La Lengua Azul de los Númulos

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Nazar Bilyk
Nazar Bilyk

Todavía hoy, años después de mi último viaje, mi mente se muestra confundida cuando trato de comunicarme con la lengua escrita. Es el tiempo una de las principales trabas que encuentro al comunicarme con los demás, pero también el significado mismo de las palabras y el sujeto desde el cual trato de hablar, pues, a decir verdad, ya no sé quién es exactamente la persona desde la cual hablo, pues si antes intuía un yo claro que organizada los distintos predicados de la realidad, ahora siento estancias significativamente individuales y relativamente cohesionadas a través de un alma cuyos límites traspasan la propia individualidad. Todo esto me ocurrió después de pasar noches enteras con los Númulos, bien con observaciones silenciosas o con diálogos interminables que duraron semanas, interrumpidos por los extraños fenómenos atmosféricos y por la vigilia. Por aquel entonces yo trabajaba para una empresa secreta que a su vez dependía del Vaticano. Mi superior, un sacerdote experto en astronomía, geología y otras ciencias, había formado un pequeño grupo de expertos relacionados con la naturaleza humana. Las razones permanecieron en secreto durante los meses que duraron las pruebas, pero afortunadamente yo fui escogido junto con un nutrido grupo de geógrafos, físicos, antropólogos, lingüistas y botánicos. Mi campo era la etnología, con una especialización bastante acusada en el mundo de la etnografía. La última prueba era aceptar un total compromiso con la empresa, incluyendo el secretismo absoluto. El salario era vitalicio e incluía la exclusividad laboral. No obstante, su seguro se hacía cargo de cualquier percance, enfermedad o lesión que tuviéramos fuera del trabajo, así que acepté sin dudar, más todavía viendo el panorama en el cuál se encontraba el mercado.

Todo empezó con el descubrimiento de otra realidad, accesible sólo a través del sueño profundo. Haciendo uso de unos espejos hábilmente situados y una música de fuerte vibración, los sujetos experimentales podían acceder a través de unas grutas situadas en los extraños sueños que estos materiales inducían. Una vez allí, los exploradores habían encontrado otro mundo, cubierto de cúpulas de piedra mohosa y grandes árboles amarillentos. Nunca supimos como aquellos primeros investigadores habían descubierto aquel extraño mundo, pero al parecer el Vaticano llevaba años experimentando con los viajes astrales y la capacidad del alma para moverse a través de las diferentes realidades. Los primeros informes hablaban de una puerta metálica, reluciente como una bañera de plata fundida y a través de la cual podían verse rostros insinuados que gesticulaban y desaparecían con la propia mirada del observador. Cerca de allí, habitaban unos seres de terrible aspecto, pero con una actitud sumamente pacífica. Eran los Númulos. Al principio los investigadores huían despavoridos con su presencia y despertaban horripilados en la sala experimental, pero tras largos encuentros, lograron que nos acostumbrásemos a sus insólitas miradas. Sus cuerpos eran largos, grandes y flotaban con una inaudita fragilidad. Tenían extrañas ventosas azules que caían verticales hacia el suelo, emitiendo sonidos de alta frecuencia, pero eran sus rostros lo que más me impactaba, pues éstos recorrían parte de su torso y algunas extremidades, mostrando todo un cúmulo de agujeros, ventosas y bultos desde los cuales parecían observarnos. Al principio emitían ciertos movimientos esporádicos que interpretamos como mensajes codificados, pero luego los más experimentados lingüistas descubrieron que su lenguaje era complejo y estaba conformado por una mezcla de movimientos, sonidos directos y otros inapreciables para el oído humano debido a sus altas frecuencias. La única razón por la que pudimos acceder a dichos registros sonoros fue el hecho de que las vibraciones quedaron registradas en las grabadoras dispuestas alrededor del soñante. Así pues, mientras ellos se comunicaban, al otro lado, un equipo de expertos analizaba y trabajaba con los datos obtenidos.

Al principio mi labor era permanecer allí desde la distancia, tratando de memorizar su comportamiento, pero también anotando los cambios en su conducta. Mientras, el resto del equipo hacía indagaciones sobre el extraño ambiente en el que nos encontrábamos. Aunque el lugar parecía una simple gruta mirando al cielo, tenía varios rincones escarpados sobre la roca donde los Númulos parecían habitar. No parecían dormir o al menos no ante nuestra presencia, pero se retiraban silenciosamente cuando aparecían unos extraños fenómenos atmosféricos. Algunas veces éstos parecían biológicos, pues se formaba una neblina de esporas y polen que parecía proceder del mismísimo cielo, pero otras veces aparecían ciertas brumas verdes que condensaban a su alrededor fuertes fenómenos eléctricos. Entre aquella maraña fotoeléctrica se encontraban una especie de rayos negros o fisuras sobre el aire que cuando alcanzaban el suelo, provocaban un fenómeno químico parecido a la oxidación. En tales casos, abandonábamos la misión pronunciando unas palabras mentales muy concretas que nos habían hecho memorizar o nos escondíamos a una distancia prudente, aprovechando nuestro ciclo nocturno para recabar más información. Estaba claro que el objetivo principal de nuestro viaje era averiguar qué había detrás de aquella puerta de plata y los Númulos podían saber algo al respecto. El problema residía en que no sabíamos cómo formular las preguntas adecuadas; para ello debíamos no sólo conocer su lenguaje, sino también su mente, su manera de procesar la realidad.

Así pasaron los días, o mejor dicho, nuestras noches, tratando de poder comunicarnos con ellos. Los científicos habían almacenado los suficientes datos para poder encontrar un patrón en aquel caos de sonidos. Sus conclusiones, aunque acertadas, fueron recogidas con desánimo. Aunque no lo podíamos imaginar, aquellos seres eran profundamente sentimentales y describían toda una serie de fenómenos internos que dejaban simplificados nuestra paleta de emociones humanas. Sin embargo, parecían repetir incesantemente información histórica, basada en las observaciones del medio, atendiendo más a los cambios que a los objetos contenidos. Lo que más llamó la atención es que hablaban de nuestra presencia como si ésta fuese un hecho histórico, pues no paraban de repetirla, como si nuestro contacto con ello se remontara años atrás. Las primeras conclusiones fueron que, entre cada una de nuestras visitas, para ellos podían pasar años. Pero no un tiempo entendido como simple cronología, sino años en relación a sus vivencias y generaciones. Era posible que cada vez que nos encontráramos con ellos, estuviéramos hablando con otros seres, descendientes de los primeros y que éstos nos conocieran ya por las historias que continuamente replicaban a través de sus ventosas. Los intentos, por tanto, de recrear esos sonidos y convertirlos en preguntas, quedaron truncados, porque además tampoco entendíamos su individualidad. No eran exactamente un ser, pero tampoco eran una colmena, sino un conjunto de personalidades, algunas cambiantes, otras fijas, que se encontraban dispersas entre los diferentes individuos. Si una voz empezaba entonando la descripción de una de aquellas fatales nubes eléctricas, su descripción se movía con el tiempo, cambiaba de tentáculos y a veces de individuo. Pero aún así, más allá de sus cuerpos, había algo que no encajaba dentro de nuestra comunicación y esa fue una de las razones por la que el director decidió cancelar temporalmente el proyecto.

Dentro de su comunicación, había otro lenguaje, pero éste no quedaba registrado en ninguna de las grabadoras externas; tampoco nosotros lo percibíamos al principio, pero aquello nos empezó a cambiar. Los Númulos podían expresar un concepto, quizá basado en un esquema viso-espacial o una emoción concreta, pero este nodo, conectado por hebras al resto de la conversación tenía infinitas declinaciones, facilitadas por la complejidad del sonido y sus frecuencias. En una milésima de segundo podían expresar su posición respecto a una idea, bien como objeto o sujeto, bien como posibilidad, como acto, pero también más allá de los complementos o declinaciones del lenguaje humano, como relaciones que escapaban a nuestro entendimiento. No obstante, no había en ellos ninguna señal de tiempo pasado o futuro, sólo una jerarquización de actos que podían ser expresados mientras se hablaba y que detallaban en su progreso, la propia naturaleza de los acontecimientos. Yo experimenté aquellas sensaciones tras cuatro semanas de viaje. Ya lo noté al principio, pero no fue hasta esa fecha cuando noté los cambios durante el día. Empezaba a sentir que mi lenguaje no se adaptaba a la mente, a mi propia realidad. Cuando expresaba una volición, un deseo, quería hacerlo expresar de otra manera, no era sólo yo, sino el mismo mundo que me rodeaba. Cuando quería algo me lo decía en voz alta para que lo escuchara otra persona, incluyéndome a mí, pero ese lenguaje carecía de fundamente real o eso empecé a pensar. Una volición no existía sin el conjunto de voluntades, incluyendo la mente del receptor y su entorno pasado y futuro. Éste podía comunicarse, negar o afirmar mi deseo, negociarlo, pero no podía hacerlo a la vez que yo expresaba el mío y aunque lo hiciera se trataba de dos mensajes conectados sólo en el contexto. Todo mensaje en realidad sólo emergía de una porción de mi conciencia y aunque el emisor replicara sobre mi acción, no accedía realmente al conjunto de su ser, sólo algo que no era yo pero que tampoco era la totalidad del otro. En cambio, con los Númulos, sentía que su lenguaje, aunque incomprensible, empezaba a conjugarse con mi voz interior. Era como si la comunicación de la que me hacían partícipe estuviera por encima de nuestra pretendida individualidad. Yo no quería hablarle a alguien en particular, sino al mundo mismo. Al principio no dejé ninguna constancia de estos cambios, pero luego empecé a tener problemas también al definir el origen de mis pensamientos; era como si algo de aquel mundo se hubiera desplazado hacia mí. Mi último viaje me lo pareció confirmar. Algunos notábamos como aquellos seres se acercaban más a nosotros. Para los investigadores era una señal de confianza, pero para mi no lo era. Era señal de confluencia, de comunicación real.

Durante un sueño, simplemente uno de aquellos Númulos se acercó a mí y me tocó con una de sus extremidades. Me rodeó con su extraño cuerpo y finalmente pasó a mi lado, alejándose hacia una gran altitud. Nunca había sentido el tacto de aquellos tentáculos. Provocaban un cosquilleo estremecedor en mi cuerpo, pero lo más extraño no fue el zumbido de mi cabeza, sino la vibración. Fue la primera vez que escuché sus sonidos directamente proyectados sobre mi mente. Cuando desperté no recordaba el resto. Los focos me cegaron y los científicos me llevaron a una sala llena de azulejos blancos y espejos. Allí me interrogaron con un nerviosismo palpable. Querían saber qué recordaba. Sólo les pude narrar la visión de un firmamento. Era como aquella cúpula, pero más oscura y el cielo destacaba por una tonalidad morada. Había estrellas que se movían y otras que permanecían estáticas, alterando el entorno con cambios bruscos de luminosidad. Sólo después de aquel extraño interrogatorio me contaron qué había sucedido. Sólo cuatro de los nueve investigadores habían despertado de nuestro último viaje, los demás estaban en coma y Emily, la lingüista, había entrado en parada respiratoria. El director canceló inmediatamente el proyecto y fuimos trasladados a una sede de la organización para realizar otro tipo de trabajos documentales. No todos estuvieron presentes en el nuevo edificio y aunque sólo se trataba de rumores, algunos creímos realmente que aquel último viaje había alterado nuestro cerebro, quizá produciendo alteraciones incapacitantes en algunos casos. Aunque intenté ser cauto, al final los demás fueron conscientes de la alteración de mi lenguaje. Estaba claro que me trababa al pensar y que tenía dificultades para expresar lo que sentía. Los Númulos me habían alterado y ahora, fuera de su presencia, sentía que parte de mi verdadero ser, se encontraba en otro lugar, quizá entre sus escuálidos cuerpos azules o quizá en algún lugar incierta tras aquella puerta de plata. Mi misión ahora mismo es la de volver a aquel lugar, pagando el precio que tuviera que pagar.

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