Marcos. La Tristeza

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Bartis Attila, Udvar esőben, Jáva, 2015
Bartis Attila, Udvar esőben, Jáva, 2015

Buenas tardes, viejo amigo. A veces, cuando el día se oscurece y la lluvia transcurre veloz por las calles, me acuerdo de ti. Recuerdo aquellas tardes grises en las que nos quedábamos mirando al techo, soñando con la inmortalidad, con la llegada de un posible futuro apocalíptico. Y pensando en esa eternidad abstracta, nos olvidábamos del presente y de la vida misma. Me habría gustado decirte alguna vez que alcancé aquello con lo que soñábamos, pero no fue así. Crecer en cierto modo es abandonar esa inmortalidad soñada, sentir en cada latido de nuestro mísero corazón la muerte acercándose de una manera lenta y avasalladora. Quizá cumplistes tus sueños y ahora eres un viajero errante al acecho de la noche eterna, pero yo caí en la desgracia del tiempo y envejecí sin remedio. Si me vieras ahora, palidecerías de ver en lo que me he convertido, te avergonzarías de mí y dejarías de ser mi amigo. ¿Te acuerdas cuando te dije que no cumpliría los veinticinco años? Pues ahora tengo treinta recién cumplidos y mi enfermedad ha avanzado hasta hacerse conmigo. Sólo soy una sombra marchita de lo que deseábamos ser y en ese sentido sólo puedo darte la razón. Pensé que el futuro representaba una transformación pura, el inicio de otra vida ajena a los tormentos del alma, pero no era así. El tiempo no mejora las cosas, no ofrece segundas oportunidades, sólo las empeora, las corrompe y las oxida. Si no eres feliz a los veinte años, no esperes serlo a los treinta, pues el peso de la existencia se incrementa con la edad. Las emociones no terminan y los pensamientos obsesivos no se disipan como creíamos, sólo se fermentan en el sujeto que los contiene y éste acaba por sucumbir al mundo, alcanzando el mismo grado de podredumbre.

Alguna vez hablamos de la tristeza y de sus formas. Nos parecía un juego divertido, creativo en el menor de los casos. No sé si me creerías que ahora distingo más de cincuenta formas de tristeza al igual que el mito de los inuit que me hicieron creer esos penosos profesores de universidad que creían que debido a su lenguaje distinguían cientos de tipos de nieve. Hay tristezas húmedas y secas, dolores glaciales y tormentos ígneos, tristezas dinámicas y tristezas obsesivas, penurias de sombras y otras de falsa luz, algunas opacas y otras de contraste, angustias biliares y pulmonares, tristeza del alma y del cuerpo, del espíritu y de los huesos, otras de la piel, del corazón, del espacio detrás de los ojos e incluso algunas de la garganta. Hay algunas que son grises, otras que son negras como el azabache, otras, azul oscuro casi negro e incluso algunas anaranjadas por su candente remordimiento. Las hay de vergüenza, de celos y de ira, unas de soledad y otras de malas compañías; hay penas celestiales, penas del limbo, del purgatorio y del infierno. También hay melancolías de orden, de caos y de equilibrio, de excesiva apertura y de clausura, de cansancio, de orgullo y de frustrado deseo. Sin embargo, también hay tristezas blancas, verdes y tristezas del vacío, las más peligrosas de todas. Y entre esas tristezas también sitúo la alegría, que no es una emoción nueva, resguardada de los efectos mundanos, sino una consecuencia temporal de la misma condición humana. La alegría no ocurre, amigo mío, como un ejercicio del alma, sino por ilusión emocional, por el contraste directo entre las diferentes oscuridades del ser. Y en ese espacio de conexión accidental, creímos encontrar refugio. Sin embargo, el tiempo avanzó y me llevó a otros lugares más tenebrosos. No quiero decirte que no hubo más felicidad en mi vida de la que pudiste conocer, pero esa felicidad siempre fue transitoria. Sólo el cese del tiempo, la nulidad del transcurso natural de las cosas, puede permitir al hombre alcanzar la felicidad. Y desde esa verdad, nos ha costado la vida avanzar.

En aquellas tardes grises, hablábamos de Dios como algo real, intangible pero cierto, existente en principio sólo por su verdad nominal. Y quizá no era fruto de una reflexión verdaderamente profunda, sino de la proyección de aquel deseo de eternidad. Te alegraría saber que, con el tiempo, aquel Dios ha ido creciendo y su existencia se ha vuelto cada vez más fuerte en mí. Quizá su existencia no se haya vuelto plausible a través de oscuros razonamientos, pero sí por el conocimiento que me llevó a la más tenebrosa oscuridad. Conforme las tinieblas se han ido extendiendo en mi vida y los tormentos me han aprisionado en su ilusión infame, aquella luz platónica ha brillado con mayor intensidad y su naturaleza, por tanto, no puede ser un contraste extremado, sino una verdad natural. Entre aquellos claroscuros del alma, distinguíamos una luz mortecina, un destello de ansiada esperanza, pero te podría decir de todo corazón que uno no distingue el verdadero blanco hasta que lo ve. Desde entonces, ocurre el fenómeno contrario, la alegría se torna oscura por el contraste de aquella verdad que parece próxima. Alguna vez me dijiste que, si hay un dolor tan intenso como el abismo, también debe haber una felicidad última que nos abrigue en medio del vacío en el cual orbitamos. Aquella luz no es una luz de felicidad, pero hay algo en su inesperado descubrimiento que me consuela, es lo que yo llamo verdad. Marcos, me gustaría hablarte de esas cosas a partir de ahora, pues en mi viaje, he visto demasiada oscuridad, pero necesito alcanzar cierto grado de esperanza para con la inmortalidad antes de caer desde la vida al olvido eterno. Espero que mis palabras te lleguen de un modo u otro. Un cordial saludo. Pronto volverás a saber de mí.

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