mirada. Ella empezó a expresar su dolor. Aquella noche había visto aquella puerta abierta y la tormenta se había desatado de nuevo sobre su familia. Le preguntó si la había visto, si había visto a su hermana pequeña. Ella era Claudia. Todos dicen que murió de tuberculosis, pero no fue así. Cuando ella se prometió con José Luís, Claudia, siendo la hija menor, se había consumido con los celos y el desengaño. Él siempre iba a visitarlas y siendo oficial del ejército, aprovechaba sus viajes por la región para acercarse a la mansión y hacerles regalos tanto a Enriqueta como a Claudia. Su hermana pronto se enamoró de él y sintió gran vergüenza cuando descubrió que él realmente tenía otras intenciones, porque a quien quería cortejar era a su hermana, no a ella. Sus regalos, ofrecidos como una simple muestra de gratitud para con su hermana, habían sido malinterpretados. Su padre, después de la dote que tuvo que pagar en su boda y al ver que no tenía ningún hijo heredero, decidió que lo mejor para la otra hermana era que ésta hiciera los votos e ingresara en algún convento. Y nadie se lo pudo impedir porque ambas se habían quedado huérfanas de madre desde muy pequeñas y ningún familiar o tío cercano se había opuesto a la decisión del padre. Así pues, Claudia, enloquecida por el amor que sentía y la avasalladora amenaza que se iba a cernir sobre ella, decidió morir. Una simple vela empapó de fuego la habitación y aunque las llamas fueron rápidamente sofocadas, a ella la encontraron sobre su cama, eterna, vencida por el humo y la oscuridad. La boda de Enriqueta se pospuso varios meses para respetar el duelo. Todos acordaron hablar de la enfermedad y con aquella excusa, airearon y redecoraron la casa. Poco después Enriqueta y su marido se mudaron a la ciudad, aunque tras la repentina muerte del padre, heredaron sus posesiones y decidieron hacer vida en las afueras, acompañados de las tierras familiares y de su recién nacido hijo Armando. Al principio, había cierto halo extraño en la casa que le provocaba pesadillas, pero tras plantar el jardín y recobrar la memoria de infancia, Enriqueta se había reconciliado con los espíritus de aquella casa. Sin embargo, con la muerte de sus dos hombres, el dolor había vuelto al hogar y los fantasmas habían vuelto de su destierro. Enriqueta le hizo prometer que no contaría nada a nadie de aquello, pues del fatídico destino de Claudia sólo se hablaban rumores y ni siquiera José Luís, su tío abuelo, había sabido nunca la verdad. Luego, antes de darle lo sobres que le había recetado el médico, le dijo que pasara lo que pasara, nunca le diera un beso, aunque ella se lo pidiera o sintiera esa curiosidad. Le advirtió que nunca le dijera que la quería. Él preguntó el por qué de aquella prohibición, pero ella aseveró con su mirada mientras decía con rotundidad «porque entonces ella reclamará lo suyo». Y dicho esto, le dejó sus medicinas y se fue.

El sueño de Samuel fue esta vez extraño. Se encontraba en el jardín y las puertas de toda la mansión se encontraban cerradas a cal y canto. Unos leves suspiros merodeaban por el campo, llevados por los suaves vientos de otoño. Empezaba a hacer mucho frío y desde el interior de la casa podía verse un rostro afable, tierno y melancólico, que le observaba con extraña devoción. Él, entumecido por dolor y la angustia de su alma, dijo las palabras. Proclamó su amor al viento y dirigió su mirada hacia los velos misteriosos de su aterrador destino. Sólo quería abrazarla, ver quién era en realidad, aunque ya no estuviera allí, aunque ya nunca pudieran estar juntos. Se sentía tan solo después de su fracasado amor que aquella visión le daba la esperanza de ser algún día feliz. No hubo ninguna respuesta, sólo un viento frío que caló fuerte en sus huesos. Las puertas y las ventanas se abrieron lentamente y las flores se marchitaron hasta quedar convertidas en cenizas. Un golpe despertó a Samuel de su sueño. Las drogas le impedían sentir con claridad lo que pasaba, pero algo le había mordido en la boca. Enriqueta llevó poco después para traerle el periódico. No pensó que estuviera ya despierto, pero cuando vio su rostro gritó indignada «¿qué has hecho, hijo?, ¿qué has hecho?» En sus labios sangrantes había quedado marcado el símbolo de la muerte. Algo fuerte y siniestro había mordido sus labios, reclamando en ellos el beso que él mismo había pedido. Enriqueta se puso nerviosa. Le dijo que ella ya nunca lo dejaría en paz, que no descansaría hasta tener su boda. Entonces, dejando las ventanas abiertas y el periódico sobre sus pies, dijo que mañana mismo buscaría alguien, aunque fuera al señor obispo. Aquello había ido demasiado lejos. A veces ella había aparecido así durante aquellos largos años, incluyendo a su hijo, pero nunca se había obsesionado de verdad con nadie hasta el punto de buscar la unión. Ella no lo iba a permitir. Sin embargo, pronto se hizo la noche y la abuela cayó en un profundo sueño. Ni siquiera pudo levantarse de la mecedora. Se quedó allí inclinada, con la cabeza ladeada y las gafas de leer sobre sus rodillas.

Cerca de allí, una pequeña puerta se abrió. Y no era una puerta física, sino un muro de sombras que adoptaba la forma del mismísimo vacío. De ellos emergieron unos pies ligeros, erráticos en movimiento, pero de firme decisión. Sobrevolando la superficie del suelo, deambulaban sobre los recovecos de la casa, astillando la superficie de la madera sobre su paso y haciendo que la temperatura bajara hasta dejar las ventanas cubiertas con una tenebrosa opacidad. Ella era el frío y él, la última luz de su mundo. Su beso había sellado su unión y ahora ella se adentraba en sus aposentos con la intención de tomar lo que le pertenecía, lo tanto había ansiado, más allá de vida, la sangre y la carne. Él no la vio venir. Con su borrosa visión sólo vio entrar una sombra sinuosa. Se movía a ras del suelo y a veces se confundía con las paredes y los muebles. La luz de la luna estaba ausente, pero un extraño resplandor vibraba sobre la cama, revelándose él como el objetivo de aquella obsesión. En breve sintió el peso de su presencia sobre su cama. El colchón empezó a hundirse por los lados como si algo se hubiera posado encima. Vio su rostro amortajado, su piel blanquecina asomando tras el camisón descuidado de tela. Lentamente se sentó sobre su pecho y le aprisionó con toda su consistencia, aplastándole los genitales con sus caderas de mujer. Samuel se encontraba tan mareado que no podía saber a ciencia cierta qué iba a suceder, pero estaba claro que ella estaba esperando algo más de aquello y no una simple unión carnal que ya se estaba consumiendo. Mientras, sentía sus caricias, sentía como sus manos exploraban su cuerpo por debajo de las sábanas. Cada trozo de su cuerpo que tocaba, quedaba adormecido y petrificado, pues sus manos estaban heladas como la nieve. Mientras, escuchaba una voz débil, entrecortada y hueca pronunciando su nombre. Quería algo, buscaba algo dentro de él. Finalmente, Samuel quedó inmóvil, incapaz de reaccionar frente al pánico que atesoraba en su corazón. No obstante, había una sensación extraña, ajena a su propia persona, que le enturbiaba y a la vez le permitía mirar a los ojos de la mismísima muerte. Era el deseo. Un extraño, aunque despiadado deseo de amor. Ella lo sentía, lo olía en cada uno de los recovecos de su piel, los cual escarbaba con una malsana curiosidad. Miró su rostro, enturbiado por el recuerdo del fin de la noche. Aquellas manos se tornaron ennegrecidas, agrietadas. Sus muslos, jirones de carne seca y su mejilla, aunque pálida, dejaba entrever una carne carcomida, corrompida por la putrefacción y con varias incisiones desde la cual asomaban los huesos de la mandíbula. Su mano cadavérica recorría su pecho, arañándole con aquellas uñas ennegrecidas y poco después ella empezó a aprisionar su cuerpo con los vaivenes de su columna, cubriéndolo completamente con su camisón, haciendo que sus rostros se tocaran en un breve instante que pareció mágico. Entonces Samuel contempló aquellos dos ojos vidriosos que le observaban a través de la noche silenciosa, mostrándoles el camino inmortal del verdadero amor. Así pues, simplemente supo en su interior cómo dar el último paso. Dijo un «te quiero» y acto seguido abrió la boca para recibirla. Ella se acercó frenética, suplicante, con los ojos humedecidos de la emoción. Abrió sus mandíbulas descarnadas y de su boca emergió una larga lengua oscura. Como una serpiente, ésta emergió de su garganta y se deslizó sobre el interior de su amado, enfriando su cuerpo, escarbando todos y cada uno de los secretos de su torturada alma. Fue así como él la sintió en su interior, como si en los ojos de la oscuridad, ambos fueran un solo cuerpo. Antes de deslizarse hasta el fondo, Samuel emitió un potente balbuceo. Una sensación de satisfacción suprema recorrió su cuerpo; todo el dolor que habitaba en él se extinguió para siempre y antes de cerrar los ojos por última vez, pudo ver como aquel ser tenebroso lo amaba con todas sus fuerzas, con todo el dolor y el sufrimiento que sólo el infierno es capaz de albergar. Finalmente, sus ojos fueron su luz y de ésta, emergió el eterno camino al desconcierto. Y luego, sólo el silencio.

A la mañana siguiente, encontraron el cuerpo sin vida de Samuel. El médico había acudido de buena mañana a la casa temiendo que su diagnóstico fuera erróneo, pues cerca de allí otros estudiantes habían caído enfermos de alguna infección. Después de llamar y no recibir contestación, se atrevió a entrar por su propia cuenta a raíz de la gravedad del asunto, siendo testigo primero del cuerpo sin vida del joven Samuel. Lo primero que le llamó la atención fue el rostro de paz y satisfacción que emanaba de su reposo. Desde allí hizo venir a la guardia, la cual se hizo cargo del cuerpo y de notificar a los familiares cercanos los fatídicos sucesos. No obstante, no encontraron a Enriqueta en ningún sitio y ninguna autoridad competente trató de esclarecer la desaparición, pues algunos pensaron que podría haberse ahogado en un río cercano al ver el cuerpo sin vida de su ahijado. Sólo quedó establecido que la razón de la muerte no había sido con exactitud la enfermedad, sino la alta dosis de opiáceos que había ingerido el paciente, quizá por error o descuido de la propia cuidadora. Meses después, una extraña carta llegó a Luísa, la madre de Samuel. Su contenido era extraño y casi indescifrable, pero, aunque no estaba firmada, algo le indicó que aquella nota había sido escrita por su hijo.

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