Agrippa. Las estrellas negras.

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Nona Limmen
Nona Limmen

Extraño y lejano amigo. No sé a ciencia cierta por dónde se encontrará usted durante este cercano otoño. Recuerdo, y con todo lujo de detalles, que me anunció su voluntad de perderse entre las frías estaciones del norte. No era una mala idea y si no fuera porque me vi atrapado en la culminación de mi último proyecto artístico, le hubiera acompañado siempre que la travesía no fuera extremadamente complicada. A veces me lo imagino caminando cubierto de la densa bruma, acompañado de martilleos industriales y el ruido ambiental de una cafetería vienesa, pero otras, me puede la imaginación y le veo desaparecer como una sombra por la densa estepa siberiana, navegando quizá hacia la última porción del mundo donde los pensamientos todavía se mantienen puros y en una originalidad envidiable. Sólo espero que, cuando vuelva a la capital el próximo año, coincidamos en algún momento. Me alegrará decirle que he decidido continuar con mi formación y esta vez me veo con la suficiente fortaleza para desplazarme y continuar estudiando.

No obstante, siguiendo con la incierta carta que le mandé la primera vez, querría exponerle una de mis últimas pesadillas. Se que usted es un gran admirador del pensamiento freudiano, pero creo que en este caso le interesará más el fenómeno cognitivo en el que me he visto envuelto al despertar y que me ha causado gran ansiedad y desasosiego. El sueño empezaba de una manera turbulenta; no podría decir bien qué había pasado previamente y qué personas estaban presentes, pero yo me encontraba en una casa antigua que asocio ahora mismo a una de las últimas casas en las que viví, la de mis padres. El edificio en cuestión formaba parte del patrimonio familiar. Antes de ser edificado, la casa anterior, también de la familia, fue derruida pues debía tener casi unos cien años y debía estar a punto de desmoronarse. En el sueño me veo en el comedor de la casa en la que viví. La estancia es casi idéntica y hay una gran puerta que mira hacia el pasillo central. Sin embargo, la atmósfera que en él percibo es diferente, turbia y algo oscura. Los muebles, la lámpara del salón, es como si formaran parte de la antigua casa en la que vivieron mis abuelos. Creo recordar que de pequeño aquella casa todavía estaba de pie, pero no puedo llegar a rememorar la organización de los muebles con exactitud. Lo que sí percibo es oscuridad y vejez, como si algo en aquella casa me dijera que no debía estar allí.

Entonces escuché unos gritos, pasaba algo fuera. Me asomé rápido al balcón, pero no lograba ver nada bien. Había mucha gente alrededor de la plaza y aunque intentaba asomarme a la barandilla, sólo podía acceder a un ángulo diminuto de la visión. No era consciente en el sueño de la razón por la cual yo no podía ver lo que sucedía. O bien, aquel balcón no era más que un mirador antiguo cuyas paredes eran demasiado altas o bien yo era todavía un crio y no podía ver qué ocurría. No obstante, aunque esa parte del inconsciente quería ocultarme algo, yo podía mirar al cielo y ver los edificios colindantes. Arriba, en una de las casas de la plaza, había un muchacho joven que parecía caminar por el tejado. No pude verlo bien porque de golpe algo se lo llevó a través del cielo. Fue catapultado por unas garras invisibles que lo empujaron hacia el vacío. Fuera escuchaba la gente gritando y una mujer, que falleció en verdad hace cosa de un año, estaba también en el sueño gritando y llamando a su hijo. Así escuché uno o varios golpes más y la gente gritaba escandalizada como si aquellos niños estuvieran saltando al vacío por su propia voluntad. Yo sólo pude correr hacia la puerta y tratar de subir a la terraza. Desde las escaleras podía ver la plaza y los cuerpos aplastados de aquellos niños. No lo podía entender, veía a través de la escalera cuando ésta estaba dentro del edificio y no tenía ventanas. Lo que sí recuerdo, es que no había nadie, sólo los cuerpos de los sacrificados. No había ningún cuerpo viviente que gritara ni sollozara; todo aquello formaba parte de otra realidad, o un recuerdo.

Entonces salí por la puerta de la terraza, pero lo que vi era radicalmente distinto. Ya no era de día sino de noche y había una oscuridad tal que no veía donde terminaba la terraza y dónde el vacío de la calle. Las estrellas sin luna parecían brillar y en medio de aquel firmamento vi una oscuridad que parecía observarme desde su espacio más recóndito. Vi las estrellas negras que uno sólo percibe cuando la muerte se aproxima. Eran cinco, cinco estrellas negras, con una oscuridad tan profunda que sólo ciertos estados de la mente pueden hacer consciente su presencia. Aunque no podamos distinguir dentro del color más oscuro muchas tonalidades, yo le podría asegurar, amigo mío, que aquello no era una simple oscuridad, sino una oquedad misma en el corazón del cosmos, un vacío profundo en el cual cualquier testigo descuidado podía perder el alma. Mis ojos quedaron abiertos de par en par y algo me llamaba por dentro a correr y saltar desde el tejado hacia la oscura muerte. Cuando fui consciente de mi situación por última vez dentro del sueño, vi que algo se movía en aquella oscuridad del firmamento y entonces desperté traumatizado en mi cama. No pude ver qué era, pero sí percibí un movimiento en aquellas estrellas, como si formaran parte de algo más o fueran los ojos a través de los cuales nos observa la propia pesadilla.

Sea cual fuere su interpretación, cuando me levanté esta mañana sólo pude pensar en el fuego eterno, pues no hay vida más allá del infierno. Ese es el pensamiento que realmente me preocupa y por eso quiero detallarle mi más reciente divagación. Sólo la primera vida se puede considerar pura. El resto, es sólo la concentración de todas nuestras imperfecciones, de nuestra maldición. Cuando nacemos, creemos en el cielo y en esa ilusión morimos para volver a renacer. Seguramente algunos escapan, o bien a través de una redención que desconocemos o bien descansan para siempre en el vacío de la existencia, pero siempre lo hacen en su primera vida. El resto, sólo renacemos para sufrir. Debe usted creerme cuando le digo que yo esta vida ya la he vivido. Cuando nacemos la segunda vez repetimos la misma vida, sin la posibilidad de cambiar los errores. La primera repetición es sólo una muestra del poder que nos controla, al cual he llamado destino. Durante esta segunda vida somos conscientes de la falsedad del momento, pero sin embargo no podemos cambiar nada, no podemos deshacer el mal que hemos cometido o pedir perdón. Simplemente nuestro cuerpo actúa motivado por un alma que ya no es la nuestra. Luego volvemos a nacer en la tercera vida, pero en ésta empiezan a desaparecer los momentos buenos; ya no recordamos bien incluso si ya nacimos alguna vez o cómo termina la cinta final de nuestra más preciada memoria. El destino nos hace repetir los malos actos, pero también empieza a borrarnos las cosas buenas que hemos hecho. Y no me refiero sólo a las buenas acciones, sino también a los buenos momentos. Si salimos con el primer amor en la primera vida, esta vez le diremos que no, aunque no queramos; si dimos dinero a alguien que lo necesitaba urgentemente, esta vez se lo negaremos. Y la vida continuará igual que en la vida original, pero también sufriremos las consecuencias de los nuevos cambios a peor, aunque nosotros no hayamos obrado originalmente mal. Y todo esto sucederá mientras las sensaciones positivas empiezan a desaparecer. Si bien el destino todavía no nos quitará todas las vivencias buenas la primera vez, las sensaciones que tengamos de la vida irán menguando como un eclipse de infelicidad. Si en nuestra undécima vida todavía probamos por primera vez una comida sabrosa en un restaurante, en la decimosexta, si todavía conservamos aquel acto, la sensación de satisfacción será menor. Y uno pudiera pensar que, si al final la luz va desapareciendo de nuestra vida, no echaremos en falta aquellas cosas buenas que ya no nos deleitan, y en ese sentido, esa persona estaría equivocada, pues seguimos sintiendo en esa insatisfacción creciente una necesidad o al menos una añoranza de aquello que originalmente fue, haciendo que la ignorancia se convierta en pérdida. Y si perpetuamos esa línea de catástrofes, quizá obtenemos en el fin del camino, la más pura visión del mal, aquello que yo llamo infierno.

Se que todos estos pensamientos igual le son ajenos, pero deme consejo, Agrippa, usted que es sabio. La particular visión de aquellas estrellas negras todavía me atormenta horas después de que la luz haya llegado al mundo terrenal. Creo que su visión representa algo más que un miedo visceral y tiene una singular semblanza a los malos augurios del destino. ¿Son aquellas luces negras las que nos guían a la maldad más pura, las que dan nombre al horror que nos acorrala vida tras vida o son la llegada del fin de la noche, la proximidad de la última de las vidas?, ¿Será posible que nuestra salvación sólo ocurra cuando nuestro renacer venga desprovisto del más mínimo rastro de luz? Agrippa, tengo miedo a ese fin de la noche, a pensar de que sólo el fin del alma pueda significar el fin del miedo mismo a morir. Todavía sigo divagando y despertando el desarrollo de nuevos pensamientos. De momento me despido temporalmente de usted, pues volverá a tener noticias mías. Un cordial saludo.

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