La Ilusión

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marc audette
Marc Audette

En medio de la intensa luz de los artificios y la polvorienta bruma de aquel estanco lugar, el mago hizo especial hincapié en unos gestos que el público no parecía advertir. Con hábil maestría, contraía sus dedos y sus manos en posiciones articuladamente complejas que rozaban la imposibilidad ósea. Aquellos inhumanos, almas inalteradas que miraban la magia desde densos espacios gélidos, observaban sin pestañear. No había ni risas ni aplausos para el último truco de magia, mas el protagonista no concebía en lo más mínimo la pasividad de aquel extraño público. Absorto, contemplaba la última posibilidad, un símbolo de renovación que le iba a permitir salir del infierno en el cual se encontraba. Sin acto de remordimiento, hizo un fingido gesto con su mirada, la cual no dejaba aventurar ninguna de las emociones conocidas. Mas bien, el sudor de su frente mostraba la inquietud de enfrentarse con el único poder que parecía temer, el de la ilusión. Unos hombres entraron acompañando a una mujer menuda vestida con un peto vaquero. Parecía salir del público o así lo advertía su indumentaria. No obstante, sus labios brillaban con una química sobresaliente, tratando de captar la atención de los menos precavidos. No obstante, era un detalle capciosamente olvidado, pues el éxito de su misión no dependía de ningún tipo de distracción.

Así pues, la mujer, después de dar vueltas sobre sí misma y captar la atención del público se metió en medio de una caja negra que otros dos hombres habían traído. Ésta estaba sujeta sobre una estructura móvil llena de barras de acero y seis ruedas doradas. Con preparada ritualidad, se fue colocando en su interior hasta dejar sólo visible su largo cabello. Unas pequeñas hendiduras disimuladas por la opaca luz de la cubierta revelaron inmediatamente cuales eran las intenciones del mago. Cuando la mujer estuvo totalmente oscurecida por su interior, los extraños hombres emergidos de la nada, cubrieron el cuadrangular sepulcro opaco con una tela de terciopelo que nada más palpar el aire, reveló tener unos relieves luminiscentes en los cuales podían verse representadas las principales constelaciones de la vía láctea. Ésta cayó sobre el aprisionado cuerpo desconocido y engulló con su genio el resto del cabello que sobresalía rebelde por uno de los laterales de la caja. El mago, viendo el firmamento en cada uno de los singulares pliegues de aquella superficie animada, sacó de debajo de la caja un juego de espadas, todas ellas de plata y cada una de éstas, más brillante que las demás. Los otros dos hombres dejaron al mago en su escenario y quedaron oscurecidos por la última luz del umbral.

Entonces, tras una larga concentración, el mago cogió cada una de aquellos filos de fina plata y atravesó con ellos la caja. Cada una de las espadas, dispuesta de una manera especial, era coincidente con cada una de las grandes estrellas maestras. Ocho en total, recíprocamente unidas a través del cuerpo material que los había unido, conformando unos ángulos que sólo un estudioso de la materia podía comprender. Sin embargo, cuando la tercera de las espadas, fue introducida en uno de los laterales, un ruido desquebrajador emergió de la caja, como si cada uno de sus poros suspirase incapaz de aceptar el dolor que le era dado y así ocurrió con el resto hasta que todas ellas quedaron ensartadas en su nueva vaina. El mago, al ver aquellas gotas de sangre manchando el suelo, quedó desconcertado y tratando de recobrar la compostura, sacó con delicadeza las espadas. Todas estaban manchadas, mancilladas con la sangre de los inocentes. El público no realizó ningún gesto de protesta, sólo contemplaban aquel mundo desde su fría barrera emocional. El mago, recolocando con delicadeza cada uno de los mortíferos filos, los dejó caer sobre el suelo haciendo estallar unos sonidos metálicos que no parecían estar premeditados. Las espadas rebosaban maldad y el mago así lo pudo comprobar, pues ya no eran plateadas, sino negras como el plomo. Cada una de ellas pesaba más que la anterior y la última de todas, la primera en ser clavada, fue la que más le costó sostener entre sus temblorosas manos. Cuando la cruel prisión quedó libre de sus verdugos, el mago trató de concentrarse una última vez. Para ello cerró bien los ojos y tanteó las múltiples posibilidades en su cabeza. Se masajeaba una y otra vez el ceño, como si aquello le ayudara en su búsqueda interior. Así pues, respiró fuertemente y tiró fuerte de la tela.

Su mundo se desmoronó. Allí no había ni rastro de caja, sangre o carne mancillada. Sólo polvo y unos huesos. Un cráneo desgastado por el tiempo y unos huesos hábilmente ordenados siguiendo la estelada crucifixión a la que habían sido expuestos. Después de su castigo, la cruel devastación del cuerpo y la disolución de su unidad, el mago pudo comprobar que aquellos restos evidentemente le habían pertenecido. Eran los suyos. En su cabeza sonaron los aplausos mientras que una pequeña lágrima empezó a avanzar temblorosa sobre su mejilla. El mago miraba atónito a su alrededor, sonreía como nunca lo había hecho en vida. Todo era oscuridad, frío y silencio. El público había desaparecido, los dos hombres habían vuelto a sus sombras y aquel vestigio interior de su alma había muerto para siempre. El truco final había sido un éxito, ahora sólo quedaba permanecer en el más frío silencio.

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