Don Gorrino

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Gorrino
Le cochon danseur, 1907

Carlos llevaba saliendo con Rebeca unos trece meses. Había sido una relación muy rápida al principio pero luego derivó en una especie de rutina predecible y poco original. Se conocían a través de un amigo común de la universidad pero aunque habían coincidido en alguna fiesta no fue hasta que se quedaron solos en el piso de Ricardo cuando hablaron de singular manera. Todo fue muy rápido, porque después de un gesto tan común como pedir el número de teléfono, ambos quedaron en varias ocasiones. En dos semanas ya se habían quedado un par de noches hablando por teléfono desde sus respectivas camas y en menos de un mes, ambos podían decir que eran novios. Sin embargo, aunque al principio se colmaban a besos y se enviaban crípticas conversaciones a través de las redes sociales, pronto empezaron a quedar con la única pretensión de cenar y ver una película juntos, a veces en el piso compartido de Carlos y otras en un cine del centro. Habían hablado al principio de llevar la relación a un nivel más íntimo, pero Rebeca fue tajante con sus normas; había salido de una relación recientemente y había tenido varias parejas con finales tormentosos, en gran parte y según sus palabras, porque eran unos cerdos. En aquellos momentos quería ir más despacio, dejar un tiempo para saber que estaba con la pareja ideal y poder así establecer una relación más firme y duradera. Carlos no volvió a insistir, Rebeca era la segunda novia que había tenido y la verdad es que disfrutaba mucho de su compañía. Él no era un cerdo y estaba dispuesto a demostrárselo. No obstante, pronto empezaron a rondarle por su cabeza pensamientos extraños. A veces pensaba que ella no le quería realmente y que sólo quería pasar un tiempo de relax antes de buscar de nuevo una relación verdadera con otro hombre. De día parecía deprimido, sin energía y luego por la noche tenía extraños sueños de los que se despertaba sudoroso. No recordaba muy bien aquellos encuentros oníricos, pero en su retina todavía quedaba grabada la imagen de un sol rojizo. Era algo que no sabía que significaba pero que lentamente ocasionaba en él un desgaste que le llevó a replantearse su relación.

Aquella noche, estaban mirando una película dramática que a través de jóvenes protagonistas y una relación casual, adquiría matices variados de romanticismo y comedia. Carlos estaba situado junto a su novia. A pesar del débil reflejo de la pantalla, todo era oscuridad a su alrededor y ambos estaban muy unidos. Esa misma tarde habían quedado en el apartamento de ella y habían estado besándose durante horas. Hacía semanas que no consumían ese grado de intimidad y las dudas de Carlos sobre sus intenciones quedaron totalmente disipadas. Sentía que dentro de poco ambos quedarían de nuevo enamorados. Sin embargo, la alarma del móvil sonó y Rebeca se apartó bruscamente. Tenían que darse prisa o llegarían tarde al cine. En aquel renovado clima de relajada conexión, Carlos empezó a jugar con sus manos y hábilmente las colocó sobre sus propias rodillas, tratando en consecuencias de trasladarlas hacia las de su compañera. Como no obtuvo ninguna oposición, pronto continuó tanteando el terreno y deslizando sus palmas con delicadeza sobre las pantorrillas de Rebeca. Ella suspiró fuertemente y se quedó inmóvil. Miraba fijamente la película, disimulando las sensaciones de su cuerpo. Él acercó sus hombros y ladeo su cabeza para sentirse más cercano y a continuación empezó a desplazar suavemente sus manos hacia la parte superior de los muslos, buscando acercarse, pero sin llegar, a posiciones más íntimas. Nada más sus manos se alejaron levemente de sus rodillas y sus dedos empezaban a palpar la superficie con temeridad, las manos de Rebeca saltaron de golpe contra aquellas manos invasoras y las apartaron bruscamente de su butaca.

En aquellos momentos un gran gruñido sonó en toda la sala. Tan fuerte fue el resoplido que incluso los espectadores de las cuatro filas posteriores se giraron a ver lo que sucedía, aunque sin despegarse del asiento. Rebeca, sorprendida por aquel tremendo estruendo, trató de buscar las manos de su pareja, pero cuando agarró aquella extremidad emitió un fuerte grito de desesperación, aquello no era una mano. Pronto una luz artificial iluminó aquella posición, Rebeca volvió a gritar aún más sorprendida al ver que aquellas manos que sostenían no eran las de una persona normal, sino las de un cochino. Efectivamente, en el lugar donde estaba Carlos ahora sólo había un gran gorrino. Todos los asistentes empezaron a gritar y las luces del cine se encendieron cegadoras sobre la multitud. En medio de aquella fila había un gran cerdo de pie, con forma humanoide, vestido con traje y un pequeño sobrero de copa. De su trasero emergía un rabo de gorrino y sus brazos, aunque humanos, se mostraban muy rosados y terminaban en dos pequeñas pezuñas porcinas. Sus ojos eran lascivos y de sus fauces grotescas emergía una gran lengua trémula con fuertes intenciones carnales. Al verse acorralado por aquella multitud, empezó a emitir unos sonidos cochináceos que penetraban cincelantes en los oídos de los aterrorizados testigos. Primero intentó abalanzarse hacia Rebeca pero ésta le propinó una patada que lo devolvió a su asiento. Un hombre mayor se interpuso entre ambos pero el gran cochino tanteó errático y nervioso todas las posibilidades. Con el mismo ademán lujurioso e indecente, trató de agarrar a todos los presentes mientras seguía soltando fuertes y agudos gruñidos y babas de espumosa textura.

Todo el mundo empezó a gritar y llamarle cochino. Los más osados incluso le lanzaban palomitas o botes de refrescos. A pesar de su excelsa fogosidad y descarada maniobra de cortejo, pronto acorralaron a la bestia y a ésta no le quedó más remedio que huir por el pasillo central en busca de la salida. Algunos trataban de agarrarle del rabo o desviar su trayectoria, pero todos resbalaban sobre su aceitosa y candente superficie corporal. Cuando finalmente ocurrió, todos suspiraron aliviados y algunos incluso volvieron a centrarse en la película. El cine quedó en silencio y muchos optaron por empezar a compartir las grabaciones que habían podido realizar. Corrían extraños rumores sobre impetuosos e inoportunos gorrinos en la ciudad, pero hasta ahora pocos habían sido testigos de aquella verdad. Rebeca volvió a sentarse en la butaca, suspiraba con aires de resignación pero no parecía sorprendida por aquella revelación. Unas horas más tarde, no muy lejos de allí y en medio del monte, una bestia amotinada y lujuriosa lanzaba potentes chillidos hacia el cielo azul. Su viciada voracidad era insuperable.

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