El destino de Giacomo Londi

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Isflak, 1922 (Sjöhistoriska museet)

Son muchas las personas extraordinarias que transcurren por este mundo sin dejar huella más allá del alcance de las mentes sabias. La luz que emana de sus comportamientos pronto se transforma en pequeñas luces que ondean en las ruinosas velas de una biblioteca harapienta y finalmente terminan extinguiéndose, dejando a duras penas algunas líneas de tinta en libros que ya nadie reconoce. Eso mismo le ocurrió a Giacomo Londi Etesta, alumno de Pietro Bali y nieto por vía materna de Ercolino Durando, notario de la ciudad de Florencia y miembro respetable de los bueni uomini. Su vida transcurrió rápida, pero no así su experiencia vital. Su infancia sigue siendo un misterio y de su trayectoria académica solamente ha quedado uno de sus libros de viaje, incluyendo también algunas conjeturas y citaciones extintas. Se pudo averiguar que pertenecía a una familia acomodada porque algunos de sus viajes fueron pagados por Emilio Durando, acaudalado banquero que se refiere a él en algunas de sus cartas como su brillante sobrino. Pero más allá de los lazos familiares, el principio de su historia se remonta al hallazgo de sus restos, en el sur de Argentina y Chile, en la Tierra del Fuego, anteriormente conocida como Isla de Xàtiva. Aunque encontraron su equipo, indumentaria y libro de viajes, no encontraron su cuerpo, pero lo más probable es que se perdiera en alguna región cercana, muriera a manos de algún animal salvaje o de una hipotermia prolongada. Giacomo era un naturalista del siglo XVIII, coetáneo a Albrecht von Haller, pero por la naturaleza de sus escritos, su trabajo se remontaba a las obsesiones profusas de personalidades precedentes como Ulisse Aldrovandi o Conradus Wolfhart. Era en verdad, un verdadero creador de bestiarios, un tenaz investigador de la parte más oculta de la naturaleza; Giacomo se dedicaba a investigar la existencia de monstruos, animales legendarios y criaturas extraordinarias.

En su cuaderno de viaje abundaban las ilustraciones de sirenos, cerdos con caras humanas (Porca fuem facie humana), gallinas de cuatro patas, serpientes con alas, Kalpa-Tarou, ranas luminiscentes, escarabajos gigantes y toda una suerte de hombres híbridos, entremezclados con animales, aquejados de extrañas malformaciones o incluso acompañados de extraños gemelos parasitarios. Sin embargo, a pesar de que gran parte de su contenido carecía de una originalidad factible, había algo en sus escritos que invitaba a leer entre líneas. A los primeros investigadores les resultaba simplemente increíble que, sobre la sombra de los grandes enciclopedistas, poco antes de la gran deriva napoleónica, un hombre tan joven y extraño vagara libre por el mundo, ajeno a su tiempo, ignorante, quizá a propósito, de los avances científicos de su época, obsesionado por la veracidad de los códices harto olvidados del ayer. Para ellos, la vida de Giacomo estaba llena de interrogantes, pero era al fin y al cabo era eso, un simple misterio que no trascendía la mera curiosidad de un historiador, porque para estos académicos su libro no era más que una descripción arbitraria de criaturas inexistentes, previamente reflejados en manuscritos modernos y códices incunables. No obstante, pronto su libro de viajes fue revisado por un grupo de investigadores nórdicos, los cuales se dieron cuenta de que detrás de su bestiario podía encontrarse un código oculto. No era tanto la descripción, los anagramas o los errores ortográficos que remitían a un significante superior, sino el orden mismo de las criaturas. Utilizando programas informáticos, fueron situando las criaturas en mapas, tratando de encontrar un orden aparente y aunque no lo encontraron, vieron que había una relación entre éstas y los libros originales a los que remitían ordenados por fecha de publicación. En otros estudios, se pudo observar que las transformaciones antropomorfas, expresadas en valores numéricos, seguían una trayectoria fluctuante que oscilaba entre las criaturas existentes y los seres humanoides. A pesar de estas coincidencias, las conclusiones fueron inciertas y sólo algunos investigadores, auspiciados por el espíritu emprendedor de la cliometría americana, se atrevieron a cuantificar la cualidad intrínseca de sus quimeras.

El punto álgido de la historia llegó con un investigador polaco, Bartosz Adamus, el cual, provisto de ingenio, desenmascaró una pieza clave del entresijo. Exponiendo su cuaderno a diferentes técnicas de laboratorio, pudo comprobar que había dos tipos de tinta utilizadas en el cuaderno. Diferenciando ahora el mensaje llano de las frases separadas, las faltas de ortografía cobraban sentido, pues éstas advertían de la confluencia de palabras similares imposibles de conciliar. Empero, el mayor logro investigativo fue el descubrimiento de textos ocultos detrás de los dibujos. Algunos eran inaprensibles a la vista y otros, podían completarse conforme se iban reordenando los capítulos del libro. Eran fechas, datos astronómicos y locuciones latinas. Dicha investigación posibilitó la idea de realizar un análisis exhaustivo mayor. Pocos meses después, el equipo nórdico que previamente había investigado el documento, volvió a realizar serios descubrimientos; esta vez pudieron añadir una nueva dimensión, la cartografía. Entendiendo que había mensajes referidos a lugares o distancias respecto al sol, el grupo llegó a la conclusión que las diferentes criaturas estaban ordenadas en relación al lugar donde debían pertenecer. Añadiendo el mapa de Europa Central que habían podido realizar en su previa investigación, el equipo empezó a realizar correspondencias entre las diferentes ilustraciones y nuevos lugares, como la costa africana, las islas del índico y finalmente la costa sudamericana. El gran debate, sin embargo, surgió de la división entre dos tipos de lecturas. La primera afirmaba que Giacomo había atribuido estas criaturas a lugares específicos sólo por casualidad o porque se encontraba en aquellos lugares cuando decidió darles vida. La segunda, es que había dos mensajes diferenciados en el texto, un relato que clasificaba seres extraños reales y otro que lo camuflaba con seres imaginados, tratando así de enturbiar o camuflar el verdadero significado de su obra. El gran problema era que muchas de las ilustraciones eran pobres y no se las diferenciaba de los animales reales.

El debate científico concluyó que la primera hipótesis era la más factible, pues el punto clave fue la criatura conocida como helix gaseosa, situada en la costa venezolana. Dicha criatura estaba matemáticamente dentro del grupo de animales reales y la descripción decía que era un caracol que fumaba. Algunos intentaron defender que se trataba de algún error en la transcripción o defendían la posibilidad de que el crustáceo emitiera algún tipo de líquido corrosivo. No obstante, los esfuerzos por continuar con la investigación cesaron y todo rastro de Giacomo quedó en el olvido. Sólo uno de los investigadores siguió con su misión y visitó el Oeste de Venezuela con tal de encontrar verificar su hipótesis. Sumergido en las regias costas del sur y perdido, salvo por la obsesiva misión que le tenía cautivo, el finlandés Olavi Luukkainen, investigador de la universidad de Helsinki, encontró en su viaje, aquello que encontraba. Sentado sobre el enigmático lago de Maracaibo, el viejo investigador vio con sus propios ojos un caracol púrpura acercársele a los pies. No le habría prestado más atención de la necesaria si no fuera porque a los pocos minutos un pequeño hilo de vapor emergió de su cuerpo. Olavi, prestando la atención requerida, se puso en cuclillas y trató de inspeccionar con equipo aquel extraño fenómeno. Los relámpagos del Catatumbo les eran en verdad indiferentes gracias a este nuevo descubrimiento. Colocó su lupa sobre la criatura y lo que vio le dejó sin aliento. El caracol estaba fumando. Había sacado un pequeño purito y con sus dedos frágiles y amarillentos, se lo recolocaba en la boca para echar de vez en cuando una pequeña bocanada de humo. Luego miró hacia arriba y se quedó mirando al profesor, como si el caracol también hubiera sido testigo de un nuevo descubrimiento científico. No podía creer lo que había visto. Tembloroso, trató de agarrar el móvil y hacerle una foto al caracol, pero éste, cada vez que veía aquel objeto inmenso, escondía el puro y caminaba ignorando a su acosador. El viejo no lo podía creer, el molusco era consciente de su presencia y evitaba en todo lo posible dejar testimonio.

Después de quedar varias horas a la deriva y reflexionar sobre el tema en cuestión, llegó a la conclusión de que lanzar aquel mensaje al mundo era algo precipitado. Nadie le iba a creer y aunque alguien lo hiciera, el entorno académico siempre defendería que aquello sería una manipulación fotográfica. Así pues, intentando recobrar los ánimos, se centró en su objetivo real. Había ido allí para conocer la verdadera razón de la muerte de Giacomo. Para ello, se hizo con copias de sus cuadernos y llevó consigo un portátil con la que acceder a sus artículos. Si tenía en cuenta la dirección de su viaje y su última parada en Chile, estaba claro que el cuerpo no debía andar muy lejos de allí. La línea trazada sobre su mapa le llevaba al este de las Islas de Fuego, en la parte argentina. Lo que no comprendí era por qué había dejado su equipo atrás si la distancia en kilómetros era considerable. No había descripción de su último viaje, solo una mancha negra, un derrame consciente de la tinta sobre la última página. Giacomo había escrito en su cuaderno, había dejado todo su equipo y se había ido hacia su último viaje. El viejo profesor hizo lo mismo. Llegó al punto exacto de la costa chilena y tanteó el terreno donde había sido descubierto el antiguo campamento. Al no ver ningún resto inesperado, visualizó la línea que él debía haber seguido y marchó hacia el horizonte que sólo él había conocido. Olavi no llegó a caminar más de media hora. No muy lejos de allí, encontró los restos del joven viajero. El extremado frío del sur había mantenido la ropa, pero Giacomo ahora no era más que un esqueleto. No tenía botas y ningún equipo aparecía a su alrededor. Era como si él mismo se hubiera marchado sonámbulo hacia su fin, esperando que el frío lo batiera contra el suelo.

Desconsolado, Olavi, siguió marchando hacia el este, buscando el nacimiento de un sol que ya nunca llegaba, pues la noche caía sobre su rostro. Aquejado de un abatimiento inusual, el inesperado viajero tuvo que hacer uso del teléfono. Pronto un equipo le rescató del infierno helado. Tenía hipotermia y un principio de bronquitis que casi le cuesta un disgusto. Después de pasar varios días en el hospital y una semana recuperándose en Ushuaia, el viejo nórdico, volvió a las andadas y realizó un último viaje adelantándose en su viaje con la ayuda de un coche todoterreno tomado en alquiler. No sabía realmente a qué altura podía estar el último emplazamiento, pero no podía permitirse el lujo de quedarse de nuevo a la intemperie con una simple tienda de campaña. No pasó un día más hasta que Olavi encontró lo que buscaba. El nexo que había encontrado el naturalista florentino, no se encontraba a más de un kilómetro de dónde estaba su cuerpo. Sin embargo, él lo había pasado de alto al interpretar mal la situación. Giacomo no estaba buscando el siguiente punto de su trayectoria, sino todo lo contrario, trataba de huir de él. El nexo por tanto estaba situado cerca del campamento. Después de realizar algunas paradas y esperar un día más, nuestro investigador llegó al campamento y entendió que éste no estaba situado sobre la línea esperada de su viaje, sino más bien había sido modificado para desviar la atención. El campamento original debía estar varios kilómetros más arriba. Así pues, Olavi volvió a las andadas y debido a su imprudencia, esta vez caminó de nuevo sobre la fría tierra del sur, dejando atrás el coche sin carburante. Sólo así encontró el verdadero punto de la historia. Giacomo había encontrado el último ser que andaba buscando. Sobre una pila de troncos helados y tierra escarbada, allí estaban los restos de un cascarón. Pero no era un huevo normal y corriente, sino el refugio oval de un fénix negro. Decía la leyenda que cuando un fénix moría, un huevo emergía con el primer sol de la mañana. Sin embargo, cada setecientos renacimientos, en esa fecha tan especial, surgía en la otra parte del mundo, otro huevo de menor tamaño. Pero a diferencia de él, éste era negro y ponzoñoso y de su interior surgía un fénix negro. Su poder era ilimitado, considerablemente terrible pero sólo una persona desprovista de cordura podría atreverse a conocer la naturaleza de aquel ser pues para algunos era el mal personificado y para otros, la pura perdición del alma. No obstante. Aunque Olavi no llegó a ver nunca al fénix negro entendió que Giacomo sí lo había hecho; comprendió que su descubrimiento implicaba que otro ser benévolo había nacido en un lugar determinado; y teniendo en cuenta la esfericidad de la tierra, uno podía conocer dónde se encontraba su antagonista. Era eso lo que había descubierto Giacomo. No importaba realmente ya la naturaleza o predisposición de ninguna de estas dos singulares aves, pero estaba claro que, si él llegaba a realizar su destino, la naturaleza de las aves quedaría confinada a la nada. Así pues, él decidió volver sobre sus pies, cambiar el campamento de lugar, borrar las últimas páginas de su cuaderno y adentrarse sólo en la oscuridad para esperar la muerte, esperando con ello proteger a todos los seres que en su breve vida había descubierto. Olavi no se creía merecedor de finalizar su trabajo y decidió interrumpir su investigación. No podía entender la naturaleza del Fénix negro, pero si Giacomo había decidido morir por él, estaba claro que su magnificencia y bondad eran reales e incuestionables.

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