Marcos. La lluvia cae sobre mi alma

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Bench in the Rain, Photo by Robert Häusser, 1942
Bench in the Rain, Photo by Robert Häusser, 1942

Marcos, hoy vuelve a llover con fuerza y por eso mi mente acude de nuevo a ti. Quisiera que la lluvia todo lo barriera, que no dejara ni rastro de nuestro paso por el mundo. Miro la calle y veo la gente pasar, abrazados a un paraguas sin nombre, deambulando erráticos el camino que sólo sus almas conocen. ¿Dónde van esas extraordinarias criaturas tentando las negaciones del cielo?, ¿acaso no ven los peligros del mundo? No obstante, descubro sus nimios aleteos sobre la acera y se despierta en mí la envidia de los malditos, de los que sufrimos la sangre de Caín. Mi vida no es un camino ya, sino un laberinto. Y ojalá tuviera la certeza de que me hallo prisionero de un dios cruel y despiadado, porque sabría a ciencia cierta que no hay escapatoria posible y sólo me quedaría sentarme sobre la aridez de mi destino esperando la muerte absolutoria. Pero mi sino es sobradamente cruel, porque mientras luchamos, el dolor termina con nuestros sentidos y nos conduce directamente a la perdición. No es la perdición del náufrago, sino la del minotauro. Desde años atrás deambulo por este mundo repleto de entresijos y misterios, esperando encontrar algún día el camino de salida. Y así es el laberinto, un lenguaje indescifrable, un código protegido del entendimiento de los hombres. En él descubro pasillos angostos desprovistos de dirección y origen. No hay rastro en ellos de simetría y sin embargo se muestran indistinguibles al ojo humano. Ni siquiera las mentes entrenadas son capaces de ver en éstos huellas o marcas de vidas pasadas. Y son aparentemente inofensivos, pero en ellos reside la peor naturaleza del laberinto, porque son la esencia misma de él. Se nos muestran como caminos, pero sólo son el tejido conjuntivo de nuestra prisión. Y lo peor es que uno se imagina fácilmente atravesando una puerta de salida, pero esto sólo se produce cuando nuestra imaginación nos engaña porque toda nuestra vida reside en el laberinto y su significado crece a raíz de nuestro encierro. No hay imaginación que escape de sus recovecos. Sólo la muerte está fuera del laberinto y quien perece ya no es libre, porque simplemente deja de ser o al menos así lo hemos razonado. ¿Qué nos queda sino explorar sus misterios? Y aquí viene la desdicha, porque cuando más luchamos, más nos enfurecemos sobre su agresividad latente, más recorremos sus falsedades, más reconocemos en él la inmensidad de nuestro propio sufrimiento. El conocimiento, en ese sentido, sólo nos lleva a los grados más elevados del tormento, porque el laberinto crece con nuestros límites y cuando más fortaleza creemos haber alcanzado, más perdición encontramos a nuestro alrededor. Y uno, abatido por esta inmunda verdad, puede protegerse en la oscuridad de sus adentros, creyendo encontrar en él la ausencia misma de la vida. Y podría decir, llegados a este punto, que nunca estaría más lejos de la verdad, pero lo cierto es que, una vez abiertos los ojos a la ambivalente tiranía del mundo, uno ya no sabe cuál es la verdad ni quién la piensa. Pues si somos nosotros quienes la reclamamos, no sabemos de dónde surge dicho deseo, si de nuestras almas o de sus grilletes.

Y llegados a este punto, me gustaría describirte otro de los elementos con los que la vida me ha atrapado. Se trata de las estatuas. Las veo en mi recorrido, a veces de piedra, otras de barro cocido, pero siempre con rostros ignotos, con desgastadas ensoñaciones que me observan con sus miradas desprovistas de ojos. Trato de adivinar a quiénes pertenecen, qué almas o espíritus observan mis sentimientos a través del tiempo infinito, pero termino descubriendo que estoy solo, que sólo yo me observo en el silencio del mediodía. Y dejé el tiempo crecer en mi laberinto, Marcos, harto ya de caminar en círculos y perderme en la inmensa violencia de lo divino. Eso hice hasta el día que vi tu estatua. Eso es al menos lo que creí encontrar, porque ¿quién construye las estatuas?, ¿qué son éstas realmente?, ¿son las almas atrapadas en la vida?, ¿las almas de los que ya no están? Si me convierto en estatua algún día quizá venceré al viento, pero seguiré atrapado en la vida. Y si sigo siendo, quién verá a través de mi mirada sino otro que también trata de escapar, otro que a su vez será algún día estatua desprovista de esencia propia. ¿Quién fue entonces la primera mirada, ¿acaso fue Dios el primer náufrago? Que miedo siento ahora. Sentado en este parque, la lluvia cae sobre mí. Triste es que algo tan elevado termine derramándose sobre la carne, incapaz de transmitir el recuerdo de las nubes, legando sólo el frío sobre el reposo de los mortales. Siento una ira compungida, un desanimado aliento de inquietud y desconsuelo. No sé qué será de mí, de mi recuerdo y de mis agrietadas ansias de vivir. En esa ambivalente verdad me encuentro atrapado. Y la gente me mira, se disipa en ellos la crueldad del mundo; no ven mi prisión, no ven mi alma convertirse en piedra y mientras, ellos se creen libres o lo son, porque yo así los percibo. Y en aquella multitud veo los testigos de mi desaparición, de la frágil o inexistente huella que dejaré sobre el mundo. Marcos, ojalá pudiera una vez más leer uno de tus escritos. Soñaría con la lluvia, con el adalid destructor de mil gotas furiosas. Quisiera que se lo llevaran todo, mis sentimientos, los recuerdos del mundo, las piedras e incluso los ríos y el viento. Que el laberinto quedara sepultado bajo cien océanos de incertidumbre y que nuestro nombre fuera borrado para siempre de nuestras tumbas. Escuchando el sonido de la lluvia, dejo de escribir y me despido de ti. Tarde o temprano, volveremos a encontrarnos.

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