La Cálida Voz de Eva

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Alain De La Mata
Alain De La Mata

Durante aquellas primeras semanas de noviembre, aquel pequeño pueblo alicantino experimentó lo que los mayores llamaban veranillo. El verano había sido especialmente cálido e incluso se llegó como casi todos los años, a un nuevo récord en las temperaturas. El mes de septiembre había sido especialmente agradable por el alivio que su frescura planteaba, pero tras varias semanas de un aparente otoño que no terminaba de asentarse, el calor veraniego volvió y esta vez lo hizo con mayor fuerza. Las temperaturas superaron con creces la de principios de agosto y algunos trabajadores de la construcción llegaron a experimentar leves mareos en sus trabajos. Nadie sabía lo que pasaba en realidad. Aquello no era un simple veranillo, pues la pesadilla llegó a su zenit a finales de diciembre, en plena Navidad, dejando uno de los peores años en toda la historia del levante valenciano.

Aquel mediodía extraño, Andreu, agricultor en tiempos de crisis, volvía de su pequeño huerto situado al oeste del molino de las aguas bajas. Portaba una pequeña azada y un capazo donde había medido algunos de los cítricos que empezaban a asomar. Temía por sus cultivos, la lluvia no llegaba y aunque el calor podía beneficiar su campo, la sequía era una amenaza que se mostraba cruel con la economía de aquellos pobres pueblerinos. Cuando llegó a la altura de la cruz de San Blas, notó el viento en su rostro; corría un intenso aroma a azufre. No había ningún campo abonado aquel entonces así que se adentró levemente en una de las huertas vecinas a ver de dónde venía aquel vil perfume. Sobre un viejo limonero vio un nido de gorriones repleto de huevos, algo extraño en esas épocas. Andreu los movió ligeramente y estos se rompieron, dejando salir restos de lo que parecían ser lagartijas negras, carcomidas por la putrefacción y un intenso hedor a azufre. Con una sensación de asco tiró el nido lejos y procuró volver al camino, no sin antes sorprenderse de la extrañeza de aquel signo de mal agüero.

No muy cerca de allí, Paquita volvía del campo. Había ido a la huerta de su hermana a recoger algunas hortalizas para la comida y la cena. Antes de llegar al camino de los herreros, vio a un par de niños corretear sobre los escombros de un descampado. Al ver que dos de ellos tenían palas y parecían estar haciendo agujeros en la tierra, ella les preguntó qué hacían, con un tono curioso, sin ánimo de estorbar. Los cinco le respondieron al unísono: “vamos al infierno”. Paquita dejó de sonreír. No por la respuesta que le habían dado, sino por algo que sentía en sus rostros. Entre ellos niños se encontraba Paco, hijo del carnicero. Todos estaban sudados, quemados por el intenso sol ibérico, pero sus rostros se mostraban blanquecinos, con cierto tono amarillento que podía observarse también en sus dilatados ojos. Ella simplemente siguió su camino, esperando ver si esa misma tarde veía a su padre y le comentaba algo ya que no parecía buena idea que los niños anduvieran con el calor que hacía. Antes de que llegara la noche, Paco le llamaba por teléfono a Paquita. Después de contarle lo ocurrido, su padre había llamado a Inés, la profesora de repaso y le había confirmado que él estaba en su casa haciendo los ejercicios de inglés. Era muy raro. Paquita le respondió que igual con el calor y el mareo, se había confundido y era otro niño. Pero después de colgar el teléfono, miró por la ventana al ver que algo relucía entre la acera. Era Paco, estaba en la calle y portaba la misma pala de aquella mañana. Estaba de pie fijamente mirando hacia la ventana de la casa de Paquita. A los pocos segundos, se giró bruscamente y siguió caminando, como si volviera a aquel lugar a las afueras del pueblo.

No fue el único suceso extraño aquella noche. Miquel llamó a su mujer para preguntarle si venía a cenar. Era enfermera en un pequeño hospital cercano. Le contestó que no podía, que el hospital estaba lleno de enfermos y que habían decidido no prescindir de ningún miembro del equipo mientras estuvieran en alerta. Antes de preparar la cena, Miquel fue a la habitación de su hijo. Mario estaba de pie, sobre la cama, mirando fijamente a la pared. Sólo gritaba el nombre de Eva una y otra vez. Cuando su padre lo tocó, simplemente despertó, como si hubiera tenido un ataque de sonambulismo diurno. En otra casa del pueblo, unas horas más tarde, María Luisa entró en el dormitorio para darle pecho a su bebé. La cuna estaba vacía. Andreu, antes de dormir, se lavó las manos y la cara. Mientras se acicalaba, vio la extraña mancha que había salido en sus manos. Era justo la mano derecha, la que había tocado los huevos putrefactos. Se lavó bien con jabón y esperó que no fuera ninguna infección o bacteria extraña. Mañana tenía que madrugar. Sin embargo, esa negrura seguía allí, latente, creciente con un aparente silencio.

Durante esa noche no hubo sueño alguno. El tórrido clima que había engullido al pueblo entero impedía conciliar el sueño. Las luces alteraron a los vecinos. Las abuelas murmuraban desde sus balcones. El niño de María Luisa, la peluquera, había desaparecido. De repente no era el único, algunas familias denunciaron la desaparición de sus hijos. No obstante, con las mentiras y los falsos rumores, era imposible averiguar nada. Muchos volvieron a sus casas, pensando que al final aquellas ambulancias debían estar allí por los golpes de calor de algún anciano que había fallecido durante la tarde. Al amanecer, la situación llegó a un nivel desconcertante. La policía municipal iba de un lugar a otro y desde su balcón, Alejandro el Cano, no podía saber qué estaba pasando. Algunos vecinos parecían tener una cara de preocupación excesiva e incluso había un par de guardias civiles con metralletas ligeras que seguían a un hombre por la calle hasta la plaza de la fuente. Alejandro decidió bajar. Por la calle escuchó a Trinidad, una anciana de ochenta años. Sólo gritaba: “los niños, los niños”. Supo por los agentes que ningún niño había acudido aquella mañana al colegio y que el director había llamado a la policía tras llamar a algunos padres y verificar que habían salido aquella mañana de casa. Preguntó por la ambulancia, pero no supieron contestarle. Sabía que algo le había ocurrido a Andreu. Delante de su casa algunos hombres se habían agrupado. La puerta de su casa se encontraba sellada y marcada por un cordón policial. Se lo habían llevado por la noche, pero nadie había visto nada. No tenía mujer ni hijos y los vecinos no habían visto ni oído nada. Ni siquiera le dejaron al hermano subir a la ambulancia. Durante todas aquellas horas, nadie supo si estaba vivo o muerto. Nadie les dio ninguna explicación.

Pronto llegó el detective de la policía y el alcalde dio la voz de alarma para que todos los vecinos acudieran a la plaza del ayuntamiento. Algo realmente grave parecía cocerse en el pueblo. Cuando los vecinos empezaron a reunirse, la información empezó a fluir. Al parecer no sólo habían desaparecido los niños, sino también algunos adultos, incluyendo algunos forasteros que habían acudido junto con la policía y otras fuerzas del orden. Paquita pronto habló a los allí presentes de lo sucedido en el campo. El detective escuchó la suficiente información acerca de aquel descampado para situarlo en su mapa mental. Algunos hombres que le acompañaban pronto recogieron sus armas y le siguieron en su frenética marcha. Parecía que aquel detective sabía algo que los vecinos ignoraban. Los vecinos seguían hablando, algunos doloridos por los terribles sucesos. Hablaban de extraños comportamientos, de luces amarillas por los tejados y las casas, de niños sonámbulos deambulando por la noche. Los vecinos se enteraron de que Carlos, el novio de Inés, la había encontrado muerta en su casa durante la noche y de ahí la segunda ambulancia. Al parecer el chico había querido ver a su prometida aprovechando el anonimato de la noche y se la había encontrado muerta. La ambulancia se la llevó, decían que no quedaba casi nada de ella, pero Carlos repetía una y otra vez que su novia no tenía ni gatos ni perros. Pero él no estaba allí presente para dar una explicación; debido a los ataques de ansiedad, se lo habían llevado a él en otro vehículo. No obstante, el testimonio más desgarrador fue el de Alicia. Decía que había visto a algunos jóvenes deambular por la calle del hortelano, camino hacia la escuela pública del pueblo. Al ver que se desviaban del camino, ella les había echado un grito como advertencia para evitar que hicieran novillos. Sin embargo, dijo que cuando se giraron, no eran personas. Decía que su cara, su rostro, sus ojos. Todo lo tenían revuelto y cada cosa no estaba en el lugar que le correspondía. No podía explicarlo con total seguridad, pero dice que cuando entró en su casa vio una mujer reflejada en el espejo de su entrada. Alicia no podía describir lo más mínimo su rostro, pero decía que en sus ojos se veía el mal. Dijo antes de finalizar su discurso y ponerse a llorar que después de ver aquella mujer, el espejo estalló en mil pedazos.

Mientras, el detective marchó hacia el descampado y allí mismo vio un agujero que parecía de una profundidad descomunal. El hombre que le acompañaba, armado con una pistola, dio un salto en el agujero, gritando de dolor al ver que se había fracturado el pie. El detective intentó ser más cauto, pero saltó de igual manera, al parecer tenía varios metros de profundidad. Él simplemente avanzó con una linterna mientras el tercer hombre trataba de pedir refuerzos y atender a su compañero herido. Aquel túnel, amplio y profundo tenía una inclinación considerable y estaba tallado de una manera rectangular, formando unos ángulos casi perfectos. Recorrió aquel pasillo hasta la profundidad del valle en unos minutos que parecieron ser eternos. Era imposible pensar que aquel túnel lo habían realizado un par de hombres y menos aún en una semana. Pudiera ser los niños sólo desenterraran la entrada y que él túnel fuera más antiguo. No obstante, todavía se podía ver cierta humedad y raíces en las paredes de los túneles más profundos.

Cuando el detective llegó a aquella cueva engarzada en las entrañas de la tierra, no pudo creer lo que vieron sus ojos. Una luz amarillenta cubría una extraña cúpula esculpida sobre un techo de arcilla. En el suelo, decenas de cuerpos diminutos se encontraban esparcidos alrededor de una extraña figura. Un cuerpo momificado, ennegrecido y vestido con extraños ropajes antiguos permanecía sentado en una posición de meditación. Tenía una larga cabellera negra y de sus manos, emergían largas uñas que convertían sus manos en potentes garras. Casi todos los cuerpos esparcidos a su alrededor eran niños, otros jóvenes que no debían llegar a los doce años. Algunos estaban oscurecidos ya como si hubiesen permanecido allí durante más de dos años. Otros sin embargo, todavía parecían vivos y permanecían a los pies de aquel esqueleto femenino, cayendo sobre sus muslos y tratando de abrazar su cuerpo por todos los costados. De golpe una luz brilló en aquel túnel y el detective sacó su arma. No pudo disparar, ni moverse o respirar durante aquellos segundos. La cabeza de aquella momia se movió ligeramente, observándolo y en ella pudo comprobar dos ojos amarillentos que le escuadriñaban desde un espacio que él no podía ni comprender ni alcanzar. Su cuerpo volvió a quedar inerte y un suspiro atravesó todos aquellos túneles furibundos. La mujer y los niños se desvanecieron delante de su presencia como si sólo estuviesen en su imaginación. A continuación, el detective quedó en la más tenebrosa oscuridad.

Horas después un equipo de la policía sacaba al detective de allí. No dijo nunca nada de lo que había sucedido. Sus compañeros desaparecieron sin dejar rastro, así como algunos policías y algún vecino como Ramón, Cristina, Pedro y Justo. No se encontró jamás el cuerpo de ningún niño y algunos vecinos incluso se marcharon del pueblo tratando de que aquella leyenda maldita dejara de perseguirles. Sólo dos niños del pueblo no desaparecieron. Pablo, que se encontraba en aquellos momentos hospitalizado por una enfermedad grave y Juana, que sus padres encerraron en casa como castigo por romper unos platos. Sin embargo, sus ojos se apagaron y aunque ya tenía algún antecedente psiquiátrico en la infancia, los médicos dijeron que esta vez había entrado en una catatonia muy severa. Era como si su alma se hubiese marchado de su cuerpo. Paquita dejó de hablar con los vecinos y se encerró cada vez más en casa. Nunca pudo olvidar la imagen de aquellos niños cavando en medio del descampado. Siempre se sintió culpable. Sin embargo, aquel detective se marchó de vuelta a Alicante, después de varios meses de hospitalización psiquiátrica y medicación. No terminó nunca el informe, sus compañeros afirmaron que repetía una y otra vez el nombre de Eva. Un día simplemente fue a su apartamento y se lanzó desde un sexto piso. La policía dijo que había sido un accidente, pero encontraron su casa llena de fotos, informes y mapas relacionados con el caso del pueblo. El caso quedó cerrado. Con el tiempo incluso la leyenda quedó sepultada y nadie jamás volvió a pronunciar el nombre de Eva.

 

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