El Último Beso

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Fred den Ouden, Kissing goodbye, 1967
Fred den Ouden, Kissing goodbye, 1967

Desde hace unos días, mi mente no puede desprenderse de la viva imagen del beso, del último beso en mi vida y que ha significado reencontrarme con el sentido oculto de nuestros actos. No hace ni una semana iba hacia la estación de tren; era demasiado temprano y corría de un lugar a otro deambulando pensamientos acerca de mis últimas lecturas. Pensaba en las teorías de Bauman, en la fragilidad de los cuerpos constituidos y en su debacle en pos de la libertad. Quería haberme traído a Kolakowski en el viaje, pero con las prisas y el poco espacio que tenía en la mochila, desestimé su compañía. Tuve la idea allí de comprarme alguna revista interesante o fácil de leer, pero los quioscos todavía no habían abierto. Me quedé de pie, mirando el panel repleto de posibles destinos y de vez en cuando iba al baño, motivado por unos nervios que parecían querer deshidratarme. Y después de aquella larga espera la voz monótona de la estación me indicaba que ya podía subir al tren. Todavía clareaba la mañana y aunque la noche había sido fresca, ya empezaba a notar el calor en las piernas. Me sorprendió ver la poca cantidad de personas, todas ellas dispersas, que parecían estar esperando otros destinos. Todos se mostraban lejanos, inaprensibles, como la pintura que me recordaba el nombre de la propia estación.

Decidí ir lentamente hacia la vía, pero antes que nada saqué el billete y traté de ver y comprobar los números asignados. Me los sabía de memoria, pero tenía esa manía de repasar en el último momento los datos. En aquel viaje, me había tocado uno de los vagones centrales. Me preguntaba cómo asignaban los asientos cuando el tren entero parecía vacío a aquellas horas de la madrugada. Estuve a punto de entrar ya en aquella cápsula con ruedas y justo cuando pulsé el botón de la puerta, una mano me agarró del brazo. Al girarme vi a una mujer de mediana edad, parecía algunos años mayor que yo, aunque en aquel momento no pensé que llegara a los cuarenta. Sin embargo, su miraba me sobresaltó. Antes de que pudiera decir nada se acercó a mí y me besó. Me habría echado atrás en circunstancias naturales, pero sobre mis espaldas sólo quedaba el espacio de las escaleras. Terminó rodeándome con sus brazos y empezó a hablarme de lo mucho que me iba a echar de menos. No sé qué pudo pasarme aquella mañana, quería contestarle y decirle que se equivocaba de persona, pero estaba tan cansado y somnoliento que sólo pude escucharla durante los dos minutos que habló. Decía cosas de nosotros dos y de un futuro que parecía prometedor. Cuando me narraba algo se proyectaban en mi mente recuerdos confusos. Recordaba haber visitado aquel museo y también haber comido en aquel restaurante. Todo lo que decía me sonaba, pero no era yo. Entonces, cuando terminó de hablar, le dije lo que debía, le confesé que yo no era esa persona a la que había ido a despedir, que lo sentía mucho, pero que esa era la verdad. Ella no se inmutó lo más mínimo. Sólo contestó que sabía que iba a decir aquello, que siempre terminaba creyendo que yo era otro.

No entendía nada, ¿qué otro podía ser yo que no fuera yo mismo? Ella me miraba a los ojos y en sus pupilas veía el tiempo latiendo con la lentitud de un reloj de arena. Estaba tan convencida de quién era yo que la creí durante un instante. Veía sus recuerdos, me imaginaba como sería volver de aquel breve viaje en Madrid y encontrarme con la vida que había escapado a mi memoria. Antes de despedirnos estuvimos varios minutos más en silencio y finalmente, cuando se escuchó el último aviso por megafonía, me besó tan apasionadamente que no sé cuando terminó el beso y cuándo su último adiós. Me vi a mí mismo sentarme en el asiento, no había comprobado el billete de nuevo, pero daba igual, creí que ese no era yo, solo una imagen de mí abstraída y desgastada por el cansancio. Miré por la ventanilla y vi aquella estación gris. El andén estaba vacío como si nadie más que yo hubiera paseado por su superficie. Fue muy extraño, porque sólo pasaron dos días y ya no puedo recordar ni su rostro ni el color de su pelo. No dejó en mí ni el carmín de sus labios, sólo la esperanza de su inquietante fantasía. Cuando pasaron aquellos días de viaje, cogí el billete que ya tenía comprado para volver a mi hogar. El tren era parecido, aunque esta vez eran las cinco de la tarde y había mucha más gente ocupando asientos. No me hice con ninguna revista o libro, no podía quitarme de la cabeza aquella extraña situación de los días previos. Hipnotizado por aquel horizonte lejano, lleno de prados y nubes invisibles, me hacía la misma pregunta una y otra vez, ¿estará ella ahora mismo en la estación?, ¿me estará esperando?, ¿me reconocerá?

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