El Psicólogo Escolar

Publicado por
Robert Parke-Harrison
Robert Parke-Harrison

Fernando miró la agenda con desánimo, tenía una última cita antes del almuerzo y su encolerizada tez de hombre quemado por la vida indicaba que no tenía el más mínimo interés en realizar el más nimio esfuerzo. Antes de ajustarse la corbata y limpiar la mesa de papeles desordenados, miró con admiración la estantería que estaba montando desde hacía un par de años. Una veintena de libros sacados de la carrera, dos manuales de las oposiciones y un libro de autoayuda comprado por internet, el único material que había leído tras cuatro años de trabajo. Si ante cualquier profesional cualificado, aquella ridícula estantería representaba el ejemplo paradigmático de la desprofesionalización de la psicología en nuestro país, ante la mirada atenta de un profesor de sociales, aquel trofeo irrisorio se convertía en la biblioteca de Asurbanipal. Eran como libros de magia, supuestos códices indescifrables que debían tratar sobre hipnosis, telepatía y control mental. Y Fernando así mismo también lo creía, pues, aunque no los había leído del todo, pensaba que su mente había adquirido poderes extraños. Y así era.

En medio de tanta ensoñación entró Amaia, una estudiante de unos dieciséis años. Entró temblorosa. Los psicólogos le daban miedo, pensaba que cualquier movimiento que realizara o cualquier cosa que dijera, iba a ser interpretada para mal. Temía que le sacaran algún defecto del carácter o que incluso averiguaran con una simple mirada pensamientos improcedentes para su corta edad. Por razones de edad y curso, iba a escoger pronto el bachillerato. Los chicos habían realizado algunos test en grupos construidos por verdaderos máquinas de la ingeniería mental. Contestaban a preguntas básicas relacionadas con el ambiente de trabajo, el tipo de habilidades que supuestamente manejaban y dicotomías artificiales relacionadas con la libertad, la movilidad laboral o la interacción con objetos y personas. Todo ello construido con una nula validez a largo plazo y un escalamiento de dudosa calidad científica. El test de Amaia había salido con una dispersión muy acusada y el mismo resultado podía entreverse en las pruebas vocacionales. Estaba claro que Amaia desconocía por completo el tipo de estudios y espacios laborales que la sociedad podía ofrecerle, algo tan simple al entender que nadie le había hablado nunca de ello y no tenía referentes cercanos con estudios; pero también era cierto que su ágil inteligencia y su férrea disciplina en todas las materias de estudio eran un claro indicador de que ella podía estudiar cualquier cosa que se le propusiese, sólo tenía que establecer una jerarquía de preferencias y realizar algunas tomas de decisiones. No obstante, no era así para Fernando y pronto empezó con su juego habitual.
– Pues Amaia, cómo te iba diciendo, está claro que no tienes muy claro qué quieres ser de mayor, te interesas un poco por muchos temas, pero no hay un tema en el que destaques más –y diciéndole esto le enseñó una tabla con gráficas que Amaia no entendía.
– Pues… no entiendo. A mí me gustan muchas cosas.
– Pues el test no dice eso, si no más bien todo lo contrario.
– Es que no sé. Me gustaría estudiar algo, pero luego pienso que, si estudio bachiller de tecnología y luego no puedo entrar en la carrera, perderé el tiempo y no podré entrar en otra.
– ¿Y en qué carrera estabas pensando?
– En informática. Me gusta mucho, pero no sé, dentro de lo de ciencias puras es lo único que creo que me gusta.
– Informática es muy difícil. Y a parte que es más para hombres, la gente se cree que es jugar a videojuegos, pero no es así. Hay que saber mucho de matemáticas y en tu caso creo que los tiros no van por ahí.
– ¡Pero si he sacado un ocho en el último examen! –dijo airadamente–. Además, me gustó mucho el tema de trigonometría.
– Puede ser, no tengo tus notas, pero las matemáticas de la universidad no son tan fáciles como las del instituto. Además, hay que programar, ¿tú sabes programar?
– No…
– ¿Ves?
– Ya –dijo arqueando los hombros y reclinando la cabeza–. Pero no sé, todo se aprende.
– Informática no es jugar a los Sims. Además, tú te crees que informática es trabajar en casa con el ordenador, pero no es así. Igual tienes que trabajar para una pizzería y hacerles un programa informático de tal manera que cuando la gente llame los teléfonos se queden registrados y el operador pueda guardar en ellos el nombre, la dirección y los pedidos. ¿Tú sabrías hacer eso?
– No.

Y Amaia se encogió todavía más de hombros. Su cara empezó a mostrarse muy amarga. El psicólogo sonrió para sus adentros. Dentro de su boca, una lengua viperina se movía con renovado poder. Pero entonces Amaia intentó buscar alternativas.

– Pero no sé, si hago ciencias de la salud, tendré más alternativas.
– ¿Sí?
– Sí, me gusta la veterinaria, pero si no puedo, también me gustaría entrar en biología.
– ¿Y veterinaria por qué?
– Porque me gustan los animales.
– Ya, pero una cosa es que te gusten los animales y otra trabajar de veterinario. ¿Tú podrías abrir en canal a un gato para operarlo?
– Sí, también me gusta la medicina, pero en esa carrera no creo que pueda entrar.
– Sí, además en medicina la nota de corte está altísima. Bueno, es posible que puedas operar a un animal, pero una cosa es que seas capaz de operar una vez al mes y otra es el entorno laboral que vas a ver todos los días. Igual tienes suerte y trabajas para granjas de vacas o caballos. Pero luego no todo está en hacer pruebas o curar heridas, igual te pasas la vida con un guante hasta el codo sacando las heces de un caballo estreñido o enfermo. ¿Serías capaz de trabajar rodeada de excrementos?
– Creo que no.

En esto, Amaia emitió una fingida sonrisa, pero al ver la cara de seriedad del psicólogo, pronto su fracasado intento de reconciliación quedó transformado en una mueca de profunda tristeza.

– Pues no sé. Igual estudio biología. Además, con la nota seguro que me llegaría.
– Bueno, puede que sí, pero, aunque tengas las notas altas este curso, en bachiller seguramente bajen un poco.
– Pero para biología no piden mucho.
– Bueno, la cuestión es que te guste. Pero en biología ya estamos hablando de ciencias puras. Eso no son las células y los libros de anatomía, eso es laboratorio y sobre todo mucha química.
– ¿Química?
– Sí, química. ¿A ti te gusta la química?
– No mucho.
– Entiendo –y Fernando sonrió disimuladamente al ver que Amaia evitaba la mirada.
Entonces ella miró hacia el suelo y vio los zapatos negros de Fernando. En aquellos momentos incluso no entendía como podía sacar tan buenas notas si no tenía realmente futuro. Pensaba en lo que le dijo su madre y su padre al ver las notas del segundo trimestre. Todo era mentira. Estaba claro que ella sacaba notas altas porque estudiaba mucho, no porque fuera inteligente. Y todo el mundo se iba a dar cuenta tarde o temprano de lo tonta que era.
– Pero escucha Amaia, yo no estoy aquí para decirte que tienes qué hacer, sino para garantizar que escojas la mejor opción para tu futuro.
– Entiendo.
– Pero no tienes por qué estudiar una carrera.
– Ya.
– A parte de los ciclos formativos, hay un montón de cursos de formación, pero lo más importante en esta vida es la experiencia. Lo importante es conocer los límites de uno mismo. Cuando uno conoce sus límites y de qué no es capaz de hacer, vive más feliz. No todo el mundo está hecho para estudiar.
– Ya. Entiendo –anunció con voz débil–. Creo que debería pensármelo más.
– ¿Ves? Eso es una muestra de madurez.

Amaia quiso seguir hablando, pero sus gestos nerviosos alertaron a Fernando de que estaba a punto de derrumbarse. Él, sintiendo su inminente victoria, le dijo que no pasaba nada, que lo hablara con sus padres y que ya antes del verano tomarían la decisión correcta. Acto seguido la invitó a salir del despacho. Amaia cruzó los pasillos intentando evitar la mirada de algunos profesores y se encerró en los lavabos para llorar amargamente tapándose la boca para que nadie pudiera escucharla. Mientras, Fernando había sacado un emparedado de atún y lo comía gloriosamente mientras admiraba su ridícula estantería de libros. Aquel lugar era uno de los pocos del mundo en el que Fernando podía sentirse superior a los demás.

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