Agrippa. Sin Esperanza

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Brett Lloyd
Brett Lloyd

Muy señor mío, errante entre los fríos amaneceres del norte. Todavía recuerdo, y con nostalgia si cabe decir, nuestro último encuentro. Fue petición suya que le diera algún día mi impresión sobre la conversación que mantuvimos acerca de la esperanza perdida. Quedó claro desde el principio que nuestra doxa quedaba situada en polos opuestos, pero creo que como siempre, encontramos un punto en común que no pudimos conjugar en nuestros respectivos conocimientos. No fui nunca asiduo a creer en una dialéctica que fuera más allá de la coniunctio y, sin embargo, después de hablar con usted aquella primera vez sobre los mecanismos de conexión con lo real, cambié de pensar. No fue realmente un cambio de pensamiento, pero sí un cambio drástico de acercamiento y usted más que nadie lo sabe, teniendo los años de experiencia que tuvo con sus numerosos ensayos especulativos. Sin embargo, en este caso, mi negativa se ha mantenido inflexible. Entiendo realmente lo que quiso decir sobre la búsqueda de totalidad que nos motiva, pero no pude explicarle debidamente el espíritu al que nos vimos doblegados. Antes de que tomara su conclusión, la cual nunca comunicó, le hubiera pedido que desestimara el pesimismo o la persecución que vivimos como explicación mecánica de nuestra desdicha. Estaba claro que el pesimismo, el malditismo y la miseria siempre nos han envuelto, al menos a mí y a mi círculo de estudio, y eso pesó en nuestros corazones. A eso le debemos añadir la persecución intelectual que nos fuerza al ostracismo académico. Sin embargo, como bien debe saber usted, muchos caímos en una melancolía intelectual, para nada anímica, que nos ha arrastrado hasta la disolución parcial de nuestra humilde organización. Ahora ya sólo quedan recuerdos de aquellas cenizas.

Pero volviendo al tema, como le dije, y así le expresé aquella noche madrileña, con cada sueño veo aquel conocimiento del que me hablaba más lejano. Si antes la razón parecía nítida y fluida, ahora se me muestra borrosa y fragmentada. Sólo aquellas extrañas fronteras donde se entremezcla la intuición y la imaginación, despiertan débilmente en mi alma el apetito necesario para levantarme por las mañanas y respirar. Usted me dijo alguna vez que el producto elaborado de la razón era una continuidad irresoluble hacia la verdad y que sólo alcanzaba la luz en su transición a la totalidad, condensada y transformada en cada uno de los sistemas predefinidos que conforman la constelación que nos ha impuesto el creador. No obstante, desde aquella vez que hablamos, me veo más ajeno a aquel camino que juntos planteamos recorrer. Se con total seguridad que usted ha navegado por aguas turbias y conoce de lo que le hablo, pero la piedra con la que he tropezado conoce mi más profunda debilidad. En esa oscuridad veo un camino muy amargo, un aletargado umbral que nos obliga a desviarnos de los objetos reales de los que tenemos consciencia. ¿De qué sirve flexionar la realidad para encontrar la verdad oblicua de los fenómenos en conjunción? Usted, como si fuera kantiano, me hablaba del juicio sintético y me animaba a expresarlo. ¿Pero es posible realmente un conocimiento más allá del sujeto del que nos creemos formar parte? En aquellos momentos le hubiera dicho que no había nada más aceptable que la inteligencia que no se muestra, que el talento que no se utiliza, que todo el conocimiento en realidad es meramente descriptivo e inútil sin la necesidad que provoca nuestra existencia. Usted es conocedor de uno de los nombres de Dios y sin embargo, desconoce sin percatarse el objeto que contiene ese conocimiento y le da forma viable. Le hubiera parecido que caminaba en la más tenebrosa oscuridad del alma. En cierto modo así era y sigue siendo, pero cada vez que veo ese abismo algo de luz imagino en su horizonte incognoscible. ¿Me creería usted que mi alma alberga algo que no puedo describir ni puedo cuantificar? Es algo nuevo que no identifico en ningún autor y que me maravilla y me aterra por momentos. En un sentido, quizá irresponsable, he tanteado ese camino de la nada. Me han ido interesando, como usted me advertía, las cosas que no eran por encima de las que eran y en esa medida, la configuración que mantiene viva la naturaleza de la irrealidad forzada de nuestra imaginación. En ese sentido sólo puedo aventurarle de que somos un fantasma errante de algo que fue alguna vez. Si lograra recordar, le transmitiría aquello que siento, pero espero volver a encontrarme con usted en persona. Pero no tema, si vuelvo a ver aquella luz, aquella esperanza de la que me hablaba en nuestro primer encuentro, se lo comunicaré con la mayor brevedad posible. De momento seguiré navegando por aquellos rincones inhóspitos de la mente. Me despido de usted con un cordial saludo. Siempre suyo, un amigo al oeste del sol.

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