Como dos gotas

Publicado por
Chieska
Chieska

Todavía era muy temprano cuando el timbre sonó por tercera vez. Era el segundo hermano de Borja, el padre de familia; habían pasado a saludar antes de coger el coche y salir a cenar a casa de los padres de Consuelo, su mujer. Pasaron rápidamente al salón y allí los dos hermanos empezaron a conversar mientras la madre le enseñaba los niños a la abuela. Mientras tanto, el abuelo permanecía en su sillón, mirando la tele absorbido por los veloces cambios de cámara y los altos contrastes cromáticos del gran monitor; no parecía muy hábil para cambiar de canal y del mando a distancia parecía conocer sólo el botón de apago y encendido. No obstante, a la mínima que se descuidaban, parecía encontrar la manera de poner canales como mujeres, hombres y viceversa. No parecía muy consciente de que uno de sus hijos había venido; la enfermedad le había recluido en el sillón y ya sólo la abuela hacía el esfuerzo de recordarle la vida que iba dejando atrás. No obstante, no se quedaron mucho tiempo ya que, en plena Navidad, la noche se avecinaba muy temprana. Al poco rato el timbre volvió a introducir un nuevo reencuentro. Esta vez eran Miguel y Trinidad, primos lejanos de Borja que ya tenían una edad avanzada pero que siempre pasaban por el barrio por esas fechas para visitar a la familia. Uno de ellos Trinidad, apenas guardaba alguna relación sanguínea con la familia, pero el hecho de ser amiga íntima de Teresa, había hecho que tanto sus hijos como los de ella, fuesen considerados primos. Al poco rato se escucharon unos ruidos tremendos en segundo piso. Borja no pareció muy sorprendido por los golpes y prefirió disimular adelantando la despedida de los invitados, que miraban con reojo aquel lejano alboroto. La madre, Alba, mostró una mueca de preocupación. Estaba claro que aquellos ruidos procedían de la habitación de Enrique, el hijo que trataban de esconder al mundo. Nunca habían podido comprender la naturaleza que le guiaba a comportarse de aquella manera tan especial. Había pasado por varios especialistas, incluyendo neurólogos y psiquiatras de gran renombre, pero todos habían llegado a la conclusión de que simplemente se había vuelto rarito. Desde hacía un par de meses, permanecía oculto en su habitación, viajando a través de internet mientras emitía carcajadas y sonidos guturales. Sólo comía snacks y bebidas carbonatadas y aunque permanecía la mayor parte del día dormido, salía por la noche y correteaba por los pasillos, haciendo sus necesidades allá donde se le antojase, dejando materiales difíciles de reconocer por su horrible textura y viscosidad.

Borja y Alba habían hablado de aquello durante los últimos días. Esperarían a navidad y tratarían de ingresar a su hijo en un centro. En verdad temían por su futuro y que alguna vez se escapara de casa o le pasase algo en la calle, pero el peligro de la mácula social era evidente; en el fondo se avergonzaban de él y temían que los vecinos empezaran a acercarse a la verdad con los chismorreos que empezaban a deambular por todo el barrio. Dani, el hijo pequeño parecía no ser consciente de nada, los padres le habían ocultado la verdad y para él, simplemente su hermano se encontraba enfermo, aquejado de una enfermedad contagiosa. Por eso esa noche no la iba a pasar en casa, sino con sus primos de Teruel. Sin embargo, la hermana mayor, Lucía, era conocedora de los problemas. No paraba de repetirles a sus padres que se llevaran a aquel monstruo de allí, que en el instituto sus compañeros de clase empezaban a hacer elucubraciones sobre la ausencia de su hermano. Además, desde hacía semanas tenía un novio nuevo y decía que no podía traerlo a casa por culpa de lo rara que era su familia. La tensión entre ambos se había vuelto evidente, porque más de una vez Lucía había rociado la habitación de su hermano con insecticida y éste se había defendido sacando los dientes y emitiendo gruñidos propios de un animal salvaje. Después de que ambos se enzarzaran en una pelea, los padres decidieron cambiar el cerrojo de su habitación. Había sido ella quien había empezado y además ésta le había llegado a golpear con la escoba provocándole heridas crueles. Sin embargo, los padres temieron que él respondiera algún día agresivamente y fuera capaz de hacerles daño a algunos de los presentes. Por eso, aquel día, Enrique permanecía encerrado en su habitación. Esa misma tarde venía Luis, el novio de Lucía y no querían que él interrumpiera montando uno de sus múltiples espectáculos. Una vez llegó a defecarse de pie ante la presencia de unos primos lejanos, y todo ello mientras hablaba en un inglés inventado. Era evidente que aquello no podía volver a pasar, más aún delante de un desconocido.

Cuando llegó Luis, la madre aprovechó para sacar un viejo álbum de la familia. El padre le estrujó la mano y ambos empezaron un diálogo que pronto se volvió interrogatorio. Borja vio en sus ojos que aquel chico ocultaba algo aunque no pudo llegar a percibir qué era. Estaba claro que las relaciones a aquella edad eran efímeras y superficiales, pero decidió no entremeterse en las decisiones de su hija lo más mínimo. Además no parecía gran cosa y seguramente sería Lucía la que se cansaría de él a los dos días. Después de su primer visto bueno, todos se sentaron en la mesa para tomar una especie de brunch tardío con vermut y polvorones. Durante los primeros minutos, los brindis y las carcajadas ensombrecieron el silencio fingido de aquel hogar, pero cuando los chistes y las gracias cesaron, la incomodidad empezó a ser palpable en el ambiente. La madre, excusándose, marchó hacia las escaleras y trató de escudriñar la habitación oculta. No era normal disfrutar de aquel silencio y ante el temor de que su hijo tramase algo, ella decidió entrar en la habitación y poner fin a la incógnita. Sin embargo, lo que vio allí le produjo un grito desgarrador que contagió el pánico en los demás inquilinos. La habitación parecía una leonera y sobre uno de los rincones del techo, por encima de una montaña de desperdicios y basura, había una gran crisálida marrón, abierta y hueca, como si de ella hubiese emergido una ninfa del mismísimo infierno. Aquello iba a acabar con toda su familia. Sin embargo, no le dio tiempo a decir nada salvo emitir unos últimos gritos conscientes. Algo salió disparado desde otro rincón oscurecido del techo y la tumbó directamente contra el parquet, momento en el que perdió la consciencia. La familia estaba allí reunida, ojiplática, pues tanto Lucía como su padre parecían saber a qué se debía el grito, pero se quedaron allí de pie, delante de la abuela y del extrañado invitado, tratando de disimular un peligro ya desenmascarado. Y la revelación de aquel secreto fue rápida, pues unos ruidos tempranos alertaron a la familia de que sus insanos lodos se hacían explícitos.

Enrique no tardó en aparecer deslizándose por el pasillo, cubierto con una densa capa de babas y espumarajos viscosos, medio traslúcidos y llenos de estrías viscerales. Se movía como un gusano, moviéndose a través de golpes realizados desde las extremidades inferiores, las cuales parecían haberse compactado en una única cola de gusano, repleta de fístulas y bulbos supurantes de pus. Su rostro, animalizado, transformado en una máscara desde la cual debía encontrarse otro ser, se había deteriorado por la transformación, pero sin embargo mostraba una lengua larga y vigorosa, que realizaba potentes aleteos siseantes mientras pronunciaba el nombre de su invitado. Mientras todos los allí presentes se quedaron de pie, inmortalizados por un susto que no parecía tener fin, los ojos de Luis se quedaron en blanco. Pronto su boca se abrió de una manera antinatural y empezó a vocalizar palabras extrañas, llenas de gorjeos y silbidos de horripilante naturaleza. Ambos caminaron hasta encontrarse frente a frente y entonces el cuerpo de Enrique se deslizó hasta encontrarse con los morros de su amado, produciéndose entonces un beso visceral y primitivo, repleto de salivaciones y golpeteos linguales que erizaron los vellos de todos los allí presentes. Entonces ambos cayeron al suelo y entonaron un remolino de viscosa y encarnada sensualidad. El abuelo apagó inmediatamente el televisor y se marchó apoyado en su pequeño bastón mientras no paraba de gritar «todos locos, todos locos, yo me marcho de aquí».

Aquella muestra de irremediable pasión instintiva y animal hubiese perdurado hacia el infinito si no fuera porque los espectadores terminaron respondiendo. Mientras la abuela cayó desmayada por la visión de aquella denotada demostración de descaro, Lucía empezó a gritarle al padre: «papá, mátalos, mátalos». Y mientras, el padre corrió hacia el armario de la entrada, donde guardaba desde hacía unos días una escopeta de cartuchos cargada para los imprevistos. Aquellos dos seres, amantes licuados por el frenesí, empezaron a moverse aterrorizados ante la idea de perder la vida. Como bichos se deslizaron por el suelo, uno reptando como un gusano encolerizado y el otro, animado por una extraña naturaleza escondida. Y así era. Luis, desprovisto de ropa, correteaba por el pasillo hacia la puerta animado por toda una serie de patas crustáceas que habían emergido de la parte posterior de su cuerpo. Así pues, yendo de espaldas, mostrando sus genitales inflamados y un rostro inanimado, corrió con una velocidad insuperable, como si miles de hormigas se lo llevaran hacia el jardín principal. El padre golpeó con el fuego de su escopeta pero sus dos tiros cayeron en saco roto. Mientras cargaba los cartuchos se escuchaban los gritos de Lucía: «mátalo, papa, mátalo, que me roba el novio».

Pero fue demasiado tarde, ambos se deslizaron escurridizos sobre los matorrales oscurecidos del jardín y corrieron hacia el mundo silvestre, más allá de la urbanización y del bosque, esperando encontrar cobijo a su amor prohibido. Nunca pudieron esclarecer exactamente la relación que ambos mantenían pues la naturaleza de su contacto trascendía la superficialidad de las relaciones humanas. Lucía seguía colérica, intentando comprender si había sido su hermano quien había corrompido a Luis o si por el contrario éste sólo había despertado una naturaleza oculta y latente en su interior. No obstante, a pesar de tener que dar cientos de explicaciones a los vecinos y a la policía sobre los disparos, quedaron como sospechosos de la desaparición tanto de Luis como la de Enrique. Tanto Borja como la madre quedaron en libertad sin cargos, pero la sombra se cernió sobre su familia, alcanzando una magnitud mayor que la habría sido provocada por el internamiento público de su hijo. Lucía seguía a veces con la escopeta, tratando de limpiar su presunto honor con el fuego, pero aunque pasaron los años nunca volvieron a verse. Lejos de allí y quizá en un nicho ajeno a la naturaleza terrestre, ambos seres correteaban enajenados, desprovistos de la naturaleza que años atrás había impedido desvelar su verdadera identidad, pero nadie sabía si felices o libres, porque aquellos términos les eran en verdad inaprensibles.

2 comentarios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .