El atardecer de Kevin

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topical press agency, hubert latham
Topical Press Agency, Hubert Latham

Parece que sólo hubiesen pasado dos días cuando conocí por primera vez a Kevin, pero lo cierto es que faltaba poco para que se cumpliera un año de nuestro primer encuentro. Era un día frío y nublado como hoy, las vacaciones eran agua pasada y de nuevo me veía enfrentado a la incertidumbre de un nuevo año, el cual no parecía demasiado prometedor. Toda carga era demasiado pesada y mi alma estaba desbordada por las exigencias de mi entorno. Estaba en el último ciclo de mis estudios y muchas miradas se cernían sobre mi persona, esperando que tomara la iniciativa y me adelantara al propio entorno laboral; pero en el fondo, el futuro sólo representaba en aquellos momentos el automático fracaso de mis proyectos. Me sentía como un ave incapaz de alzar el vuelo y quizá por ello había subido a aquella azotea. No pensé en un primer momento saltar sobre el asfalto desnudo de la calle, pero a veces aquellas ideas rondaban por mi cabeza y me forzaban a admitir que toda mi vida se estaba desmoronando. De momento sólo quería permanecer alejado de las inquisitivas aseveraciones paternas y mantenerme distraído por el horizonte invernal. Al reinar el frío sobre la ciudad, los balcones y las azoteas estaban desiertas y uno podía concebir libremente la frialdad intrínseca de la ciudad y todo lo que ésta representaba para la inconsciente humanidad.

Pero aquella tarde no era como las demás, el frío no era especialmente relevante, pero la atmósfera gris añadida a la compleja gamma de pensamientos negativistas hicieron que esa tarde en especial me planteara dejarlo todo atrás. Sólo un ruido extraño en el horizonte pudo captar mi atención durante unos instantes. Parecía como un avión que se movía veloz en medio de una tormenta y, sin embargo, a pesar de que el ruido del viento era nulo, no podía descubrir la procedencia exacta de su acústica. Pero aquello sólo fue el principio de mi nueva vida, pues antes de que siguiera atormentándome en aquella torre infame, algo se apareció a mi lado antes incluso de que lo hiciera el propio ruido. Sólo una mirada me pudo despertar del extraño estado en el que me encontraba. Era él, Kevin. Portaba el peinado mullet que tanto le caracterizaba, un bigote recortado tipo chevron y un chaleco vaquero que dejaba entrever un tupido torso acompañado de toda una serie de collares y amuletos únicos. Todavía no sabía su nombre, pero sólo tuve que ver su traslúcida expresión facial para entender que algo esperaba de mí. Estaba flotando a un metro de la cornisa, por encima de los aires acondicionados. Conducía una extraña avioneta tuneada que emitía estruendosos golpes metálicos, además de una polvareda de humo pardo. En aquellos momentos no me detuve en tratar de entender aquel espectáculo y menos aún derroché un tiempo excesivo en poder ordenar los esquemas de mi mente. Aquella aparición era tan extraña que incluso tratando de rodear con mi visión toda aquella infraestructura metálica, no era capaz de asimilarla en mi consciencia. Pero no me hacía falta, el rostro de Kevin era la representación máxima de claridad, ese atisbo de coherencia que necesitaba en mi vida y lo demás sólo era circunstancial. No me hizo falta ninguna señal añadida, de un saltó, crucé el vacío y entré en la nave por la puerta que recientemente se había abierto para mí. Era lo que él quería. Entonces vi por el retrovisor como el apretaba los labios y oteaba el horizonte con sus ojos entornados mientras trataba de cambiar el cassett del transistor. No miró más allá de los edificios, en cuanto la puerta emitió un fuerte suspiro de aire comprimido, soltó el freno de mano y aceleró con un fuerte giro de muñeca.

Sólo horas después sucedió la primera conversación. Hacía unos minutos que la música country se había detenido. Al principio sólo miré por la ventanilla tratando de descubrir dónde me encontraba, pero todo reconocimiento fue en vano, aquella geografía, aquellas formas sinuosas donde se entremezclaba el océano con la tierra me parecían descabelladas, ajenas a cualquier mapamundi. Y así era, no estábamos en la tierra que yo conocía sino en mundo cercano que sólo se podía ver a través de las nubes por las que el trasto de Kevin podía navegar. Él empezó la conversación. Directamente me habló sobre su misión, debía alcanzar la estrella IAK antes del atardecer. No entendía muy bien a qué se refería y por qué debíamos alcanzar aquel incognoscible astro antes del atardecer; la cuestión es que me hablaba como si me conociera de toda la vida, como si aquel esperpéntico viaje sólo fuera uno de sus múltiples quehaceres diarios. No puedo recordar con total nitidez muchas de sus conversaciones y no es que el ruido del motor entorpeciera nuestro transcurrir, pero conforme pasaban los días, una amnesia se iba extendiendo sobre mis recuerdos, convirtiendo nuestros momentos en imágenes cada vez más lejanas. Él me advirtió que aquello sucedería tarde o temprano, pero siempre me decía mirándome a los ojos, que daba igual lo que yo recordara u olvidara, pues tarde o temprano nos encontraríamos de nuevo en otro lugar. Y así pasamos algunas tardes, oteando el horizonte y tratando de atravesar sin éxito las líneas invisibles del ozono. No estaba claro que cualquier día de aquellos lo consiguiéramos, pero estaba claro que él no perdía la esperanza en ningún momento. Cuando la tarde se hacía fuerte, me dejaba en aquella vieja terraza antes de desaparecer hacia el atardecido sol y otras simplemente me quedaba dormido entre sus interminables diálogos, despertándome como un sonámbulo en mitad de la noche, amparado por el cobijo de banco y la fría luz de un semáforo. Nunca mi familia llegó a conocerle, pues estaba claro que nunca creerían mis historias. Unido a Kevin había una infinitud de detalles inconcebibles para el alma humana. A nadie podía narrarle los destellos de las luces de Ymán, los desérticos páramos de Joclaskam donde más de una vez nos quedamos atascados y Kevin tuvo que improvisar con sus limitados conocimientos de mecánico. Y poco habría que decir de los pastos de Klao y las innumerables manadas de gatos voladores que tanteaban los vientos dejando nubes tricolores que aportaban paz y tranquilidad a los pueblos celestes de Söm. Era, en definitiva, un mundo ajeno, inconexo y ajeno a mi desarrollo como estudiante universitario.

Pero llegó el día en que Kevin me contradijo por primera vez. Ambos mundos no estaban tan separados como yo creí y aunque no me lo quiso explicar, yo así lo entendí. Nuestro último viaje fue corto y no era porque las tinieblas se acercaban a nuestro mundo sino más bien porque Kevin tenía en su interior un gran enfado que no podía exteriorizar. Algo había ocurrido. Desviando nuestra habitual trayectoria así me lo pudo comunicar. Había llegado el momento de separarnos, pues por motivos que ya no podía explicarme, se le había prohibido visitar nuestro mundo. Parecía triste y enojado a la vez, pero creo que en el fondo había una desesperación incurable que había sido arrastrada desde nuestra primera conversación. Traté de advertirle sobre el futuro, sobre la tormenta que se avecinaba, pero él me interrumpió. Esa era la señal que había estado esperando desde nuestro primer encuentro. A través de su caos, quizá podía dar el salto y traspasar de una vez el ozono que tanto le había atemorizado. Antes de dejarme sobre la terraza de mi hogar, descubrí sus ojos tristes desviando la atención hacia las nubes, tratando de evadir la tristeza recíproca de nuestro adiós. Su nave emergió temblorosa, acorralada por el exceso de carburante y las manos trémulas que dirigían la nave. Y así terminó todo, el año transcurrió y ya nunca volví a ver a Kevin. Escuché rumores de su muerte en la Ayoras aunque otros opinaron que Kevin perdió su vida defendiendo las murallas de Kosladar. Yo nunca lo creí, pues sólo tras finalizar los estudios entendí por qué la vida que él me mostraba estaba tan cercana a la mía. Hoy, estoy en aquella terraza donde hace un año perdí la esperanza. No puedo decir si la encontré o la dejé atrás, junto con los recuerdos de los días felices, pero sólo sé que miro el horizonte y me imagino el IAK, se que allí está Kevin esperándome como siempre para un nuevo viaje.

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