La Imposibilidad del Caso

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Franz Lazi, Open Doors, 1949
Franz Lazi, Open Doors, 1949

Cuando el detective llegó a la escena del crimen, el cuerpo todavía permanecía en el suelo tapado con una opaca manta de color blanco. El equipo forense estaba dispersado a través del estrecho y largo callejón. Uno hombre tapado con un traje de protección estaba haciendo fotos al camión que supuestamente había atropellado a la víctima. El protagonista de aquella escena, el difunto, era un trabajador de la estación de correos, lugar adjunto al callejón y de donde había salido el camión cargado de paquetes y cartas destinadas a otras estaciones de reparto. No obstante, algo no cuadraba en la descripción de la escena. Parte del capó del camión estaba abollado y el cristal tenía restos de sangre. El conductor fue detenido e interrogado de inmediato. Los policías lo llevaron a un furgón situado en la calle paralela al accidente y lo acorralaron con una interrogación muy intensa. La escena más evidente posible era que el trabajador hubiese salido de su oficina en algún momento y que el vehículo fuera a una velocidad desorbitada; de otra manera no se explicaba cómo el cuerpo hubiese impactado de manera tan brusca sobre el capó, sin tocar apenas el parachoques o los faros delanteros. Bien la víctima saltó en el momento antes del impacto o dio de lleno en el parachoques y los golpes sobre el capó habían sido producidos en otro momento. Sin embargo, el conductor repetía sin cesar que aquella persona había salido de la nada, que había caído literalmente sobre su camión desde el aire. El cuerpo estaba inerte, justo al lado del camión, a la altura de la rueda y no tenía signos de aplastamiento. Se podía decir que era plausible que cayera sobre el capó y que se deslizara hasta caer a un lado del callejón; sin embargo, pronto la prueba de alcoholismo dio positivo y el conductor fue llevado a comisaria sospechoso de un crimen mortal. Cuando el detective miró hacia el cielo vio la gruesa pared trasera de ladrillos de hormigón. Ninguna ventana, ningún resquicio desde donde saltar. Si fuese una caída, sólo podría haberse producido desde el tejado.

Esa misma tarde el detective pasaba por las oficinas de correos. El personal ya se había enterado. Nadie había visto salir a la víctima. Todos habían visto a Manuel esa misma mañana pasear por los pasillos. Un empleado había asegurado incluso que estaba hablando con él cuando de repente se giró y no estaba. En aquellos momentos pensó que igual se había se había quedado atrás o que había entrado al baño, así que no le dio mayor importancia. Esa mañana estaban celebrando el cumpleaños de Teresa, una funcionaría que pronto se jubilaría y al haber tanta gente, pocos se extrañaron de que faltara uno de los compañeros. El detective encontró su espacio de trabajo, registró su taquilla personal. Sólo encontró un par de cartas dirigidas a su persona, la mayoría de ellas de contenido formal. Inspeccionó las escaleras; el tejado estaba compuesto de planchas de metal y no había forma segura de acceder allí. No parecía un suicidio y además estábamos hablando de una altura considerable, la caída habría provocado marcas irrefutables en el cuerpo y en el vehículo de impacto. No había cámaras en aquella parte del callejón y menos en el interior de las oficinas, salvo las de la entrada y los almacenes. El detective se estaba empezando a frustrar, los empleados lo miraban como una amenaza, deambulando por aquellos pasillos como un buitre agotado. Todos temían convertirse en sospechosos. De golpe una idea acudió a él. Llegó a la sala de reunión y preguntó a los trabajadores si alguien había grabado el cumpleaños. Todos levantaron la mano, mostrando una surtida variedad de móviles inteligentes, con cámaras integradas.

Fueron varias horas revisando videos. El detective estaba enfrente de aquellos monitores, acompañado de un pequeño grupo de policías especializados en material digital. Aunque fue una hora exacta la que le interesaba, el material estaba duplicado hasta la saciedad. Allí de pie, pivoteando sobre su propia posición, finalmente encontró algo que le llamó la atención. Una grabación enfocaba a los empleados de la oficina reunidos con una fingida sonrisa fraternal. Al fondo, se veía el pasillo con dos empleados caminando, uno delante del otro, aunque ambos hacían realizaban ciertos gestos con las manos que revelaban una conversación esporádica. De pronto, el que iba detrás pareció perder el equilibrio y cayó sobre la pared lateral, atravesándola como si fuera un fantasma. Todo el equipo quedó en silencio y el video se quedó congelado en el monitor. El detective comprobó la hora del video en los metadatos del archivo. Todo coincidía. Los investigadores estaban analizando ahora la naturaleza del archivo, buscaban marcas de edición y empezaban a barajar la posibilidad de que alguien tratara de ocultar su participación en el crimen de aquella manera tan extraña.

Pronto llegaron científicos que el detective no había visto en sus años de trabajo. Rociaban aquel trozo de pared y tomaban muestras con aparatos diminutos. Incluso hubo uno que perforó la superficie con un taladro. Los empleados pasaban por allí expectantes, nadie sabía qué había pasado con la pared y por qué habían detenido a Sara, si era un trozo de pan y no tenía ningún tipo de relación con la víctima fuera de la oficina. Pronto, un informe revelador llegó al despacho del comisario y el detective tuvo la oportunidad de leer parte del documento. El caso había sido cerrado. Los analistas habían confirmado que Manuel atravesó la pared aquella mañana. El detective chasqueó los dedos, nervioso, como si le estuviesen gastando una broma. Su superior se lo dejó claro, al parecer los átomos de su cuerpo habían coincidido con los átomos de la pared en sus respectivos espacios vacíos. El detective arqueó la ceja. El comisario le dijo que algo así le habían dicho los científicos, que los cuerpos se mantienen separados no por los átomos sino por el campo magnético que ejercen los electrones y las partículas subatómicas y que, aunque existe una posibilidad ínfima de atravesar una pared, hoy había ocurrido. Antes de darle otro caso le pasó las pruebas del análisis forense. No sólo había restos de una actividad anómala en el cuerpo, sino que ambos cuerpos habían intercambiado material. Dentro del cuerpo se encontraron gránulos de hormigón y lo contrario sucedió en la pared, ésta contenía restos de su cuerpo. Sin embargo, no murió en ese intercambio sino al caer sobre el camión.

El detective salió del despacho totalmente blanco. No entendía nada, pero lo que no podía ni siquiera intuir es cómo todos habían quedado tan tranquilos después de aquella explicación. Pronto llegó a su despacho y cerró la puerta. Anduvo buscando más pistas de aquel incidente, pero encontró el archivo vacío. La propia policía había eliminado los archivos compartidos y el caso se cerró como si nunca hubiera existido, nadie había explicado por qué se había caído, pues no parecía un tropiezo sino un desmayo. Ni siquiera podía saber si Sara o el conductor habían sido detenidos o habían quedado ya en libertad, una sombra se había extendido sobre el caso ocultando todas las pruebas anteriores al análisis científico. Todo era demasiado extraño para ser verdad. De golpe recordó que todavía guardaba su correspondencia en la carpeta de su maletín. Con el tema de los videos se le había olvidado dejarlos en la sala de pruebas y nadie más estaba al tanto de aquello. Tanteó las diferentes cartas, todas ellas de bancos o empresas de publicidad hasta que encontró una muy llamativa. El remitente y el emisor eran la misma persona, Manuel Gómez, el propio funcionario de correos. Dentro sólo había medio folio y unas palabras escritas a máquina. La fecha marcada era mañana y el sello estaba marcado por correos. La carta ponía: “Hola, soy Manuel. Hoy morirás”.

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