El Unicornio

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Unicornio

En el pueblo de Evora, sus habitantes festejaban con alegría y soñada paz la recogida de la cosecha. Mientras los más veteranos cazadores aprovechaban para viajar hacia los mercados de Surna, los campesinos descansaban de una larga jornada de trabajo contando viejas historias y bebiendo el vino de los años pasados. No obstante, aquella era una noche crucial para la sangre joven; detrás de aquellos azarosos bailes e inocentes miradas, los jóvenes alocados realizaban todo tipo de improvisados desaires y trataban de promocionarse entre las atentas jovenzuelas, las cuales poseían en última instancia la potestad para fundamentar los nuevos hogares. Un simple gesto acompañado de una sonrisa dirigida a un hombre, bastaba para cimentar el futuro. Alrededor de la hoguera los jóvenes bailaban y algunos incipientes hombres se apresuraban a presentar sus respetos. Alguna que otra joven extendía la mano y una simple unión sellaba la relación. La joven pareja tendría unos días para conocerse y empezar a construir una nueva casa. Antes de que llegara la noche profunda, casi todas las manos habían sido juntadas.

A la mañana siguiente, sin embargo, el sol tardó en aparecer por el horizonte. Unas voces nerviosas despertaron a medio poblado e incluso los ancianos salieron temerosos de alguna hipotética desgracia. Eran un grupo de cazadores. Volvían por el bosque de los nudos a medianoche y algunos de ellos debieron de ver algo extraño en el sendero, unas luces incandescentes o alguna voz susurrante en el viento. Los inquietos campesinos no parecían entender nada de los que éstos trataban de narrarle, pero los más viejos se miraban entre ellos, temiendo que llegara la hora de revelar el gran secreto. Nadie parecía comprender nada, pero entonces el más viejo entre los hombres del poblado empezó a revelar la leyenda del rey del bosque. Hacía muchos años, unos campesinos huyeron del declive imperial y aunque muchos se perdieron en la inmensidad de las serranías, un pequeño grupo de hombres, cohesionado por el idioma y la fe, trataron de asentarse en la profundidad del bosque. Debían sobrevivir a las miserias del clima, pero también a la maldad humana, ya que más allá sus fronteras, los caminos abandonados del imperio se habían vuelto territorio de los salvajes, bandidos sanguinarios que destruían el más mínimo rastro de civilización. Los supervivientes talaron árboles y construyeron pequeñas chozas de madera; sin embargo, el agua y la comida, pronto empezaron a escasear. Entre aquellos días de penuria, un sacerdote tuvo un sueño muy extraño. El rey del bosque se le apareció y le prometió protección a cambio de pleitesía y vasallaje. El pueblo parecía confuso ante tales augurios, pero pronto las huellas de algunos bandidos cerca de los lindes del bosque empezaron a alimentar la sensación de miedo e inseguridad. Así pues, el sacerdote se perdió en la oscuridad de la noche y allí encontró al ser de sus sueños. Juntos se juraron fidelidad y aquella luz plateada se ocultó entre los árboles. Le prometió a su pueblo seguridad y prosperidad. El pacto seguiría en pie mientras el pueblo no doblara la frontera que ahora tenía. Sin embargo, para sacralizar el pacto, el rey del bosque sólo pedía un sacrificio, un sacrificio humano. El sacerdote aceptó acobardado por el miedo y aunque temió las represalias de su pueblo, todos creyeron justo el precio a pagar.

Pasaron los años y todos parecieron olvidar el pacto. El bosque se volvió más oscuro, los bandidos dejaron de merodear por aquella selva negra y cerca del poblado creció un pequeño manantial de agua donde florecieron extraños tulipanes rosados. Los hombres empezaron a cultivar la tierra y a crear pequeños montículos de piedras a modo de empalizadas que les marcaran el límite con el bosque salvaje. Así pues, pasaron más de veinte solsticios invernales y las nuevas generaciones crecieron sin saber cuál era el origen de su pueblo. Todos ignoraban las miserias que envolvían al mundo, pero también desconocían la verdad que enmascaraba su dicha. En cuando el más viejo de los hombres mencionó el sacrificio, el pueblo entero estalló en una disputa. Sin embargo, antes de que la violencia se volviera palpable, aquel hombre ciego que había sido sacerdote años atrás, dijo que él sería el sacrificio, tal y como había planeado desde el principio. La multitud se calmó y el hombre viejo no quiso generar más expectativas. Cogió su bastón y marchó a la profundidad del bosque. Todos sujetaron a la mujer y a la hija que trataban de impedir su partida. Poco después, la muchedumbre se tranquilizó y así pasaron varias horas de espera eterna. Cuando el viejo regresó, la multitud corrió despavorida a socorrerle. No parecía herido, pero su salud parecía quebrada. El sacerdote confesó que el rey del bosque no lo había aceptado. La persona sacrificada tenía que ser una doncella.

La histeria pronto se apoderó del pueblo. Con fría humanidad, la gente decidió que aquellas jóvenes sin emparejar debían de enviadas al interior del bosque por el bien del resto. Resultaba terrible la rapidez con la que aquella turba enfurecida tomaba las decisiones, casi no se advertía en ellos ningún líder sino más bien una voluntad férrea e inequívoca. Algunos hombres gritando al bosque se adentraron en sus inquietantes fauces arbóreas armados con sus potentes arcos de caza, pero ninguno de ellos volvió jamás al pueblo. Otros golpearon a las jóvenes inocentes y las obligaron a perderse en la oscuridad. Casi todo el mundo que se adentraba más allá de los montículos de piedras, ya no volvía. El viejo ciego expiró llevando sus manos al corazón; su muerte sólo provocó mayor impaciencia. Todos culpaban al rey del bosque e ignorantes eran de que había sido su maldad la que había llevado su alma al destierro. En la fragilidad del pacto, el rey del bosque había retirado su bendición y el que antes había sido sacerdote recobró la visión. Entendió de qué le había estado protegiendo su ceguera durante todos aquellos años. No obstante, murió sin llegar a ver el fatal desenlace.

A las jóvenes que volvían, la muchedumbre les tiraba piedras. Algunas eran acusadas de fingir su inocencia y otras de negarse al sacrificio. Sólo algunas parejas jóvenes, temerosas de su destino, trataron de huir por el bosque y llegar a los senderos de Surna. Algunos cazadores corrieron por el bosque y lograron escapar de la oscuridad de aquello que habían llamado hogar. No obstante, ante tal visión, el pueblo se volvió implacable con los que trataban de huir. Pronto una mujer señaló con el dedo a la hija del viejo ciego. Todos miraron a la doncella complacientes y ella misma sintió el desamparo cuando las manos de su pretendiente se desligaron de las suyas con la más fría naturalidad. Todos asentían complacidos, tanto las demás jóvenes y sus padres como los que atribuían la fatalidad del pacto al viejo sacerdote. Pronto la ataron de pies y manos y la llevaron al bosque, cerca del manantial. La ataron a un manzano y poniéndole una venda en los ojos, le desnudaron hasta la cintura, tratando quizá de mostrar su juventud. Entonces todos corrieron despavoridos hacia sus casas y los demás preguntaron si el sacrificio se había realizado. El viento empezó a aullar con fuerza y la oscuridad se volvió impenetrable.

Mientras, ella gritaba afanosamente y trataba de romper las ataduras. La luna menguante coronaba el cielo inferior y aunque el viento corría veloz a su alrededor, no se escuchaba ningún sonido salvo la de unos pasos que no parecían tener dueño. Cerca de allí, en la frontera del denso bosque con el campo, una luz plateada empezaba a crecer hasta formar una extraña figura. Era el rey del bosque, un unicornio perlado, resplandeciente como la plata y portador de dos ojos como ópalos de fuego. Desde la lejanía, escuchaba su sacrificio, olía el perfume de su bendecida mortalidad. El unicornio salió hacia el claro del bosque convirtiendo su honorable trote en un galope tendido, haciendo que la luz de la luna se reflejara en todo su cuerpo, denotando el celo inusual de un dios salvaje. La joven, habiéndose deshecho de la venda, vio salir al unicornio en el horizonte. Era una luz potente en medio de la oscuridad. Sin embargo, el pavor se apoderó de ella y logró, con un arrebato frenético, romper la tela que aprisionaba sus manos. Con un nerviosismo desbocado, logró quitarse los nudos de sus pies y arrancó a huir. Su miedo, su exaltado terror fue percibido por el dios del bosque. La luna menguante se volvió rojiza y los ojos del dios resplandecieron en la lejanía. El unicornio había elegido acertadamente. La joven trató de correr, pero estaba descalza y las piedras le dañaron los pies. Su vestido, hecho trizas, colgaba sobre su cintura y se iba perdiendo con cada arbusto o árbol con el que se cruzaba. Finalmente quedó prácticamente desnuda y desorientada, perdida entre las sombras de unos árboles a los que les era imposible trepar. Mientras, aquella luz se aproximaba, acelerada por el prometido placer de una hierogamia inminente.

El unicornio alcanzó furioso los últimos metros que les separaban. Su cuerno emitió una luz plateada que cegó a la joven y ésta cayó sobre su espalda, quedando tendida en el suelo, paralizada por el miedo. Entonces el rey del bosque inclinó su cabeza coronada y sus cuartos traseros golpearon el suelo con fuerza, permitiéndole realizar un último salto antes de abalanzarse sobre su sacrificio. El impacto fue seco, visceral y recio. El sonido retumbó en todo el bosque y el dios del bosque salió despedido varios metros sobre el suelo fangoso de la arboleda. El cuerno del unicornio se rompió en el interior de su vientre. La doncella no sintió dolor, se desmayó en el preciso instante del impacto y quedó sumergida en un sueño que duró dos días y tres noches. El pueblo, sin embargo, ajenos al desenlace de la historia trató de seguir su propia historia. Los campesinos salieron al campo y los cazadores fueron al monte; sin embargo, nadie se acercó a la arboleda ni al manantial, temerosos de lo que pudieran allí encontrar. La última noche, la luna desapareció del firmamento y en mitad de la noche, la joven despertó. Su cuerpo estaba manchado de sangre, pero no veía herida alguna; ni siquiera sentía dolor, sino más bien un placer intenso que recorría todo su cuerpo, como un calor que no necesitara de abrigo. Podía ver en la oscuridad, la más tímida luz del mundo se mostraba en sus ojos con una confianza dignificante y con gran precisión podía escuchar y localizar a todos los seres del bosque más allá de lo que sus ojos alcanzaban a ver. En el suelo, unos metros a su alrededor había un caballo tumbado, herido, maltrecho. La joven lo acarició y la vitalidad volvió a recorrer su cuerpo. Éste se balanceó hasta ponerse de pie y entonces la joven pudo recordar, vio su frente, la herida de su cuerno perdido. El caballo le lamió la cara. Ella montó entonces su corcel y despareció en la inmediatez del bosque, dejó que su luz se extinguiera hasta el nuevo ciclo. Mientras la oscuridad creció, los campos quedaron vacíos y el manantial desapareció como si nunca hubiese existido. La gente corrió despavorida por el bosque, tratando de sobrevivir y algunos incluso empezaron a matar tratando de alcanzar el paraíso perdido pero la reina del bosque no volvió. Aquellos salvajes nunca habían querido entender el significado del sacrificio.

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