La Pizarra del Profesor

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Thomas Cole, Dream of Arcadia, c.1838
Thomas Cole, Dream of Arcadia, c.1838

La luz del firmamento caía sobre aquella superfície euclídea, el campus estaba en aquellos momentos vacío pero el profesor llegó a vislumbrar los pequeños espacios luminosos a través de la pérgola de cristal que conducía hacia el aulario. Tenía una clase muy especial y por eso había estado preparándose durante días. Los ánimos estaban caldeados y los enfrentamientos con los alumnos la semana pasada habían provocado la intervención del propio rector, cancelándose las jornadas de ocio antes de los primeros exámenes de febrero. Los motivos de la movilización habían sido muy concretos, el gobierno decretaba una nueva ley que podía en cualquier momento favorecer la introducción del sistema PRISM-C en la población general, hacía un par de años que se estaba probando en la población penitenciaria y su uso se había extendido también al periodo de libertad vigilada. Este sistema analizaba el disparo neuronal, la liberación de neurotransmisores y el gasto de glucosa del cerebro y a través de la conjunción de datos y la aplicación de complejos algoritmos, podía decir con un grado de error lo que estaba pensando el sujeto o al menos dar una idea estimada de las imágenes que circulaban por su cabeza. La separación entre estos datos cuantificables y la propia voluntad humana, entendida como conducta motora, no eximía a la persona de ser culpable potencial de cualquier delito. Así pues, el estado empezaba a monitorizar el supuesto carácter de los ciudadanos y la sociedad lentamente iba preparando los futuros esquemas que integrarían esa nueva subdivisión dentro de los seres humanos. Muy pocos eran los que conocían que una simple modificación del sofware no sólo permitía al sistema vigilar la mente, sino también operar en ella pequeños cambios o al menos inhibir levemente el inicio de ciertos patrones neuronales.

Todo empezó en 2138, el día en que las nuevas leyes del tribunal de derechos cívicos habían aprobado la superación de las limitadas constituciones. Las masacres provocadas por las armas de fuego en los institutos y la propaganda de los partidos políticos habían sido los antecedentes para que las constituciones quedaran como simples restos arqueológicos de los siglos XVIII-XX. Éstas eran una limitación al progreso y los nuevos sectores de poder comprendían que una evolución en la cooperación internacional era un buen punto de partida para poder hacer y deshacer leyes sin impunidad, vulnerando todos los principios por los que tantas personas habían luchado y perecido. Primero se eliminó la presunción de inocencia en los juicios. Toda persona era culpable hasta que demostrara lo contrario. Después se desvió la justicia vinculada a los derechos básicos a tribunales lejanos, situados en países periféricos y con jurisdicciones ambiguas, a veces incluso inexistentes. Finalmente, se garantizaba la privatización de todo recurso como expresión auténtica de la igualdad de oportunidades frente a un estado opresor. El estado, que nunca había sido tan fuerte y corrosivo, se había convertido en un mero concepto abstracto. La libertad de verse sin derechos contrastaba con la dura aplicación del castigo. Las constituciones dejaron de tener validez porque los estados del cual emanaban, habían dejado de existir.

En el ambiente intelectual, se habían empezado a recuperar signos de lucha. Autores, perdidos entre las angostas bibliotecas de la universidad de Stanford, Berkeley o Brown, habían empezado a recuperarse y los jóvenes universitarios empezaron a reagruparse en diferentes corrientes y pronto los ecos en Asia formaron pequeñas oleadas de protesta. No entendían del todo que estaba pasando, pero empezaron a tener una noción de perdida, de que algo se había tordido en la propia evolución de la historia aunque no sabían en cierta medida qué era porque su educación les había privado del poder nominal. Ni los propios estudiantes sabían qué había sido de Europa o África ni por qué las noticias sólo se centraban en el mundo que ellos conocían, Estados Unidos, Japón y China. El rol de rebelión había sido condicionado durante décadas y a pesar de que la sociedad se había vuelto totalmente sumisa, las pintadas y las protestan empezaron a despertar la preocupación de los dirigentes. La semana pasada alguien había quemado una bandera en mitad del campus; entonces, comprendieron que la cuestión se les estaba yendo de las manos. Por eso habían llamado al Profesor.

La clase se titulaba Deconstructing Arcadia y formaba parte de un simposio largo y complejo hábilmente orquestrado por las altas esferas. Los alumnos estaban obligados a ir y para ello se eliminaron temporalmente los exámenes, dando aprobado general a todo el que firmara en la entrada. El Profesor llegó allí y se enfrentó a la mirada de unos alumnos recelosos de su presencia, algunos de los cuales incluso parecían mostrar enfado o rencor. Después de respirar profundamente y pulsar un botón al lado de la mesa, apareció una imagen en el proyector y la pizarra electrónica se transformó en una nutrida fuente de tablas, gráficos y fórmulas. Nadie reconoció el cuadro pero debajo figuraba la palabra Arcadia. Muchos suspiraron intrigados. Entonces con una simple pregunta del Profesor, la clase empezó: -¿Quién de vosotros opina que el pasado siempre fue mejor?- y a partir de ahí empezó una charla magistral, llena de fotos incómodas, videos bélicos y documentales llenos de pobreza, enfermedades y miseria. La realidad global, transformada, ridiculizada y convertida en meros datos numéricos, empezó a formar parte de fórmulas magistrales donde el discurso formal no era nada en comparación con la emoción que despertaban las imágenes. En la retina de los expectadores todavía estaban grabadas a fuego imágenes de la segunda guerra mundial, de la esclavitud, de la peste negra. No existía un pasado sino el “Pasado” en general y el suyo era un presente perfecto que siempre quedaba retratado en la culminación última de unas líneas rojas quen bien descendían hasta tocar un mínimo posible o bien ascendían buscando un máximo histórico. El Profesor dejaba aquellas tablas e ironizaba con cualquier posible oposición, impidiendo a los alumnos hacer preguntas, obviando otro tipo de datos y la visión global del conjunto. Era un maestro del discurso, de la demagogia y de la numérica, por eso estaba allí aunque los alumnos no lo sospechaban.

En la sala se iban escuchando suspiros de desilusión. El Profesor, con hábil maestría, sacudía de sus cabezas toda esperanza de cambio, toda conexión con el deseo principal que les había llevado a conectarse con su angustia. No hacía falta soma ni recondicionamiento, las tablas finales mostraban un miedo al que nadie quería enfrentarse. La esperanza de vida antes era de 73 años e incluso llegó a ser de 40. Aquel dato coronario era la nota final que daba significado a toda la melodía. ¿Como debía ser el mundo sin internet?, ¿Cómo debía ser una sociedad sin chips ni consumismo inmediato? Sus preguntas deambulaban con los datos pero finalmente quedaban todos emocionalmente atrapados en el último dato. Todos tenían abuelos y visabuelos, algunos incluso lúcidos a sus 140 años. El miedo invadió sus corazones, un miedo tan visceral y primitivo como el miedo a morir; a su lado, la falta de libertad, el libre albedrío, la individualización del ser humano, no parecía ser nada. Algunos de los allí presentes viviría hasta los 160 años y la mera idea de perder un simple año de vida les suponía un desgarrador sacrificio que no podían asumir. Las ideas que los habían motivado a concentrarse empezaron a desaparecer, las tablas imaginarias donde se mostraba la libertad individual, los derechos y realidad fuera de su país empezaron a diluirse en su inconsciente, como una posibilidad que no podía ser resuelta con emociones tan complejas. Entonces todos salieron de allí y uno a uno fueron volviendo al campus. El sol seguía brillando con total naturalidad y los alumnos empezaban a agruparse para hablar de los mismos temas, compartir información banal y relacionarse de manera superficial. Nadie lo pensaba directamente pero todos daban gracias por vivir en el mejor lugar del mundo. El Profesor entró en un coche lujoso, dejó su maletín en el asiento y comprobó su dispositivo antes de arrancar. Le habían hecho una cuantiosa transferencia de dinero. No mostró un ápice de alegría o satisfacción. Simplemente arrancó el coche y salió de allí lentamente. Sólo quería seguir viviendo.

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