Corazón Entre Tinieblas

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heart in memory

Cuando cierro mis ojos, noto las vibraciones de la noche, la difusa presencia de aquel violín maldito. Me atormenta continuamente, me impide encontrarme con el silencio sepulcral del sueño; se que su presencia es antinatural, no crece en mi cabeza sino que se dispersa con el viento y va cobrando fuerza paulatinamente en las noches sin luna. Cuando su eco hace presencia, los pájaros enmudecen y sólo el viejo enebro del jardín es capaz de romper nuestra tensa relación. Al principio pensé que alguno de los huéspedes de la casa vecina pudiera ser el causante de aquella orquestra noctámbula, pero era imposible atribuir aquel sonido tan majestuoso y diestro a un simple aprendiz; es más, parecía tener una discreción fantasmal, bien aparecía en la lejanía, más allá del buzón y el cobertizo, bien parecía resonar débilmente detrás de la casa, en el estanque. Quería preguntar a los demás, averiguar si yo era el único que escuchaba aquella aguda melodía, pero abandoné la idea. No quería que atribuyeran aquella sensación a las fiebres que me aquejaban y cada vez estaba más seguro que aquellas notas resaltaban en la noche buscando mis oídos. Me decían con intuición y extraño acento que mi muerte estaba cerca.

Aquella mera idea me aceleraba el corazón; éste palpitaba como negando la evidencia de mi enfermedad. En cualquier noche de mi pequeño mundo, dormir era morir y el sueño, el eterno purgatorio que ya se anunciaba. Esa noche extraña, donde sólo pequeños roedores y aves muy rudas se atrevían a deambular, me levanté de mi cama y tanteé el suelo para no caerme de bruces. La habitación se agitaba como si entes malvados movieran cada uno de los tablones donde yo posaba mis pies. La ventana estaba cerca pero mi esfuerzo para llegar hasta ella fue colosal. El mundo seguía agitándose a mis pies pero cuando contemplé por fin el exterior de la casa, los mareos empezaron a desvanecerse hasta extinguirse por completo. No podía explicar aquella sensación, el mundo de fuera se había transformado. No había ni sol ni luna, solamente oscuridad y silencio. Era como si no hubiera ni cielo ni tierra y mis ojos se hubieran trasladado a un lugar donde sólo existe el funesto vacío. Cambiaba de posición y ladeaba la cabeza tratando de captar cualquier atisbo de luz o forma, pero todo era en vano, estaba en un lugar donde ya nada tenía cabida salvo mi eterno sufrimiento.

De manera súbita, el violín empezó a hacerse notar, pero esta vez estaba más cercano y su fuerza iba en aumento. Al principio abajo, cerca de la ventana donde me encontraba, después en el tejado y finalmente dentro de la casa. Mi corazón recibió un vuelco, aquella intrusa melodía nunca se había aventurado tanto en todos estos días. Unos pasos resonaban lentos y pesados por el pasillo, justo detrás de la pared donde se encontraba la alcoba. El violín se hacía más y más fuerte y su melodía cobraba cuerpo. Podía casi imaginar las cuerdas vibrantes y afiladas a través de la pared y unas manos blancas y huesudas se agitarse alrededor de un arco que parecía sacado del mismísimo tártaro. Finalmente, la puerta si abrió, pero sólo una leve corriente de aire hizo su aparición. El violín dejó de sonar. Entonces caí rendido al suelo. El mundo entero parecía derrumbarse a mis pies.

Cuando desperté, el día se había anunciado, pero su luz era tan débil que apenas se pronunciaba en la habitación. La ventana estaba abierta de par en par y un búho me escudriñaba desde la repisa, ajeno al extraño fenómeno que parecía haberme poseído. Mi cuerpo seguía entumecido por el dolor pero logré levantarme de la cama, notando que el mareo había vuelto a manifestarse. El animal voló y se escondió en el bosque sin emitir ningún sonido. Entonces me acerqué a la ventana y descubrí el extraño presagio, algo no estaba bien. Fuera seguía la noche, la luz que se había asomado por mi ventana provenía de pequeñas luces que se agitaban alrededor del bosque, como animadas por una música invisible. No parecían fogatas ni luces fuertes de fanales o antorchas, sino más bien pequeños puntos de luz de colores brillantes que se agitaban sin un punto de referencia. Al verlas unas migrañas terribles se despertaron en lo más profundo de mi cabeza y pude volver a escuchar unos ruidos. Eran suspiros y respiraciones forzadas. La puerta volvió a abrirse y cerrarse poseído por la furia y varios utensilios, incluyendo una copa, salieron despedidos contra la pared. Entonces escuché unos latidos fuertes. Era un corazón de las tinieblas.

Lentamente las luces empezaron a hacer presencia en la habitación y esta quedo débilmente iluminada por una fuente que no parecía real, sino mágica. Los muebles parecían cobrar vida, como intentando escaparse de las formas que los contenían y el propio techo de la habitación se movía hacia arriba y hacia abajo, como un animal que respira entre sueños. Un ruido empezó a sacudir ese halo de inquietud. Era como si sobre mis pies alguien arañara o cortara con un cuchillo el suelo de madera. Me agaché como pude e hice un esfuerzo por seguir aquellas líneas que se dibujaban en la superficie. Iban formando la silueta de un hombre. Era una mera sombra que pronto quedó ennegrecida, como si algo la consumiera en su interior.

Con inusitada inquietud, empecé a vislumbrar los recovecos de aquella forma. Algo se movía en ella. Entonces vi mi rostro reflejado en aquella oscuridad, como si aquel ente sombrío fuera un espejo que me atrapara en sus adentros. Vi mi cuerpo, mi rostro traslúcido, mis fauces inhumanas. No era un hombre si no un monstruo de la noche, un amortajado espectro del averno. Aquel ser trataba de hablarme, de conectar con mi esencia. Con su música no me anunciaba mi muerte futura, sino la defunción que años atrás ya me había consumido. En aquel preciso instante el corazón dejó de latir y la música volvió a sonar. Había llegado el momento de partir.

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