Ficus Dentata

Publicado por
Michalina Woźniak
Michalina Woźniak

Cuando Ernesto aceptó aquella invitación, nunca hubiera pensado que las cosas pudieran torcerse de aquella manera. Era el último día de octubre de 2002. Aunque en España todavía perduraba con fuerza la tradición religiosa, eran muchos los jóvenes, especialmente de ciudad, que aprovechaban aquella semana para organizar fiestas y bailes de disfraces. En algunas zonas puntuales del barrio podían verse algunos adolescentes disfrazados con los típicos trajes de monstruos, zombies o calaveras. También los había de Drácula y de la criatura mal conocida como Frankenstein. No obstante, por motivos desconcertantes, los motivos principales de las vestimentas pronto se reorientaron hacia otro contexto. En medio de aquella supuesta escenificación de ultratumba, las enfermeras, las catwoman y las mujeres policía empezaron a destacar entre aquella maraña de seres desdichados. Para muchos jóvenes famélicos, aquejados de un calenturiento deseo, las fiestas se convirtieron en un reclamo, en una oportunidad más para hacer el ridículo frente al sexo opuesto.

La fiesta principal era en piso del primo de Cristian. Era un tercer piso muy amplio y acogedor. Su casa contaba con un amplio comedor repleto de gente y con varios cuartos de baño que parecían estar siempre ocupados. El motivo de que hubiera tanta gente es que justo otros dos vecinos estaban también realizando una fiesta y al estar la puerta abierta, había un amplio flujo de gente desconocida. Ernesto había ido en compañía de Miguel. Sin embargo, había tanta gente que no podía ver siquiera a ninguno de los amigos del instituto. Su amigo le dijo algo de que iba a buscar a Cristian, para ver si podía presentarle a su primo, pero debido al volumen de la música no entendió si él debía quedarse ahí o acompañarlo. Ernesto simplemente se quedó allí de pie, cerca de la puerta, contemplando todo aquel salón lleno de disfraces andantes. Sonaba una canción de hip hop muy molesta y el espectáculo se tornaba más ridículo cuando veía a cuatro de sus compañeros de clase hacer el robot. Quería por lo menos acercarse allí y disimular, o bien quedarse de pie en un rincón esperando a sus amigos, pero se quedó paralizado. Los nervios pronto empezaron a apoderarse de su cuerpo y tuvo que quitarse la máscara de Freddy Krueger para poder respirar. Al llevar las lentes en su bolsillo derecho, no podía ver bien el panorama, pero la incesante presión de su vejiga, tarde o temprano, le obligaron a buscar el baño. El pasillo estaba lleno de gente, algunos de pie hablando y otros haciendo cola para expulsar el alcohol que llevaban. Así pues, decidió cruzar la última puerta y entrar en la habitación con un cartel de prohibición. Debía ser el dormitorio principal de los señores de la casa, pero efectivamente tenía un baño propio. No se lo pensó dos veces y decidió utilizarlo. Pensó que, al ser amigo de Cristian, a su primo no le debía importar.

Después de terminar. Ernesto salió aliviado, aunque todavía con una sensación de adrenalina en sus extremidades. A su nerviosismo inicial se le había añadido una sensación de inquietud. Estando allí de pie, en la oscuridad, escuchó un extraño chasquido que procedía del gran armario negro. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no había ningún sonido más a excepción de su entrecortada respiración. Había una gran ventana abierta pero no podía ver ningún rastro de luz fuera más que el resplandor de una farola que no debía estar muy cercana. La puerta del armario se abrió lentamente, provocando un sonido estridente que le puso los pelos de punta. Rápidamente, su mandíbula se puso muy tensa y su rostro se transformó en una máscara de inexpresividad absoluta. Una mano apareció en medio de aquella oscuridad, pero el miedo desapareció cuando una voz femenina se hizo notar con una silueta que la delataba como participante de una improvisada maniobra de sorpresa.

—¿Te he asustado? —dijo ella con un acento jocoso—. Lo siento, ¿estás solo?

Ernesto quiso hablar, pero sólo balbuceó un par de palabras sin mucho sentido. Ella notó rápidamente su timidez y se acercó haciendo resonar los cascabeles que pendían de su larga melena. A simple vista parecía algo mayor que él, pero su disfraz, ajeno a toda moda televisiva, le pareció fabuloso. Sus ojos brillaban en la oscuridad de una manera antinatural, pero él pensó que ella debía tener puestas unas lentillas. Finalmente, consiguió tranquilizarse un poco y le dijo que estaba aquí con sus amigos. Ella se acercó lentamente a la puerta, pero en vez de abrirla, cerró el pestillo. Él quedó enmudecido ante la incertidumbre, pero acto seguido se acercó a la cama y abrió una de las lámparas de la mesita. Él sólo pudo quedarse de pie, paralizado por su extraña presencia. Efectivamente, era una mujer adulta, de poco más de treinta años. Su rostro tenía una belleza singular y su traje, terminado a modo de falta oriental, sólo acentuaba la naturaleza exótica de su mirada. Sus ojos parecían de color miel y su extraña melena, terminaba en una multitud de rastas y complementos hábilmente dispuestos. Ella se acercó lentamente hasta ponerse a su altura y le dijo:

—¿Alguna vez lo has visto? —y mientras pronunciaba aquellas palabras, se humedeció los labios con la lengua.

Pero él no supo qué contestar. Sólo balbuceó un «¿qué?». Pero ella se señaló al borde superior de la cintura y tanteó con la mano hacia el interior de la prenda.

—¿Quieres verlo? —dijo con un tono muy suave y seductor.

Él sólo asintió y ella le agarró su mano. La puso sobre su cintura y la llevó hacia las partes más íntimas. El sudor empezaba a caer por su frente y la sensación de irrealidad se adueñó de él. No comprendía exactamente qué estaba pasando y si todo aquello era fruto de un delirio. Simplemente se dejó llevar; entonces sintió una extraña sensación. Algo rodeó su mano. Algo áspero y viscoso como un pulpo. Quemaba. Entonces retiró la mano como si algo le hubiera mordido. Tenía sangre en los dedos. Nervioso y echándose hacia atrás balbuceó en señal de protesta.

—¿Qué es eso? —y mientras lo decía miró de reojo la puerta.
—¿Eso?, ¡es mi novio! —dijo riendo—. Pero no te preocupes, que no es celoso.

Y en ese justo instante el rugido de un león salió de su entrepierna y la falda se movió animada como si algo emergiera de sus entrañas. Ernesto intentó correr hacia la puerta, pero ella dio un salto tan rápido que apenas pudo evitar la patada en su estómago. Éste se desplomó al suelo, justo al lado de la puerta. Miraba a su alrededor buscando algo con lo que defenderse, pero el mundo a su alrededor se le mostraba borroso, irreal. Sólo vio acercarse a aquella mujer. Él sólo gritaba auxilio e imploraba por su vida, pero ella no hizo caso omiso de sus súplicas, más bien al contrario, parecía disfrutar de su expresiva desesperación. Ella, sonriendo en todo momento, se puso en frente de él y empezó a subirse la falda. Entonces dijo «tiene hambre, ¿lo ves?». Y entonces lo que vio le hizo perder la conciencia. Sólo pudo atinar a contemplar, debido a su visión borrosa, un rostro diabólico en medio de una poblada oscuridad. De su misterio emergía una boca armada con cientos de dientes y dos ojos que le miraban furiosos en medio de unos arrítmicos movimientos viscerales. Había una lengua que emergía, trémula y amarillenta, siendo ésta la cosa que le había quemado con el mero contacto. Se movió y luchó, tratando de evitar sus golpes, pero no tardó en sucumbir ante su fuerza, la cual era notablemente superior. Ella rodeó su cintura con sus piernas y montó encima del inconsciente cuerpo del chico aprisionándolo con todo su ser.

Cuando lo encontraron, el cuerpo del adolescente estaba en el cuarto de baño, justo al lado de la bañera. Tenía varias contusiones en los brazos, el cuello y le habían cercenado los genitales completamente a través de un arma que el forense no pudo determinar, ya que parecían los mordiscos de una bestia. Lo más extraño, sin embargo, fue la pérdida de sangre y la pulcritud de la escena daba a entender que la agresión se había producido en otro lugar. Sin embargo, el chico sobrevivió al ataque y murió de camino al hospital. Las chicas que lo encontraron en el suelo dijeron que entraron en la habitación tras escuchar el fuerte rugido de un león. Desde entonces, en cada festividad donde abundan los disfraces, aquella extraña diablesa o lamia se aparece en las fiestas y se cobra una nueva víctima.

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